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El loco del hielo

Publicado el 24 de agosto de 2000

Palito no era un loco cualquiera. Palito era de esa clase de locos que, a fuerza de extraños y pintorescos, terminan siendo parte del folklore. Uno podía ver a Palito en la plaza Bolívar con su mata en la cabeza... Sí. No se extrañen. Palito carga por sombrero una maceta, con flores y todo, amarrada al coco. Lo peor –o, más bien, lo mejor– es que Palito cuida muy bien su pequeña planta; la riega, le remueve la tierra y le espulga los parásitos. A decir verdad, Palito es un loco bastante extraño. Papá siempre dice que los verdaderos locos nunca se bañan, pero el comportamiento de nuestro orate se contrapone a las palabras de mi viejo. Palito se baña dos y tres veces al día en cualquier fuente callejera, y en vez de pedir plata o comida, pide ropa. Por eso es fácil ver a Palito cargando bolsas y bolsas de ropa limpia que la gente le regala y que él se encarga de mantener pulcra.

Otro cuento de Palito es que no puede ver un hielo porque se alborota. Francamente no sé cómo definir los hormigueos que le dan a ese muchacho cada vez que ve un miserable hielo. El bicho se ríe, se soba las manos, se da golpes en la mollera, se pellizca y se pone a hacer maromas hasta que por fin agarra y se lanza sobre el hielo para chuparlo. La patología de Palito con respecto al hielo se vislumbra mucho más fuerte cuando el loco ve cantidades considerables de agua congelada. Si Palito ve, por ejemplo, un camión que transporta hielo, su pasión insana se recrudece hasta niveles que rayan en el delirio. Fíjese que nuestro loco no descansa hasta verse dentro de la cava del camión desatando las bolsas y masticando esas piedras que no hacen sino carcomerle los dientes fríos. Sin ir muy lejos, la semana pasada vi a Palito colgado del parachoques de un transporte de hielo. El camión iba andando con su loco atrás, meciéndose y meneándose, moviéndose y rabiando para por fin encaramar su humanidad en el techo del transporte cuya gran nevera blanca decía: «Hielo Andino». Ahí viajaba Palito, surfeando y abriendo el aire con su presencia de ángel ebrio, con su sonrisa loca y desbordada persiguiendo tercamente su objetivo. Después me dijeron que Palito logró, en pleno viaje, meterse en la cava, y que cuando los hombres llegaron al sitio donde venderían su hielo, se encontraron con un sonriente desconocido que se había comido toda la mercancía.

Pero el más impresionante cuento de loco del hielo ocurrió la vez en que se le ocurrió pellizcarle la nalga derecha a la Distinguido Miranda, una mujer policía que hacía su ronda con otro agente negligente y más negro que una discoteca. Resulta que Palito iba caminando con su mata en la cabeza y de pronto, como por obra de una iluminación superior que seguramente era la del sol que estaba más brillante que nunca ese día, vio a los dos gendarmes haciendo su ronda ociosa disfrazada de vigilancia. Palito los vio caminando, sonriendo, hablando con los vecinos, regañando a los comerciantes por permitir que sus proveedores se aparcaran mal y trancasen el tránsito. El orate les midió el pulso un buen rato, el tono, la velocidad, la inteligencia, y cuando los tuvo a menos de tres pasos, comiéndose cada uno un helado que le arrebataron a un pobre heladero haitiano, nuestro orate se sintió fuerte, caminó con ese paso entrecortado que tienen las fieras depredadoras que salen en el Discovery Channel, olió a su presa –que en este caso no era una cebra o una gacela sino la policía–, anduvo casi de puntillas, bajó la cabeza, dobló el lomo y se lanzó al ataque... Las zarpas afiladas de Palito se movieron tan rápido como un silbido y en menos de un instante, la infeliz agente del orden público Mirna Miranda sintió el espuelazo en las nalgas, el mordisco de las manazas en el culo, en su culo gordote y oficial embutido en un pantalón apretado, apretadísimo, azul oscuro. La muchacha se dio vuelta rápidamente, muy rápidamente. Se volteó creyendo que su compañero había sido el responsable de aquella segura sobada fugaz. Por eso la chica le puso los ojos encima, le puso una mirada asesina y una mano extrañada que iba con sus uñas directo a la cara del negro Ochoa, del compañero que más de una vez le había dicho palabras lisonjeras al oído y en pleno servicio. Si no se aparta como un rayo, el policía hubiera quedado con la cara con más cruces que un cementerio por culpa del pellizco que convirtió aquel instante en un contrapunto de insultos y de qué pasó, por qué me haces esto gritados y en plena calle. Todo eso sucedió en un instante mínimo que fue seguido por una sucesión de lágrimas y de jaculatorias que terminaron cuando la mujer policía se dio cuenta de que quien tan pródigamente le agarraba las nalgas no era su compañero, sino un tullido mental que tenía una maceta por cerebro.

