Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

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La Celestina

Fernando de Rojas

Tragicomedia de Calisto y Melibea

nuevamente revista y emendada con addición de los argumentos de cada un auto en principio. La qual contiene demás de su agradable y dulce estilo muchas sentencias filosofales y avisos muy necessarios para mancebos mostrándoles los engaños que están encerrados en sirvientes y alcahuetas.

El autor a un su amigo

Suelen los que de sus tierras absentes se fallan considerar de qué cosa aquel lugar donde parten mayor inopia o falta padezca para con la tal servir a los conterráneos, de quien en algún tiempo beneficio recebido tienen; y viendo que legítima obligación a investigar lo semijante me compelía para pagar las muchas mercedes de vuestra libre liberalidad recebidas, asaz vezes retraído en mi cámara, acostado sobre mi propia mano, echando mis sentidos por ventores y my juyzio a bolar, me venía a la memoria no sólo la necessidad que nuestra común patria tiene de la presente obra por la muchedumbre de galanes y enamorados mancebos que posee, pero aun en particular vuestra mesma persona, cuya juventud de amor ser presa se me representa aver visto y dél cruelmente lastimada, a causa de le faltar defensivas armas para resistir sus fuegos, las quales hallé esculpidas en estos papeles, no fabricadas en las grandes herrerías de Milán, mas en los claros ingenios de doctos varones castellanos formadas. Y como mirasse su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de lavor, su estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído, leílo tres o quatro vezes, y tantas quantas más lo leía, tanta más necessidad me ponía de releerlo y tanto más me agradava, y en su processo nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal ystoria o fición toda junta, pero aun de algunas sus particularidades salían delectables fontezicas de filosophía, de otros agradables donayres, de otros avisos y consejos contra lisongeros y malos sirvientes y falsas mugeres hechizeras. Vi que no tenía su firma del autor, el qual, según algunos dizen, fue Juan de Mena, e según otros, Rodrigo Cota, pero quienquier que fuese, es digno de recordable memoria por la sotil invención, por la gran copia de sentencias entrexeridas que so color de donayres tiene. Gran filósofo era. Y pues él con temor de detractores y nocibles lenguas más aparejadas a reprehender que a saber inventar, quiso celar e encubrir su nombre, no me culpéys si en el fin baxo que le pongo, no espresare el mío. Mayormente que, siendo jurista yo, aunque obra discreta, es agena de mi facultad, y quien lo supiese diría que no por recreación de mi principal estudio, del qual yo más me precio, como es la verdad, lo fiziesse, antes distraído de los derechos, en esta nueva lavor me entremetiesse. Pero aunque no acierten, sería pago de mi osadía. Asimismo pensarían que no quinze días de unas vacaciones, mientra mis socios en sus tierras, en acabarlo me detoviesse, como es lo cierto; pero aun más tiempo y menos accepto. Para desculpa de lo qual todo, no sólo a vos, pero a quantos lo leyeren, offrezco los siguientes metros. E por que conoscáys donde comiençan mis maldoladas razones [y acaban las de antiguo auctor], acordé que todo lo del antiguo auctor fuesse sin división en un aucto o cena incluso, hasta el segundo aucto, donde dize: «Hermanos míos», etc. Vale.

El autor, escusándose de su yerro en esta obra que escrivió, contra sí arguye y compara

1.

El silencio escuda y suele encobrir
la[s] falta[s] de ingenio y torpeza de lenguas;
blasón que es contrario, publica sus menguas
a[l] quien mucho habla sin mucho sentir.
Como [la] hormiga que dexa de yr
holgando por tierra con la provisión,
jactóse con alas de su perdición;
lleváronla en alto, no sabe dónde yr.

Prosigue

2.

El ayre gozando ageno y estraño,
rapina es ya hecha de aves que buelan;
fuerte más que ella, por cevo la llevan;
en las nuevas alas estava su daño.
Razón es que aplique a mi pluma este engaño,
no despreciando a los que me arguyen,
assí que a mí mismo mis alas destruyen,
nublosas y flacas, nascidas de ogaño.

Prosigue

3.

Donde ésta gozar pensaba volando,
o yo de screvir cobrar más honor,
del[o] uno [y] del otro nasció disfavor;
ella es comida y a mí están cortando
reproches, revistas y tachas. Callando
obstara y los daños de invidia y murmuros;
insisto remando, y
los puertos seguros
atrás quedan todos ya quanto más ando.

Prosigue

4.

Si bien queréys ver mi limpio motivo,
a quál se endereça de aquestos estremos,
con qual participa, quién rige sus remos,
Apolo, Diana o Cupido altivo,

buscad bien el fin de aquesto que escrivo,
o del principio leed su argumento;
leeldo [y] veréys que, aunque dulce cuento,
amantes, que os muestra salir de cativo.

Comparación

5.

Como el doliente que píldora amarga
o la rescela o no puede tragar,
métenla dentro del dulce manjar,
engáñase el gusto, la salud se alarga,
desta manera mi pluma se embarga,
imponiendo dichos lascivos, rientes,
atrae los oídos de penadas gentes,
de grado escarmientan y arrojan su carga.

Buelve a su propósito

6.

Estando cercado de dubdas y antojos,
compuse tal fin que principio desata;
acordé [de] dorar con oro de lata
lo más fino tíbar que vi con mis ojos,
y encima de rosas sembrar mill abrojos.
Suplico, pues suplan discretos mi falta;
teman grosseros y en obra tan alta,
o vean y callen o no den enojos.

Prosigue dando razones por qué se movió a acabar esta obra

7.

Yo vi en Salamanca la obra presente;
movíme [a] acabarla por estas razones;
es la primera, que estó en vacaciones,
la otra, inventarla persona prudente,
y es la final ver la más gente
buelta y mesclada en vicios de amor;
estos amantes les pornán temor
a fiar de alcahueta ni falso sirviente.

8.

Y así que esta obra en e1 proceder
fue tanto breve, quanto muy sutil;
vi que portava sentencias dos mill;
en forro de gracias, lavor de plazer.
No hizo Dédalo cierto a mi ver
alguna más prima entretalladura,
si fin diera en esta su propia escriptura
Cota o Mena con su gran Saber
.

9.

Jamás [yo] no vide en lengua romana,
después que me acuerdo, ni nadie la vido,
obra de estilo tan alto y sobido
en tusca ni griega ni en
castellana.
No trae sentencia de donde no mana
loable a su autor y eterna memoria,
al qual Jesuchristo reciba en su gloria
por su passión sancta que a todos nos sana.

Amonesta a los que aman que sirvan a Dios y dexen las malas cogitaciones y vicios de amor

10.

Vosotros, los que amáys, tomad este enxemplo,
este fino arnés con que os defendáys;
bolved ya las riendas por que n'os perdáys;
load siempre a Dios visitando su templo.
Andad sobre aviso; no seáys dexemplo
de muertos y bivos y proprios culpados;
estando en el mundo yazéys sepultados;
muy gran dolor siento quando esto contemplo.

Fin

11.

[Olvidemos los vicios que así nos prendieron;
no confiemos en vana esperança.
Temamos aquél que espinas y lança,
açotes y clavos su sangre vertieron.
La su santa faz herida escupieron;
vinagre con hiel fue su potación;
a cada santo lado consintió un ladrón.
Nos lleve, le ruego, con los que creyeron.]

12.

0 damas, matronas, mancebos, casados,
notad bien la vida que aquéstos hizieron;
tened por espejo su fin qual huvieron,
a otro que amores dad vuestros cuydados.
Limpiad ya los ojos, los ciegos errados,
virtudes sembrando con casto bivir,
a todo correr devéys de huyr,
no os lance Cupido sus tiros dorados
.

[Prólogo]

Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dize aquel gran sabio Eráclito en este modo: «Omnia secundum litem fiunt». Sentencia a mi ver digna de perpetua y recordable memoria. Y como sea cierto que toda palabra del hombre sciente esté preñada, desta se puede dezir que de muy hinchada y llena quiere rebentar, echando de sí tan crescidos ramos y hojas, que del menor pimpollo se sacaría harto fruto entre personas discreta. Pero como mi pobre saber no baste a más de roer sus secas cortezas de los dichos de aquellos que por claror de sus ingenios merescieron ser aprovados, con lo poco que de allí alcançare, satisfaré al propósito deste perbreve (pró)logo. Hallé esta sentencia corroborada por aquel gran orador y poeta laureado, Francisco Petrarcha, diziendo: «Sine lite atque offensione ni(hi)l genuit natura parens»: Sin lid y offensión ninguna cosa engendró la natura, madre de todo. Dize más adelante: «Sic est enim, et sic propemodum universa testantur: rapido stelle obviant firmamento; contraria invicem elementa confligunt; terrae tremunt; maria fluctuant; aer quatitur; crepant flamme; bellum immortale venti gerunt; tempora temporibus concertant; secum singula nobiscum omnia.» Que quiere decir: «En verdad assí es, y assí todas las cosas desto dan testimonio: las estrellas se encuentran en el arrebatado firmamento del cielo, los adversos elementos unos con otros rompen pelea, tremen las tierras, ondean los mares, el ayre se sacude, suenan las llamas, los vientos entre sí traen perpetua guerra, los tiempos con tiempos contienden y litigan entre sí, uno a uno y todos contra nosotros.» El verano vemos que nos aquexa con calor demasiado, el invierno con frío y aspereza, assí que este nos paresce revolución temporal, esto con que nos sostenemos, esto con que nos criamos y bevimos, si comiença a ensobervecerse más de lo acostumbrado, no es sino guerra. Y quanto se ha de temer, manifiéstase por los grandes terremotos y torvellinos, por los naufragios y encendios, assí celestiales como terrenales, por la fuerça de los aguaduchos, por aquel bramar de truenos, por aquel temeroso ímpetu de rayos, aquellos cursos y recursos de las nuves, de cuyos abiertos movimientos, para saber la secreta causa de que proceden, no es menor la dissención de los filósofos en las escuelas, que de las ondas en la mar. Pues entre los animales ningún género carece de guerra: pesces, fieras, aves, serpientes, de lo qual todo una especie a otra persigue. El león al lobo, el lobo la cabra, el perro la liebre y, si no paresciese conseja de tras el fuego, yo llegaría más al cabo esta cuenta. El elefante, animal tan poderoso y fuerte, se espanta y huye de la vista de un suziuelo ratón, y aun de sólo oírle toma gran temor. Entre las serpientes el vajarisco crió la natura tan ponçoñoso y conquistador de todas las otras, que con su silvo las asombra y con su venida las ahuyenta y disparze, con su vista las mata. La bívora, reptilia o serpiente enconada, al tiempo del concebir, por la boca de la hembra metida la cabeça del macho y ella con el gran dulçor apriétale tanto que le mata, y quedando preñada, el primer hijo rompe las yjares de la madre, por do todos salen y ella muerta queda; él quasi como vengador de la paterna muerte. ¿Qué mayor lid, qué mayor conquista ni guerra que engendrar en su cuerpo quien coma sus entrañas? Pues no menos dissensiones naturales creemos haver en los pescados, pues es cosa cierta gozar la mar de tantas formas de pesces, quantas la tierra y el ayre cría de aves y animalias y muchas más. Aristóteles y Plinio cuentan maravillas de un pequeño pece llamado Echeneis, quanto sea apta su propriedad para diversos géneros de lides. Especialmente tiene una que si allega a una nao o carraca, la detiene, que no se puede menear aunque vaya muy rezio por las aguas, de lo cual haze Lucano mención, diziendo; «Non pupim retinens, Euro tendente rudientes,/ In mediis Echeneis aquis.» «No falta allí el pece dicho Echeneis, que detiene las fustas, quando el viento Euro estiende las cuerdas en medio de la mar.» ¡Oh natural contienda, digna de admiración, poder más un pequeño pece que un gran navío con toda su fuerça de los vientos! Pues si discurrimos por las aves y por sus menudas enemistades, bien affirmaremos ser todas las cosas criadas a manera de contienda. Las más biven de rapina, como halcones y águilas y gavilanes. Hasta los grosseros milanos insultan dentro en nuestras moradas los domésticos pollos y debaxo las alas de sus madres los vienen a caçar. De una ave llamada Rocho, que nace en el índico mar de oriente, se dize ser de grandeza jamás oída y que lleva sobre su pico fasta las nuves no sólo un hombre o diez, pero un navío cargado de todas sus xarcías y gente. Y como los míseros navegantes estén assí suspensos en el ayre, con el meneo de su buelo caen y reciben crueles muertes. ¿Pues qué diremos entre los hombres a quien todo lo sobredicho es subjeto? ¿Quién explanará sus guerras, sus enemistades, sus embidias, sus aceleramientos y movimientos y descontentamientos? ¿Aquel mudar de trajes, aquel derribar y renovar edificios y otros muchos affectos diversos y variedades que desta nuestra flaca humanidad nos provienen? Y pues es antigua querella y visitada de largos tiempos, no quiero maravillarme si esta presente obra ha seído instrumento de lid o contienda a sus lectores para ponerlos en differencias, dando cada uno sentencia sobre ella a sabor de su voluntad. Unos dezían que era prolixa, otros breve, otros agradable, otros escura; de manera que cortarla a medida de tantas y tan differentes condiciones a solo Dios pertenesce. Mayormente pues ella con toda las otras cosas que al mundo son, van debaxo de la vandera desta notable sentencia, «que aun la mesma vida de los hombres, si bien lo miramos, desde la primera edad hasta que blanquean las casas, es batalla». Los niños con los juegos, los moços con las letras, los mancebos con los deleytes, los viejos con mill especies de enfermedades pelean y estos papeles con todas las edades. La primera los borra y rompe, la segunda no los sabe bien leer, la tercera, que es la alegre juventud y mancebía, discorda. Unos les roen los huessos que no tienen virtud, que es la hystoria toda junta, no aprovechándose de las particularidades, haziéndola cuento de camino; otros pican los donayres y refranes comunes, loándolos con toda atención, dexando passar por alto lo que haze más al caso y utilidad suya. Pero aquellos para cuyo verdadero plazer es todo, desechan el cuento de la hystoria para contar, coligen la suma para su provecho, ríen lo donoso, las sentencias y dichos de philósophos guardan en su memoria para trasponer en lugares convenibles a sus autos y propósitos. Assí que quando diez personas se juntaren a oír esta comedia en quien quepa esta differencia de condiciones, como suele acaescer, ¿quién negará que aya contienda en cosa que de tantas maneras se entienda? Que aun los impressores han dado sus punturas, poniendo rúbricas o sumarios al principio de cada auto, narrando en breve lo que dentro contenía; una cosa bien escusada según lo que los antiguos escriptores usaron. Otros han litigado sobre el nombre, diziendo que no se avía de llamar comedia, pues acabava en tristeza, sino que se llamase tragedia. El primer autor quiso darle denominación del principio, que fue plazer, y llamóla comedia. Yo viendo estas discordias, entre estos estremos partí agora por medio la porfía y llaméla tragicomedia. Assí que viendo estas contiendas, estos díssonos y varios juyzios, miré a donde la mayor parte acostava y hallé que querían que alargasse en el proceso de su deleyte destos amantes sobre lo qual fuy muy importunado, de manera que acordé, aunque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en tan estraña lavor y tan agena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi principal estudio, con otras horas destinadas para recreación, puesto que no han de faltar nuevos detractores a la nueva adición.

Síguese

la Comedia o Tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta en reprehensión de los locos enamorados que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dizen ser su dios. Assimismo hecho en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes.

Argumento

Calisto fue de noble linage, de claro ingenio, de gentil disposición, de linda criança dotado de muchas gracias, de stado mediano. Fue preso en el amor de Melibea, muger moça muy generosa, de alta y sereníssima sangre, sublimada en próspero estado, una sola heredera a su padre Pleberio, y de su madre Alisa muy amada. Por solicitud de pungido Calisto, vencido el casto propósito della, enterveniendo Celestina, mala y astuta mujer, con dos servientes del vencido Calisto, engañados y por ésta tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de deleyte, vinieron los amantes y los que les ministraron en amargo y desastrado fin. Para comienço de lo qual dispuso el adversa Fortuna lugar oportuno donde a la presencia de Calisto se presentó la deseada Melibea.

Argumento del primer auto desta comedia

Entrando CALISTO una huerta empos dun falcon suyo, halló í a MELIBEA, de cuyo amor preso, començóle de hablar; de la qual rigorosamente despedido, fue para su casa muy sangustiado. Habló con un criado suyo llamado SEMPRONIO, el qual, después de muchas razones, le endereçó a una vieja llamada Celestina, en cuya casa tenía el mesmo criado una enamorada llamada ELICIA, la qual, viniendo SEMPRONIO a casa de CELESTINA con el negocio de su amo, tenía a otro consigo llamado CRITO, al qual escondieron. Entretanto que SEMPRONIO estava negociando con CELESTINA, CALISTO stava razonando con otro criado suyo, por nombre PÁRMENO; el qual razonamiento dura hasta que llega SEMPRONIO y CELESTINA a casa de CALISTO. PÁRMENO fue conoscido de CELESTINA, la qual mucho le dize de los fechos y conoscimiento de su madre, induziéndole a amor y concordia de SEMPRONIO.

