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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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La merienda de los negros

Mayo de 1999

aaranguibel
Alberto Aranguibel
Esa tendencia hacia la síntesis que sufren los acontecimientos históricos con el paso del tiempo, hace que por lo general recordemos a sólo dos individuos como redactores fundamentales del Acta de nuestra independencia, verdadero preámbulo de la Constitución de 1811, y, en definitiva, de la patria. Uno de ellos, Doctor a la vez nada más y nada menos que en Derecho Canónico y en Derecho Civil, sapientísimo y muy avanzado constitucionalista formado en los mejores cursos de teología, sagrados cánones, derecho civil y derecho público, encarnaba sin lugar a dudas el pensamiento más lúcido y avanzado de su época. Un verdadero Allan Brewer Carías de su tiempo si nos atenemos a la cantidad de premios y reconocimientos que en estas materias llegó a acumular el preclaro prócer de nuestra gesta emancipadora, negreado solamente por un calamitoso percance que a medida que pasa el tiempo resulta cada vez más odioso y que fue el referido a la negativa del Colegio de Abogados de aquel entonces para admitirlo en su seno, por la galleta que algún gestor de la DIEX de entonces ocasionara al borrar malamente la calificación de «india» que debía tener su madre en el «expediente de limpieza de sangre», exigencia infranqueable para optar al carnet de afiliado. Juan Germán, hijo de José Cristóbal Roscio y Paula María Nieves, quien demoró cinco largos años en ganarle en juicio al racista gremio, gozaba de ese particular don de los instruidos en las mejores escuelas para hacerse aceptar sin dificultad en los más exigentes y refinados círculos sociales y políticos. Su vasta cultura, su vena de denso filósofo y su proverbial don de gentes le permitieron sin mayores complicaciones alcanzar el cargo de Asesor de la Capitanía General y de la Auditoría de Guerra, que venía siendo algo así como una mezcla de José Vicente con Ceresole elevada a su máxima expresión.

El «otro» (en la más despectiva de las acepciones) fue lo que sin ninguna duda ni resquemor podríamos calificar de «el primer argentino que llegó a venezuela», aún cuando en realidad habría nacido en Turín, Italia. Comerciante primero, agricultor más tarde y periodista, político, físico, astrónomo, profesor de latín, topógrafo, médico y cirujano de guerra después, este sorprendente personaje no evidenciaba jamás el más mínimo signo de vergüenza a la hora de ofrecerse como candidato para los más inverosímiles cargos públicos, incluido el de espía, profesión que ejerció sin remordimientos envíandole información vital a la corona británica cuando vivía por los lados de Güiria (con toda seguridad razón por la cual todavía hoy seguimos disputando el territorio esequibo), pasando por el de contratrista del Gobernador de Cumaná (a la sazón Don Vicente de Emparan, a quien precisamente ayudó a tumbar quince años más tarde en los turbulentos acontecimientos del 19 de abril de 1810) quien, entre otros, le otorgó el «contratico» de levantar los mapas del Delta. Gozaba, además, este personaje, del virtuosismo de ser al mismo tiempo subversivo, editor de revistas y publicista del gobierno, si es que tal título puede derivar de su rol de encargado del periódico semanal del Congreso Constituyente de 1811, precisamente El Publicista de Venezuela, en el cual ejercía un cargo similar al de Director de la OCI, con derecho a negociado y todo. Francisco Isnardi, genio y figura del arte del arribismo y del «tiraparaísmo nacional», llega a la cúspide del atrevimiento y de la osadía al lograr ser nombrado Secretario del Congreso Constituyente de Venezuela (el mismo congreso que tuvo la pelusa de tarea de redactar el Acta de la Independencia y nuestra primera Constitución), sin siquiera ser diputado, terminando como corredactor, junto con Roscio, de tamaños documentos y permitiéndose el lujo de pasar a la historia como protagonista destacado del inmortal cuadro de Juan Lovera, al lado nada más y nada menos que del Generalísimo Don Francisco de Miranda. En resumen; el más auténtico precursor del «ñemeo» y del «guiso» con el gobierno, a la vez que artífice originario del «pantallero» de oficio.

Hoy, después de ciento ochenta y nueve años, al parecer el modelo que prevalece es el de este singular personaje. Lo que podría llamarse, sin rubor alguno, una soberana «mala leche». El festival de cucarachas en baile de gallina en que se ha convertido el actual proceso constituyente, es una clara demostración de este particular fenómeno que pretende hacernos ver que el incremento de las posibilidades para que cualquier «bemb’e perro» pueda postularse a la Asamblea Nacional Constituyente es en sí mismo signo de una mayor posibilidad de participación y de democracia y, por ende, irrefutablemente incuestionable. Una tendencia que, por supuesto, no podemos atribuir sólo a lo que en mala hora heredamos de nuestros más sospechosos próceres de la patria, sino que tiene su explicación más reciente en el proceso de opresión que el común de los ciudadanos ha sufrido en los últimos cuarenta años de dictadura partidocrática, a quienes se les han cerrado sistemáticamente las válvulas o canales expeditos para su expresión y participación. Esta no es, entonces, una circunstancia nueva ni fortuita. Su origen (además de la inspiración isnardiana) parte del fenómeno de la invasión que las maquinarias partidistas ejercieron desde siempre como principio y razón de ser a todas las áreas que eran propias de la sociedad, basados precisamente en la premisa «ideológica» según la cual su pérdida de capacidad expansiva estaría siempre en relación directa con su nivel de liderazgo, o por lo menos, con su particular noción de éste. Es así como esa sociedad pierde en su esencia su capacidad para desarrollarse y procurar ser cada vez más competitiva.

Lo que estamos presenciado en el marco del actual proceso constituyentista (desde las impúdicas cumparsitas de dirigentes de partidos tradicionales remedando lastimosas y muy bastardas reencarnaciones de Juan Jacobo Rousseau, hasta los vivarachos compadritos apuntalados por mariachis), son todos producto de un mismo vacío de capacidad de representación popular y de limitantes para la participación ciudadana, que encuentra en este nuevo y atípico escenario la oportunidad de ingresar al “hall de la fama” de la patria por la magnífica puerta de las apenas siete mil firmas que se exigen para ello, sin más ni menos.

Si lo que perseguimos es corregir las distorsiones que a lo largo del tiempo le dimos a nuestro proceso de desarrollo, una tarea impostergable será dimensionar en su justa medida el peso que tiene en nuestro atraso el modelo rentista de país que nos hemos empeñado en instaurar, así como la barroca cultura legalista sobre la cual se sustenta tan pernicioso y desgastado modelo.

La Constitución que surja de la inminente Asamblea Nacional Constituyente, deberá formularse a partir de una profunda revisión de la metodología que debe prevalecer en su concepción como instrumento moderno y verdaderamente funcional para atender las demandas de la sociedad actual, así como en el carácter exhaustivamente afinado y comprobadamente robusto y avanzado de su redacción. Si en verdad se quiere dotar al país de un instrumento útil en ese sentido (es decir, invulnerable y justiciera), hay que evitar la redacción torpe, acomodaticia y complaciente con que fue concebida la actual Carta Magna, de manera evidentemente intencional en muchos de sus enunciados, y en ello lo más importante será siempre contar con gente verdaderamente calificada para desempeñar la suprema función de constituyentista, cuya visión amplia, incuestionablemente profesional y moderna esté a tono con la muy superior exigencia. Para eso hay que empezar por detener la «merienda de negros» en que se está convirtiendo el proceso.


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