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Ponme el 5, mamá...

El Nacional, 13 de diciembre de 1997
Carolina_Espada
Carolina Espada

En el Canal 2, Jean Claude van Damme destesticuliza —mediante una patada voladora— a un chino maluco. En el 4, una joven, alborotadita ella, acorrala a un señor, lo besuquea todo, le baja el cierrecito del pantalón... y él se deja serenito. En el 5, que es el 8 (ó viceversa), un leopardo dentúo le arranca los intestinos a una gacelita zoqueta prima-hermana de Bambi. En el 10, un cuarto bate —recién golpeado por una bola malintencionada— le vuela pa’encima al pitcher con el feroz propósito de arrancarle la oreja de un solo mordisco a lo Tyson. En el 33, unos soldados, como de Burundi o algo por el estilo, le caen a machetazos a unos negritos famélicos y horripilados. En el 51, una pobre señora allá en Australia, tiene que huir entre koalas y canguros, porque un psicópata que no logró violarla, vino y le quemó su casita. Y en el 57, una actriz (que ahora y que canta) maúlla y se retuerce al compás de una melodía masturbatoria.

Es domingo por la tarde... Esta es la programación infantil...

Entonces sale uno ahí pegando alaridos: «¡Fin de mundo! ¡Cómo es posible tanta violencia y tanto sexo desatado?!» (¿Y dónde me dejan esos programas en donde entrevistan a sadomasoquistas kindergarterinos o a coprófagos anoréxicos o a mimos pavosos que terminaron matando a su papa?) «¡El gobierno tiene que hacer algo! ¡El Estado tiene que intervenir y controlar y reglamentar y dictaminar lo que se pase en la televisión!».

Pues no señor, porque esa prohibidera por parte de un Estado-Rector-Supremo es fascismo puro y, «totalitarismo», y eso sí es verdad que no.

La única salida que le queda a un Estado democrático (aunque sea un disparate como el nuestro) es la de meterse en la pelea, invertir buen dinero en su canal cultural y ofrecer una programación de altura y sobrada calidad.

¿Cuántos escritores venezolanos están hartos de libretear culebrones rosados? ¿Cuántos de ellos tienen unitarios, miniseries, comedias, adaptaciones de obras literarias y unas ganas locas de que se lo produzcan? ¿Cuántos actores darían un año de sus vidas por dejar de ser un estereotipo repetidor de textos insulsos e intrascendentes, para interpretar un personaje que los inmortalice en la pequeña pantalla? ¿Cuántos directores abúlicos y barrigones se sentirían estimulados ante la posibilidad de hacer algo más que «ponche y ponche» entre un galán y una villana? ¿Y qué me dicen de nuestros cantantes y músicos y bailarines? ¿Ah?...

Mientras el Estado se organiza para darle empleo a un montón de gente talentosa que sobrevive en este país, y comienza a producir una televisión «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» (parafraseando a Lincoln y quedando de lo más democráticos), muy bien puede retransmitir: La Guerra y la Paz, El Juicio de Mariana Pineda, Los de Arriba y los de Abajo, Lilly, Valores humanos, Las cosas más sencillas (me sigo negando a creer que borraron esas cintas) y La Dueña.

Rubén Osorio Canales —en un forito light y politically correct realizado en el Ateneo de Caracas— por fortuna reveló que cuando la televisión estatal ha cumplido con su deber de informar, recrear y educar, no sólo se ha fortalecido, sino también ha influido en la televisión privada.

Y si el Estado se niega a invertir en su canal y en su gente, y permite que el 5 continúe muriendo de mengua, los televidentes tendremos las siguientes opciones:

  1. Seguir viendo los canales comerciales en donde sí están claritos: lo que quieren es «R.R.» (Real y Rating) , aunque no siempre lo logren y eso signifique poner Calígula a las 6:00 pm y promocionarlo como «un filme histórico y educativo sobre los usos y costumbres de la Roma Antigua... para toda la familia!».
  2. Sentarnos con nuestros hijos a supervisar y comentar lo que ven. No debemos olvidar —¡jamás!— que el televisor no es un maestro ni una niñera ni un acompañante. Eso es un perol igualito a una licuadora o a un secador de pelo. La diferencia es que uno no deja solos a los niñitos con los demás electrodomésticos, porque se pueden hacer daño...
  3. Y más importante: Recordar que somos nosotros, los telespectadores, los que tenemos el Poder: siempre podemos apagar el televisor.


Carolina Espada en La BitBlioteca


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