CALISTO, MELIBEA, SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA, CRITO, PÁRMENO

CALISTO. En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

MELIBEA. ¿En qué, Calisto?

CALISTO. En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotasse, y hazer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcançasse, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiesse. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcançar yo tengo a Dios offrecido [ni otro poder mi voluntad humana puede cumplir]. ¿Quién vido en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como agora el mío? Por cierto, los gloriosos santos que se deleytan en la visión divina no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo. Mas, o triste, que en esto deferimos, que ellos puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventurança, y yo, misto, me alegro con recelo del esquivo tormento que tu absencia me ha de causar.

MELIBEA. ¿Por gran premio tienes éste, Calisto?

CALISTO. Téngolo por tanto, en verdad, que si Dios me diesse en el cielo la silla sobre sus santos, no lo ternía por tanta felicidad.

MELIBEA. Pues, ¡aún más ygual galardón te daré yo, si perseveras!

CALISTO. ¡O bienaventuradas orejas mías que indignamente tan gran palabra avéys oído!

MELIBEA. Más desventuradas de que me acabes de oír, porque la paga será tan fiera qual [la] meresce tu loco atrevimiento, y el intento de tus palabras [Calisto] ha seído como de ingenio de tal hombre como tú aver de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo. ¡Vete, vete de aí, torpe! que no puede mi paciencia tolerar que haya subido en coraçón humano conmigo el ilícito amor comunicar su deleyte.

CALISTO. Yré como aquel contra quien solamente la adversa Fortuna pone su studio con odio cruel.

¡Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este maldicto?

SEMPRONIO. Aquí stoy, señor, curando destos cavallos.

CALISTO. Pues, ¿cómo sales de la sala?

SEMPRONIO. Abatióse el girifalte y vínele a endereçar en el alcándara.

CALISTO. ¡Ansí los diablos te ganen!, ansí por infortunio arrebatado perezcas, o perpetuo intolerable tormento consigas, el qual en grado inconparablemente a la penosa y desastrada muerte que spero traspassa. ¡Anda, anda, malvado!, abre la cámara y endereça la cama.

SEMPRONIO. Señor, luego hecho es.

CALISTO. Cierra la ventana y dexa la tiniebla acompañar al triste y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos de luz. ¡O bienaventurada muerte aquella que desseada a los afligidos viene! ¡O si viniéssedes agora, Crato y Galieno, médicos, sentiríades mi mal. ¡O piedad celestial, inspira en el plebérico coraçón, por que sin esperança de salud no embíe el spíritu perdido con el desastrado Píramo y de la desdichada Tisbe!

SEMPRONIO. ¿Qué cosa es?

CALISTO. ¡Vete de aí! No me hables, si no quiçá, ante del tiempo de mi raviosa muerte, mis manos causarán tu arrebatado fin.

SEMPRONIO. Yré, pues solo quieres padecer tu mal.

CALISTO. ¡Ve con el diablo!

SEMPRONIO. No creo según pienso, yr conmigo el que contigo queda.

(¡O desventura, o súbito mal! ¿Quál fue tan contrario acontescimiento que ansí tan presto robó el alegría deste hombre, y lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dexarle he solo, o entraré allá? Si le dexo matarse ha; si entro allá, matarme ha. Quédese, no me curo. Más vale que muera aquél a quien es enojosa la vida, que no yo, que huelgo con ella. Aunque por ál no desseasse bivir sino por ver [a] mi Elicia, me devería guardar de peligros. Pero si se mata sin otro testigo, yo quedo obligado a dar cuenta de su vida. Quiero entrar. Mas puesto que entre, no quiere consolación ni consejo. Assaz es señal mortal no querer sanar. Con todo quiérole dexar un poco desbrave, madure, que oído he dezir que es peligro abrir o apremiar las postemas duras, porque más se enconan. Esté un poco, dexemos llorar al que dolor tiene, que las lágrimas y sospiros mucho desenconan el coraçón dolorido. Y aun si delante me tiene, más conmigo se encenderá, que el sol más arde donde puede reverberar. La vista a quien objecto no se antepone cansa, y quando aquél es cerca, agúzase. Por esso quiérome soffrir un poco, si entretanto se matare, muera. Quiçá con algo me quedaré que otro no [lo] sabe, con que mude el pelo malo. Aunque malo es esperar salud en muerte ajena. Y quiçá me engaña el diablo, y si muere, matarme han, y yrán alla la soga y el calderón. Por otra parte, dizen los sabios que es grande descanso a los afligidos tener con quien puedan sus cuytas llorar, y que la llaga interior más empece. Pues en estos extremos en que stoy perplexo, lo más sano es entrar y sofrirle y consolarle, porque si possible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarecer por arte y por cura.)

CALISTO. ¡Sempronio!

SEMPRONIO. ¿Señor?

CALISTO. Dame acá el laúd.

SEMPRONIO. Señor, vesle aquí.

CALISTO.

¿Quál dolor puede ser tal,

que se yguale con mi mal?

SEMPRONIO. Destemplado está esse laúd.

CALISTO. ¿Cómo templará el destemplado? ¿Cómo sentirá el armonía aquel que consigo está tan discorde, aquel en quien la voluntad a la razón no obedece? Quien tiene dentro del pecho aguijones, paz, guerra, tregua, amor, enemistad, injurias, peccados, sospechas, todo a una causa. Pero tañe y canta la más triste canción que sepas.

SEMPRONIO.

Mira Nero de Tarpeya

a Roma cómo se ardía;

gritos dan niños y viejos

y él de nada se dolía.

CALISTO. Mayor es mi fuego, y menor la piedad de quien yo agora digo.

SEMPRONIO. (No me engaño yo, que loco está este mi amo.)

CALISTO. ¿Qué estás murmurando, Sempronio?

SEMPRONIO. No digo nada.

CALISTO. Di lo que dizes; no temas.

SEMPRONIO. Digo que ¿cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un bivo que el que quemó tal ciudad y tanta multitud de gente?

CALISTO. ¿Cómo? Yo te lo diré; mayor es la llama que dura ochenta años que la que en un día passa, y mayor la que mata un ánima que la que quemó cient mil cuerpos. Como de la aparencia a la existencia, como de lo bivo a lo pintado, como de la sombra a lo real, tanta diferencia ay del fuego que dizes al que me quema. Por cierto si el de purgatorio es tal, más querría que mi spíritu fuesse con los de los brutos animales que por medio de aquél yr a la gloria de los santos.

SEMPRONIO. (Algo es lo que digo; a más ha de yr este hecho. No basta loco, sino herege.)

CALISTO. ¿No te digo que hables alto quando hablares? ¿Qué dizes?

SEMPRONIO. Digo que nunca Dios quiera tal, que es especie de heregía lo que agora dixiste.

CALISTO. ¿Por qué?

SEMPRONIO. Porque lo que dizes contradize la christiana religión.

CALISTO. ¿Qué a mí?

SEMPRONIO. ¿Tú no eres christiano?

CALISTO. ¿Yo? Melibeo só, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo.

SEMPRONIO. Tú te lo dirás. Como Melibea es grande, no cabe en el corazón de mi amo, que por la boca le sale a borbollones. No es más menester; bien sé de qué pie coxqueas; yo te sanaré.

CALISTO. Increíble cosa prometes.

SEMPRONIO. Antes fácil. Que el comienço de la salud es conocer hombre la dolencia del enfermo.

CALISTO. ¿Quál consejo puede regir lo que en sí no tiene orden ni consejo?

SEMPRONIO. (¡Ha, ha, ha! ¿Éste es el fuego de Calisto: éstas son sus congoxas? Como si solamente el amor contra él assestara sus tiros. ¡O soberano Dios, quán altos son tus misterios, quánta premia pusiste en el amor, que es necessaria turbación en el amante! Su límite pusiste por maravilla. Paresce al amante que atrás queda; todos passan, todos rompen, pungidos y esgarrochados como ligeros toros, sin freno saltan por las barreras. Mandaste al hombre por la mujer dexar el padre y la madre. Agora no sólo aquello, mas a ti y a tu ley desamparan, como agora Calisto. Del qual no me maravillo, pues los

sabios, los santos, los profetas por él te olvidaron.)

CALISTO. ¡Sempronio!

SEMPRONIO. ¿Señor?

CALISTO. No me dexes.

SEMPRONIO. (De otra temple está esta gayta.)

CALISTO. ¿Qué te paresce de mi mal?

SEMPRONIO. Que amas a Melibea.

CALISTO. ¿Y no otra cosa?

SEMPRONIO. Harto mal es tener la voluntad en un solo lugar cativa.

CALISTO. Poco sabes de firmeza.

SEMPRONIO. La perseverancia en el mal no es constancia mas dureza o pertinacia la llaman en mi tierra. Vosotros los filósophos de Cupido llamalda como quisiéredes.

CALISTO. Torpe cosa es mentir el que enseña a otro, pues que tú te precias de loar a tu amiga Elicia.

SEMPRONIO. Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago.

CALISTO. ¿Qué me repruevas?

SEMPRONIO. Que sometes la dignidad del hombre a la imperfeción de la flaca mujer.

CALISTO. ¿Mujer? ¡O grossero! ¡Dios, Dios!

SEMPRONIO. ¿Y assí lo crees, o burlas?

CALISTO. ¿Que burlo? Por dios la creo, por dios la confesso, y no creo que hay otro soberano en el cielo aunque entre nosotros mora.

SEMPRONIO. (¡Ha, ha, ha! ¿Oístes qué blasfemia? ¿Vistes qué ceguedad?)

CALISTO. ¿De qué te ríes?

SEMPRONIO. Ríome, que no pensava que havía peor invención de peccado que en Sodoma.

CALISTO. ¿Cómo?

SEMPRONIO. Porque aquéllos procuraron abbominable uso con los ángeles no conoscidos, y tú con el que confiessas ser Dios.

CALISTO. ¡Maldito seas! Que hecho me has reír, lo que no pensé ogaño.

SEMPRONIO. ¿Pues qué? ¿Toda tu vida avías de llorar?

CALISTO. Sí.

SEMPRONIO. ¿Por qué?

CALISTO. Porque amo a aquélla ante quien tan indigno me hallo, que no la espero alcançar.

SEMPRONIO. (¡O pusillánime, o fi de puta! ¡Qué Nembrot, que magno Alexandre; los quales no sólo del señorío del mundo, mas del cielo se juzgaron ser dignos!).

CALISTO. No te oí bien esso que dixiste. Torna, dilo, no procedas.

SEMPRONIO. Dixe que tú, que tienes más coraçón que Nembrot ni Alexandre, desesperas de alcançar una mujer, muchas de las quales en grandes estados constituídas se sometieron a los pechos y resollos de viles azemileros, y otras a brutos animales. ¿No has leído de Pasife con el toro, de Minerva con el can?

CALISTO. No lo creo, hablillas son.

SEMPRONIO. Lo de tu abuela con el ximio, ¿hablilla fue? Testigo es el cuchillo de tu abuelo.

CALISTO. ¡Maldito sea este necio, y qué porradas dize!

SEMPRONIO. ¿Escozióte? Lee los yestoriales, estudia los filósofos, mira los poetas. Llenos están los libros de sus viles y malos enxemplos, y de las caídas que levaron los que en algo, como tú, las reputaron. Oye a Salomón do dize que las mujeres y el vino hazen a los hombres renegar. Conséjate con Séneca y verás en qué las tiene. Escucha al Aristóteles, mira a Bernardo. Gentiles, judíos, christianos y moros, todos en esta concordia están. Pero lo dicho y lo que dellas dixiere no te contezca error de tomarlo en común; que muchas ovo y ay santas, virtuosas y notables cuya resplandesciente corona quita el general vituperio. Pero destas otras, ¿quién te contaría sus mentiras, sus tráfagos, sus cambios, su liviandad, sus lagrimillas, sus alteraciones, sus osadías? Que todo lo que piensan osan sin deliberar: sus dessimulaciones, su lengua, su engaño, su olvido, su desamor, su ingratitud, su inconstancia, su testimoniar, su negar, su rebolver, su presunción, su vanagloria, su abatimiento, su locura, su desdén, su sobervia, su subjeción, su parlería, su golosina, su luxuria y suziedad, su miedo, su atrevimiento, sus hechizerías, sus enbaymientos, sus escarnios, su desienguamiento, su desvergüença, su alcahuetería. Considera qué sesito está debaxo de aquellas grandes y delgadas tocas, qué pensamientos so aquellas gorgueras, so aquel fausto, so aquellas largas y autorizantes ropas, qué imperfición, qué alvañares debaxo de templos pintados. Por ellas es dicho: arma del diablo, cabeça de peccado, destrución de paraíso. ¿No has rezado en la festividad de San Juan, do dize: [las mugeres y el vino hazen (a) los hombres renegar do dize:] ésta es la mujer, antigua malicia que a Adam echó de los deleytes de parayso, ésta el linaje humano metió en el infierno; a ésta menospreció Helías propheta, etc.?

CALISTO. Di pues, esse Adam, esse Salomón, esse David, esse Aristóteles, esse Vergilio, essos que dizes, como se sometieron a ellas, ¿soy más que ellos?

SEMPRONIO. A los que las vencieron querría que remedasses, que no a los que dellas fueron vencidos. Huye de sus engaños. ¿Sabes qué hazen? Cosas, que es diffícil entenderlas. No tienen modo, no razón, no intención. Por rigor encomiençan el ofrecimiento que de sí quieren hazer. A los que meten por los agujeros, denuestan en la calle; conbidan, despiden, llaman, niegan, señalan amor, pronuncian enemiga, ensáñanse presto, apazíguanse luego, quieren que adevinen lo que quieren. ¡O qué plaga, o qué enojo, o qué fastío es conferir con ellas, más de aquel breve tiempo, que aparejadas son a deleyte!

CALISTO. ¿Vees? Mientras más me dizes y más inconvenientes me pones, más las quiero. No sé qué se es.

SEMPRONIO. No es este juyzio para moços, según veo, que no se saben a razón someter; no se saben administrar. Miserable cosa es pensar ser maestro el que nunca fue discípulo.

CALISTO. Y tú, ¿qué sabes? ¿Quién te mostró esto?

SEMPRONIO. ¿Quién? Ellas, que desque se descubren, ansí pierden la vergüença, que todo esto y aún más a los hombres manifiestan. Ponte pues en la medida de honrra; piensa ser más digno de lo que te reputas. Que cierto, peor estremo es dexarse hombre caer de su merescimiento, que ponerse en más alto lugar que deve.

CALISTO. Pues ¿quién yo para esso?

SEMPRONIO. ¿Quién? Lo primero eres hombre y de claro ingenio, y más, a quien la natura dotó de los mejores bienes que tuvo, conviene a saber: hermosura, gracia, grandeza de miembros, fuerça, ligereza, y allende desto, fortuna medianamente partió contigo lo suyo en tal quantidad que los bienes que tienes de dentro con los de fuera resplandecen. Porque sin los bienes de fuera, de los quales la fortuna es señora, a ninguno acaesse en esta vida ser bienaventurado, y más, a constellación de todos eres amado.

CALISTO. Pero no de Melibea, y en todo lo que me has gloriado, Sempronio, sin proporción ni comparación se aventaja Melibea. Miras la nobleza y antigüedad de su linaje, el grandíssimo patrimonio, el excelentíssimo ingenio, las resplandecientes virtudes, la altitud y ineffable gracia, la soberana hermosura, de la qual te ruego me dexes hablar un poco, por que aya algún refrigerio. Y lo que te dixere será de lo descobierto, que si de lo occulto yo hablarte sopiera, no nos fuera necessario altercar tan miserablemente estas razones.

SEMPRONIO. (¡Qué mentiras y qué locuras dirá agora este cativo de mi amo!)

CALISTO. ¿Cómo es esso?

SEMPRONIO. Dixe que digas, que muy gran plazer avré de lo oír. (¡Assí te medre Dios, como me será agradable esse sermón!).

CALISTO. ¿Qué?

SEMPRONIO. Que assí me medre Dios, como me será gracioso de oír.

CALISTO. Pues porque ayas plazer, yo lo figuraré por partes mucho por estenso.

SEMPRONIO. (¡Duelos tenemos! Esto es tras lo que yo andava. De passarse avrá ya esta importunidad.)

CALISTO. Comienço por los cabellos. ¿Vees tú las madexas del oro delgado que hilan en Aravia? Más lindas son y no replandeçen menos; su longura hasta el postrero assiento de sus pies; después crinados y atados con la delgada cuerda, como ella se los pone, no ha más menester para convertir los hombres en piedras.

SEMPRONIO. (¡Más en asnos!)

CALISTO. ¿Qué dizes?

SEMPRONIO. Dixe que essos tales no serían cerdas de asno.

CALISTO. ¡Veed qué torpe y qué comparación!

SEMPRONIO. (¿Tú cuerdo?)