Y entonces, cuando se supo la verdad de las verdades y todos se vieron las caras, Palito salió disparado con la velocidad de las moscas que vuelan en línea recta; corrió como un silbido con el agente negro y la agraviada atrás, siguiéndole los pasos, gritándole improperios y que se detuviera inmediatamente o se atendría a los disparos y a las consecuencias, pero el loco movía sus piernas con tanta velocidad que ni siquiera los alaridos mal tañidos de la policía le daban alcance. Palito corría dejando que el sudor le bajase por la cara y por la sonrisa diáfana que mostraba todos los días para que quedase como estela de su paso desaforado por el mundo. A pesar de la velocidad del loco, los gendarmes no desistieron tan fácilmente y persiguieron a Palo dos y tres cuadras rodeados de la polifonía tumultuosa de agarralos que siempre se forma cuando un uniformado persigue a alguien por las calles caraqueñas. En una esquina atestada de gente agolpada alrededor de un vendedor colombiano que vendía limpiadores milagrosos, el Distinguido Ochoa casi le asesta un rolazo en la cabeza al pobre lunático que no hacía sino correr y no ver hacia atrás ni darse cuenta de que el único que lo seguía era Ochoa porque Miranda se había quedado atrás, sobándose las nalgas con las dos manos.

Así las cosas, Palito continuó su carrera triunfal y se metió en un edificio viejo y descascarado lleno de pasadizos oscuros y hasta secretos. El loco siguió marchando a paso ágil sabiendo que un policía negro y cada vez más amoscado le pisaba los talones. Por eso se metió en lo primero que le pareció un refugio en aquel edificio hediondo a humedad y a orín rancio. Era un local precedido por una puerta enorme de metal oscuro. El óxido y los años la habían puesto de ese talante herrumbriento y francamente cochino. Palito cruzó la puerta del local y se encontró con una extraña discoteca en la que había un mozo barriendo las colillas, las cenizas y las porquerías de una noche más en aquel local donde no sólo había un mozo empuñando una escoba, sino un grupo de trasvestis sentados alrededor de una mesa iluminada apenas por una vela a punto de consumirse. Todos se quedaron viendo fascinados al hombre estrafalario que había traspasado el umbral de aquellos predios que por las noches se llenan de humo colorido por los reflectores, por los bombillos rojos, por el ruido de copas chocándose entre risas de maricas y de locas lustrosas que aplauden el show de una colega en mallas, en maquillaje de párpados metálicos, en mimickry saturado de plumas estivales, en trajes siempre platinados y brillantes que hablan de un sueño hecho metamorfosis del cuerpo y del alma.

Palito entró a esa oscura estancia murmurando algo que a los trasvestis les sonó a buenos días, a cómo están ustedes, a cómo les va, a cómo está la familia, y a ellos les cayó en gracia ese saludo que olía a humildad, a respeto y a algo raro que ellos no supieron definir en un primer momento, pero que les pareció un ayúdenme, un escóndanme porque alguien malo me viene persiguiendo. Eso se los dijo el sudor de Palito y los ojos puyudos como agujas que a cada rato miraban hacia la puerta. Ante esa corazonada uno de los travestis, el más gordo y más viejo, le dijo al mocito que saliera a vigilar mientras ellos interrogaban al amigo aquí presente.

