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Sección: Bitblioteca
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La merienda de los negros Mayo de 1999
Hoy, después de ciento ochenta y nueve años, al parecer el modelo que prevalece es el de este singular personaje. Lo que podría llamarse, sin rubor alguno, una soberana «mala leche». El festival de cucarachas en baile de gallina en que se ha convertido el actual proceso constituyente, es una clara demostración de este particular fenómeno que pretende hacernos ver que el incremento de las posibilidades para que cualquier «bembe perro» pueda postularse a la Asamblea Nacional Constituyente es en sí mismo signo de una mayor posibilidad de participación y de democracia y, por ende, irrefutablemente incuestionable. Una tendencia que, por supuesto, no podemos atribuir sólo a lo que en mala hora heredamos de nuestros más sospechosos próceres de la patria, sino que tiene su explicación más reciente en el proceso de opresión que el común de los ciudadanos ha sufrido en los últimos cuarenta años de dictadura partidocrática, a quienes se les han cerrado sistemáticamente las válvulas o canales expeditos para su expresión y participación. Esta no es, entonces, una circunstancia nueva ni fortuita. Su origen (además de la inspiración isnardiana) parte del fenómeno de la invasión que las maquinarias partidistas ejercieron desde siempre como principio y razón de ser a todas las áreas que eran propias de la sociedad, basados precisamente en la premisa «ideológica» según la cual su pérdida de capacidad expansiva estaría siempre en relación directa con su nivel de liderazgo, o por lo menos, con su particular noción de éste. Es así como esa sociedad pierde en su esencia su capacidad para desarrollarse y procurar ser cada vez más competitiva. Lo que estamos presenciado en el marco del actual proceso constituyentista (desde las impúdicas cumparsitas de dirigentes de partidos tradicionales remedando lastimosas y muy bastardas reencarnaciones de Juan Jacobo Rousseau, hasta los vivarachos compadritos apuntalados por mariachis), son todos producto de un mismo vacío de capacidad de representación popular y de limitantes para la participación ciudadana, que encuentra en este nuevo y atípico escenario la oportunidad de ingresar al hall de la fama de la patria por la magnífica puerta de las apenas siete mil firmas que se exigen para ello, sin más ni menos. Si lo que perseguimos es corregir las distorsiones que a lo largo del tiempo le dimos a nuestro proceso de desarrollo, una tarea impostergable será dimensionar en su justa medida el peso que tiene en nuestro atraso el modelo rentista de país que nos hemos empeñado en instaurar, así como la barroca cultura legalista sobre la cual se sustenta tan pernicioso y desgastado modelo. La Constitución que surja de la inminente Asamblea Nacional Constituyente, deberá formularse a partir de una profunda revisión de la metodología que debe prevalecer en su concepción como instrumento moderno y verdaderamente funcional para atender las demandas de la sociedad actual, así como en el carácter exhaustivamente afinado y comprobadamente robusto y avanzado de su redacción. Si en verdad se quiere dotar al país de un instrumento útil en ese sentido (es decir, invulnerable y justiciera), hay que evitar la redacción torpe, acomodaticia y complaciente con que fue concebida la actual Carta Magna, de manera evidentemente intencional en muchos de sus enunciados, y en ello lo más importante será siempre contar con gente verdaderamente calificada para desempeñar la suprema función de constituyentista, cuya visión amplia, incuestionablemente profesional y moderna esté a tono con la muy superior exigencia. Para eso hay que empezar por detener la «merienda de negros» en que se está convirtiendo el proceso.
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