CALISTO. Los ojos verdes, rasgados, las pestañas luengas, las cejas delgadas y alçadas, la nariz mediana, la boca pequeña, los dientes menudos y blancos, los labrios colorados y grossezuelos, el torno del rostro poco más luengo que redondo, el pecho alto, la redondeza y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría figurar? Que se despereza el hombre quando las mira. La tez lisa, lustroza, el cuero suyo escureçe la nieve, la color mezclada, qual ella la escogió para sí.

SEMPRONIO. (¡En sus treze está este necio!).

CALISTO. Las manos pequeñas en mediana manera, de dulce carne acompañadas, los dedos luengos, las uñas en ellos largas y coloradas, que pareçen rubíes entre perlas. Aquella proporción que veer yo no pude, no sin dubda por el bulto de fuera juzgo incomparablemente ser mejor que la que Paris juzgó entre las tres diesas.

SEMPRONIO. ¿Has dicho?

CALISTO. Quan brevemente pude.

SEMPRONIO. Puesto que sea todo esso verdad, por ser tú hombre, eres más digno.

CALISTO. ¿En qué?

SEMPRONIO. En que ella es imperfecta, por el qual defeto dessea y apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No as leído el filósofo do dize: ansí como la materia apetece a la forma, ansí la mujer al varón?

CALISTO. O triste, ¿y quándo veré yo esso entre mí y Melibea?

SEMPRONIO. Possible es, y aún que la aborrezcas quanto agora la amas; podrá ser alcançándola, y viéndola con otros ojos, libres del engaño en que agora estás.

CALISTO. ¿Con qué ojos?

SEMPRONIO. Con ojos claros.

CALISTO. Y agora, ¿con qué la veo?

SEMPRONIO. Con ojos de allinde, con que lo poco pareçe mucho y lo pequeño grande. Y por que no te desesperes, yo quiero tomar esta empresa de complir tu desseo.

CALISTO. ¡O, Dios te dé lo que desseas! Que glorioso me es oírte, aunque no espero que lo as de hazer.

SEMPRONIO. Antes lo haré cierto.

CALISTO. Dios te consuele. El jubón de brocado que ayer vestí, Sempronio, vístelo tú.

SEMPRONIO. Prospérete Dios por éste (y por muchos más que me darás. De la burla yo me llevo lo mejor; con todo, si destos aguijones me da, traérgela he hasta la cama. Bueno ando; házelo esto que me dio mi amo, que sin merced, imposible es obrarse bien ninguna cosa.)

CALISTO. No seas agora negligente.

SEMPRONIO. No lo seas tú, que impossible es hazer siervo diligente el amo perezoso.

CALISTO. ¿Cómo as pensado de hazer esta piedad?

SEMPRONIO. Yo te lo diré. Días ha grandes que conozco en fin desta vezindad una vieja barbuda que se dize Celestina, hechizera, astuta, sagaz en quantas maldades hay. Entiendo que passan de cinco mil virgos los que se han hecho y desecho por su autoridad en esta cibdad. A las duras peñas promeverá y provocará a luxuria, si quiere.

CALISTO. ¿Podríala yo hablar?

SEMPRONIO. Yo te la traeré hasta acá; por esso, aparéjate. Seyle gracioso, seyle franco; estudia, mientras voy yo, a le dezir tu pena, tan bien como ella te dará el remedio.

CALISTO. ¿Y tardas?

SEMPRONIO. Ya voy; quede Dios contigo.

CALISTO. Y contigo vaya. ¡O todopoderoso, perdurable Dios, tú que guías los perdidos, y los reyes orientales por el estrella precedente a Bethleén truxiste y en su patria los reduxiste, húmilmente te ruego que guíes a mi Sempronio, en manera que convierta mi pena y tristeza en gozo, y yo indigno meresca venir en el desseado fin.

CELESTINA. ¡Albricias, albricias, Elicia: Sempronio, Sempronio!

ELICIA. (¡Ce, ce, ce!

CELESTINA. ¿Por qué?

ELICIA. Porque está aquí Crito.

CELESTINA. ¡Mételo en la camarilla de las escobas, presto: dile que viene tu primo y mi familiar!

ELICIA. Crito, ¡retráhete aí; mi primo viene, perdida soy!

CRITO. Plázeme; no te congoxes).

SEMPRONIO. Madre bendita, qué desseo traygo! Gracias a Dios que te me dexo ver.

CELESTINA. Hijo mío, rey mío, turbado me as; no te puedo hablar. Torna y dame otro abraço. ¿Y tres días podiste estar sin vernos? ¡Elicia, Elicia, cátale aquí!

ELICIA. ¿A quién, madre?

CELESTINA. A Sempronio.

ELICIA. Ay, triste, ¡qué saltos me da el coraçón! ¿Y qué es dél?

CELESTINA. Vesle aquí, vesle; yo me le abraçaré, que no tú.

ELICIA. ¡Ay, maldito seas, traydor! Postema y landre te mate y a manos de tus enemigos mueras y por crímenes dignos de cruel muerte en poder de rigurosa justicia te veas, ¡ay, ay!

SEMPRONIO. ¡Hy, hy, hy! ¿Qué as, mi Elicia? ¿De qué te congoxas?

ELICIA. Tres días ha que no me ves. ¡Nunca Dios te vea; nunca Dios te consuele ni visite! ¡Guay de la triste que en ti tiene su esperança y el fin de todo su bien!

SEMPRONIO. Calla, señora mía; ¿tú piensas que la distancia del lugar es poderosa de apartar el entrañable amor, el fuego que está en mi coraçón? Do yo vo, conmigo vas, conmigo estás; no te aflijas, ni me atormentes más de lo que yo he padecido. Mas di, ¿qué passos suenan arriba?

ELICIA. ¿Quién? Un mi enamorado.

SEMPRONIO. Pues créolo.

ELICIA. ¡Alahé, verdad es! Sube allá y verlo has.

SEMPRONIO. Voy.

CELESTINA. ¡Andacá, dexa essa loca, que [ella] es liviana y turbada de tu absencia! Sácasla agora de seso; dirá mil locuras. Ven y hablemos; no dexemos passar el tiempo en balde.

SEMPRONIO. Pues, ¿quién está arriba?

CELESTINA. ¿Quiéreslo saber?

SEMPRONIO. Quiero.

CELESTINA. Una moça, que me encomendó un frayle.

SEMPRONIO. ¿Qué frayle?

CELESTINA. No lo procures.

SEMPRONIO. Por mi vida, madre, ¿qué frayle?

CELESTINA. ¿Porfías? El ministro, el gordo.

SEMPRONIO. ¡O desventurada, y qué carga espera!

CELESTINA. Todo lo levamos; pocas mataduras has tú visto en la barriga.

SEMPRONIO. Mataduras no, mas petreras, sí.

CELESTINA. ¡Ay, burlador!

SEMPRONIO. Dexa si soy burlador; muéstramela.

ELICIA. ¡Ha, don malvado! ¿Verla quieres? ¡Los ojos se te salten, que no basta a ti una ni otra! ¡Anda, véela, y dexa a mí para siempre!

SEMPRONIO. Calla, Dios mío; ¿y enójaste? Que no la quiero ver a ella ni a mujer nascida. A mi madre quiero hablar, y quédate a Dios.

ELICIA. ¡Anda, anda, vete, desconoscido, y está otros tres años que no me buelvas a ver!

SEMPRONIO. Madre mía, bien ternás confiança y creerás que no te burlo. Toma el manto y vamos, que por el camino sabrás lo que si aquí me tardasse en dezir[te], impidiría tu provecho y el mío.

CELESTINA. Vamos. Elicia, quédate a Dios; cierra la puerta. ¡Adiós, paredes!

SEMPRONIO. ¡O madre mía! Todas cosas dexadas aparte, solamente sey attenta y ymagina en lo que te dixere, y no derrames tu pensamiento en muchas partes, que quien junto en diversos lugares le pone, en ninguno lo tiene, sino por caso determina lo cierto. [Y] quiero que sepas de mí lo que no has oído, y es que jamás pude, después que mi fe contigo puse, dessear bien de que no te cupiesse parte.

CELESTINA. Parta Dios, hijo, del suyo contigo, que no sin causa lo hará, siquiera porque has piedad desta pecadora de vieja. Pero di, no te detengas, que la amistad que entre ti y mí se affirma no ha menester preámbulos ni correlarios ni aparejos para ganar voluntad. Abrevia y ven al hecho, que vanamente se dize por muchas palabras lo que por pocas se puede entender.

SEMPRONIO. Assí es. Calisto arde en amores de Melibea; de ti y de mí tiene necessidad. Pues juntos nos ha menester, juntos nos aprovechamos, que conoscer el tiempo y usar el hombre de la oportunidad haze los hombres prósperos.

CELESTINA. Bien has dicho; al cabo estoy; basta para mí mecer el ojo. Digo que me alegro destas nuevas, como los cirurjanos de los descalabrados; y como aquéllos dañan en los principios las llagas, y encarescen el prometimiento de la salud, ansí entiendo yo hazer a Calisto. Alargarle he la certinidad del remedio, porque como dizen, el esperança luenga aflige el coraçón, y quanto él la perdiere, tanto gela promete. ¡Bien me entiendes!

SEMPRONIO. Callemos, que a la puerta estamos, y como dizen, las paredes han oídos.

CELESTINA. Llama.

SEMPRONIO. Tha, tha, tha.

CALISTO. ¡Pármeno!

PÁRMENO. ¿Señor?

CALISTO. ¿No oyes, maldito sordo?

PÁRMENO. ¿Qué es, señor?

CALISTO. A la puerta llaman; corre.

PÁRMENO. ¿Quién es?

SEMPRONIO. Abre a mí y a esta dueña.

PÁRMENO. Señor, Sempronio y una puta vieja alcoholada davan aquellas portadas.

CALISTO. ¡Calla, calla, malvado, que es mi tía; corre, corre, abre! Siempre lo vi que por fuyr hombre de un peligro, cae en otro mayor. Por encubrir yo este hecho de Pármeno, a quien amor o fidelidad o temor pusieran freno, caí en indignación désta, que no tiene menor poderío en mi vida que Dios.

PÁRMENO. ¿Por qué, señor, te matas? ¿Por qué, señor, te congoxas? ¿Y tú piensas que es vituperio en las orejas désta el nombre que la llamé? No lo creas, que ansí se glorifica en lo oír, como tú quando dizen: «Diestro cavallero es Calisto.» Y demás, desto es nombrada, y por tal título conoscida. Si entre cient mugeres va y alguno dize «¡Puta vieja!», sin ningún empacho luego buelve la cabeça y responde con alegre cara. En los combites, en las fiestas, en las bodas, en las confradías, en los mortuorios, en todos los ayuntamientos de gentes, con ella passan tiempo. Si passa por los perros, aquello suena su ladrido; si está cerca las aves, otra cosa no cantan; si cerca los ganados, balando lo pregonan; si cerca las bestias, rebuznando dizen: «¡Puta vieja!»; las ranas de los charcos otra cosa no suelen mentar. Si va entre los herreros, aquello dizen sus martillos; carpinteros y armeros, herradores, caldereros, arcadores, todo officio de instrumento forma en el ayre su nombre. Cántanla los carpinteros, péynanla los peynadores, texedores; labradores en las huertas, en las aradas, en las viñas, en las segadas con ella passan el afán cotidiano; al perder en los tableros, luego suenan sus loores. Todas cosas que son hazen, a doquiera que ella está, el tal nombre representan. ¡O qué comedor de huevos assados era su marido! Qué quieres más, sino que, si una piedra topa con otra, luego suena «¡Puta vieja!»

CALISTO. Y tú, ¿cómo lo sabes y la conosces?

PÁRMENO. Saberlo has. Días grandes son passados que mi madre, mujer pobre, morava en su vezindad, la qual rogada por esta Celestina, me dio a ella por serviente, aunque ella no me conosce, por lo poco que la serví y por la mudança que la edad ha hecho.

CALISTO. ¿De qué la sirvías?

PÁRMENO. Señor, yva a la plaça y traíale de comer y acompañávala; suplía en aquellos menesteres que mi tierna fuera bastava. Pero de aquel poco tiempo que la serví, recogía la nueva memoria lo que la vieja no ha podido quitar. Tiene esta buena dueña al cabo de la cibdad, allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río, una casa apartada, medio caída, poco compuesta y menos abastada. Ella tenía seys officios, conviene [a] saber: labrandera, perfumera, maestra de hazer afeytes y de hazer virgos, alcahueta y un poquito hechizera. Era el primero officio cobertura de los otros, so color del qual muchas moças destas sirvientes entravan en su casa a labrarse y a labrar camisas y gorgueras y otras muchas cosas. Ninguna venía sin torrezno, trigo, harina, o jarro de vino y de las otras provisiones que podían a sus amas hurtar; y aún otros hurtillos de más qualidad allí se encubrían. Assaz era amiga de studiantes y despenseros y moços de abades. A éstos vendía ella aquella sangre innocente de las cuytadillas, la qual ligeramente aventuravan en esfuerço de la restitución que ella les prometía. Subió su hecho a más: que por medio de aquellas, comunicava con las más encerradas, hasta traer a execución su propósito, y aquestas en tiempo honesto, como estaciones, processiones de noche, missas del gallo, missas del alva, y otras secretas devociones. Muchas encubiertas vi entrar en su casa; tras ellas hombres descalços, contritos, y reboçados, desatacados, que entravan allí a llorar sus peccados. ¡Qué tráfagos, si piensas, traía! Hazíase física de niños; tomaba estambre de unas casas; dávalo a hilar en otras, por achaque de entrar en todas. Las unas, «¡Madre acá!», las otras, «¡Madre acullá! ¡Cata la vieja! ¡Ya viene el ama!» de todas muy conoscida. Con todos estos affanes, nunca passava sin missa ni bispras ni dexava monasterios de frayles ni de monjas; esto porque allí hazía ella sus aleluyas y conciertos. Y en su casa hazía perfumes, falsava estoraques, menjuí, ánimes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes. Tenía una cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil faciones; hazía solimán, afeyte cosido, argentadas, bujelladas, cerillas, llanillas, unturillas, lustres, lucentores, ciarimientes, alvalines y otras aguas de rostro, de rassuras de gamones, de corteza, de spantalobos, de taraguntia, de hieles, de agraz, de mosto, destillados y açucarados. Adelgasava los cueros con çumos de limones, con turvino, con tuétano de corço y de garça, y otras confaciones. Sacaba agua[s] para oler, de rosas, de azaar, de jasmín, de trébol, de madreselvia y clavellinas, mosquatadas y almizcladas, polvorizadas con vino. Hazía lexías para enruviar, de sarmientos, de carrasca, de centeno, de maurrubios, con salitre, con alumbre y millifolia y otras diversas cosas. Y los untes y mantecas que tenía, es fastío de dezir: de vaca, de osso, de cavallos y de camellos, de culebra y de conejo, de vallena de garça, y de alcaraván, y de gamo, y de gato montés, y de texón, de harda, de herizo, de nutria. Aparejos para baños, esto es una maravilla; de las yervas y raízes que tenía en el techo de su casa colgadas; mançanilla y romero, malvaviscos, culantrillo, coronillas, flor de saúco y de mostaza, spliego y laurel blanco, tortarosa y gramonilla, flor salvaje y higueruela, pico de oro y hojatinta. Los azeytes que sacava para el rostro no es cosa de creer: de storaque, y de jazmín, de limón, de pepitas, de violetas, de benjuy, de alfócigos, de piñones, de granillo, de açufayfes, de neguilla, de altramuces, de arvejas, y de carillas, y de yerva paxarera; y un poquillo de bálsamo tenía ella en una redomilla que guardava para aquel rascuño que tiene por las narizes. Esto de los virgos, unos hazía de bexiga y otros curava de punto. Tenía en un tabladillo, en una caxuela pintada, unas agujas delgadas y peligeros, y hilos de seda encerados, y colgadas allí raízes de hojaplasma y fuste sanguino, cebolla albarrana y cepacavallo. Hazía con esto maravillas: que, quando vino por aquí el embaxador francés, tres vezes vendió por virgen una criada que tenía.

CALISTO. ¡Assí pudiera ciento!

PÁRMENO. ¡Sí, santo Dios! Y remediava por caridad muchas huérfanas y erradas que se encomendavan a ella. Y en otro apartado tenía para remediar amores y para se querer bien: tenía huessos de corçón de ciervo, lengua de bívora, cabeças de codornizes, sesos de asno, tela de cavallo, mantillo de niño, hava morisca, guija marina, soga de ahorcado, flor de yedra, spina de erizo, pie de texón, granos de helecho; la piedra del nido del águila, y otras mil cosas. Venían a ella muchos hombres y mujeres, y a unos demandava el pan do mordían, a otros, de su ropa; a otros, de sus cabellos, a otros, pintava en la palma letras con açafrán; a otros, con bermellón, a otros dava unos coraçones de cera, llenos de agujas quebradas, y a otras cosas en barro y en plomo fechas, muy espantables a ver. Pintava figuras, dezía palabras en tierra. ¿Quién te podrá dezir lo que esta vieja hazía? Y todo era burla y mentira.

