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Pelota rosada

Carolina Espada

Jueves, 28 de diciembre de 2000

 

Carolina Espada

La telenovela rosa es igualita al beisbol. Bueno, idéntica —calcadita no, porque en el culebrón se tiene la garantía —desde el propio comienzo— de un final feliz con beso apasionado, trinar de pajaritos y colorín colorado; y en cambio, en el juego, nunca se sabe cuál será el desenlace. ¿Ganaremos los buenos? ¿Triunfarán los malvados del Caracas? ¿Nos saldrá un empate indigno? El deporte, a diferencia de la boa constrictor novelada, nos ofrece esa contundente expectativa. De resto, pelota y folletín están cortados por la misma tijera. (Así parecen opinar los que deciden y mugen en televisión).

El espectador no quiere sorpresas

Cuando se va para el estadio se sabe de antemano exactamente qué es lo que va a ver. Es el plei-of , y no una versión yolandamorenesca de El Lago de los Cisnes. Están los Eternos-Rivales ; el pícher y el cácher agachaíto; el ompáier que debe estar ciego porque esa era una bola bajita en donde quiera que la pongan; los nosecuántos áus ; las nuevas arepas; el cuarto bate y novio de la madrina, y la madrina que no le quita los ojos de encima al chorestó del equipo contrario, que está buenísimo con ese uniforme forrao . (¡Y es que mírenmele los muslitos!.. ¡Ay, qué calor!).

El espectador no quiere sobresaltos ni peligro

El fanático beisbolero, que se conoce las reglas del partido muchísimo mejor que el Padrenuestroqueestásenloscielos, lo que va a disfrutar es el «cómo va a pasar» lo que él ya sabe que va a suceder. Intelectualosamente hablando: es el Verfremdung Effekt brechtiano. (¡Guá!). ¿Y qué hace uno con este «efecto de distanciamiento» ahí en las gradas entre tanto entusiasta sudado, hediondo y gritón? Pues se solaza con quién metió más carreras, a quién espalillaron por la vía rápida del unodostrés y a quién poncharon por atorao.

El espectador no quiere riesgos ni confrontaciones

Nunca en la vida va a ocurrir que un incondicional y apasionado del Magallanes-será-campión se lance al terreno, corra desatado por cada una de las bases, se tire de barriga en el jon y le anote una carrerita a los Navegantes. Eso no sucederá jamás en la vida. Y si pasa, un par de policías abochornados (entre pitas, cuchufletas y risotadas de la gradería) se llevará detenido al espontáneo —tras su paseíllo por el diamante— y el suceso sólo quedará para anécdota y guasa en la cervecería más cercana.

El espectador no quiere retos ni provocaciones

Loaba yo las telenovelas brasileras por innovadoras, por inteligentes, por bien hechas... ¡por distintas!..., y uno de esos ingenieros iletrados —que tanto abundan y opinan en las plantas de televisión— me increpó: «¡Tú estás mal! Mira, imagínate a nuestra televidente promedio: pasa todo el día en el trabajo calándose al jefe suyo, que si se agacha come grama y que, para colmo, se las da de pleibói; sale tarde, con lluvia y sin paraguas; se monta en el Metro emparamada y va una más desesperada que ella y se mata, y el locutor ese que tienen ahí abajo dice que les sale media hora de «retraso operacional»; llega a su edificio y el ascensor está dañado; se pega los quince pisos y el tacón del zapato que se le despega; entra en su apartamento y se consigue al mayorcito prendido en fiebre, ¿y pa' qué farmacia va si no tiene real?; el marido la llama y le dice que va a llegar bien tarde por no-sé-qué-cosa-ahí de un inventario, y ella con la certeza de que, en ese preciso instante, el hombre se le está revolcando con la sinvergüenza sonsacadora y pelopintao de la oficina... ¡¿Y tú quieres que esa infeliz se siente a ver una novela intensa, crítica, artística, sublime y original?! ¡Nojó ! ¡A esa lo que le sale es más de lo mismo! ¡Dale lo de siempre: una protagonista gafa, un galán bolsa y una villana de lo peor! Ya está... ¡Ponle su María del Arroyo, que en el capítulo de anoche no reconoció al amor de su vida —¡al mismísimo padre de sus morochitos!— porque el tipo se le presentó con barba, bigotes y lentes de sol!».

El espectador es bruto y no quiere pensar

¡¡¡Me niego a creer semejante atrocidad!!! ¡Vaquitas sagradas de la televisión: remítanse a los últimos ratings! ¡El beisbol sigue siendo popular! ¡La telenovela rosa, ya no!


Roberto Hernández Montoya, Para comprender la telenovela de una vez por todas, Carolina Espada en La BitBlioteca


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