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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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El eclipse de una trilogía

El Nacional del domingo 20 de setiembre de 1998

El primero es el presidente de la República, el segundo está preso en un apartamento de La Castellana, y el tercero es el enérgico vocero y solitario gladiador de un Gobierno agonizante. Son Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez y Teodoro Petkoff, los tres hombres históricos vivos de la Venezuela de fin de siglo. Un cuarto, que viene de los cuarteles, apenas comienza a hacer su entrada en la historia. A los 44 años, disfruta de la euforia de los principiantes.

Cuando Caldera nació, en 1915, hacía 17 años que Georgui Plejánov había escrito el paradigmático ensayo «El papel del individuo en la historia». Fundador, entre otros, del sistema político venezolano y mentor del socialcristianismo, el actual jefe de Gobierno cumple en gran medida con los planteamientos del filósofo ruso. Después de perder frente a Acción Democrática en tres elecciones presidenciales (1947, 1958 y 1963), Caldera se convirtió por primera vez en Presidente, y contra todo pronóstico, en 1968. Entonces dio al traste con la tradición de las alianzas para llegar al poder e inauguró el bipartidismo en Venezuela.

Pero su carrera como hombre histórico se catapultó realmente hace poco. Si las condiciones objetivas de las que hablaba Plejánov en su ensayo son indispensables para que una figura se diferencie del resto de los mortales, Caldera cumple a cabalidad con esa máxima. Así como en 1968 la división de AD fue un ingrediente importante en su victoria electoral, en 1993 Venezuela reunía, al unísono, todas las condiciones posibles para que un estadista como Caldera adquiriera el mismo relieve de «salvador» que hoy, de alguna manera, encarna Hugo Chávez Frías.

Nunca será redundante el recuento de adversidades de aquel año: la sombra del 27-F y de dos intentos de golpe de Estado, la mala prensa de las prácticas neoliberales, la destitución del presidente Pérez y la supervivencia de la democracia en la picota. Y, para fortuna de Caldera, el golpe de suerte llegó al lugar indicado y a la hora precisa: si sus deseos de gobernar el país dormían una siesta, después de aquel discurso en el Congreso, el 4 de febrero de 1992, el despertar fue automático.

Ese día, Caldera supo que su camino a la reelección estaba abierto. Y, una vez más, se impuso ante obstáculos nada pequeños: en plena vejez y sin su partido, Copei, llegó a la Presidencia, acabó con el bipartidismo y se convirtió en el primer mandatario que destituye el alto mando militar sin haber tomado antes posesión. Hoy mira cómo agoniza su Gobierno. Y su carrera política.

La virtud de anticiparse

En una entrevista concedida al Diario de Caracas en 1993, Petkoff desmitifica la acción «pacificadora» de Caldera a finales de los años 60, argumentando que ésta no hubiese sido posible si dos años antes —en abril de 1967— el PC no hubiese resuelto renunciar a la lucha armada. Pero el fundador del MAS reconoce que se trata de un hombre «audaz, decidido y consciente del papel que debe cumplir el presidente de la República». Sus elogios no estaban fuera de contexto: la candidatura de Caldera era para Petkoff, en las circunstancias de 1993, sencillamente imperativa. La distancia entre ambos personajes había empezado a acortarse.

Petkoff es también un hombre histórico, pero por razones muy distintas a las de Caldera. Como bien apunta Jesús Sanoja Hernández, es poseedor de una virtud que «en política puede ser un defecto»: su sentido de la anticipación. Su libro Checoslovaquia, el socialismo como problema (1969) es el mejor ejemplo de esta condición.

Escrito al poco tiempo de la invasión soviética a Checoslovaquia, el libro fue un lúcido ejercicio de premonición, hecho en la más absoluta soledad partidista: allí analizaba el soporte ideológico de la constelación comunista, arriesgándose a vislumbrar lo que muchos de sus correligionarios del PC ni siquiera presentían: que aquel imperio se desmoronaría irremediablemente, como en efecto sucedió 20 años después. Así se produjo la gran ruptura en el pensamiento de la izquierda venezolana y apareció el MAS como una nueva opción para diferenciarse de la derecha.

El más reciente acto de anticipación de Petkoff tuvo lugar hace pocos meses, cuando se marcha del MAS «antes de que lo echen del partido», según sugiere Sanoja Hernández. Eterno incomprendido, cuando Petkoff perdió las elecciones a la alcaldía de Caracas frente a Aristóbulo Istúriz, muchos auguraron que allí acabaría su carrera política en cargos estelares. «Los únicos muertos que hay en política son los que están bajo tierra», dijo entonces. En 1996, Petkoff vuelve a la palestra pública al sumarse a Caldera para servirle de vocero de la política económica. Hoy, a los 66 años, es un solitario que persiste en su lealtad al Presidente.

Fundadores disidentes

Pocos políticos son capaces de navegar en contra de la corriente. Caldera, Petkoff y Pérez pertenecen a esa minoría. Hoy los hermana el hecho de haberse desmarcado de Copei, el MAS y AD, respectivamente, después de ser sus figuras emblemáticas. Independientemente de la adhesión o rechazo que puedan provocar sus estilos y convicciones, estos personajes tienen en común su impulso por luchar contra la momificación, cada uno abriendo camino a su manera: Caldera, apegado a su vocación de estadista; Petkoff, a su sentido crítico; y Pérez, a la aventura y el desafío.

Nacido en Rubio en 1922, Pérez ganó por segunda vez la Presidencia, en 1988, sorteando obstáculos tan grandes como su ambición: si bien tenía la primera opción en la calle, contaba con la última dentro de Acción Democrática. Su pretensión presidencial era vista como una grave amenaza contra la unidad de ese partido, contra la estabilidad del sistema, la recuperación económica y contra la Ley de Salvaguarda del Patrimonio Público.

Pero quienes creyeron que el «gocho» había muerto se equivocaron: solo y contando apenas con su carisma, Pérez se impuso a la ortodoxia adeca y terminó siendo el candidato y el Presidente, ganándole la partida a una legión de enemigos que bien contabilizó Sanín en un artículo: el presidente de entonces, Jaime Lusinchi; el «premier» Octavio Lepage; el presidente del partido, Gonzalo Barrios; su secretario general, Manuel Peñalver; y su secretario de Organización, Luis Alfaro Ucero; el Buró sindical y la Federación Campesina; 14 ministros y 18 gobernadores.

Después vino el viraje que nadie se esperaba: en febrero de 1992, Pérez anuncia el paquete de medidas económicas y el mismo pueblo que lo aclamaba le dio la espalda de la manera más contundente. «La historia no es como dicen los marxistas. El azar también cuenta», dice Sanoja Hernández.

La suerte que le sobrevino a Pérez es conocida. También es sabido que, si de condiciones objetivas se trata, a la hora de sobresalir un individuo entre miles, es a partir del ocaso de Pérez que surge el cuarto hombre histórico vivo de Venezuela... ¿Hugo Chávez? «Sin caldo de cultivo no hay agitador que valga», dijo en una oportunidad el mismo Petkoff. Y las condiciones están dadas.


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