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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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  Sección: Bitblioteca

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La noche

Caracas, 4 de diciembre de 2000

Reparto:

Juan Germán: hombre como de sesenta años que pasa toda la obra en pijama.

Margarita: bella mujer madura, esposa de Juan Germán, que también pasa toda la obra en pijama.

Gabriela: hija empijamada de Juan Germán y Margarita. Tiene como 25 añitos.

Salicio Pacheco: bandido en flux que tiene el teorema de Pitágoras (C= A2 + B2) tatuado en la frente.

Jojoto: músico en impecable traje blanco y corbata roja que pasa toda la obra con una maleta entre manos. Tiene un tenedor pegado con teipe en la oreja derecha. No por este pequeño detalle el actor que lo interprete debe mostrarse ridículo y sin elegancia.

Diznea: bandido malandro en flux oscuro y sombrerito jipi-japa.

Ramiro: sinvergüenza en flux y corbata de color negro.

Policía 1: hombre maduro vestido igual que Columbo con un sobretodo beige.

Policía 2: hombre maduro vestido con guayabera de piñas y patillas.

Desnudo: joven adulto contemporáneo que pasa toda la obra en cueros, con frío y con una bola rojo fosforescente en las manos.

1era parte

La acción transcurre candorosa un sábado por la madrugada. Luz como de noche borracha. Ruido de grillos y sapos. El escenario está decorado como toda casa de familia próspera y de buen gusto. A la izquierda pueden verse la puerta principal y una ventana abierta al lado de tres poltronas de cuero negro, una mesita con cuatro portarretratos y una lámpara. A la derecha una mesa redonda contiene manzanas, uvas y cambures. Desde el fondo se abre una puerta y aparece Juan Germán encendiendo las luces del comedor.

Juan Germán (bostezando). —¡AHHHH! Ya está bueno de tanto sueño... (Mirando el reloj) ¡Qué bárbaro! Son las tres y media. Si no logro quedarme dormido otra vez, mañana me sale un orzuelo del tamaño del estadio de la Ciudad Universitaria. (Se queda en silencio un instante). Qué bonito es el ruido de la noche. ¡Qué paz! ¡Qué tranquilidad! Está bien que no pueda dormir, Diosito, lo acepto. Si quieres, puedes tomar esa aceptación como un reclamo... Lo único que sí me disgustaría es que me dejes insomne y que me quites la tranquilidad de la noche (suena un trueno y comienza a oírse ruido de lluvia). ¡No te digo yo! Uno habla sinceramente con Dios y te manda ―zuaz― justo lo que no le pediste. A él como que le gusta que le digan mentiras como (con voz de bobo fingido): «sí me voy a arrepentir, me voy a hacer casto y bueno». ¡No joda!

Suena otro trueno y Juan Germán se para frente a la mesa de frutas.

Juan Germán. —Pero bueno, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo voy a tener que soportar que se coman mis uvas? ¡Mira, mira! (Pasando una mano con violencia por el mantel) Pura pepa... ¡Qué bochorno! ¡Qué sinvergüenzura! ¡Se comen mis uvas y ni siquiera botan las pepas! ¡Qué desastre!

Margarita (desde el fondo). —¡Juan Germán!

Juan Germán. —Ya está la vieja fastidiando otra vez.

Margarita (entrando en escena con los ojos abiertos y vistiendo una pijama de hombre). —Juan Germán, mi cielo.

Juan Germán. —Ay, otra vez sonámbula.

Margarita. —Juan Germán, mi amor, ¿dónde estás?

Juan Germán. —Yo que no duermo y ésta que duerme hasta caminando.

Suenan más truenos

Margarita. —Juan, es diciembre, amor. Oye los triqui traquis... (Truena más duro). ¿Te acuerdas de la navidad en Petare? (Se prenden y se apagan un montón de luces de colores. Margarita se acerca a Juan Germán y comienzan a bailar un vals que puede ser El Danubio Azul)

Juan Germán. —¡Ja! ¡Qué si me acuerdo! ¿Cómo no voy a recordar al negrero ése?

Margarita. —Recuerdo los bailes, la gente, la comida, los abrazos, los regalos... Tus besos, tus regalos...

Juan Germán. —Los niñitos quemados con los tumba ranchos, los borrachos tirados por todas partes...

Margarita. —A mí me gustaba la navidad en Petare. Era alegre y todo el mundo se unía.

Juan Germán. —¡Qué bella es esta loca sonámbula que habla y baila dormida!

Margarita. —¡Qué lindos recuerdos, mi amor! En uno de esos bailes tú me besaste por primera vez.

Pausa. Margarita y Juan Germán bailan unos cuantos compases más del vals. La iluminación se va desvaneciendo. Los dos bailarines se besan quedamente y se van hacia la puerta del fondo. Salen y se encienden de nuevo las luces. Salicio se asoma por la ventana, se encarama en ella y hace señas hacia fuera.