CALISTO. Bien está, Pármeno; déxalo para más oportunidad. Assaz soy de ti avisado; téngotelo en gracia. No nos detengamos, que la necessidad deshecha la tardança. Oye, aquélla viene rogada; spera más que deve. Vamos, no se indigne. Yo temo y el temor reduze la memoria y a la providencia despierta. ¡Sus! vamos, proveamos; pero ruégote, Pármeno, la embidia de Sempronio, que en esto me sirve y complaze; no ponga impedimiento en el remedio de mi vida; que si para él hovo jubón, para ti no faltará sayo. No pienses que tengo en menos tu consejo y aviso que su trabajo y obra, como lo spiritual sepa yo que precede a lo corporal. Y [que] puesto que las bestias corporalmente trabajen más que los hombres, por esso son pensadas y curadas, pero no amigas de ellos. En [la] tal diferencia serás conmigo en respecto de Sempronio, y so secreto sello, postpuesto el dominio, por tal amigo a ti me concede.

PÁRMENO. Quéxome, señor [Calisto], de la dubda de mi fidelidad y servicio, por los prometimientos y amonestaciones tuyas. ¿Quándo me viste, señor, embidiar, o por ningún interesse ni resabio tu provecho estorcer?

CALISTO. No te escandalizes, que sin dubda tus costumbres y gentil criança en mis ojos ante todos los que me sirven están. Mas como en caso tan arduo, do todo mi bien y vida pende, es necessario prover, proveo a los contescimientos, comoquiera que creo que tus buenas costumbres sobre buen natural florescen, como el buen natural sea principio del artificio. Y no más, sino vamos a ver la salud.

CELESTINA. (Passos oygo; acá descienden; haz, Sempronio, que no lo oyes. Escucha y déxame hablar lo que a ti y a mí me conviene.

SEMPRONIO. Habla.)

CELESTINA. No me congoxes, ni me importunes, que sobrecargar el cuydado es aguijar al animal congoxoso. Ansí sientes la pena de tu amo Calisto, que paresce que tú eres él y él tú, y que los tormentos son en un mismo subjecto. Pues cree que yo no vine acá por dexar este pleyto indeciso o morir en la demanda.

CALISTO. Pármeno, detente. ¡Ce!, escucha qué hablan éstos; veamos en qué bivimos. ¡O notable mujer, o bienes mundanos, indignos de ser posseídos de tan alto coraçón. ¡O fiel y verdadero Sempronio! ¿Has visto, mi Pármeno? ¿Oíste? ¿Tengo razón? ¿Qué me dizes, rincón de mi secreto y consejo y alma mía?

PÁRMENO. Protestando mi innocencia en la primera sospecha, y cumpliendo con la fidelidad, porque te me concediste, hablaré; óyeme, y el affecto no te ensorde, ni la esperança del deleyte te ciegue. Tiémplate y no te apressures, que muchos con cobdicia de dar en el fiel, yerran el blanco. Aunque soy moço, cosas he visto assaz, y el seso y la vista de las muchas cosas demuestran la esperiencia. De verte o de oírte descender por la escalera, parlan lo que éstos fingidamente han dicho, en cuyas falsas palabras pones el fin de tu desseo.

SEMPRONIO. (Celestina, ruynmente suena lo que Pármeno dize.

CELESTINA. Calla, que para la mi santiguada, do vino el asno vendrá el albarda; déxame tú a Pármeno, que yo te le haré uno de nos, y de lo que oviéremos, démosle parte: que los bienes, si no son communicados no son bienes. Ganemos todos, partamos todos, holguemos todos. Yo te le traeré manso y benigno a picar el pan en el puño, y seremos dos a dos y, como dizen, tres al mohíno).

CALISTO. ¡Sempronio!

SEMPRONIO. ¿Señor?

CALISTO. ¿Qué hazes, llave de mi vida? Abre. ¡O Pármeno, ya la veo; sano soy, bivo soy! ¡Mira[s] qué reverenda persona, qué acatamiento! Por la mayor parte, por la filosomía es conoscida la virtud interior. ¡O vejez virtuosa, o virtud envejecida! ¡O gloriosa esperança de mi desseado fin! ¡O fin de mi deleytosa esperança! ¡O salud de mi passión, reparo de mi tormento, regeneración mía, vivificación de mi vida, resurreción de mi muerte! Desseo llegar a ti, cobdicio besar essas manos llenas de remedio. La indignidad de mi persona lo enbarga. Dende aquí adoro la tierra que huellas y en reverencia tuya la beso.

CELESTINA. (Sempronio, ¡de aquéllas bivo yo! Los huessos que yo roí, piensa este necio de tu amo de darme a comer! Pues ál le sueño; al freír lo verá; dile que cierre la boca y comence abrir la bolsa; que de las obras dubdo, quanto más de las palabras. Xo, que te striego, asna coxa. Más avías de madrugar.

PÁRMENO. ¡Guay de orejas que tal oyen! Perdido es quien tras perdido andas. ¡O Calisto desventurado, abatido, ciego! Y en tierra está adorando a la más antigua [y] puta tierra, que fregaron sus espaldas en todos los burdeles. Deshecho es, vencido es, caído es; no es capaz de ninguna redención ni consejo ni esfuerço).

CALISTO. ¿Qué dezía la madre? Parésceme que pensava que le ofrescía palabras por escusar gualardón.

SEMPRONIO. Assí lo sentí.

CALISTO. Pues ven conmigo; trae las llaves, que yo sanaré su dubda.

SEMPRONIO. Bien harás, y luego vamos, que no se deve dexar crescer la yerva entre los panes, ni la sospecha en los coraçones de los amigos, sino limpiarla luego con el escardilla de las buenas obras.

CALISTO. Astuto hablas. Vamos y no tardemos.

CELESTINA. Plázeme, Pármeno, que avemos avido oportunidad para que conozcas el amor mío contigo, y la parte que en mí, inmérito, tienes. Y digo inmérito por lo que te he oído dezir, de que no hago caso; porque virtud nos amonesta sufrir las tentaciones y no dar mal por mal. Y especial quando somos tentados por moços y no bien instrutos en lo mundano, en que con necia lealdad pierdan a sí y a sus amos, como agora tú a Calisto. Bien te oí, y no pienses que el oír con los otros exteriores sesos mi vejez aya perdido. Que no sólo lo que veo, oyo y cognozco, mas aun lo intrínsico con los intellectuales ojos penetro. Has de saber Pármeno, que Calisto anda de amor quexoso; y no lo juzgues por esso por flaco, que el amor impervio todas las cosas vence. Y sabe, si no sabes, que dos conclusiones son verdaderas. La primera, que es forçoso el hombre amar a la mujer y la mujer al hombre. La segunda, que el que verdaderamente ama es necessario que se turbe con la dulçura del soberano deleyte, que por el hazedor de las cosas fue puesto, porque el linaje de los hombres se perpetuasse sin lo qual perescería. Y no sólo en la humana especie, mas en los pesces, en las bestias, en las aves, en las reptilias y en lo vegetativo, algunas plantas han este respecto, si sin interposición de otra cosa en poca distancia de tierra están puestas, en que ay determinación de hervolarios y agricultores, ser machos y hembras. ¿Qué dirás a esto, Pármeno? ¡Neciuelo, loquito, angelico, perlica, simplezico! ¿Lobitos en tal gestico? Llégate acá, putico, que no sabes nada del mundo ni de sus deleytes. ¡Mas rabia mala me mate, si te llego a mí, aunque vieja! Que la boz tienes ronca, las barvas te apuntan; mal sosegadilla deves tener la punta de la barriga.

PÁRMENO. ¡Como cola de alacrán!

CELESTINA. Y aún peor, que la otra muerde sin hinchar, y la tuya hincha por nueve meses.

PÁRMENO. ¡Hy, hy, hy!

CELESTINA. ¿Ríeste, landrezilla, hijo?

PÁRMENO. Calla, madre, no me culpes, ni me tengas, aunque moço, por insipiente. Amo a Calisto porque le devo fidelidad por criança, por beneficios, por ser dél honrrado y bien tratado, que es la mayor cadena que el amor del servidor al servicio del señor prende, quanto lo contrario aparta. Véole perdido y no ay cosa peor que yr tras desseo sin esperança de buen fin; y especial, pensando remediar su hecho tan arduo y defícil con vanos consejos y necias razones de aquel bruto Sempronio, que es pensar sacar aradores a pala de açadón. No lo puedo soffrir; ¡dígolo y lloro!

CELESTINA. Pármeno, ¿tú no vees que es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar?

PÁRMENO. Por esso lloro, que si con llorar fuesse possible traer a mi amo el remedio, tan grande sería el plazer de la tal esperança, que de gozo no podría llorar. Pero assí, perdida ya toda la esperanza, pierdo el alegría y lloro.

CELESTINA. Llora[ra]s sin provecho, por lo que llorando estorvar no podrás, ni sanar lo presumas. ¿A otros no ha acontescido esto, Pármeno?

PÁRMENO. Sí, pero a mi amo no le querría doliente.

CELESTINA. No lo es, mas aunque fuesse doliente, podría sanar.

PÁRMENO. No curo de lo que dizes, porque en los bienes mejor es el acto que la potencia, y en los males mejor la potencia que el acto. Assí que mejor es ser sano que poderlo ser, y mejor es poder ser doliente que ser enfermo por acto; y por tanto es mejor tener la potencia en el mal que el acto.

CELESTINA. ¡O malvado, como que no se te entiende! ¿Tú no sientes su enfermedad? ¿Qué has dicho hasta agora; de qué te quexas? Pues burla o di por verdad lo falso, y cree lo que quisieres, que él es enfermo por acto, y el poder ser sano es en mano desta flaca vieja.

PÁRMENO. ¡Mas, desta flaca puta vieja!

CELESTINA. ¡Putos días vivas, vellaquillo! ¿Y cómo te atreves?

PÁRMENO. ¡Cómo te conozco!

CELESTINA. ¿Quién eres tú?

PÁRMENO. ¿Quién? Pármeno, hijo de Alberto tu compadre; que estuve contigo un poco tiempo que te me dio mi madre, quando moravas a la cuesta del río cerca de las tenerías.

CELESTINA. ¡Jesú, Jesú, Jesú! ¿Y tú eres Pármeno, hijo de la Claudina?

PÁRMENO. ¡Alahé, yo!

CELESTINA. ¡Pues fuego malo te queme, que tan puta vieja era tu madre como yo! ¿Por qué me persigues, Parmenico? ¡Él, es, él es, por los santos de Dios!; allégate a mí, ven acá, que mil açotes y puñadas te di en este mundo y otros tantos besos. ¿Acuérdaste quando dormías a mis pies, loquito?

PÁRMENO. Sí, en buena fe; y algunas vezes aunque era niño, me subías a la cabecera y me apretavas contigo, y porque olías a vieja, me huía de ti.

CELESTINA. ¡Mala landre te mate; y cómo lo dize el desvergüençado! Dexadas burlas y passatiempos, oye agora, mi hijo, y escucha, que aunque a un fin soy llamada, a otro soy venida, y maguera que contigo me haya hecho de nuevas, tú eres la causa. Hijo, bien sabes cómo tu madre, que Dios haya, te me dio biviendo tu padre, el qual, como de mí te fuiste, con otra ansia no murió sino con la incertedumbre de tu vida y persona, por la cual absencia algunos años de su vejez suffrió angustiosa y cuydadosa vida. Y al tiempo que della passó, embió por mí y en su secreto te me encargó y me dixo sin otro testigo, sino Aquel que es testigo de todas las obras y pensamientos y los coraçones y entrañas escudriña, al qual puso entre él y mí, que te buscasse y llegasse y abrigasse, y quando de complida edad fuesses, tal que en tu bivir supiesses tener manera y forma, te descubriesse adónde dexó encerrada tal copia de oro y plata que basta más que la renta de tu amo Calisto. Y porque gelo prometí y con mi promessa levó descanso, y la fe es de guardar, más que a los bivos, a los muertos, que no pueden hazer por sí, en pesquisa y siguimiento tuyo yo he gastado assaz tiempo y quantías, hasta agora que ha plazido a Aquel que todos los cuytados tiene y remedia las justas peticiones y las piadosas obras endereça, que te hallasse aquí donde solos ha tres días que sé que moras. Sin dubda dolor he sentido, porque has por tantas partes vagado y peregrinado que ni has avido provecho ni ganado debdo ni amistad. Que como Séneca dize, los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades, porque en breve tiempo con ninguno [no] pueden firmar amistad. Y el que está en muchos cabos [no] está en ninguno. Ni puede aprovechar el manjar a los cuerpos que en comiendo se lança, ni hay cosa que más la sanidad impida, que la diversidad y mudança y variación de los manjares. Y nunca la llaga viene a cicatrizar en la qual muchas melez:inas se tientan, ni convalesce la planta que muchas vezes es traspuesta, y no ay cosa tan provechosa que en llegando aproveche. Por tanto, mi hijo, dexa los ímpetus de la juventud y tórnate con la dotrina de tus mayores a la razón. Reposa en alguna parte. ¿Y dónde mejor que en mi voluntad, en mi ánimo, en mi consejo, a quien tus padres te remetieron? Y yo ansí como verdadera madre tuya, te digo, so las malediciones, que tus padres te pusieron si me fuesses inobediente, que por el presente sufras y sirvas a éste tu amo que procuraste, hasta en ello aver otro consejo mío. Pero no con necia lealdad, proponiendo firmeza sobre lo movible, como son estos señores deste tiempo. Y tú gana amigos que es cosa durable; ten con ellos constancia; no bives en flores; dexa los vanos prometimientos de los señores, los quales deshechan la sustancia de sus sirvientes con huecos y vanos prometimientos. Como la sanguijuela saca la sangre, desagradescen, injurian, olvidan servicios, niegan galardón. ¡Guay de quien en palacio envejece!, como se scrive de la probática piscina, que de ciento que entravan sanava uno. Estos señores deste tiempo más aman assí que a los suyos, y no yerran; los suyos ygualmente lo deven hazer. Perdidas son las mercedes, las manificencias, los actos nobles. Cada uno destos cativan y mezquinamente procuran su interesse con los suyos. Pues aquéllos no deven menos hazer, como sean en facultades menores, sino vivir a su ley. Dígolo, hijo Pármeno, porque éste tu amo, como dizen, me paresce rompenecios. De todos se quiere servir sin merced. Mira bien, créeme. En su casa cobra amigos, que es el mayor precio mundano; que con él no pienses tener amistad, como por la diferencia de los estados o condiciones pocas vezes contezca. Caso es offrecido, como sabes, en que todos medremos, y tú por el presente te remedies. Que lo ál que te he dicho, guardado te está a su tiempo. Y mucho te aprovecharás siendo amigo de Sempronio.

PÁRMENO. Celestina, todo tremo en oírte; no sé qué haga; perplexo estó. Por una parte, téngote por madre; por otra a Calisto por amo. Riqueza desseo, pero quien torpemente sube a lo alto, más aína cae que subió. No querría bienes mal ganados.

CELESTINA. Yo sí. A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo.

PÁRMENO. Pues yo con ellos no biviría contento y tengo por honesta cosa la pobreza alegre. Y aún más te digo, que no los que poco tienen son pobres, mas los que mucho desean. Y por esto, aunque más digas, no te creo en esta parte. Querría passar la vida sin embidia, los yermos y aspereza sin temor, el sueño sin sobresaltos, las injurias con respuesta, las fuerças sin denuesto, las premias con resistencia.

CELESTINA. ¡O hijo!, bien dizen que la prudencia no puede ser sino en los viejos; y tú mucho moço eres.

PÁRMENO. Mucho segura es la mansa pobreza.

CELESTINA. Mas di, como mayor <Marón>, que la fortuna ayuda a los osados y demás desto, ¿quién es que tenga bienes en la república que escoja bivir sin amigos? Pues, loado Dios, bienes tienes ¿y no sabes que has menester amigos para los conservar? Y no pienses que tu privança con este señor te haze seguro, que quanto mayor es la fortuna, tanto es menos segura. Y por tanto en los infortunios el remedio es a los amigos. ¿Y a dónde puedes ganar mejor este debdo, que donde las tres maneras de amistad concurren, conviene a saber, por bien y provecho y deleyte? Por bien: mira la voluntad de Sempronio conforme a la tuya, y la gran similitud que tú y él en la virtud tenéys. Por provecho: en la mano está, si soys concordes. Por deleyte: semejable es, como seáys en edad dispuestos para todo linaje de plazer, en que más los moços que los viejos se juntan, assí como para jugar, para vestir, para burlar, para comer y bever, para negociar amores junctos de compaña. ¡O, si quisiesses, Pármeno, qué vida gozaríamos! Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa.

PÁRMENO. ¿De Areúsa?

CELESTINA. De Areúsa.

PÁRMENO. ¿De Areúsa, hija de Eliso?

CELESTINA. De Areúsa, hija de Eliso.

PÁRMENO. ¿Cierto?

CELESTINA. Cierto.

PÁRMENO. Maravillosa cosa es.

CELESTINA. ¿Pero bien te paresce?

PÁRMENO. No cosa mejor.

