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Sección: Bitblioteca
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¿Y el lobo? El Nacional, martes 22 de octubre de 2002 Un buen día, Caperucita Roja cumplió dieciocho años. Todo seguía más o menos igual. Continuaba con su mamá, allá en la casita de la pradera tupida de margaritas y uno que otro cardo. Su abuela, más incorregible que nunca, insistía en vivir en lo profundo del bosque, en un lugar en donde, por tanto pino y secoya, apenas si llegaba el sol. ¡Ay, la Mamina, allá solita con sus nostalgias, sus fotos sepia y sus manías tan bella esperando sus buñuelos de nata y crema cada semana! Pero hete aquí que una buena tarde llegó un novio al cuento; uno gentil, con una casaca verde esmeralda y que llevaba a Caperucita a pasear por el reino cercano. Y todos vivían muy felices (tal y como se esperaba de ellos). Una mañana, un gorrión mensajero trajo carta de la abuelita. Tenía antojo de dulcito y ya no le quedaban buñuelos. «Hija querida: pregúntale a Caperucita si, en vez de venir mañana con su pretendiente, ¿no me los podrá traer hoy?». Hoy mismo se los llevaría, pero ¿a qué hora? ¡Tenía tanto que hacer antes de la fiesta del palacio! ¡La Bella Durmiente (quien desde hacía tiempo sufría de insomnio y tomaba pasiflora) y su esposo, el Príncipe Azul, anunciaban el compromiso de su primogénito con una ranita encantada! ¡A la media noche: un beso, un estallido de nube con escarcha rosa y ella se convertiría en doncella encantadora! ¡Eso había que verlo! ¡Y habría fuegos artificiales y pastel! Entonces: ir a la peluquería de Rapunzel; recoger el vestido en el atelier de El Sastrecillo Valiente y, antes de que su novio llegara en la calesa de cristal, volar a la casa de la abuelita en pleno atardecer. Veloz. Bendición, Mamina. Buñuelitos y chao. Podía hacerse. Podía hacerse si tomaba el atajo. Y el atajo tomó. Pero lo tomó con la voz de su madre retumbándole en cada tronco, en cada rama, en cada hoja: «Caperucita, nunca vayas por el atajo, por lo que tú más quieras, siempre vete por el camino largo. El Cazador, en la taberna de Don Pulgarcito, estaba comentando que por ahí ronda un lobo violador. Caperucita, cuidado ». Una lechuza ululó. Caperucita nunca llegó a casa de su abuelita. Mamina, preocupada, tomó su bastón florido y una linterna, y salió a buscarla. El novio y la mamá también la estaban buscando. El Cazador los acompañaba silenciando su angustia. Habían pasado horas, el festín del castillo ya había comenzado y ellos tenían un presentimiento atroz. En la oscuridad escucharon los sollozos y encontraron a Caperucita, todo un despojo ella, embojotadita en su caperuza vuelta jirones, allá sobre el puente del lago de los Dragones Dormidos. Y dijo Caperucita: «No me vean, no me toquen, fue por mi culpa, no he debido de tomar el atajo y el lobo violador » y ahí estalló en el más desconsolado de los llantos. Y dijo la Abuelita: «No, mi vida, la culpa es mía, yo me he tenido que esperar hasta mañana, cuando tú ibas a venir con el joven aquí». Y dijo el-joven-ahí a la mamá de Caperucita: «La culpa es suya, señora Roja. A Caperucita se le ha ido toda la vida llevándole confites a la abuela. Justamente hoy, que su hija tenía la ilusión del festejo real, usted muy bien ha podido hacer una excepción, agarrar la cestica con los dulces y llevárselos a su madre, a quien usted no va a visitar nunca». Y gritó la mamá: «¡Ah! ¿¡Pero ahora la que tiene la culpa soy yo!? ¡Tú muy bien has podido llegar más temprano y acompañarla y protegérmela! ¡Pero claro, seguramente se te hubiera arrugado tu levita de terciopelo verde!». Y concluyó el Cazador: «No, la culpa es mía. Desde hace mucho tiempo he tenido que matar a ese lobo violador». Todos estaban deshechos por el dolor y por la culpa. Tan afligidos que enmudecieron. Pensaban que no podrían volver a sostenerse la mirada nunca-jamás. Entonces, hubo un burbujeo y una luz en lo más hondo del lago. De allí emergió un hada transparente y brillante, que cabalgaba en el lomo de un dragón somnoliento. Y el hada dijo: «La culpa la tiene el lobo». Y, sin más, hada y dragón se sumergieron nuevamente en las aguas.
Este ejemplo (sin tanto bordadito) fue dado por la pediatra Lila Vega en el foro: «Sexo, Verdades y Video», realizado en el Celarg, en compañía de Roberto Hernández Montoya, Israel Centeno, Carlos Azpurua y Argelia Bravo. Lo de la culpabilidad del lobo puede aplicarse a todo: desde quien fue el responsable de que un cassette con imágenes tan eróticas como privadas saliera a la venta, hasta quien tuvo la culpa de la masacre del 11 de abril. Oiga más allá de los gritos, de los lamentos y del volleyball de acusaciones. Descubra en dónde está escondido el lobo y hallará al culpable.
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