Salicio. —¡Pst! (susurrando). ¡Ya! Vénganse pues. Ya estamos listos.

Salicio, Diznea, Ramiro y Jojoto entran por la ventana. Jojoto lleva un tenedor pegado con cinta adhesiva en una oreja; carga también una pequeña maleta en las manos y sin hacer ningún gesto que denote miedo o curiosidad se sienta en el sofá.

Diznea (mirando para todas partes). —Está bonita la casa...

Salicio. —Ramiro, mira en la cocina a ver si podemos salir por atrás.

Ramiro sale por la derecha.

Diznea (pasándole el dedo a la mesa del recibo). —Y no hay polvo. Se ve que aquí hay mujer que ponga orden.

Salicio. —Deja la habladera y párate en la ventana a ver si la policía nos sigue oliendo el culo.

Diznea. —A mí no me estés dando órdenes. Yo me callo cuando me dé la gana.

Salicio (sacando una pistola). —A mí no te me alces, muñequito...

Diznea. —Con esa pistola cualquiera es macho. Deja que te agarre solo...

Salicio. —Yo no voy a seguir discutiendo contigo. Si hubieras hecho lo que te dije, no estaríamos ahorita en este berenjenal.

Diznea. —Yo te advertí que no podía tronarme a Jojoto en ese sitio. Había demasiada gente viéndonos y después los gorilas de Marco Patta nos iban a caer a nosotros.

Salicio. —Ya cállate la boca. Aquí hay mucho que hacer.

Ramiro (entrando). —Jefe, allá atrás está la cocina, el cuarto de las herramientas y el jardín. En el fondo-fondo hay una puerta que está trancada. De todas maneras, yo me encaramé en el muro de atrás y vi eso repleto de policías.

Salicio (encendiendo un cigarro). —Vamos a quedarnos aquí un rato. No nos queda más remedio.

Diznea (desde la ventana). —Exactamente Pacheco. Las patrullas están por todos lados. Desde aquí veo un montón de luces.

Salicio. —Bueno caballeros: a portarse bien y a estar tranquilitos...

Ramiro. —Y a jurungar gaveticas, a ver qué hay por ahí...

Juan Germán sale atuzándose el bigote y hablando para sí. Al verlo, Ramiro y Salicio sacan sus pistolas.

Juan Germán (suspirando). —¡Qué varilla con esa mujer que duerme sin estar acostada! Es el único defecto que tiene la pobre... (Pausa). ¡Mi madre! ¿Y ustedes quiénes son?

Ramiro. —Yo soy Peter Pan, ellos los niños perdidos. ¿Tú quién eres?

Salicio. —Venga acá, amigo. Cierre el pico, haga lo que se le diga y no le pasará nada.

Juan Germán. —Pero, ¿qué? ¿Cómo? ...Ustedes son un sueño, ¿verdad? Por fin me dormí y tengo una pesadilla en la que aparecen cuatro bichos feos... (Mirando fijamente a Salicio) ¡Coño! Y para colmo uno tiene números en la frente. ¿Usted quién es? ¿El anticristo?

Salicio. —No. Desgraciadamente no estás dormido. Lo lamento porque sé que sufres de insomnio.

Juan Germán. —¿Y cómo sabe usted eso?

Diznea (haciendo la seña de una pistola con los dedos). —Salicio Pacheco lo que no sabe lo inventa. (Pausa).

Aparece el Desnudo de la obra (el actor debe aparecer completamente desnudo).

Salicio. —¿Y este quién es?

Diznea. —Sí, ¿quién es?

Juan Germán. —Ése no vive en esta casa. ¿Por casualidad no vino con ustedes?

Ramiro. —Qué va, ese loco tiene que ser de aquí.

Desnudo. —Caballeros, no interrumpan sus diálogos por mí. Yo sólo soy el Desnudo de esta obra.

Salicio (pistola en mano). —¿Cómo es la cosa?

Desnudo. —Es que en toda obra de teatro venezolano no puede faltar un desnudo. Yo sólo soy el Desnudo. No se preocupen por mí. Sigan, sigan... Yo sólo me paro aquí para que el público me vea. (Al público): ¿Verdad que parado en este punto quedo bien?

Diznea se acerca al desnudo, se rasca la cabeza y le hace señas al público como preguntándose que qué hace este loco aquí.

Desnudo. —¿Qué pasó? ¿Qué quieres? ¿Tú como que eres medio raro? Mira que en toda obra de teatro venezolano no puede faltar una loca. ¿Tú eres la loca de esta obra?

Diznea. —¿Por qué no te vas al carajo?

Desnudo. —Está bien, pero luego no digan que yo no contribuí a que el teatro de este país sea mejor. (Sale)

Juan Germán (mirando a Salicio, a Diznea, a Ramiro y a Jojoto). —¿Qué hago ahora? ¿Sigo? Ok (carraspea)... ¿Y qué quieren de mí?

Salicio. —Nada. Que te quedes quieto y que nos dejes estar aquí.