CELESTINA. Pues tu buena dicha quiere, aquí está quien te la dará.

PÁRMENO. Mi fe, madre, no creo a nadie.

CELESTINA. Estremo es creer a todos y yerro no creer a ninguno.

PÁRMENO. Digo que te creo pero no me atrevo; déxame.

CELESTINA. O mezquino, de enfermo coraçón es no poder sofrir el bien. Da Dios havas a quien no tiene quixadas. ¡O simple!, dirás que adonde ay mayor entendimiento ay menor fortuna y donde más discreción, allí es menor la fortuna; dichas son.

PÁRMENO. O Celestina, oído he a mis mayores que un enxemplo de luxuria o avaricia mucho mal haze, y que con aquellos deve hombre conversar que le hagan mejor, y aquellos dexar a quien él mejores piensa hazer. Y Sempronio, en su enxemplo, no me hará mejor, ni yo a él sanaré su vicio. Y puesto que yo a lo que dizes me incline, sólo yo querría saberlo, porque a lo menos por el enxemplo fuesse oculto el pecado. Y si hombre vencido del deleyte va contra la virtud, no se atreva a la honestad.

CELESTINA. Sin prudencia hablas que de ninguna cosa es alegre possessión sin compañía; no te retrayas ni amargues, que la natura huye lo triste y apetece lo delectable. El deleyte es con los amigos en las cosas sensuales, y especial en te contar las cosas de amores y comunicarlas. «Esto hize, esto otro me dixo; tal donayre passamos, de tal manera la tomé, assí la besé, assí me mordió, assí la abracé, assí se allegó. ¡O qué habla, o qué gracia, o qué juegos, o qué besos! Vamos allá, bolvamos acá, ande la música, pintemos los motes, cantemos canciones, invenciones, justemos; ¿qué cimera sacaremos o qué letra? Ya va a la missa, mañana saldrá, rondemos su calle, mira su carta, vamos de noche, tenme el escala, aguarda a la puerta. ¿Cómo te fue? Cata el cornudo; sola la dexa. Dale otra buelta, tornemos allá». Y para esto Pármeno ¿ay deleyte sin compañía? Alahé, alahé, la que las sabe las tañe. Este es el deleyte, que lo ál, mejor lo hazen los asnos en el prado.

PÁRMENO. No querría, madre, me combidasses a consejo con amonestación de deleyte, como hizieron los que, caresciendo de razonable fundamiento, opinando hizieron sectas embueltas en dulce veneno para captar y tomar las voluntades de los flacos y con polvos de sabroso affecto cegaron los ojos de la razón.

CELESTINA. ¿Qué es razón, loco? ¿Qué es affecto, asnillo? La discreción, que no tienes, lo determina, y de la discreción, mayor es la prudencia. Y la prudencia no puede ser sin esperimiento, y la esperiencia no puede ser más que en los viejos. Y los ancianos somos llamados padres, y los buenos padres bien aconsejan a sus hijos, y especial yo a ti, cuya vida y honra más que la mía desseo. ¿Y quándo me pagarás tú esto? Nunca, pues a los padres y a los maestros no puede ser hecho servicio ygualmente.

PÁRMENO. Todo me recelo, madre, de recebir dudoso consejo.

CELESTINA. ¿No quieres? Pues dezirte he lo que dize el sabio. Al varón que con dura cerviz al que le castiga menosprecia, arrebatado quebrantamiento le verná, y sanidad ninguna le conseguirá. Y assí, Pármeno, me despido de ti y deste negocio.

PÁRMENO. (Ensañada está mi madre; dubda tengo en su consejo; yerro es no creer y culpa creerlo todo. Más humano es confiar, mayormente en esta que interesse promete, a do provecho no pueda allende de amor conseguir. Oído he que deve hombre a sus mayores creer. Ésta, ¿qué me aconseja? Paz con Sempronio. La paz no se deve negar, que bienaventurados son los pacíficos, que hijos de Dios serán llamados. Amor no se deve rehuyr. Caridad a los hermanos; interesse pocos le apartan. Pues quiérola complazer y oír.) Madre, no se deve ensañar el maestro de la ignorancia del discípulo, sino raras vezes por la sciencia, que es de su natural comunicable, y en pocos lugares se podría infundir. Por esso perdóname, háblame; que no sólo quiero oírte y creerte, mas en singular merced recebir tu consejo. Y no me lo agradescas, pues el loor y las gracias de la ación más al dante que no al recibiente se deven dar. Por esso, manda, que a tu mandado mi consentimiento se humilla.

CELESTINA. De los hombres es errar, y bestial es la porfía; por ende, gózome, Pármeno, que ayas limpiado las turbias telas de tus ojos y respondido al reconoscimiento, discreción y ingenio sotil de tu padre, cuya persona, agora representada en mi memoria, enternezce los ojos piadosos, por do tan abundantes lágrimas vees derramar. Algunas vezes duros propósitos, como tú, defendía, pero luego tornava a lo cierto. En Dios y en mi ánima, que en veer agora lo que as porfiado y como a la verdad eres reduzido, no paresce sino que bivo le tengo delante. ¡O qué persona, o qué hartura, o qué cara tan venerable! Pero callemos, que se acerca Calisto, y tu nuevo amigo Sempronio, con quien tu conformidad para más oportunidad dexo. Que dos en un coraçón biviendo son más poderosos de hazer y de entender.

CALISTO. Dubda traygo, madre, según mis infortunios, de hallarte biva. Pero más es maravilla, según el deseo, de cómo llego bivo. Recibe la dádiva pobre de aquel que con ella la vida te ofrece.

CELESTINA. Como en el oro muy fino labrado por la mano del sotil artífice la obra sobrepuja a la material, assí se aventaja a tu magnífico dar la gracia y forma de tu dulce liberalidad. Y sin dubda la presta dádiva su effecto ha doblado, porque la que tarda el prometimiento muestra negar y arrepentirse del don prometido.

PÁRMENO. (¿Qué le dio, Sempronio?

SEMPRONIO. Cient monedas en oro...

PÁRMENO. ¡Hy, hy, hy!

SEMPRONIO. ¿Habló contigo la madre?

PÁRMENO. Calla, que sí.

SEMPRONIO. Pues, ¿cómo estamos?

PÁRMENO. Como quisieres, aunque estoy espantado.

SEMPRONIO. Pues calla, que yo te haré espantar dos tanto.

PÁRMENO. ¡O Dios, no hay pestilencia más efficaz que el enemigo de casa para empecer!)

CALISTO. Ve agora, madre, y consuela tu casa; y después ven y consuela la mía, y luego.

CELESTINA. Quede Dios contigo.

CALISTO. Y él te me guarde.

Argumento del segundo auto

Partida CELESTINA de CALISTO para su casa, queda CALISTO hablando con SEMPRONIO, criado suyo, al qual, como quien en alguna esperença puesto está, todo aguijar le paresce tardança. Embía de sí a SEMPRONIO a solicitar a CELESTINA para el concebido negocio. Quedan entretanto CALISTO y PÁRMENO juntos razonando.

CALISTO, SEMPRONIO, PÁRMENO

CALISTO. Hermanos míos, cient monedas di a la madre; ¿hize bien?

SEMPRONIO. ¡Ay, si hizieste bien! Allende de remediar tu vida, ganaste muy gran honrra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y próspera sino para servir a la honrra, que es el mayor de los mundanos bienes? Que esto es premio y galardón de la virtud. Y por esso la damos a Dios, porque no tenemos mayor cosa que le dar; la mayor parte de la qual consiste en la liberalidad y franqueza. A ésta los duros tesoros comunicables la escurecen y pierden, y la magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha tener lo que se niega aprovechar? Sin dubda te digo que es mejor el uso de las riquezas que la possessión dellas. ¡O qué glorioso es el dar! ¡O qué miserable es el recebir! Quanto es mejor el acto que la possessión, tanto es más noble el dante que el recibiente. Entre los elementos el fuego, por ser más activo es más noble, y en las speras puesto en más noble lugar. Y dizen algunos que la nobleza es una alabança que proviene de los merescimientos y antigüedad de los padres. Yo digo que la agena luz nunca te hará claro si la propria no tienes. Y por tanto no te estimes en la claridad de tu padre, que tan magnífico fue, sino en la tuya; y ansí se gana la honrra, que es el mayor bien de los que son fuera de hombre. De lo qual no el malo, mas el bueno, como tú, es digno que tenga perfecta virtud. Y aun [más] te digo que la virtud perfecta no pone que sea hecho con digno honor. Por ende goza de aver seído ansí magnífico y liberal, y de mi consejo tórnate a la cámara y reposa, pues que tu negocio en tales manos está depositado. De donde ten por cierto, pues el comienço llevo bueno, el fin será muy mejor. Y vamos luego, porque sobre este negocio quiero hablar contigo más largo.

CALISTO. Sempronio, no me paresce buen consejo quedar yo acompañado, y que vaya sola aquella que busca el remedio de mi mal; mejor será que vayas con ella y la aquexes; pues sabes que de su diligencia pende mi salud, de su tardança mi pena, de su olvido mi desesperança. Sabido eres; fiel te siento; por buen criado te tengo; haz de manera que en sólo verte ella a ti, juzgue la pena que a mí queda y fuego que me atormenta, cuyo ardor me causó no poder mostrarle la tercia parte desta mi secreta enfermedad, según tiene mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como hombre libre de tal passión, hablarla has a rienda suelta.

SEMPRONIO. Señor, querría yr por complir tu mandado; querría quedar por aliviar tu cuytado, tu temor me aquexa, tu soledad me detiene. Quiero tomar consejo con la obediencia, que es yr y dar priessa a la vieja. ¿Mas cómo yré?, que en viéndote solo, dizes desvaríos de hombre sin seso, sospirando, gemiendo, maltrobando, holgando con lo escuro, desseando soledad, buscando nuevos modos de pensativo tormento, donde, si perseveras, o de muerto o loco no podrás escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue plazeres, diga donayres, tanga canciones alegres, cante romances, cuente ystorias, pinte motes, finja cuentos, juegue a naypes, arme mates, finalmente que sepa buscar todo género de dulce passatiempo para no dexar trasponer tu pensamiento en aquellos crueles desvíos que recebiste de aquella señora en el primer trance de tus amores.

CALISTO. ¿Cómo, simple, no sabes que alivia la pena llorar la causa? ¿Quánto es dulce a los tristes quexar su passión? ¿Quánto descanso traen consigo los quebrantados sospiros? ¿Quánto relievan y disminuyen los lagrimosos gemidos el dolor? Quantos scrivieron consuelos no dizen otra cosa.

SEMPRONIO. Lee más adelante. Buelve la hoja. Hallarás que dizen que fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza que es ygual género de locura. Y aquel Macías, ídolo de los amantes, del olvido porque le olvidava se quexa. En el contemplar ésta es la pena de amor; en el olvidar el descanso. Huye de tirar coces al aguijón; finge alegría y consuelo y serlo ha; que muchas veces la opinión trae las cosas donde quiere, no para que mude la verdad, pero para moderar nuestro sentido y regir nuestro juyzio.

CALISTO. Sempronio, amigo, pues tanto sientes mi soledad, llama a Pármeno y quedará conmigo, y daquí adelante sey como sueles leal. Que en el servicio del criado está el galardón del señor.

PÁRMENO. Aquí estoy, señor.

CALISTO. Yo no, pues no te veía. No te partas della, Sempronio, ni me olvides a mí, y ve con Dios. Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo que oy ha passado? Mi pena es grande, Melibea alta, Celestina sabia y buena maestra de estos negocios. No podemos errar. Tú me la as aprovado con toda tu enemistad. Yo te creo, que tanta es la fuerça de la verdad que las lenguas de los enemigos trae a su mandar; assí que, pues ella es tal, más quiero dar a ésta cient monedas que a otra cinco.

PÁRMENO. (¿Ya [las] lloras? Duelos tenemos. En casa se avrán de ayunar estas franquezas.)

CALISTO. Pues pido tu parecer, seyme agradable, Pármeno; no abaxes la cabeça al responder. Mas como la embidia es triste, la tristeza sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor. ¿Qué dixiste, enojoso?

PÁRMENO. Digo, señor, que yrían mejor empleadas tus franquezas en presentes y servicios a Melibea, que no dar dineros a aquella que yo conozco, y lo que peor es, hazerte su cativo.

CALISTO. ¿Cómo, loco, su cativo?

PÁRMENO. Porque a quien dizes el secreto, das tu libertad.

CALISTO. Algo dize el necio; pero quiero que sepas que quando hay mucha distancia del que ruega al rogado, o por gravedad de obediencia, o por señorío de estado, o esquividad de género, como entre esta mi señora y mí, es necessario intercessor o medianero que suba de mano en mano mi mensaje hasta los oídos de aquella a quien yo segunda vez hablar tengo por impossible, y pues que assí es, dime si lo hecho apruevas.

PÁRMENO. (¡Apruévelo el diablo!)

CALISTO. ¿Qué dizes?

PÁRMENO. Digo, señor, que nunca yerro vino desacompañado, y que un inconveniente es causa y puerta de muchos.

CALISTO. El dicho yo le apruevo; el propósito no entiendo.

PÁRMENO. Señor, porque perderse el otro día el neblí fue causa de tu entrada en la huerta de Melibea a le buscar, la entrada causa de la veer y hablar, la habla engendró amor, el amor parió tu pena; la pena causará perder tu cuerpo y el alma y hazienda. Y lo que más dello siento es venir a manos de aquella trotaconventos, después de tres vezes emplumada.

CALISTO. ¡Assí, Pármeno, di más desso, que me agrada! Pues mejor me parece quanto más la desalavas; cumpla conmigo y emplúmenla la quarta; dessentido eres; sin pena hablas; no te duele donde a mí, Pármeno.

PÁRMENO. Señor, más quiero que ayrado me reprehendas porque te do enojo, que arrepentido me condenes porque no te di consejo, pues perdiste el nombre de libre quando cativaste la voluntad.

CALISTO. ¡Palos querrá este vellaco! Di, mal criado, ¿por qué dizes mal de lo que yo adoro? Y tú ¿qué sabes de honrra? Dime, ¿qué es amor? ¿En qué consiste buena criança? Que te me vendes por discreto, ¿no sabes que el primer escalón de locura es creerse ser sciente? Si tú sintiesses mi dolor, con otra agua rociarías aquella ardiente llaga que la cruel frecha de Cupido me ha causado. Quanto remedio Sempronio acarrea con sus pies, tanto apartas tú con tu lengua, con tus vanas palabras; fingiéndote fiel, eres un terrón de lisonja, bote de malicias, el mismo mesón y aposentamiento de la embidia; que por disfamar la vieja a tuerto o a derecho, pones en mis amores desconfiança, sabiendo que esta mi pena y flutuoso dolor no se rige por razón, no quiere avisos, caresce de consejo; y si alguno se le diere, tal que no aparte ni desgozne lo que sin las entrañas no podrá despegarse. Sempronio temió su yda y tu quedada; yo quíselo todo, y assí me padezco el trabajo de su absencia y tu presencia; valiera más solo que mal acompañado.

PÁRMENO. Señor, flaca es la fidelidad que temor de pena la convierte en lisonja, mayormente con señor a quien dolor y affición priva y tiene ajeno de su natural juyzio; quitarse ha el velo de la ceguedad; passarán estos momentáneos fuegos; conozcerás mis agras palabras ser mejores para matar este fuerte cançre que las blandas de Sempronio que lo cevan, atizan tu fuego, abivan tu amor, encienden tu llama, añaden astillas que tenga que gastar, hasta ponerte en la sepoltura.

CALISTO. ¡Calla, calla, perdido! Estó yo penando y tú filosofando; no te spero más. Saquen un cavallo; límpienle mucho; aprieten bien la cincha, por que si passare por casa de mi señora y mi Dios.

PÁRMENO. iMoços! No ay moço en casa; yo me lo avré de hazer, que a peor vernemos desta vez que ser moços despuelas. ¡Andar, passe! Mal me quieren mis comadres, etc. ¿Rehincháys, don cavallo? ¿No basta un celoso en casa, o baruntas a Melibea?

CALISTO. ¿Viene esse cavallo? ¿qué hazes, Pármeno?

PÁRMENO. Señor, vesle aquí, que no está Sosia en casa.

CALISTO. Pues ten esse estribo; abre más essa puerta; y si viniere Sempronio con aquella señora, di que esperen, que presto será mi buelta.

PÁRMENO. Mas nunca sea; ¡allá yrás con el diablo! A estos locos decildes lo que les cumple, no os podrán ver. Por mi ánima, que si agora le diessen una lançada en el calcañal que saliessen más sesos que de la cabeça. Pues anda, que a mi cargo, que Celestina y Sempronio te espulguen. ¡O desdichado de mí!; por ser leal padezco mal. Otros se ganan por malos, yo me pierdo por bueno. El mundo es tal; quiero yrme al hilo de la gente, pues a los traydores llaman discretos, a los fieles necios. Si [yo] creyera a Celestina con sus seys dozenas de años acuestas, no me maltratara Calisto. Mas esto me porná escarmiento daquí adelante con él. Que si dixere comamos, yo tanbién; si quisiere derrocar la casa, aprovarlo; si quemar su hazienda, yr por huego. Destruya, rompa, quiebre, dañe; dé a alcahuetas lo suyo, que mi parte me cabrá. Pues dizen, a río buelto ganancia de pescadores. ¡Nunca más perro a[l] molino!

