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Proclama de Palmasola Juan Crisóstomo Falcón
[1859] A los Venezolanos Al pisar el territorio, al aparecer sobre la escena de la revolución, siento la imprescindible necesidad de hablar a mis conciudadanos. Prefiero siempre ser conocido; que nadie se equivoque conmigo. La patria debe, además, saber por qué vengo y lo que traigo. No soy, a ella le consta, un militar de cuartel que hace la guerra por oficio; como tal, la guerra me inspira horror y menosprecio el que la hace. Soy lo que todo hombre de conciencia que ciñe espada y lo que he sido desde que Venezuela me prestó la de su libertad: un ciudadano armado y nada más. Que menos puedo ser un ambicioso tentado por la víbora del poder, para quien la reputación significa poco, con tal de mandar sin ella; uno de esos hombres que, prefiriendo el monótono placer del mando al honor y la fama, renuncian a un puesto en el panteón de la historia, donde vivir con nuestros nietos, donde vivir con la edad del mundo, donde vivir siempre; uno de esos ante cuyos ojos la patria es nada, porque su predominio personal lo absorbe todo; que ni aun me parezco a tales monstruos, que lo diga Venezuela... Mis propios enemigos, así, que lo digan también. Tampoco soy yo quien trae la guerra; ésta existe, y existe declarada por la nación en masa contra los opresores, tiranos, que, audaces, se constituyeron mandatarios por derecho divino y que por deber infernal imponen a los pueblos el deber de obedecerlos. ¡Insensatos! ¡Cómo olvidan el coraje de los venezolanos! Sí, la cuestión no es que las leyes que hagáis sean buenas o males; la cuestión es que el derecho de hacerlas no es vuestro, sino de la mayoría, porque en las repúblicas corresponde a aquéllas el ejercicio de todos los poderes sociales He aquí la verdadera causa de la presente revolución, la misma de siempre: que los gobernantes empeñan una lucha temeraria con el pueblo disputándose su soberanía; le imponen sus comisarios; y como sería ignominioso que el soberano se sometiese a tanta iniquidad, no quedándole otro camino, ocurre a las armas para hacer valedera su voluntad Tal es el secreto de nuestras perennes agitaciones. La anarquía en que vivimos no es causa, sino efecto; la causa de las cuales, la causa madre de ésa; que el pueblo quiere, y no lo dejan elegir Las violencias eleccionarias de 1846 engendraron el año de 1848 y todos los que les siguieron después. ¿Cómo dudar que las del Gobierno provisional de marzo habrían de precipitarnos nuevamente en la insurrección? Si se quería concluir con la guerra civil para siempre, debió respetarse el querer popular; la libertad eleccionaria es la paz de Venezuela. Ved cómo escarmientan los pueblos a los que atentan contra su soberanía; apenas un año, y eso combatiendo, ha podido durar la obra de marzo, porque burló el voto de la revolución. Hubieran tenido sus conductores buena fe, y estaba conseguida la más bella ocasión de conciliar los partidos; extinguir los odios, desarmar la venganza y fundar una paz duradera, libre y honrada. Para hoy la República sería una verdadera práctica, con derechos reales y positivas garantías para el ciudadano, con discusión tan libre y franca como es franca y libre la razón del hombre. Tendríamos pacto social y no las precauciones, reticencias y ambigüedades de una bandería con otra. Los partidos políticos mismos, convertidos en doctrinarios y persuadidos de que la fuerza no es palanca de este siglo, habrían confiado ya a la razón todo lo que deben a la felicidad pública. Pero la patria es inmortal. Si aquella feliz oportunidad se desaprovechó, no ha de negarnos el cielo otra en que probemos que somos dignos de que no nos abandone todavía. De mí nadie puede dudar con justicia; mis palabras deben ser creídas. No he mentido cuando el interés podía seducirme. ¿Mentiría ahora que la verdad es mi gloria? Venezuela tendrá elecciones libres, que es su grande empeño, como base de la República, y con ellas será lo que quiera ser. Desde el 20 de febrero todo nos ha sido próspero; y, permitidme, compatriotas, hacer en este lugar una mención honrosa del bravo jefe que de una en otra victoria ha tenido la fortuna de pasear por la República la bandera estrellada de la Federación. Salió Zamora de Coro, la heroica, con un puñado de valientes; atraviesa la tercera parte de nuestro territorio por entre un erizo de fuerzas enemigas; toca a las puertas de las capitales de todo el occidente, las visita casi todas ellas, y dondequiera que tropieza con el enemigo, lo vence y lo desarma. A las trescientas leguas de marcha, la opinión le guardaba a Barinas como premio de tanto denuedo, de habilidad tanta. Allí crea un ejército, lo organiza, lo arma; y seguro de su inexpugnable y rica base de operaciones, prueba todo lo que se puede cuando se cuenta con la opinión y se tiene fe en los pueblos. ¡Viva el ejército de occidente como un modelo eterno para la posteridad! La patria debe también muchos recuerdos de gratitud al viejo soldado y las lanzas orientales que con nosotros lidian infatigables en favor de la causa popular. Derramemos una lágrima sobre la tumba de los valientes de ambos ejércitos que no hayan sobrevivido a tanta gloria. Para hoy la revolución tiene toda su fuerza material; yo creo traerle el complemento de su autoridad moral; ese que me han dado el favor de los pueblos y la aceptación de los jefes armados que hasta ahora acaudillan al ejército. Con esta autoridad propóngome darle unidad y concierto a la campaña, al propio tiempo que ahorrar sangre generosa y conjurar futuros peligros. Ayudadme, compatriotas, todos. Vamos a fundar la República. Contribuid todos al triunfo nacional y luego Venezuela dispondrá libremente de su suerte, como dueña absoluta de sí misma. La sangre que ello cuesta dejémosla caer sólo sobre los que pretendan todavía bregar con la opinión pública, poniendo a los venezolanos en el duro trance de escoger entre la esclavitud y la insurrección. Si tal sucede, la guerra queda justificada, y la posteridad bendecirá a los que la hacemos si, fieles, fundamos la libertad de la patria.
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