El mozo dejó la escoba, abrió la puerta y salió sin hacer el menor ruido. Ahí fue cuando Palito pudo detallar a las tres extrañas damas que estaban sentadas a la mesa, contando los billetes de la noche. A ellos les pareció que el pobre orate era, como ellos, alguien que tenía millones de historias que contar. Lo único es que por más que lo intentaron, Palo no dijo palabra alguna. Las locas le preguntaron su nombre, su dirección, por qué estaba tan sudado, por qué venía jadeando, por qué miraba a cada rato la puerta y por qué se quería ir tan rápido si ellos lo estaban tratando tan bien. Uno de los travestis le alabó el sombrero y hasta trajo un poco de agua para regar la pequeña planta que Palito llevaba en la mollera. A pesar de tantas amabilidades, el loco no abrió la boca ni siquiera para bostezar.

Cuando ya los tres trasvestis se hubieron cansado de preguntarle cosas al orate de la maceta, llegó el mozo de la calle diciéndole a sus jefes que a ese hombre lo andaba persiguiendo la policía por el horrible crimen de haberle agarrado las nalgas a una agente que hacía su ronda mañanera por ahí cerca. Y entonces las tres locas comenzaron a reírse a carcajadas, imaginándose la escenita del agarrón. En su lenguarada extraña y enredada, Palito nos contó a mi viejo y a mí que en aquel momento fue cuando él se dio cuenta de que aquellos tres personajes no eran mujeres, que eran hombres que se dibujaban una boca sobre la boca para verse más mujeres que las mujeres y que para él no lo lograban porque en lugar de verse como tales, terminaban viéndose como insectos salvajes... Eso decía Palito.

Total es que después de descarrancharse de risa con sus tres jefes, el mocito les preguntó que qué harían con el tipo de la flor en la cabeza porque ya había cuatro policías rondando el edificio. El travesti gordo y viejo conminó a sus socias a dejar las carcajadas que aún les causaba la hazaña de su nuevo amigo. Había que encontrar la mejor manera de ayudar a quien le dio ese trato merecido a la policía y sacarlo de allí lo más rápido que fuese posible. Primero pensaron en esconderlo en el mismo bar, vistiéndolo de mujer igual que ellos, pero pronto decidieron que aquélla no era una buena solución porque si no se lo llevaban preso por haberle pellizcado las nalgas a una agente policial, a lo mejor lo harían por vestirse de mujer. ¿Cuántas veces no les pasó lo mismo a ellos, que lo daban todo por vivir en carne propia la simulación y el glamour de la feminidad? Así las cosas, lo pensaron con calma y decidieron que lo mejor que podrían hacer era llevárselo de ese sitio inmediatamente. Por eso el transfor gordo y viejo lo tomó de la mano y, junto a sus dos socias, lo llevó a un garaje repleto de ratas y gaveras de cerveza donde había tres Harley-Davidson enormes, plateadas, pulcras y brillantes esperando a sus dueños para romper el aire con su velocidad. Sin perder tiempo, Palito se encaramó como pudo en la motocicleta con el jefe gordo y, en menos de lo que dura un parpadeo, ya estaba encendida y saliendo de aquella ratonera. Los otros dos travestis se despidieron entre risas del loco del hielo y le dijeron a su jefe que no condujera demasiado rápido, que se cuidara y que dejase cuanto antes el bulto. Exactamente eso fue lo que hizo el jefe gordo y viejo: salió de allí a toda velocidad y siendo lo más discreto que una Harley puede permitirle a un travesti que lleva atrás a un tipo con una maceta amarrada a la cabeza. Pronto llegaron a la autopista y tras media hora de recorrido Palito se bajó de la moto, despidiéndose agradecido de su benefactor.

La verdad es que uno no sabe si reír o condolerse de los hechos que siempre rodean a un quemado como Palito. La vida de un hombre es siempre un misterio, y la de un loco que se mete en líos por pellizcarle las nalgas a una mujer policía ni hablar.


Roberto Echeto nació en Caracas en 1970. Realizó estudios de diseño en el antiguo Instituto de Diseño de la Fundación Neumann y se graduó en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello en 1995. Actualmente es Editor de Publicaciones en el Banco del Libro; además produce y escribe Macho y no mucho y el Último round, dos programas de radio que se transmiten diariamente desde la emisora 92.9 fm. En 1997 el sello editorial Ballgrub publicó Cuentos Líquidos, su primer libro de relatos. Ese mismo año co-produjo y co-dirigió Corte de pelo, otro programa de humor transmitido por 92.9 todos los domingos a las 12 del mediodía.


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