Argumento del tercero auto

SEMPRONIO vase a casa de CELESTINA, a la qual reprende por la tardança. Pónense a buscar qué manera tomen en el negocio de CALISTO con MELIBEA. En fin sobreviene ELICIA. Vase CELESTINA a casa de PLEBERIO. Queda SEMPRONIO y ELICIA en casa.

SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA

SEMPRONIO. ¡Qué spacio lleva la barbuda; menos sosiego traían sus pies a la venida! A dineros pagados, braços quebrados. ¡Ce, señora Celestina, poco as aguijado!

CELESTINA. ¿A qué vienes, hijo?

SEMPRONIO. Este nuestro enfermo no sabe qué pedir; de sus manos no se contenta; no se le cueze el pan. Teme tu negligencia; maldize su avaricia y cortedad porque te dio tan poco dinero.

CELESTINA. No es cosa más propia del que ama que la impaciencia; toda tardança les es tormento; ninguna dilación les agrada. En un momento querrían poner en effecto sus cogitaciones; antes las querrían ver concluídas que empeçadas. Mayormente estos novicios amantes, que contra qualquiera señuelo buelan sin deliberación, sin pensar el daño quel cevo de su desseo trae mezclado en su exercicio y negociación para sus personas y sirvientes.

SEMPRONIO. ¿Qué dizes de sirvientes? Parece por tu razón que nos puede venir a nosotros daño deste negocio y quemarnos con las centellas que resultan deste fuego de Calisto. ¡Aun al diablo daría yo sus amores! Al primer desconcierto que vea en este negocio no como más su pan; más vale perder lo servido, que la vida por cobrallo; el tiempo me dirá qué haga; que primero que cayga del todo dará señal, como casa que se acuesta. Si te pareçe, madre, guardemos nuestras personas de peligro. Hágase lo que se hiziere. Si la oviere, ogaño, si no, a otro año, si no, nunca. Que no ay cosa tan difícile de sufrir en sus principios que el tiempo no la ablande y haga comportable. Ninguna llaga tanto se sintió que por luengo tiempo no afloxasse su tormento, ni plazer tan alegre fue que no le amengüe su antigüedad. El mal y el bien, la prosperidad y adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el tiempo la fuerça de su acelerado principio. Pues los casos de admiración, y venidos con gran desseo, tan presto como passados, olvidados. Cada día vemos novedades y las oímos y las passamos y dexamos atrás. Diminúyelas el tiempo; házelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarías si dixiessen: la tierra tembló, a otra semejante cosa que no olvidasses luego? Assí como: elado está el río, el ciego vee ya, muerto es tu padre, un rayo cayó, ganada es Granad, el rey entra hoy, el turco es vencido, eclipse ay mañana, la puente es llevada, aquél es ya obispo, a Pedro robaron, Ynés se ahorcó, [Cristóval fue borracho]. ¿Qué me dirás, sino que a tres días passados o a la segunda vista no ay quien dello se maraville? Todo es assí, todo passa desta manera, todo se olvida, todo queda atrás. Pues assí será este amor de mi amo: quanto más fuerte andando, tanto más diminuyendo. Que la costumbre luenga amansa los dolores, afloxa y deshaze los deleytes, desmengua las maravillas. Procuremos provecho mientra pendiere la contienda; y si a pie enxuto le pudiéremos remediar, lo mejor mejor es; y si no, poco a poco le soldaremos el reproche o menosprecio de Melibea contra él. Donde no, más vale que pene el amo que no que peligre el moço.

CELESTINA. Bien as dicho; contigo stoy. Agradado me as; no podemos errar. Pero todavía hijo, es necessario que el buen procurador ponga de su casa algún trabajo, algunas fingidas razones, algunos sofísticos actos; yr y venir a juyzio, aunque reciba malas palabras del juez. Siquiera por los presentes que lo vieren no digan que se gana holgando el salario. Y assí verná cada una a él con [su] pleyto, y a Celestina con sus amores.

SEMPRONIO. Haz a tu voluntad, que no será este el primero negocio que as tomado a cargo.

CELESTINA. ¿El primero, hijo? Pocas virgines, a Dios gracias, has tu visto en esta ciudad que hayan abierto tienda a vender, de quien yo no haya sido corredora de su primer hilado. En nasciendo la mochacha, la hago scrivir en mi registro, y esto para que yo sepa quántas se me salen de la red. ¿Qué pensavas, Sempronio? ¿Havíame de mantener del viento? ¿Heredé otra herencia? ¿Tengo otra casa o viña? Conóscesme otra hazienda, más deste officio de que como y bevo, de que visto y calço? En esta ciudad nascida, en ella criada, manteniendo honrra, como todo el mundo sabe, ¿conoçida, pues, no soy? Quien no supiere mi nombre y mi casa, tenle por estrangero.

SEMPRONIO. Dime, madre ¿qué passaste con mi compañero Pármeno quando sobí con Calisto por el dinero?

CELESTINA. Díxele el sueño y la soltura, y cómo ganaría más con nuestra compañía que con las lisonjas que dize a su amo, cómo biviría siempre pobre y baldonado si no mudava el consejo; que no se hiziesse santo a tal perra vieja como yo. Acordéle quién era su madre, por que no menospreciasse mi officio; porque queriendo de mí dezir mal, tropeçasse primero en ella.

SEMPRONIO. ¿Tantos días ha que le conosces, madre?

CELESTINA. Aquí está Celestina que le vido nascer y le ayudó a criar. Su madre y yo, uña y carne. Della aprendí todo lo mejor que sé de mi officio. Juntas comiémos, juntas durmiémos, juntas aviémos nuestros solazes, nuestros plazeres, nuestros consejos y conciertos. En casa y fuera, como dos hermanas. Nunca blanca gané en que no toviesse su mitad. Pero no bivía yo engañada, si mi fortuna quisiera que ella me durara. ¡O muerte, muerte, a quántos privas de agradable compañía, a quántos desconsuela tu enojosa visitación! Por uno que comes con tiempo, cortas mil en agraz. Que siendo ella biva, no fueran estos mis passos desacompañados. Buen siglo aya, que leal amiga y buena compañera me fue. Que jamás me dexó hazer cosa en mi cabo, estando ella presente. Si yo traía el pan, ella la carne; si yo ponía la mesa, ella los manteles. No loca, no fantástica, ni presumptuosa como las de agora En mi ánima, descubierta se yva hasta el cabo de la cibdad con su jarro en la mano, que en todo el camino no oyé peor de: Señora Claudina. Y aosadas que otra conoscié peor el vino y qualquier mercaduría. Quando pensava que no era llegada, era de buelta. Allá la conbidavan según el amor todos la tenían. Que jamás volvía sin ocho o diez gustaduras, un açumbre en el jarro y otro en el cuerpo. Assí la fiavan dos o tres arrobas en vezes, como sobre una taça de plata. Su palabra era prenda de oro en quantos bodegones avía. Si ívamos por la calle dondequiera que ovíssemos sed, entrávamos en la primera taverna. Luego mandava echar medio açumbre para mojar la boca. Mas a mi cargo que no le quitaron la toca por ello, sino quanto la rayavan en su taja, y andar adelante. Si tal fuesse agora su hijo, a mi cargo que tu amo quedasse sin pluma y nosotros sin quexa. Pero yo le haré de mi hierro, si bivo; yo le contaré en el número de los míos.

SEMPRONIO. ¿Cómo has pensado hacerlo, que es un traydor?

CELESTINA. A esse tal dos alevosos. Haréle aver a Areúsa; será de los nuestros. Darnos ha lugar a tender las redes sin enbaraço por aquellas doblas de Calisto.

SEMPRONIO. ¿Pues crees que podrás alcançar algo de Melibea? ¿Ay algún buen ramo?

CELESTINA. No ay çurujano que a la primera cura juzgue la herida. Lo que yo al presente veo te diré. Melibea es hermosa, Calisto loco y franco; ni a él penará gastar, ni a mí andar. Bulla moneda y dure el pleyto, lo que durare. Todo lo puede el dinero: las peñas quebranta, los ríos passa en seco; no ay lugar tan alto que un asno cargado de oro no le suba. Su desatino y ardor bastar perder a sí y ganar, a nosotros. Esto he sentido; esto he calado; esto sé dél y della; esto es lo que nos á de aprovechar. A casa voy de Pleberio; quédate a Dios. Que aunque esté brava Melibea, no es ésta, si a Dios ha plazido, la primera a quien yo he hecho perder el cacarrear. Coxquillosicas son todas, mas después que una vez consienten la silla en el envés del lomo, nunca querrían holgar: por ellas queda el campo; muertas sí, cansadas, no. Si de noche caminan, nunca querrían que amanesciesse; maldizen los gallos porque anuncian el día, y el relox porque da tan apriessa. Requieren las cabrillas y el norte, haziéndose strelleras; ya quando ven salir el luzero del alva, quiéreseles salir el alma. Su claridad les escurece el coraçón. Camino es, hijo, que nunca me harté de andar; nunca me vi cansada, y aun assí vieja como soy. Sabe Dios mi buen desseo; quánto más éstas que hirven sin fuego. Catívanse del primer abraço; ruegan a quien rogó; penan por el penado; házense siervas de quien eran señoras; dexan el mando y son mandadas. Rompen paredes, abren ventanas, fingen enfermedades. A los cherriaderos quiçios de las puertas hazen con azeytes usar su officio sin ruido. No te sabré dezir lo mucho que obra en ellas aquel dulçor que les queda de los primeros besos de quien aman. Son enemigas [todas] del medio, contino están posadas en los estremos.

SEMPRONIO. No te entiendo essos términos, madre.

CELESTINA. Digo que la mujer o ama mucho a aquel de quien es requerida, o le tiene grande odio. Assí que si al querer despiden, no pueden tener las riendas al desamor. Y con esto que sé cierto, voy más consolada a casa de Melibea que si en la mano la toviesse. Porque sé que aunque al presente la ruege, al fin me ha de rogar; aunque al principio me amenaze, al cabo me ha de halagar. Aquí llevo un poco de hilado en esta mi faltriquera, con otros aparejos que conmigo siempre traygo para tener causa de entrar donde mucho no só conoscida la primera vez: assí como gorgueras, garvines, franjas, rodeos, tinazuelas, alcohol, alvayalde y solimán, [hasta] agujas y alfileres; que tal ay, que tal quiere, por que donde me tomare la boz me alle apercebida para les echar cevo o requerir de la primera vista.

SEMPRONIO. Madre, mira bien lo que hazes, porque quando el principio se yerra, no puede seguirse buen fin. Piensa en su padre; que es noble y esforçado, su madre celosa y brava, tú la misma sospecha. Melibea es única a ellos; faltándoles ella, fáltales todo el bien; en pensallo tiemblo; no vayas por lana y vengas sin pluma.

CELESTINA. ¿Sin pluma, hijo?

SEMPRONIO. O emplumada, madre, que es peor.

CELESTINA. ¡Alahé, en mal hora a ti he yo menester para compañero, aun si quisieses avisar a Celestina en su officio! Pues quando tú naçiste ya comía yo pan con corteza; para adalid eres bueno, cargado de agüeros y recelo.

SEMPRONIO. No te maravilles, madre, de mi temor, pues es común condición humana que lo que mucho se dessea jamás se piensa ver concluído, mayormente que en este caso temo tu pena y mía. Desseo provecho; querría que este negocio oviesse buen fin, no por que saliesse mi amo de pena, mas por salir yo de lazería. Y assí miro más inconvenientes con mi poca esperiencia que no tú como maestra vieja.

ELICIA. ¡Santiguarme quiero, Sempronio; quiero hazer una raya en el agua! ¿Qué novedad es ésta, venir oy acá dos vezes?

CELESTINA. Calla, bova, déxale, que otro pensamiento traemos en que más nos va. Dime, ¿está desocupada la casa? ¿Fuése la moça que esperava al ministro?

ELICIA. Y aun después vino otra y se fue.

CELESTINA. ¿Sí, que no embalde?

ELICIA. No, en buena fe, ni Dios lo quiera, que aunque vino tarde, más vale a quien Dios ayuda, etc.

CELESTINA. Pues sube presto al sobrado alto de la solana y baxa acá el bote del azeyte serpentino que hallarás colgado del pedaço de la soga que traxe del campo la otra noche quando llovía y hazía escuro, y abre el arca de los lizos, y hazia la mano derecha hallarás un papel scrito con sangre de murciélago debaxo de aquel ala de drago a que sacamos ayer las uñas. Mira no derrames el agua de mayo que me traxieron a confacionar.

ELICIA. Madre, no está donde dizes; jamás te acordas a cosa que guardes.

CELESTINA. No me castigues, por Dios, a mi vejez; no me maltrates, Elicia. No enfinjas porque stá aquí Sempronio, ni te sobervezcas, que más me quiere a mí por consejera que a ti por amiga, aunque tú le ames mucho. Entra en la cámara de los ungüentos y en la pelleja del gato negro donde te mandé meter los ojos de la loba, le hallarás, y baxa la sangre del cabrón, y unas poquitas de las barvas que tú le cortaste.

ELICIA. Toma, madre, veslo aquí. Yo me subo, y Sempronio, arriba.

CELESTINA. Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán sobervio de los condenados ángeles, señor de los súlfuros fuegos que los hervientes étnicos montes manan, governador y veedor de los tormentos y atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias, Tesífone, Megera, y Aleto, administrador de todas las cosas negras del regno de Stige y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales y litigioso caos, mantenedor de las bolantes harpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas ydras. Yo, Celestina, tu más conoscida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerça destas bermejas letras, por la sangre de aquella noturna ave con que están scritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este papel se contienen, por la áspera ponçoña de las bívoras de que este azeyte fue hecho, con el qual unto este hilado; vengas sin tardança a obedeçer mi voluntad y en ello te embolvas, y con ello estés sin un momento te partir, hasta que Melibea con aparejada oportunidad que haya lo compre, y con ello de tal manera quede enredada que quanto más lo mirare, tanto más su coraçón se ablande a conceder mi petición. Y se le abras y lastimes del crudo y fuerte amor de Calisto, tanto que despedida toda honestidad, se descubra a mí y me galardone mis passos y mensaje; y esto hecho pide y demanda de mí a tu voluntad. Si no lo hazes con presto movimiento, ternásme por capital enemiga; heriré con luz tus cárceres tristes y escuras; acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre, y otra y otra vez te conjuro [y], assí confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo ya embuelto.

Argumento del quarto auto

CELESTINA, andando por el camino, habla consigo misma fasta llegar a la puerta de PLEBERIO, onde halló a LUCRECIA, criada de PLEBERIO. Pónese con ella en razones. Sentidas por ALISA, madre de MELIBEA, y sabido que es CELESTINA, fázela entrar en casa. Viene un mensajero a llamar a ALISA. Vase. Queda CELESTINA en casa con MELIBEA y le descubre la causa de su venida.

CELESTINA, LUCRECIA, ALISA, MELIBEA

CELESTINA. Agora que voy sola, quiero mirar bien lo que Sempronio ha temido deste mi camino, porque aquellas cosas que bien no son pensadas, aunque algunas veces hayan buen fin, comúnmente crían desvariados effectos. Assí que la mucha speculación nunca carece de buen fruto. Que, aunque yo he dissimulado con él, podría ser que, si me sintiessen en estos passos de parte de Melibea, que no pagasse con pena que menor fuesse que la vida; o muy amenguada quedasse, quando matar no me quisiessen, manteándome o açotándome cruelmente. Pues amargas cient monedas serían éstas. ¡Ay, cuytada de mí, en qué lazo me he metido! que por me mostrar solícita y esforçada pongo mi persona al tablero. ¿Qué haré, cuytada, mezquina de mí, que ni el salir afuera es provechoso, ni la perseverancia careçe de peligro? ¿Pues yré, o tornarme he? ¡O dubdosa y dura perplexidad! no sé quál escoja por más sano. En el osar, manifiesto peligro, en la covardía, denostada pérdida. ¿Adónde yrá el buey que no are? Cada camino descubre sus dañosos y hondos barrancos. Si con el hurto soy tomada, nunca de muerta o encoroçada falto, a bien librar. Si no voy, ¿qué dirá Sempronio? ¿Que todas éstas eran mis fuerças, a saber y esfuerço, ardid y ofrescimiento, astucia y solicitud? Y su amo Calisto, ¿qué dirá? ¿qué hará, qué pensará? sino que ay nuevo engaño en mis pisadas, y que yo he descubierto la celada por haver más provecho desta otra parte, como sofística prevaricadora. O si no se le ofrece pensamiento tan odioso, dará bozes como loco, diráme en mi cara denuestos raviosos; proporná mil inconvenientes que mi deliberación presta le puso, diziendo: Tú, puta vieja, ¿por qué acrecentaste mis passiones con tus promesas? Alcahueta falsa, para todo el mundo tienes pies, para mí, lengua; para todos obra, para mí palabras; para todos remedio; para mí, pena; para todos esfuerço, para mí te faltó; para todos luz, para mí tiniebla; pues, vieja traydora, ¿por qué te me offreciste? que tu offrecimiento me puso esperança; la esperança dilató mi muerte; sostuvo mi bivir; púsome título de hombre alegre; pues no aviendo effecto, ni tú careçerás de pena, ni yo de triste desesperación. ¡Pues triste yo, mal acá, mal acullá, pena en ambas partes! Quando a los estremos falta el medio, arrimarse el hombre al más sano es discreción. Más quiero offender a Pleberio que enojar a Calisto. Yr quiero, que mayor es la vergüença de quedar por covarde que la pena cumpliendo como osada lo que prometí. Pues jamás al esfuerço desayuda la fortuna. Ya veo su puerta; en mayores afrentas me he visto. ¡Esfuerça, esfuerça, Celestina! no desmayes, que nunca faltan rogadores para mitigar las penas. Todos los agüeros se adereçan favorables, o yo no sé nada desta arte: quatro hombres que he topado, a los tres llaman Juanes y los dos son cornudos. La primera palabra que oí por la calle fue de achaque de amores; nunca he tropeçado como otras vezes. Las piedras parece que se apartan y me hazen lugar que passe, ni me estorvan las haldas, ni siento cansación en andar; todos me saludan. Ni perro me ha ladrado, ni ave negra he visto, tordo ni cuervo ni otras noturnas. Y lo mejor de todo es que veo a Lucrecia a la puerta de Melibea. Prima es de Elicia; no me será contraria.