Ramiro. —Si tuvieras un teléfono y un roncito sería muy bueno.

Jojoto. —Y si me puedes prestar un baño te lo agradecería, hermano.

Salicio. —¡Por fin habló el hombre del tenedor en la oreja!

Ramiro. —¿Después que nos metiste en ese lío y te dio por ponerte en estado catatónico, tú sólo quieres ir al baño? (Sacando su pistola). ¡No joda, yo te quiebro!

Diznea (cerrando la ventana). —¡Mosca, mosca, mosca! Por ahí vienen dos policías para acá.

Pausa. Jojoto se levanta con su maleta entre manos y Juan Germán le señala el extremo derecho del escenario. Jojoto sale. Suena el timbre de la casa.

Salicio (a Juan Germán). —Te toca.

Juan Germán. —¿Me toca qué?

Salicio. —Abrir la puerta.

Juan Germán. —Yo no voy a abrir la puerta. Ustedes me tienen secuestrado a mí y a mi familia. Yo he visto en miles de películas y noticieros que al que abre la puerta en un secuestro siempre lo matan.

Salicio. —¿Cómo te llamas tú?

Juan Germán. —Juan Germán Gómez Valdés para servirle.

Vuelve a sonar el timbre.

Salicio. —Bien Juan Germán, ni tú ni tu familia están secuestrados. Esto tampoco es un robo. Ahora abre la puerta, porque si no la abres, la cosa se va a poner color de hormiga para ti y para todos.

Juan Germán. —Qué remedio. Lo único que les voy a decir es que no quiero líos en mi casa. Si esto no es un secuestro ni un robo, entonces yo le digo a la policía que no los he visto, y cuando ellos se vayan, ustedes se me desaparecen, ¿entendido?

Salicio (sacando nuevamente su pistola). —Tú no estás en condiciones de exigir nada, así que apaga las luces, pon cara de dormido y abre la puerta.

Juan Germán hace un gesto de disgusto y se va hacia la entrada de la casa. Salicio, Ramiro y Diznea se esconden detrás de los muebles.

Juan Germán (abriendo la puerta). —Que sea lo que Dios quiera.

Policía 1. —Amigo, buenas noches, disculpe la molestia... (pausa larga) ¿Para qué fue que vinimos?

Policía 2 (dándole un codazo al Policía 1). —Estamos buscando a unos tipos que se nos fueron volando.

Juan Germán. —No señores. Para esta casa no ha venido nadie a esta hora. Sólo la lluvia. Yo he estado despierto un buen rato leyendo y no he visto nada raro.

Policía 1. —¿Usted sufre de insomnio?

Juan Germán. —A decir verdad sí.

Policía 1. —Yo sufría de lo mismo hasta que mi cardiólogo me recomendó el remedio perfecto.

Juan Germán. —¿Y cuál será ese remedio?

Policía 1. —El médico me dijo: amigo, cómase una morcilla antes de acostarse a dormir.

Policía 2. —Bueno, en otra oportunidad hablan de eso ¿sí?

Policía 1 (con voz de falsete cuando diga lo que dice la morcilla). —Pero si estamos conversando de lo mejor... fíjese, yo le voy a decir por qué es buena la morcilla para dormir. Resulta que un día un carnicero amigo mío se detuvo al lado de una morcilla que se veía rara. La bicha tenía una pequeña boca abierta que enseñaba unos dientes pulcros que parecían sacados de una propaganda de Pepsodent. «¿Qué haces tú aquí, morcillita?» Preguntó el carnicero. «Nada. Soy una mensajera de Dios. Él me envió para decirte que te prepares porque pronto te viene por ahí un cáncer de colon» —contestó la morcilla—. «¿En serio?» —Preguntó el carnicero—. «En serio, así que prepárate. Haz tu testamento, búscate un cura, arregla el asunto ése que tienes con el matadero, dile a tu mujer que tienes una novia en La Guaira y que eres del Magallanes». «¿Y no habrá una prórroga para carniceros?» «Creo que no. Disfruta lo que te queda de vida». Entonces el carnicero agarró a la morcilla, le tapó la boca y la puso en una parrilla al rojo vivo. Se la comió con pan. Moraleja: a veces las morcillas también sirven para algo.

Juan Germán (rascándose la cabeza). —No entiendo, pero de todas maneras, gracias por el consejo.

Policía 1. —Sí sirve. Las morcillas son buenas...

Policía 2 (interrumpiéndolo). — Después sigues hablando... Amigo vea estas fotos a ver si le parece haber visto a esta gente que buscamos.

Policía 1. —Todos son unas joyas. (Señala las fotos). Este que tiene un tenedor amarrado a la oreja mató a dos esta noche...

Juan Germán. —¿Y para qué se cuelga eso ahí?

Policía 2. —Él dice que es artista, ¿usted ve? Y los artistas son mañosos. Según el tipo, el tenedor es una antena que recoge la música que anda por el aire y que él toca en su clarinete.

