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Sección: Bitblioteca
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El loco Olavarría y los dictaminadores del billete Octubre de 1999
Uno ve en todos los noticieros de nuestra televisión (y de la del mundo entero, supongo), en principio con extrañeza y luego con resignación, cómo, mientras las bolsas de otros países son una agitadísima plaza multitudinaria saturada de enérgicos corredores (por eso los llaman así), que en medio de una compleja maraña de aparatos electrónicos para la transmisión de datos gritan desaforadamente por hacerse de una porción cualquiera del mercado del tocino o de la cebada, por ejemplo, en Venezuela la bolsa de valores es un grupo de media docena de yuppies reencauchados y de viejitos fatigados sentados como en una sala de espera de una lujosa clínica, que miran con cara de desconcierto unos monitores de distracción y que en vez de la convulsa tarea de batir papeles de compromiso en el aire, están más bien fumando o sobándose la barriga. Los ricos, en vez de perder el tiempo en ese calvario de poses financieras en el que ponen a estos incautos para cumplir con el ritual de las formalidades del mercado de valores, «resuelven» con el Presidente de turno, en algún congreso o simposio empresarial en algún lujoso hotel capitalino, cómo van a hacer para incrementar una vez más los precios. ¿Y la tan anunciada disminución de precios que traería el libre juego de la oferta y la demanda? ... «No, Presidente, eso lo dejamos para después. ¡Ahorita, échese un palo, que no lo vamos a importunar con más trabajo del que ya tiene!». Por eso resulta harto cómico que, por ejemplo, cuando el país se debate entre la crisis más espeluznante de todos los tiempos y la profunda incertidumbre que agobia a los técnicos más avezados de la economía y de la planificación estatal, estos señores de la bolsa concluyan con la mayor simplicidad un diagnóstico cualquiera, y eso solamente haga subir y bajar el valor del bolívar o el costo de los servicios públicos sin más ni más. Uno oye en los noticieros cosas como: «Hoy el corro capitalino marcó un leve retroceso de treinta y tres puntos en relación a la jornada anterior, debido a la aparatosa caída que tuvo hoy la esposa del Ministro de Hacienda en una escalera mecánica del Sambil», sin importar cuánto el Presidente haya tenido que batirse o no ese día con treinta o cuarenta mandatarios del hemisferio occidental para estimular las inversiones hacia el país. (Vale la pena preguntarse si, en vez de tanto padecimiento por el alza o no de la bolsa, no sería conveniente que el Estado produjese una serie de documentales bien bonitos sobre ecología o historia de la seda y cosas así, que pudieran ser exhibidos gratuitamente a estos señores de la bolsa durante eso que ellos llaman «la jornada de hoy» e impedirles que vean los noticieros, de modo tal que nos evitásemos los terribles diagnósticos del fracaso que estos tan peculiares «corredores» articulan desde su salita de resignación).
Como país que persigue encontrar el rumbo correcto de la armonía económica, preocupado por el logro de la concordia y de la sensatez que tanto reclamamos, el fenómeno del desmedido valor que tienen los tan empíricos análisis sociopolíticos de la bolsa es algo por lo que debemos preocuparnos.
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