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Sección: Bitblioteca
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Pueblito LuzCarolina EspadaJueves, 9 de noviembre de 2000
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¿Pero eso es verdad o son embustes tuyos?
Ningún embuste. A mí me lo contó el catire Bernardo hace ufff y yo, a cada rato, espepito la historia porque me encanta. Bueno, dale. En Carora, a principios de siglo, había un señor que se llamaba Don Tertuliano Riera. Nadie se puede llamar así. ¿Quieres que te eche el cuento, sí o no? Dale... Carora era un peladero e'chivo... Hasta el sol de hoy. Si me vas a chalequear el... Dale, pues. Carora era puro chivo, cují, queso y acemita tocuyana, y Don Tertuliano fue el primer carorense... Caroreño. Misma broma. Fue el primero en ir a París de Francia. ¡Qué éxito! Pero lo trascendental del viaje no era la ida, sino la vuelta, y desde su partida (en aquella madrugada de arepas para el camino, vaya con Dios y gente con pañuelito en cada ventana) allá en el pueblo todo era: ya Don Tertuliano debe de haber llegado; estará paseando por los Campos Elíseos, bañándose en el Sena, oyendo misa en francés; a lo mejor ha conocido a algún pintor famoso ¡o a una artista de cancán con fustán y bombachas de faralaos, y liguerito rojo, Ave María Purísima!... Siete meses después, Romulito se pedaleó toda Carora en su bicicleta como si fuera el mismísimo Paul Revere en la medianoche aquella: «¡¡¡Ya viene!!! ¡¡¡Don Tertuliano ta’en el paiiís!!!». ¡Y aquella expectativa! ¡Y la distancia y los días! ¡Y ese hombre nada que llega, y uno con esta esperadera y esta curiosidad! En lo que se supo que Don Tertuliano había pasado por Duaca (botellita de cognac para el compadre Anzola, perfume de gardenia para la comadre Blanca Margarita, bibelots para las ahijadas), en Carora comenzaron los preparativos para el recibimiento. En casa de las señoritas Oropeza iba a ser el ágape, porque ellas eran muy leídas y tal, y en su patio cabía completico lo más distinguido de la sociedad carorense. Completico si se rodaban los tiestos de geranios y se quitaba el tinajero. Ah, y si no venía la señora Tamayo que estaba muy embarazada de morochos. ¡Y arribó Don Tertuliano! Igualito, el de siempre, pero viajado, vivido y ahora con el bigotico entorchado. Y se hizo de noche, todo el mundo tomó asiento, se guardó máximo silencio y el bachiller David Maris Mejías, preguntó con nudito en la garganta y trémula emoción. «¡A ver, Don Tertuliano, cuéntenos cómo es París!». Don Tertuliano se echó un poquito para atrás, ladeó la cabeza, caviló por un instante y respondió serísimo: «Bueno... ¿Ustedes saben Carora?». Y todos asintieron expectantes y sin respiración. «Pues tal cual». Y entonces todos vivieron muy felices para siempre.
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