Juan Germán. —¡Todo un loco!

Policía 1. —Este que tiene los números en la cara también se echó a unos cuantos hoy. Además es un ladrón y...

Juan Germán. —¿Él mismo se pintó los números en la cara?

Policía 2. —No. Se lo hizo un niño hace tiempo con un bastón. Salicio Pacheco se metía en las casas, robaba a la gente y luego marcaba a sus víctimas con un bastón que tenía en el mango el teorema de Pitágoras en relieve. El bicho calentaba el bastón y marcaba a la gente como una vaca. Un día quiso hacérselo a una señora, pero el hijo de la vieja se lo hizo a él.

Policía 1. —¿Entonces, no ha visto a estos fenómenos?

Juan Germán. —Ya le dije que no he visto a nadie. Nadie, salvo ustedes, ha tocado la puerta de mi casa a estas horas.

Policía 1. —¿Y qué tal si se metieron de incógnito y están aquí y usted lo ignora?

Policía 2. —¿Podríamos darle una revisadita a su casa? Mire que nosotros mismos vimos a esta gente entrando aquí.

Salicio (saliendo de su escondite con la pistola entre sus manos. Diznea y Ramiro hacen lo mismo). —Ya está bueno policiítas. Entren de una vez y siéntense.

Diznea. —Esto sí se puso bueno...

Policía 1 (al Policía 2). —¿No te dije que estaban aquí? Yo tenía razón.

Policía 2. —¿Y ahora de qué nos sirve que tengas razón?

Policía 1. —Creo que de nada, pero ¿qué vamos a hacerle?

Salicio. —Se callan la boca. Me hacen el favor y le dan al señor Juan Germán sus respectivas armas de reglamento.

Jojoto sale del baño, se detiene, ve la escena y reanuda el paso hasta que se sienta silencioso en el sofá.

Juan Germán. —A mí no me den ninguna pistola ni nada raro. Yo soy aquí un secuestrado. Señores policías: estos señores entraron a mi casa en contra de mi voluntad y ahora quieren que yo sea su cómplice.

Policía 1 (señalando a Jojoto). —¿Viste? Yo te dije que este bicho, el más gamberro de todos, estaba también metido en esta casa.

Los dos policías se abren el saco y sacan sus revólveres.

Salicio. —Ramiro, búscate algo con qué amarrar a los señores... (Ramiro corre y sale por la derecha). Juan Germán, deja el fastidio y toma las pistolas de los señores. Ellos saben todo eso que les estás diciendo...

Juan Germán. —Que conste en acta que lo hago en contra de mi voluntad y apuntado por los cañones de estos señores.

Diznea. —Quedan advertidos: al primero que se mueva, le doy matarile.

Salicio. —¿Cuántos policías hay allá afuera?

Policía 2. —Debe haber como nueve o diez mil efectivos.

Salicio (dándole un golpe). —Contesta seriamente lo que te pregunté.

Diznea (al Policía 1). —¿Y tú qué? ¿Quieres contestar cuántos policías hay allá afuera?

Policía 1. —No, yo sólo quería declarar que mi máxima ambición en la vida era ser modisto. Yo quería ser modisto de señoras portuguesas. Antes creía que ese trabajo era fácil, ¿sabes? Yo decía: «¿cómo no va a ser fácil si siempre usas el mismo patrón y la misma tela?». Un buen día me di cuenta de que no iba a tener futuro porque los portugueses son muy tacaños...

Salicio. —Sabrosos, ¿no? Vamos a ver si amarrados les gusta la vaina.

Aparece otra vez el Desnudo de la obra. Esta vez entra a escena con una bola criolla de color rojo fosforescente en las manos.

Policía 1 (susurrando). —¡Hey, Desnudo! Ayúdanos a acabar con los malos.

Desnudo. —No puedo. La preceptiva del teatro nacional dice que no debo hacer nada salvo salir sin ropa... ¿Será desnudo o sin ropa? (Al público): Espero que ustedes entiendan que no es lo mismo estar desnudo que estar desvestido. No es igual. Es diferente. No hay nada más antinatural que estar desnudo. ¿Usted se ha visto desnudo frente a un espejo? ¿No es raro eso? Uno no anda todo el día así, en cueros. Uno anda vestido. Andar vestido sí es natural. Es mentira eso de que «el desnudo no tiene nada de raro porque es natural». ¿Cómo va a ser natural si todos nos vemos vestidos en la calle y en todos lados?

Policía 1. —¡Ya, ya, ya está bueno!

Policía 2. —Eso te pasa por andar pidiéndole ayuda a filósofos.

Desnudo (dudoso). —Yo mejor entro y le pregunto al dueño de este teatro a ver si puedo ayudarlos. (Sale)

Aparece Margarita, esta vez despierta.

Margarita. —¿Con quién hablas, Juancho?

Juan Germán. —Con estos señores que son testigos de Jehová.

Margarita. —¿A las tres y media de la mañana?

