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Sección: Bitblioteca
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Los generales del obelisco Miércoles 23 de octubre de 2002 El general de división (G/D) del Ejército (Ej), en situación de retiro (r), contempló con evidente emoción la pared del estudio privado en su residencia familiar. En estricto orden cronológico se encontraban colocadas las resoluciones de ascenso, diplomas, placas y condecoraciones recibidas desde que salió del alma mater castrense hasta el 11 de abril del 2002, cuando fue designado para un altísimo cargo en el gobierno de facto del Presidente frustrado. Por desgracia la resolución oficial con el último nombramiento no figuraba en la pared debido a un infortunado detalle, pues al formarse la desbandada su asistente salió corriendo del palacio presidencial y se olvidó de recogerlo. Sin embargo, las fotos del acto en que tomó posesión del cargo podían apreciarse en otra pared, junto a las fotografías de momentos culminantes en su larga y exitosa carrera. El general de división (Ej) (r) abandonó el despacho privado, disponiéndose a salir de la casa. Al llegar a la puerta principal se detuvo a recoger la gorra cubierta de filigranas doradas (lo que los militares gringos llaman, de manera jocosa, «huevos revueltos»). El espejo antiguo que engalanaba la repisa rococó, estratégicamente ubicado junto a la entrada residencial le permitió contemplar su imagen, antes de salir a enfrentarse al destino incierto. El uniforme acordado para el día lucía impecable. En su pecho las condecoraciones y demás preseas acumuladas en treinta y pico de años. En cada hombro dos soles cuyos reflejos cegaban de envidia al más pintado. En su mano el bastón de mando. Su rostro reflejaba la resolución inflexible que lo animaba. El asistente abrió la puerta, cuadrándose correctamente, mientras el general se dirigió al automóvil con paso marcial. La agenda secreta del «Día P» contemplaba, como primera tarea, reunirse en el estudio de televisión donde el grupo de oficiales generales y almirantes grabaría el pronunciamiento formal. Acto seguido se encaminarían en una caravana de vehículos, escoltada por la policía municipal, hacia la plaza de Altamira; allí desembarcarían para subir al estrado donde les correspondería permanecer por tiempo indefinido al pie del obelisco que se yergue majestuoso en el lugar. No obstante, antes de entrar al automóvil debió hacer una pausa. En la acera de la calle lo esperaba su fiel compañera. Ella extendió la mano y le entregó un sobre. «¡Tómalo, te hará falta! Son píldoras para la garganta. Evitarán que te pongas ronco si debes hablar demasiado.» De manera simultánea en otra parte de la ciudad un vicealmirante (V/A) en situación de retiro (r), abandonaba el camarote privado que le servía de estudio a bordo del navío familiar. El uniforme del día, de un blanco enceguecedor, permitía que destacaran con nitidez los dos soles de su rango. Al verse en el espejo pensó por enésima vez: «El Ejército tendrá precedencia, pero los uniformes de la Armada son imponentes.» Antes de salir, dejándose llevar por un reflejo inveterado, miró el barómetro colgado en la pared. La temperatura era normal, el cielo claro y despejado; no había temporales a la vista. La tormenta sería por televisión al pie del obelisco.
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