LUCRECIA. ¿Quién es esta vieja que viene haldeando?

CELESTINA. Paz sea en esta casa.

LUCRECIA. Celestina, madre, seas bienvenida: ¿quál Dios te traxo por estos barrios no acostumbrados?

CELESTINA. Hija, mi amor, desseo de todos vosotros traerte encomiendas de Elicia, y aun ver a tus señoras, vieja y moça. Que después que me mudé al otro barrio, no han sido de mí visitadas.

LUCRECIA. ¿A esso sólo saliste de tu casa? Maravíllome de ti, que no es éssa tu costumbre, ni sueles dar passo sin provecho.

CELESTINA. ¿Más provecho quieres, bova, que complir hombre sus desseos? Y tanbién, como a las viejas nunca nos fallecen necessidades, mayormente a mí, que tengo de mantener hijas ajenas, ando a vender un poco de hilado.

LUCRECIA. Algo es lo que yo digo; en mi seso estoy, que nunca metes aguja sin sacar reja. Pero mi señora la vieja urdió una tela; tiene necessidad dello, tú de venderlo. Entra y spera aquí, que no os desabenirés.

ALISA. ¿Con quién hablas, Lucrecia?

LUCRECIA. Señora, con aquella vieja de la cuchillada que solía bivir aquí en las tenerías a la cuesta del río.

ALISA. Agora lo conozco menos. Si tú me das a entender lo incógnito por lo menos conozcido, es coger agua en cesto.

LUCRECIA. ¡Jesú, señora, más conoscida es esta vieja que la ruda!, no sé cómo no tienes memoria de la que empicotaron por hechizera, que vendía las moças a los abades y descasava mil casados.

ALISA. ¿Qué officio tiene? Quiçá por aquí la conoceré mejor.

LUCRECIA. Señora, perfuma tocas, haze solimán, y otros treynta officios; conosce mucho en yervas, cura niños, y aun algunos la llaman la vieja lapidaria.

ALISA. Todo esso dicho no me la da a conocer. Dime su nombre si le sabes.

LUCRECIA. ¿Si le sé, señora? No ay niño ni viejo en toda la cibdad que no le sepa; ¿avíale yo de ignorar?

ALISA. Pues, ¿por qué no le dizes?

LUCRECIA. He vergüença.

ALISA. ¡Anda, bova, dile, no me indignes con tu tardança!

LUCRECIA. Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.

ALISA. ¡Hy, hy, hy! Mala landre te mate si de risa puedo estar, viendo el desamor que deves de tener a essa vieja que su nombre has vergüença nombrar; ya me voy recordando della. Una buena pieça; no me digas más. Algo me verná a pedir; di que suba.

LUCRECIA. Sube, tía.

CELESTINA. Señora buena, la gracia de Dios sea contigo y con la noble hija; mis passiones y enfermedades han impedido mi visitar tu casa como era razón, mas Dios conoce mis limpias entrañas, mi verdadero amor, que la distancia de las moradas no despega el amor de los coraçones; assí que lo que mucho desseé la necessidad me lo ha hecho complir. Con mis fortunas adversas otras, me sobrevino mengua de dinero; no supe mejor remedio que vender un poco de hilado que para unas toquillas tenía allegado; supe de tu criada que tenías dello necessidad. Aunque pobre, y no de la merced de Dios; veslo aquí, si dello y de mí te quieres servir.

ALISA. Vezina honrrada, tu razón y offrecimiento me mueven a compassión, y tanto que quisiera cierto más hallarme en tiempo de poder complir tu falta, que menguar tu tela. Lo dicho te agradezco; si el hilado es tal, serte ha bien pagado.

CELESTINA. ¿Tal, señora? Tal sea mi vida y mi vejez y la de quien parte quisiere de mi jura, delgado como el pelo de la cabeça, ygual rezio como cuerdas de vihuela, blanco como el copo de la nieve, hilado todo por estos pulgares, aspado y adereçado; veslo aquí en madexitas; tres monedas me davan ayer por la onça, assí goze desta alma peccadora.

ALISA. Hija Melibea, quédese esta mujer honrrada contigo, que ya me parece que es tarde para yr a visitar a mi hermana, su mujer de Cremes, que desde ayer no la he visto, y tanbién que viene su paje a llamarme, que se le arrezió desde un rato acá el mal.

CELESTINA. (Por aquí anda el diablo aparejando oportunidad, arreziando el mal a la otra. Ea, buen amigo, tener rezio, agora es mi tiempo o nunca; no la dexes; llévamela de aquí a quien digo).

ALISA. ¿Qué dizes, amiga?

CELESTINA. Señora, que maldito sea el diablo y mi pecado porque en tal tiempo ovo de crescer el mal de tu hermana que no avrá para nuestro negocio oportunidad. ¿Y qué mal es el suyo?

ALISA. Dolor de costado, y tal que, según del moço supe que quedava, temo no sea mortal. Ruega tú, vezina, por amor mío, en tus devociones por su salud a Dios.

CELESTINA. Yo te prometo, señora, en yendo de aquí me vaya por estos monesterios donde tengo frayles devotos míos y les dé el mismo cargo que tú me das. Y demás desto, ante que me desayune, dé quatro bueltas a mis cuentas.

ALISA. Pues Melibea, contenta a la vezina en todo lo que razón fuere darle por el hilado. Y tú, madre, perdóname, que otro día se verná en que más nos veamos.

CELESTINA. Señora, el perdón sobraría donde el yerro falta; de Dios seas perdonada, que buena compañía me queda. Dios la dexe gozar su noble juventud y florida moçedad, que es [el].tiempo en que más plazeres y mayores deleytes se alcançarán. Que a la mi fe, la vegez no es sino mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de renzillas, congoxa continua, llaga incurable, manzilla de lo passado, pena de lo presente, cuydado triste de lo porvenir, vezina de la muerte, choça sin rama que se llueve por cada parte, cayado de mimbre que con poca carga se doblega.

MELIBEA. ¿Por qué dizes, madre, tanto mal de lo que todo el mundo con tanta efficacia gozar y ver dessea?

CELESTINA. Dessean harto mal para sí; dessean harto trabajo; dessean llegar allá, porque llegando biven, y el bivir es dulce, y biviendo envejecen. Assí que el niño dessea ser moço, y el moço viejo, y el viejo más, aunque con dolor; todo por bivir. Porque, como dizen, biva la gallina con su pepita. Pero quién te podrá contar, señora, sus daños, sus inconvenientes, sus fatigas, sus cuydados, sus enfermedades, su frío, su calor, su descontentamiento, su rinzilla, su pesadumbre; aquel arrugar de cara, aquel mudar de cabellos su primera y fresca color, aquel poco oír, aquel debilitado ver, puestos los ojos a la sombra, aquel hondimiento de boca, aquel caer de dientes, aquel carecer de fuerça, aquel flaco andar, aquel spacioso comer. Pues, ¡ay, ay, señora!, si lo dicho viene acompañado de pobreza, allí verás callar todos los otros trabajos quando sobra la gana y falta la provisión, que jamás sentí peor ahito que de hambre.

MELIBEA. Bien conozco que hablas de la feria según te va en ella, assí que otra canción dirán los ricos.

CELESTINA. Señora hija, a cada cabo ay tres leguas de mal quebranto; a los ricos se les va [la bienaventuranza], la gloria y descanso por otros alvañales de assechanças que no se parecen, ladrillados por encima con lisonjas. Aquel es rico que está bien con Dios; más segura cosa es ser menospreciado que temido. Mejor sueño duerme el pobre que no el que tiene de guardar con solicitud lo que con trabajo ganó y con dolor á de dexar. Mi amigo no será simulado y el del rico sí. Yo soy querida por mi persona; el rico por su hazienda. Nunca oye verdad, todos le habían lisonjas a sabor de su paladar, todos le han embidía. Apenas hallarás un rico que no confiese que le sería mejor estar en mediano estado o en honesta pobreza. Las riquezas no hazen rico, mas ocupado, no hazen señor, mas mayordomo Más son los posseídos de las riquezas que no los que las posseen. A muchos traxo la muerte, a todos quitaron el plazer a las buenas costumbres y ninguna cosa es mas contraria. ¿No oíste dezir: «Dormieron su sueño los varones de las requezas, y ninguna cosa hallaron en sus manos»? Cada rico tiene una dozena de hijos y nietos que no rezan otra oración, no otra petición, sino rogar a Dios que le saque de [en] medio dellos; no veen la hora que tener a él so la tierra y lo suyo entre sus manos y darle a poca costa su morada para siempre.

MELIBEA. Madre, [pues que assí es], gran pena ternás por la edad que perdiste. ¿Querrías bolver a la primera?

CELESTINA. Loco es, señora, el caminante que, enojado del trabajo del día, quisiese bolver de comienço la jornada para tornar otra vez âquel lugar. Que todas aquellas cosas cuya possessión no es agradable, más vale posseellas que esperallas, porque más cerca está el fin de ellas quanto más andador del comienço. No ay cosa más dulce ni graciosa al muy cansado quel mesón. Assí que, aunque la moçedad sea alegre, el verdadero viejo no la dessea, porque el que de razón y seso carece, quasi otra cosa no ama sino lo que perdió.

MELIBEA. Siquiera por bivir más, es bueno dessear lo que digo.

CELESTINA. Tan presto, señora, se va el cordero como el carnero; ninguno es tan viejo que no pueda bivir un año, ni tan moço que hoy no pudiesse morir. Assí que en esto poco ventaja nos leváys.

MELIBEA. Espantada me tienes con lo que has hablado; indicio me dan tus razones que te aya visto otro tiempo. Dime, madre, ¿eres tú Celestina, la que solía morar a las tenerías, cabe el río?

CELESTINA. [Señora], hasta que Dios quiera.

MELIBEA. Espantada me tienes con lo que has hablado; indivan embalde. Assí goze de mí, no te conociera sino por esta señaleja de la cara. Figúraseme que eras hermosa; otra pareces; muy mudada estás.

LUCRECIA. (¡Hy, hy, hy! Mudada está el diablo; hermosa era con aquel su Dios os salve que traviessa la media cara).

MELIBEA. ¿Qué hablas, loca? ¿Qué es lo que dizes? ¿De qué te ríes?

LUCRECIA. De cómo no conoscías a la madre [en tan poco tiempo en la filosomía de la cara.

MELIBEA. No es tan poco tiempo dos años, y más que la tiene arrugada.]

CELESTINA. Señora, ten tú el tiempo que no ande, terné yo mi forma que no se mude. ¿No has leído que dizen: Verná el día que en el espejo no te conoscas? Pero también yo encanecí temprano, y paresco de doblada edad. Que ansí goze desta alma pecadora y tú desse cuerpo gracioso, que de quatro hijas que parió mi madre yo fui la menor. Mira cómo no soy vieja como me juzgan.

MELIBEA. Celestina, amiga, yo he holgado mucho en verte y conoscerte; también hasme dado plazer con tus razones. Toma tu dinero y vete con Dios, que me parece que no deves aver comido.

CELESTINA. ¡O angélica ymagen, o perla preciosa, y cómo te lo dizes! Gozo me toma en verte hablar, ¿y no sabes que por la divina boca fue dicho, contra aquel infernal tentador, que no de sólo pan biviriemos? Pues assí es, que no el sólo comer mantiene. Mayormente a mí, que me suelo estar uno y dos días negociando encomiendas ajenas ayuna, salvo hazer por los buenos, morir por ellos; esto tuve siempre, querer más trabajar sirviendo a otros, que holgar contentando a mí. Pues si tu me das licencia, diréte la necessitada causa de mi venida, que es otra que la que hasta agora as oído, y tal que todos perderíamos en me tornar en balde sin que la sepas.

MELIBEA. Di, madre, todas tus necessidades, que si yo las pudiere remediar, de muy buen grado lo haré por el passado conoscimiento y vezindad, que pone obligación a los buenos.

CELESTINA. ¿Mías, señora? Antes ajenas, como tengo dicho. Que las mías de mi puerta adentro, me las passo sin que las sienta la tierra, comiendo quando puedo, beviendo quando lo tengo. Que con mi pobreza jamás me faltó, a Dios gracias, una blanca para pan y un quarto para vino, después que embiudé, que antes no tenía yo cuydado de lo buscar, que sobrado estava un cuero en mi casa y uno lleno y otro vazío. Jamás me acosté sin comer una tostada en vino y dos dozenas de sorvos, por amor de la madre, tras cada sopa. Agora, como todo cuelga de mí, en un jarrillo mal pegado me lo traen, que no cabe dos açumbres. Seys vezes al día tengo de salir, por mi pecado, con mis canas a cuestas, a le henchir a la taverna. Mas no muera yo de muerte hasta que me vea con un cuero o tinagica de mis puertas adentro. Que en mi ánima no ay otra provisión, que como dicen, pan y vino anda camino que no moço garrido: Assí que donde no ay varón, todo bien fallece. Con mal está el huso quando la barva no anda de suso. Ha venido esto, señora, por lo que dezía de las ajenas necessidades y no mías.

MELIBEA. Pide lo que querrás, sea para quien fuere.

CELESTINA. Donzella graciosa y de alto linage, tu suave habla y alegre gesto, junto con el aparejo de liberalidad que muestras con esta pobre vieja, me dan osadía a te lo decir. Yo dexo un enfermo a la muerte, que con sola una palabra de tu noble boca salida, que [le] lleve metida en mi seno, tiene por fe que sanará, según la mucha devoción tiene en tu gentileza.

MELIBEA. Vieja honrrada, no te entiendo, si más no declaras tu demanda. Por una parte me alteras y provocas a enojo; por otra me mueves a compassión; no te sabría bolver respuesta conveniente, según lo poco que he sentido de tu habla. Que yo soy dichosa, si de mi palabra ay necessidad para salud de algún christiano. Porque hazer beneficio es semejar a Dios, y más que el que haze beneficio le recibe cuando es a persona que le merece. Y el que puede sanar al que padece, no lo haziendo le mata, assí que no cesses tu petición por empacho ni temor.

CELESTINA. El temor perdí mirando, señora, tu beldad, que no puedo creer que embalde pintasse Dios unos gestos más perfetos que otros, más dotados de gracias, más hermosas faciones, sino que hazerlos almazén de virtudes, de misericordia, de compassión, ministros de sus mercedes y dádivas, como a ti. [Y], pues como todos seamos humanos, nascidos para morir, y sea cierto que no se puede dezir nascido el que para sí solo nasció. Porque sería semejante a los brutos animales, en los quales aún ay algunos piadosos, como se dize del unicornio, que se humilla a qualquiera donzella. El perro con todo su ímpetu y braveza, quando viene a morder, si se le echan en el suelo no haze mal; esto de piedad. Pues las aves, ninguna cosa el gallo come que no participe y llame las gallinas a comer dello. El pelícano rompe el pecho por dar a sus hijos a comer de sus entrañas. Las cigüeñas mantienen otro tanto tiempo a sus padres viejos en el nido, quanto ellos le dieron cevo siendo pollitos. Pues tal conoscimiento dio la natura a los animales y aves, ¿por qué los hombres havemos de ser más crueles? ¿Por qué no daremos parte de nuestras gracias y personas a los próximos? Mayormente quando están embueltos en secretas enfermedades, y tales que, donde está la melezina, salió la causa de la enfermedad.

MELIBEA. Por Dios, [que] sin más dilatar me digas quién es esse doliente, que de mal tan perplexo se siente que su passión y remedio salen de una misma fuente.