Juan Germán. —Sí, es que tienen una nueva política. Ahora van a tu casa en la madrugada para agarrarte a juro y dormido.

Ramiro regresa con un cable muy largo y con un rollo de tirro muy grueso. Él y Diznea se ponen a amarrar a los policías mientras Salicio los apunta.

Salicio. —Buenas noches, ¿cómo está usted, señora? Mi nombre es Salicio Pacheco y hemos venido aquí a hacer una visita.

Margarita. —¿Quiénes son éstos, Juancho?

Juan Germán. —Mi amor, tú estás dormida. Estás, como todas las noches, caminando por la casa mientras roncas y duermes el quinto sueño. Recuerda que eres sonámbula, y los sonámbulos caminan durmiendo... ¿O será que duermen caminando?... Es la misma vaina... Tú estás soñando. Ahora mismo yo te voy a llevar a la camita y no ha pasado nada. Es sólo un mal sueño.

Margarita. —¿Quién es esta gente? ¿Quién es ese que tiene el teorema de Pitágoras en la frente? ¿Quién son esos a quienes están amarrando?

Juan Germán. —Yo no sé. Yo estoy igual que tú. Hace rato vine para acá porque no podía dormir y esos tipos ya estaban aquí.

Margarita. —¿Y si vinieron a matarnos?

Juan Germán. —¿Y por qué iban a matarnos?

Margarita. —Ah, yo no sé. ¿Tú no vives jactándote de que eres amigo de los terroristas que viven aquí al lado?

Juan Germán. —Margarita.

Margarita. —Seguro que por aquí hay micrófonos y te oyeron diciendo que te cae muy bien el vecino y que no te importa que el otro día te haya invitado a su casa para que lo ayudaras a preparar una bomba... ¡Por bocón, Juan Germán! ¡Por bocón han venido a matarte!

Juan Germán. —¡Margarita, por Dios, la bomba es un coctel que el tipo inventó!

Se oye un trueno.

Salicio. —Señores, hagan el favor de sentarse tranquilamente. Sabemos que deben sentirse incómodos por nuestra presencia aquí en su casa, pero créanme que no hemos tenido otro remedio que parar aquí. (Margarita y Juan Germán se sientan en el comedor).

Margarita (angustiada). —¿Qué es lo que quieren de nosotros? ¿Robarnos? Llévenselo todo, pero váyanse ya.

Juan Germán. —Mujer, cálmate. Por favor, no empeores las cosas.

Salicio. —Su marido tiene razón, señora. No haga de esto un melodrama. Ya nosotros nos vamos.

Diznea (dejando de vigilar a los policías y acercándose al comedor). —Pero antes de irnos, vamos a registrarles un poquito las gavetas a ver qué tienen por ahí.

Ramiro. —Eso ya lo hice yo por allá atrás. Hay como mil herramientas. No sé si me quiero llevar eso o un televisor que hay en la cocina... Creo que me quiero llevar el televisor... Lo voy a ir a buscar para que lo vean. (Sale).

Diznea (tomando de la mesa del recibo un portarretratos que tiene la foto de Gabriela). —

También me gustaría chupar este caramelito.

Juan Germán (levantándose airado). —¡A mi niña no le van a poner las manos encima!

Margarita comienza a llorar al tiempo que Salicio sostiene a Juan Germán.

Diznea. —Hombre, quédese quieto. Es una probadita nada más.

Jojoto se levanta de su asiento sin soltar su maleta y se acerca a la escena.

Juan Germán. —¡Sucio, matón de mierda! (Patalea y se sacude, pero no puede hacer nada porque Salicio lo tiene apuntado con el arma).

Diznea. —Yo sólo le quito el envoltorio y me la meto en la boca... (Diznea camina hacia la puerta de donde hace rato salieron Juan Germán y Margarita. Los policías jadean sin poder hablar porque están amordazados).

Margarita (llorando). —Por favor, no entre ahí. Respete el sueño de mi niña.

Juan Germán llora y forcejea con Salicio. Diznea está a punto de entrar cuando de un salto Jojoto se le acerca y lo golpea hasta tumbarlo.

Diznea (en el suelo y sacando su cuchillo). —¿Qué fue, galán? Yo te tenía ojeriza y te salvé la vida, pero esta vez sí te jodiste.

Salicio. —Caballeros, por favor.

Diznea se levanta blandiendo su cuchillo y Jojoto lo vuelve a golpear, esta vez más duro, en la cara. Al caer, Jojoto no lo perdona y le cae a patadas.

Jojoto (sin soltar la maleta patea a Diznea). —¿Tú no tienes una hija, Diznea? ¿A ti te gustaría que alguien te hablara así de ella? ¡Contesta!

Salicio. —Jojoto, quédate quieto. ¡Jojoto! (Lo apunta con el arma).

Ramiro (entra cargando un televisor). —Mira.

Salicio. —Ramiro, Ten la bondad de soltar ese aparato. Te necesito aquí.

