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Cuentos traspapelados

Carolina Espada

Domingo, 19 de mayo de 2002

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Carolina Espada

    «...cuidaréis de que los cómicos estén bien atendidos. ¿Oís? Haced que los traten con esmero, porque ellos son el compendio y la breve crónica de los tiempos».

William Shakespeare (Hamlet)

Caperucita Feroz entró brincandito a la casa de su abuela.

«¡Mamina! ¡Mamina! ¡Ya llegué!»

Pero en la cama lo que vio fue a un lobo con dormilona de encajitos y gorrito en combinación. Era... demasiado obvio, demasiado pelaje, demasiado colmillo y salivación. Y no valía la pena.

Caperucita Feroz dio media vuelta, salió dando un portazo y sin salticos fue a sentarse en un claro del bosque. Pues para eso es que están los claros de los bosques. Allí, seria y cavilosa, desenvolvió la servilleta de cuadros rojos y blancos, y vio lo que su mamá había empaquetado dentro de la canastica. Buñuelos de nata y crema. Nunca supo lo que era eso. Pero hoy sí. Hoy se los comió. Y también se atracó todas las grosellas que había estado recogiendo por el camino.

A pocos metros de distancia, sentada sobre un tronco seco y, como siempre, rodeada de animalitos, estaba Blancanieves con una manzana en la mano. Y la veía como quien mira una manzana envenenada.

«Yo no soy tonta. Yo no me la voy a comer».

Bajo un abeto estaba el Príncipe Azul. Azul deprimido y hablando solo.

«No sirve de nada que bese a Aurora y la despierte. Mejor que siga dormida. ¡Pobre inocente! ¡Y mísero de mí!».

La Bella, estremecida y meditando con amargura, observaba cómo la Bestia se rascaba las pulgas y profería gruñidos tan poco gratos y, como de costumbre, tan fuera de lugar.

«¿Pero y quién dijo que yo era la predestinada para salvar a este monstruo y, luego, ambos, vivir muy felices para siempre? Yo merezco algo mucho mejor y, ciertamente, infinitamente menos complicado».

Las hadas, desconsolhadas, apesadumbrhadas y acongojhadas, suspiraban al borde del riachuelo. Displicentes y como una llama que se extingue, encajaban sus varitas de marfil –con punta de estrella– en la arena y hacían trazos incongruentes y funestos.

Rapunzel, mientras tanto, con una tijera de punta roma, se cortaba las trenzas. Poquito a poquito. Chic, chic, chic. Y los mechones dorados iban cayendo. Era como si se le estuvieran desprendiendo todos y cada uno de los besos que le habían dado. No lo podía evitar: lloraba en silencio.

Hanzel y Gretel se sinceraron. En su familia había todo un vasto historial de diabetes. Era la hora de abandonar los dulces y convertirse en vegetarianos o en anoréxicos o en lo que fuera. ¿A quién le importa una bruja que vive en una casa de jengibre, con adoquines de caramelo, ventanas de galleta con pasas, tejas de gomitas azucaradas y mobiliario de chocolate?

La Cenicienta resolvió asumir de una vez por todas. ¡Hasta cuándo el bajo perfil y la poquitacosura! Con escasa ilusión, se acercó al Príncipe (que, en medio del desencanto reinante, ya no hallaba qué hacer con esa zapatilla de cristal) y le dijo:

«Mira, dame acá mi zapato».

Y allí fueron llegando todos: el Sastrecillo Valiente sin hilo ni aguja; Pulgarcito, mucho más disminuido; Pinocho con un grillo muerto; Kásperle, grave y circunspecto; el Gato con Botas y agujeros en las suelas; la Sirenita desescamada; los Tres Cochinitos hartos de trabajar en equipo y con un lobo extenuado; el Flautista de Hamelín con pérdida del oído musical; Peter Pan súbitamente avejentado y sin poder volar; el Patito Feo, horroroso; Simbad el Marino, mareado y con náuseas de alta mar; el Soldadito de Plomo derretido; Jack, añorando sus Habichuelas Mágicas... Cientos de personajes en busca de un autor que los pudiera volver a contar... A ver si alguien querría narrar los cuentos otra vez... Y si todavía había alguien que quisiera escuchar... Alguien que quisiera creer.


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