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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Escribir para la red

Mi viejo CPM

Tenía yo entonces, en la lejanía de los años ochenta, una QX-10 de Epson, en el fenecido sistema operativo CPM, de nada menos que 256 Kb en RAM (cuatro veces lo que el estándar del momento) y trabajaba como dialoguista en una telenovela, más bien infortunada, que se llamaba Enamorada, tal como la película del Indio Fernández. Solía madrugar, venciendo la fobia de aquel trabajo que, a ratos, me resultaba un reto a mis habilidades de escritor (y a ratos me parecía de un absoluto sinsentido). Encendía la máquina, que con singular rechinamiento sobre el floppy me hacía ingresar en un ignoto mundo verdinegro, hasta que se me brindaba el poco amigable menú del Word Star, que en paz descanse. Y, uno a uno, comenzaba a arrojar los caracteres que surgían de mi cacumen melodramático, hacia aquel otro lado recóndito de la virtualidad.

Solía suceder también que en mi ignorancia, en medio de una malacrianza del personaje que hacía Rudy Rodríguez —también con 256 Kb en RAM, para ese entonces— escogía extraer inesperadamente el floppy (inesperadamente para la QX-10) y un pavoroso mensaje helaba la sangre de mis venas, ya de por sí madrugadora. Era una suerte de “sorry boy, you’re doing the wrong thing. Don’t do it again, I warn you.” Mi escena, de siete páginas, de gélida matinal sudoración, de algún afortunado parlamento que surgía a duras penas de mi angustia, quedaba allí, en la nada que se asomaba a la pantalla. Optaba entonces por la desesperación: sacaba el floppy, metía el floppy, revisaba el floppy. Y cerraba los ojos para consumar el “booting” que se lo tragaba todo y me dejaba enfrentado a la brutal evidencia de la nada electrónica. Así, hasta el capítulo siguiente.

La nostalgia de la hard copy

Desde aquel entonces me vengo preguntando qué es escribir sobre una computadora. Qué suerte de perversión malabarista nos empuja a colocar nuestra creatividad en vilo y, además, tan inconcretamente, como si ya de por sí las ideas no fueran inasibles y escapistas y sustancialmente evanescentes. Se me antoja además que en el trámite con la computadora hay, con cada texto que se escribe, un resabio de solipsismo, de relación, psicótica o lo que sea, algo como de comercio carnal con un fantasma, porque la pagina escrita, tan sudada, tan aguarda, tan parida existe en principio para ser mirada: no se toca, no se palpa, y sólo se transforma en hard copy, si el milagro de la corriente eléctrica la hace permanecer siendo o si así lo decide la CANTV. No era lo mismo el tecleo de mi Remington que producía de una vez páginas y página remozadas con tachones, de las cuales guardo más de un ejemplar amarillento. Si hasta Writer’s Digest lo dice a cada rato: un buen escritor no solo es aquel que escribe diariamente, sino también quien, día a día, hace su backup. La angustia por la palabra huidiza ya no se termina sobre la página en blanco...

La red: la nada potenciada

Sin embargo, en este vértigo, estamos todos y, eliminada la Remington, ahora enfilamos nuestro balbuceo electrónico, no solamente hacia la oquedad detrás de la pantalla, sino hacia la incierta galaxia de la Red. Habitamos en esa inexistencia. Y escribimos para ella. ¿Qué sentido tiene esto?

Escribir para la red es, múltiplemente, una peripecia: es escribir en una nada que, cada vez más, lo es todo y es escribir para un masa anónima que a cada rato emerge y se pronuncia a través del correo electrónico (me acaba de llegar, por ejemplo, el correo de un lector y colega desconocido, desde Río Gallegos, cerca del Estrecho de Magallanes, cuyas inquietudes me son mucho más cercanas que las del común de los mortales con quien departo en tiempo real).

Escribir para la red, eso sí que es lanzar una flecha en el vacío sin saber qué pasa, como describía Cortázar el acto de publicar un cuento. No solamente que cada vez más la literatura convencional (y, como ella, el resto de la escritura) se haya precipitado hacia la red (véase, por ejemplo, http://tile.net/listserv/literature.html, como una entre las incontables entradas posibles a la telaraña literaria en Internet), sino que un nuevo tipo de escritura, el hipertexto (obligatoriamente informatizado, porque Rayuela, como hipertexto, era incomodísima de leer: una buena puerta de entrada a este mundo es, por cierto, http://is.rice.edu/~riddle/hyperfiction.html). La escritura en la red vino para quedarse. Por lo menos hasta que en su navegador no aparece el funesto mensaje: “Sorry, Sir. URL not found.”

La mentalidad virtual

Así que, escribir para la red, exige una nueva mentalidad, una suerte de conformismo ecuménico que hace que uno se sienta feliz de ser (quizás) leído (a lo mejor parcialmente) en Lima, en Literberry o en Barbacena y quizás comentado, citado, plagiado o ignorado y que pueda (o no) enterarse de lo que opina alguien acerca de la trascendencia o de la necedad y que reciba (o no reciba) algún feedback al respecto. Es entregar las páginas (¿se podría decir de un «libro»?) en una vorágine en donde coexisten encíclicas papales con libelos porno, recetas de cocina con admoniciones terroristas, picardías estudiantiles con vehemencias espirituales, en fin, con la vida viva y virtual. El escritor virtual —algo por el estilo comentaba una vez Roberto Hernández Montoya— es hiperdemócrata (como se puede ser hiperrealista) hasta la disolución, tecnócrata hasta el próximo apagón de luz, e ingenuo como el editor de un periodiquito de bachillerato. Es un ser de este tiempo, o sea que no se sabe todavía cómo es.

El cementerio

A veces me sorprendo al constatar que apenas he comenzado a escribir para la red y ya en ella habitan algunos de mis cadáveres virtuales (una abandonada página Web ostentosa de mi firma, una infeliz dirección de e-mail que seguirá recibiendo día a día, correos a mi nombre). Me he multiplicado ya varias veces en esa región fantasma y tengo la esperanza de que, en un futuro, una decena de mis clones se hablen y se contradigan en la red. Esa es una de las esperanzas que tengo como escritor en la Internet, que quizás me reivindique de la incertidumbre consustancial con la virtualidad. La locura de escribir sobre el vacío se inició hace ya mucho tiempo, con aquella fidelísima QX-10. Ya no hay marcha atrás.

 
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