Ramiro (viendo a Jojoto y a Diznea). —Jefe, ¿qué pasó? (A Jojoto) Mijo, quédese quieto. No haga que nos molestemos, mire que esta noche ya hemos hecho mucho por usted.

Jojoto se detiene. Diznea adolorido trata de levantarse.

Juan Germán (a Jojoto). —Yo no sé qué clase de sinvergüenza eres tú, pero eso que acabas de hacer es lo que había que hacer.

Margarita (A Diznea). —¡Ojalá te haya reventado el páncreas, mal nacido!

Salicio (también a Diznea). —A ver si dejas ya de fastidiar. En vez de estar molestando, deberías pegarte a la ventana a ver si ya los policías se fueron.

Ramiro. —Yo mismo voy. (Se dirige a la ventana, se encarama en el poyo y salta hacia fuera).

Gabriela se asoma en la puerta del cuarto

Gabriela. —¿Mamá? ¿Papá? ¿Qué pasa aquí?

Juan Germán (haciendo ademanes para que se quede donde está). —Váyase para adentro. ¡Váyase!

Diznea (adolorido). —Pero si aquí está la niña linda que ha causado este alboroto.

En ese instante se oye una balacera y se apagan las luces.

Salicio (gritando). —¡Ramiro! ¡Ramiro!

Se apagan las luces. Los mismos actores empujan los muebles hacia la ventana. Pausa más o menos larga en la que el teatro permanece a oscuras. Sólo se oyen tiros y sirenas. Telón muy lento.


2da parte

Se encienden las luces. El mismo escenario. Lo único que ha cambiado son los muebles y las poltronas del recibo que ahora sirven de barricada tapiando la puerta principal de la casa y la ventana. Juan Germán, Gaby y Margarita están sentados en el comedor tomando café, mientras Jojoto fuma y Salicio y Diznea beben ron. Los dos policías continúan amarrados.

Juan Germán. —Son un cuarto para las cinco. Pronto será mi hora de ir al baño.

Margarita. —¿Por qué estos tipos tienen que enterarse de tus intimidades?

Juan Germán. —¡Que se enteren! Te están apuntando con cuchillos y pistolas, están metidos en tu casa, te revisan tu cuarto y tus gavetas para agarrar cuanta cosa les parezca, y no se van a enterar de que yo cago como un reloj todos los días a las seis en punto de la mañana. No seas necia, Margarita, por favor.

Gabriela. —Mamá, ¿no hay café para los señores?

Margarita. —No, no hay. Yo estoy oficialmente raptada y por eso no me puedo mover.

Juan Germán. —¡Joder, que se me adelantaron las ganas! (A Salicio) Espero que no haya ningún impedimento para que por lo menos cague por última vez en mi vida en paz, ¿no?.

Salicio. —Vaya sin problemas, pero no tarde mucho. Que no tenga que irlo a buscar porque me lo traigo para acá con los pantalones abajo.

Margarita (refunfuñando). —¡Gente soez!

Gabriela se levanta, va a ir hacia la cocina, pero Diznea se le atraviesa en el camino.

Gabriela. —¿Qué? ¿Quiere café?

Diznea. —No, yo quiero otra cosa.

Jojoto se levanta de su asiento sin soltar su maleta y vuelve a abrirse la chaqueta.

Gabriela (a Jojoto). —No se preocupe, yo sé cómo lidiar con estos tipos. Permiso, por favor. No quiero más líos aquí en mi casa.

Diznea (poniéndole un dedo en la mejilla). —Florecita, florecita linda...

Gabriela. —Mire, señor pipí pequeño, quizás en otro momento y en otras circunstancias usted y yo podamos tener un intercambio de fluidos cósmicos, pero resulta que a usted lo están esperando afuera para meterlo preso y además usted está de luto porque se le murió un amigo. Deje de fastidiar y respete por lo menos que usted mismo está a punto de irse al más allá. (Sale).

Margarita. —¡Gabriela!

Salicio (riéndose). —Qué muchacha más linda... Lo peor es que tiene razón.

Margarita. —Señor Pitágoras, yo le agradezco que no meta a mi hija en este asunto. Háganme lo que quieran a mí, pero no a mi niña linda.

Diznea. —Usted está un poco vieja. Ni sueñe que le voy a hacer lo mismo a usted que a su hija. (Mira el reloj y se para al lado de la puerta del baño donde está Juan Germán).

Margarita. —Supongo que yo también puedo ir al sanitario... Yo no me voy a reventar aquí.

Diznea. —Vaya, señora, vaya... Aquí como que a todo el mundo le da por ir al baño a las seis de la mañana.

Margarita. —Gracias (sale).

Gabriela entra acompañada por el Desnudo de la obra. Cada uno trae una bandeja con tres tazas de café. En una mano el Desnudo trae su bola de color rojo fosforescente.

Salicio (señalando al Desnudo). —¿Y éste qué hace aquí otra vez? Te voy a dar dos tiros si sigues molestando.

Desnudo. —Un momento, el dueño de este teatro y el director de esta obra no me dieron permiso para participar. Yo sólo vine a ayudar a traer el café a esta lindura. (Aparte, acercándose a Salicio y ofreciéndole café) Es que quiero invitarla a salir después que se acabe esta cosa. ¿Tú sabes que yo me hice actor para salir con las actrices. No hay nada más regalado que una actriz de teatro...

Salicio. —Ya está bueno. Párate ahí a enseñar tus nalgas o te vas.

Desnudo. —Está bien, está bien. Me voy. (Guiña un ojo al público y sale).

Gabriela (a Jojoto). —¿Quiere un cafecito?

Jojoto. —Sí, gracias. Me gustó mucho verte enfrentada a la rata esa. Creo que le dolió lo que le dijiste.

Gabriela (sin soltar la bandeja). —La verdad duele.

Jojoto. —Qué si duele... ¡Ja!

Gabriela. —¿Por qué hacen esto?

Jojoto. —¿Y tú qué haces? ¿En qué trabajas?

Gabriela. —Yo soy psicopedagoga. Trabajo en un colegio para niños con retraso mental severo.

Jojoto. —¿Y cómo te la llevas con esos niños?

Gabriela. —Aunque no lo creas, esos son mis niños. Es impresionante ver el cariño que son capaces de dar. A veces siento que ellos quieren con más intensidad que la gente normal... (pausa más o menos larga) ¿Y tú a qué te dedicas?

Diznea (interrumpiendo). —¿Que a qué se dedica? Ese es el peor de todos nosotros. Por su culpa estamos metidos en este paquete...

Salicio. —¡Diznea!

Diznea. —Ese a quien todo el mundo tiene como un prodigio de hombre y de artista loco es un horror de hombre...

Salicio. —¡Diznea, cállate que puede haber otra desgracia sin necesidad!

Entran Juan Germán y Margarita.

Juan Germán. —Déjelo que hable.

Se apagan las luces y se encienden varios bombillos rojos que se prenden y se apagan.

Diznea (sacando su cuchillo). —Este dechado de virtudes que ustedes tienen aquí es en verdad un desastroso chulo vividor. Esta noche Jojoto no sólo robó a su novia vieja, sino que la mató a golpes (comienza a oírse una melodía de clarinete). La mató a golpes porque luego de darse cuenta de que Jojoto le había robado la plata que guardaba en una caja, se fue al escenario donde él estaba tocando, y allí mismo le hizo el reclamo y la escena. Él, al verse descubierto, armó la trifulca. La golpeó salvajemente una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y hasta siete veces antes de que los músicos que lo acompañaban, la policía y hasta nosotros tratásemos de detener a aquella fiera.

Continúa escuchándose el clarinete. Los bombillos rojos siguen parpadeando. En la confusión, el policía 1 y el policía 2 se levantan de sus asientos, mueven los muebles y salen.

Jojoto. —Yo sólo soy un músico, un clarinetista que ha querido tocar su música para ustedes, para el público que nunca ve ni oye ni recuerda nada; para la gente a quien todo le parece igual... Ahora mi vida es un desastre. Yo sólo soy un clarinetista... (Abre la maleta y salen su instrumento y varios paquetes de billetes que caen al escenario). No soy un angelito de Dios. Si hay algo bueno en mí es que he querido ser un buen músico (se arrodilla en el piso y allí se queda alelado).

Se encienden las luces y Salicio apunta con su pistola a Diznea.

Salicio. —Mientras menos gente supiera de este asunto, mejor. Todo iba bien hasta que te pusiste a hablar de más. Ahora ninguno de nosotros podrá salir de aquí por tu culpa.

Margarita. —¡Qué horror! ¿Qué va a hacer este hombre?

Gabriela. —¿Qué va a hacer?

Entra el Desnudo de la obra sin su bola roja fosforescente en las manos.

Desnudo. —¿Salicio qué locura tienes entre manos aparte de tu pistola? Deja de fastidiar tanto y tómate tu café.

Salicio (a Diznea). —Siempre me caíste mal (le dispara).

Margarita, Gabriela y Juan Germán gritan.

Diznea (herido). —Me jodiste, Pacheco...

Desnudo (a Salicio). —Eso no te quedó bien.

Salicio (apuntándolo). —¿A qué te refieres?

Juan Germán. —¡Se volvieron locos!

Margarita y Gabriela lloran.

Desnudo. —Me refiero a que detrás de ti está la policía.

Entra el Policía 2 por la derecha con una pistola que apunta a Salicio.

Policía 2. —Entrégate, Salicio. Mi compañero ya está afuera esperándote.

Salicio. —Me quedan balas para regalo (echa un tiro al aire). ¿Quién es el próximo? ¿El dueño de la casa? ¿La hija? ¿Quién? ...Yo tengo el control de la situación. Ni el Desnudo éste ni ningún policía tiene la sartén por el mango. ¡Por si no se han dado cuenta, todavía el mando lo tengo yo!

Se oyen golpes a la puerta y a la ventana. Se oyen disparos. Vuelven a apagarse las luces. Se oye una voz en un altoparlante.

Voz (que es la del Policía 1). —Salgan con las manos en alto... Siempre quise decir esto... Salgan con las manos en la masa. Están rodeados.

Se enciende la luz y aparecen todos los personajes tirados en el suelo. Sólo Salicio, Jojoto y Gabriela permanecen de pie. Salicio está pegado a la ventana con su pistola en una mano y con la otra agarra a Gabriela. Jojoto está casi a su lado con otro revólver.

Salicio (gritando hacia afuera por un resquicio que le dejan los muebles agolpados en la ventana). —¡Aprende a hablar, so mula! (Dispara) ¡Esto es para que tú y tus policías aprendan a hablar! (Vuelve a disparar).

Margarita. —¡No! ¡Mi hija no!

Juan Germán. —Señor Salicio, suelte a mi hija. Si quiere nos vamos por atrás. Yo sé por dónde irnos.

Policía 2 (apuntando con su arma a Salicio). —Salicio, no seas loco. Entrégate, mira que no te puedes escapar.

Margarita (llorando). —¡Asesino!

Desnudo. —¡Qué horror! ¿Por qué me meterían a mí en este berenjenal?

Salicio (moviéndose desde el extremo izquierdo hasta el extremo derecho del escenario con Gabriela y la pistola entre manos) —Ahorita nos vamos tú y yo, mi cielo. Tú me vas a decir cómo salir de aquí sin que nos vean. Tú eres una niña linda e inteligente que sabe lo que sabe su papá.

Policía 2. —Salicio, no desperdicies la oportunidad que te estamos dando para que te entregues y para que no haya sangre ni nada.

Juan Germán, Margarita y el Desnudo lloran arrinconados. Jojoto sólo mira la escena sin moverse ni chistar.

Salicio. —¡Cretinos! ¿Qué se creen, que yo voy a ir otra vez a esa cárcel? ¡No! Yo soy más inteligente que ustedes. ¡Yo soy más inteligente que ustedes!

Desnudo. —Creo que no, Salicio. Creo que no.

Entra el Policía 1 por la derecha. En una mano lleva la bola rojo fosforescente y en la otra un altoparlante. Entra silenciosa y rápidamente, y sin mediar palabra le da un golpe con la bola en la cabeza. Salicio cae y Gabriela corre a los brazos de sus padres.

Policía 1 (con el altoparlante encendido en la boca). —Esta es la primera vez que veo que una bola sirve para algo.

Desnudo. —¿Qué les dije yo?

Policía 2 (al Desnudo). —¡Qué maravilla! Usted es el héroe del día. ¡Gracias por quitarnos las cuerdas de encima! (Le da la mano eufórico).

Desnudo (eufórico). —Gracias, gracias (se oyen aplausos. Le ofrece la mano al Policía 1, pero éste no se la da).

Policía 1 (señalándole el pipí). —¿Usted se tocó el bicho ése?

Desnudo. —No. Yo he estado muy ocupado para estar en esas cosas.

Policía 1. —De todas maneras, mejor no se la doy. A ver si se tocó ahí y no se lavó las manos...

Desnudo. —Más cochina estará tu mano que mi muñequito, ¡mal agradecido!

Policía 2. —¿Y cómo es que pudo ayudarnos? ¿No y que se lo tenían prohibido?

Desnudo. —Fui a hablar con el dueño del teatro, y él me dijo que mejor llamara al director de la obra porque sinceramente no sabía qué hacer. Entonces llamé al director y me dijo que llamara al dramaturgo y que le pidiera permiso, pero que no me preocupara mucho porque ese escritor no era bueno y que seguro estaría de acuerdo con poner un deux ex machina en su pieza para terminarla de una vez por todas.

Policía 1. —Ahhh...

Jojoto se mueve lentamente con la pistola hacia donde están el Desnudo y los dos policías.

Juan Germán. —¡Cuidado, ahí viene el otro loco!

Jojoto (casi susurrando). —Yo sólo he querido tocar mi clarinete. Ellos no me han dejado. (Camina hacia la ventana de la izquierda y comienza a quitar lentamente los muebles que la cubren haciendo barricada). No hay nada más peligroso que un hombre obligado a hacer lo que no quiere. Ustedes (señala a Juan Germán, a Margarita y a Gabriela), perdonen este desastre... Gabriela, perdona. Como tú misma dijiste, habría sido muy grato conocerte en otras circunstancias... (A los policías 1 y 2): Me rindo (suelta al piso la pistola). Creo que no puedo vivir huyendo ni haciéndole daño a los demás... A pesar de todo fue bueno conocerlos.

El policía 2 le coloca las esposas mientras la luz se disuelve hasta que todo queda en oscuridad total.

TELÓN

Roberto Echeto en La BitBlioteca


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