CELESTINA. Bien ternás, señora, noticia en esta cibdad de un cavallero mancebo, gentilhombre de clara sangre, que llaman Calisto.

MELIBEA. ¡Ya, ya, ya, buena vieja, no me digas más! No passes adelante. ¿Esse es el doliente por quién has hecho tantas promissas en tu demanda, por quién has venido a buscar la muerte para ti, por quién has dado tan dañosos passos? Desvergonçada barbuda, ¿qué siente esse perdido que con tanta passión vienes? De locura será su mal. ¿Qué te parece? Si me hallaras sin sospecha desse loco, con qué palabras me entravas. No se dize en vano que el más empecible miembro del mal hombre o muger es la lengua. Quemada seas, alcahueta falsa, hechizera, enemiga de honestidad, causadora de secretos yerros. ¡Jesú, Jesú, quítamela, Lucrecia, de delante, que me fino, que no me ha dexado gota de sangre en el cuerpo! Bien se lo merece esto y más quien a estas tales da oídos. Por cierto, si no mirasse a mi honestidad, y por no publicar su osadía desse atrevido, yo te hiziera, malvada, que tu razón y vida acabaran en un tiempo.

CELESTINA. (En hora mala acá vine si me falta mi conjuro. ¡Ea, pues bien sé a quien digo! ¡Ce, hermano, que se va todo a perder!).

MELIBEA. ¿Aún hablas entre dientes delante mí para acrecentar mi enojo y doblar tu pena? ¿Querrías condenar mi honestidad por dar vida a un loco, dexar a mí triste por alegrar a él, y llevar tú el provecho de mi perdición, el galardón de mi yerro? ¿Perder y destruyr la casa y honrra de mi padre por ganar la de una vieja maldita como tú? ¿Piensas que no tengo sentidas tus pisadas y entendido tu dañado mensaje? Pues yo te certifico que las albricias que de aquí saques, no sean sino estorvarte de más offender a Dios, dando fin a tus días. Respóndeme, traydora, ¿cómo osaste tanto hazer?

CELESTINA. Tu temor, señora, tiene ocupada mi desculpa. Mi inocencia me da osadía, tu presencia me turba en verla yrada, y lo que más siento y me pena es recebir enojo sin razón ninguna. Por Dios, señora, que me dexes concluyr mi dicho, que ni él quedará culpado, ni yo condenada. Y verás cómo es todo más servicio de Dios, que passos deshonestos, más para dar salud al enfermo que para dañar la fama al médico. Si pensara, señora, que tan de ligero avías de conjecturar de lo passado nocibles sospechas, no bastara tu licencia para me dar osadía a hablar en cosa que a Calisto ni a otro hombre tocasse.

MELIBEA. ¡Jesú, no oyga yo mentar más esse loco saltaparedes, fantasma de noche, luengo como cigüeña, figura de paramiento malpintado, sino aquí me caeré muerta! Este es el quel otro día me vido y començó a desvariar conmigo en razones, haziendo mucho del galán. Dirásle, buena vieja, que si pensó que ya era todo suyo y quedava por él el campo, porque holgué más de consentir sus necedades que castigar su yerro, quise más dexarle por loco que publicar su [grande] atrevimiento. Pues avísale que se aparte deste propósito y serle ha sano. Si no, podrá ser que no aya comprado tan cara habla en su vida. Pues sabe que no es vencido sino el que se cree serlo, y yo quedé bien segura y él ufano. De los locos es estimar a todos los otros de su calidad, y tú tórnate con su mesma razón, que respuesta de mí otra no avrás, ni la esperes, que por demás es ruego a quien no puede aver misericordia. Y da gracias a Dios, pues tan libre vas desta feria. Bien me avían dicho quién tú eras y avisado de tus propiedades, aunque agora no te conoscía.

CELESTINA. (Más fuerte estava Troya, y aun otras más bravas he yo amansado; ninguna tempestad mucho dura).

MELIBEA. ¿Qué dizes, enemiga? Habla que te pueda oír. ¿Tienes desculpa alguna para satisfazer mi enojo y escusar tu yerro y osadía?

CELESTINA. Mientra viviere tu yra más dañará mi descargo; que estás muy rigurosa y no me maravillo, que la sangre nueva poco calor ha menester para hervir.

MELIBEA. ¿Poco calor? Poco lo puedes llamar, pues quedaste tú biva y yo quexosa sobre tan gran atrevimiento. ¿Qué palabra podías tú querer para esse tal hombre que a mí bien me estuviesse? Responde, pues dizes que no as concluído,y quiçá pagarás lo passado.

CELESTINA. Una oración, señora, que le dixeron que sabías de Santa Polonia para el dolor de las muelas. Assimesmo tu cordón, que es fama que ha tocados [todas] las reliquias que ay en Roma y Hierusalem. Aquel cavallero que dixe, pena y muere dellas; ésta fue mi venida, pero pues en mi dicha estava tu ayrada respuesta, padézcase él su dolor en pago de buscar tan desdichada mensajera. Que pues en tu mucha virtud me faltó piedad, también me faltará agua si a la mar me embiara. Pero ya sabes que el deleyte de la vengança dura un momento; el de la misericordia para siempre.

MELIBEA. Si esso querías, ¿por qué luego no me lo espressaste? ¿Por qué me lo dixiste por tales palabras?

CELESTINA. Señora, porque mi linpio motivo me hizo creer que aunque en otras qualesquier lo propusiera, no se avía de sospechar mal; que si faltó el devido preámbulo, fue porque la verdad no es necessario abundar de muchas colores. Compassión de su dolor, confiança de tu magnificencia, ahogaron en mi boca al principio la espressión de la causa. Y pues conoçes, señora, que el dolor turba, la turbación desmanda y altera la lengua, la qual avía de star siempre atada con el seso, por Dios, que no me culpes. Y si él otro yerro ha hecho, no redunde en mi daño, pues no tengo otra culpa sino ser mensajera del culpado; no quiebre la soga por lo más delgado. No semejes la telaraña que no muestra su fuerça sino contra los flacos animales. No paguen justos por pecadores. Imita la divina justicia que dixo: El ánima que pecare, aquella misma muera; a la humana, que jamás condena al padre por el delicto del hijo, ni al hijo por el del padre. Ni es, señora, razón que su atrevimiento acarree mi perdición, aunque según su merecimiento no ternía en mucho que fuesse él el delinquente y yo la condennada. Que no es otro mi officio sino servir a los semejantes. Desto vivo, y desto me arreo. Nunca fue mi voluntad enojar a unos por agradar a otros, aunque ayan dicho a tu merced en mi absencia otra cosa. Al fin, señora, a la firme verdad el viento del vulgo no la empeçe. Una sola soy en este limpio trato; en toda la cibdad, pocos tengo descontentos. Con todos cumplo, los que algo me mandan como si toviesse veynte pies y otras tantas manos.

MELIBEA. No me maravillo, que un solo maestro de vicios dizen que basta para corromper un gran pueblo. Por cierto, tantos y tales loores me han dicho de tus falsas mañas que no sé si crea que pedías oración.

CELESTINA. Nunca yo la reze, y si la rezare, no sea oída, si otra cosa de mí se saque, aunque mil tormentos me diessen.

MELIBEA. Mi passada alteración me impide a reír de tu desculpa, que bien sé que ni juramiento ni tormento te hará dezir verdad, que no es en tu mano.

CELESTINA. Eres mi señora, téngote de callar; hete yo de servir; hasme tú de mandar; tu mala palabra será bíspera de una saya.

MELIBEA. Bien la has mereçido.

CELESTINA. Si no la he ganado con la lengua, no la he perdido con la intención.

MELIBEA. Tanto affirmas tu ignorancia que me hazes creer lo que puede ser. Quiero, pues, en tu dubdosa desculpa tener la sentencia en peso, y no disponer de tu demanda al savor de la ligera interpretación. No tengas en mucho ni te maravilles de mi passado sentimiento, porque concurrieron dos cosas en tu habla, que qualquiera dellas era bastante para me sacar de seso: nombrarme esse tu cavallero, que conmigo se atrevió a hablar, y también pedirme palabra sin más causa que no se podía sospechar sino daño para mi honrra. Pero pues todo viene de buena parte, de lo passado aya perdón; que en alguna manera es aliviado mi coraçón, viendo que es obra pía y santa sanar los apassionados y enfermos.

CELESTINA. Y tal enfermo, señora. Por Dios, si bien le conociesses, no le juzgasses por el que as dicho y mostrado con tu yra. En Dios y en mi alma, no tiene hiel; gracias, dos mil; en franqueza, Alexandre; en esfuerço, Hétor; gesto, de un rey; gracioso, alegre; jamás reyna en él tristeza. De noble sangre, como sabes; gran justador. Pues verle armado, un sant Jorge. Fuerça y esfuerço, no tuvo Hércules tanta; la presencia y faciones, disposición, desemboltura, otra lengua avía menester para las contar; todo junto semeja ángel del cielo. Por fe tengo que no era tan hermoso aquel gentil Narciso que se enamoró de su propria figura quando se vido en las aguas de la fuente. Agora, señora, tiénele derribado una sola muela que jamás cessa [de] quexar.

MELIBEA. ¿Y qué tanto tiempo ha?

CELESTINA. Podrá ser, señora, de veynte y tres años, que aquí está Celestina que le vido nascer y le tomó a los pies de su madre.

MELIBEA. Ni te pregunto esso ni tengo necessidad de saber su edad, sino qué tanto ha que tiene el mal.

CELESTINA. Señora, ocho días, que pareçe que ha un año en su flaqueza. Y el mayor remedio que tiene es tomar una vihuela y tañe tantas canciones y tan lastimeras que no creo que fueron otras las que compuso aquel emperador y gran músico Adriano de la partida del ánima, por sufrir sin desmayo la ya vezina muerte. Que aunque yo sé poco de música, parece que haze aquella vihuela hablar, pues si acaso, canta, de mejor gana se paran las aves a le oír, que no aquel antico de quien se dize que movía los árboles y piedras con su canto. Siendo éste nascido no alabaran a Orfeo. Mira, señora, si una pobre vieja como yo, si se hallara dichosa en dar la vida a quien tales gracias tiene. Ninguna mujer le ve que no alabe a Dios que assí le pintó; pues si le habla acaso, no es más señora de sí de lo que él ordena. Y pues tanta razón tengo, juzga, señora, por bueno mi propósito, mis passos saludables y vazíos de sospecha.

MELIBEA. ¡O quánto me pesa con la falta de mi paciencia!, porque siendo él ignorante y tú innocente, havés padescido las alteraciones de mi ayrada lengua. Pero la mucha razón me relieva de culpa, la qual tu habla sospechosa causó. En pago de tu buen sufrimiento quiero complir tu demanda y darte luego mi cordón. Y porque para screvir la oración no avrá tiempo sin que venga mi madre, si esto no bastare, ven mañana por ella muy secretamente.

LUCRECIA. (¡Ya, ya, perdida es mi ama! Secretamente quiere que venga Celestina; fraude ay; ¡más le querrá dar que lo dicho!).

MELIBEA. ¿Qué dizes, Lucrecia?

LUCRECIA. Señora, que baste lo dicho, que es tarde.

MELIBEA. Pues, madre, no le des parte de lo que passó a esse cavallero, porque no me tenga por cruel o arrebatada o deshonesta.

LUCRECIA. (No miento yo, que mal va este hecho.)

CELESTINA. Mucho me maravillo, señora Melibea, de la dubda que tienes de mi secreto; no temas, que todo lo sé sofrir y encubrir. Que bien veo que tu mucha sospecha echó, como suele, mis razones a la más triste parte. Yo voy con tu cordón tan alegre que se me figura que está diziéndole allá su coraçón de merced que nos heziste y que le tengo de allar aliviado.

MELIBEA. Más haré por tu doliente, si menester fuere, en pago de lo sofrido.

CELESTINA. (Más será menester y más harás, y aunque no se te agradezca.)

MELIBEA. ¿Qué dizes, madre, de agradeçer?

CELESTINA. Digo, señora, que todos lo agradescemos y serviremos, y todos quedamos obligados; que la paga más cierta es, quando más la tienen de complir.

LUCRECIA. (¡Trastócame essas palabras!

CELESTINA. ¡Hija Lucrecia, ce!; yrás a casa y darte he una lexía con que pares essos cabellos más que el oro; no lo digas a tu señora. Y aun darte he unos polvos para quitarte esse olor de la boca que te huele un poco. Que en el reyno no lo sabe hazer otro sino yo, y no ay cosa que peor en la mujer parezca.

LUCRECIA. ¡O, Dios te dé buena vejez, que más necessidad tenía de todo esse que de comer!

CELESTINA. ¿Pues por qué murmuras contra mí, loquilla? Calla, que no sabes si me avrás menester en cosa de más importancia; no provoques a yra a tu señora, más de lo que ella ha estado; déxame yr en paz.)

MELIBEA. ¿Qué le dizes, madre?

CELESTINA. Señora, acá nos entendemos.

MELIBEA. Dímelo, que me enojo quando, yo presente, se habla cosa de que no aya parte.

CELESTINA. Señora, que te acuerde la oración para que la mandes screvir, y que aprenda de mí a tener mesura en el tiempo de tu yra. En la qual yo usé lo que se dize, que del ayrado es de apartar por poco tiempo, del enemigo por mucho. Pues tú, señora, tenías yra con lo que sospechaste de mis palabras, no enemistad. Porque aunque fueran las que tú pensavas, en sí no eran malas, que cada día ay hombres penados por mujeres y mujeres por hombres, y esto obra la natura y la natura ordenóla Dios, y Dios no hizo cosa mala. Y assí quedava mi demanda, comoquiera que fuesse en sí loable, pues de tal tronco procede, y yo libre de pena. Más razones destas te diría sino porque la prolixidad es enojosa al que oye y dañosa al que habla.

MELIBEA. En todo as tenido buen tiento, assí en el poco hablar en mi enojo como con el mucho sofrir.

CELESTINA. Señora, sofríte con temor porque te ayraste con razón, porque con la yra morando poder no es sino rayo. Y por esto passé tu rigurosa habla hasta que su almazén oviesse gastado.

MELIBEA. En cargo te es esse cavallero.

CELESTINA. Señora, más merece, si algo con mi ruego para él he alcançado, con la tardança lo he dañado. Yo me parto para él si licencia me das.

MELIBEA. Mientra más aína la ovieras pedido, más de grado la ovieras recabdado; vé con Dios, que ni tu mensaje me ha traído provecho ni de tu yda me puede venir daño.

Argumento del quinto auto

Despedida CELESTINA de MELIBEA, va por la calle hablando consigo misma entre dientes. Llegada a su casa, halló a SEMPRONIO, que le aguardava. Ambos van hablando hasta llegar a casa de CALISTO y, vistos por PÁRMENO, cuéntalo a CALISTO su amo, el qual le mandó abrir la puerta.

CELESTINA, SEMPRONIO, PÁRMENO, CALISTO

CELESTINA. ¡O rigurosos trances, o cuerda osadía, o gran sufrimiento! Y qué tan cercana estuve de la muerte, si mi mucha astucia no rigera con el tiempo las velas de la petición. ¡O amenazas de donzella brava, o ayrada donzella! ¡O diablo a quien yo conjuré, cómo compliste tu palabra en todo lo que te pedí! En cargo te soy; assí amansaste la cruel hembra con tu poder y diste tan oportuno lugar a mi habla quanto quise, con la absencia de su madre. O vieja Celestina, ¿vas alegre? Sábete que la meytad está hecha quando tienen buen principio las cosas. ¡O serpentino azeyte, o blanco hilado, cómo os aparejastes todos en mi favor! ¡O yo rompiera todos mis atamientos hechos y por hazer, ni creyera en yervas ni piedras ni en palabras! Pues alégrate, vieja, que más sacarás deste pleyto que de quinze virgos que renovaras. ¡O malditas haldas, prolixas y largas, cómo me estorváys de allegar adonde han de reposar mis nuevas! ¡O buena fortuna, cómo ayudas a los osados y a los tímidos eres contraria. Nunca huyendo huye la muerte al covarde! ¡O quántas erraran en lo que yo he acertado! ¿Qué hizieran en tan fuerte estrecho estas nuevas maestras de mi officio sino responder algo a Melibea por donde se perdiera quanto yo con buen callar he ganado? Por esto dizen quien las sabe las tañe, y que es más cierto médico el sperimentado que el letrado, y la esperiencia y escarmiento haze: los hombres arteros, y la vieja, como yo, que alce sus haldas al passar del vado, como maestra. ¡Ay cordón, cordón! yo te haré traer por fuerça, si bivo, a la que no quiso darme su buena habla de grado.

SEMPRONIO. O yo no veo bien, o aquélla es Celestina. ¡Válala el diablo, haldear que trahe! Parlando viene entre dientes.

CELESTINA. ¿De qué te santiguas, Sempronio? Creo que en verme.

SEMPRONIO. Yo te lo diré; la raleza de las cosas es madre de la admiración; la admiración concebida en los ojos desciende al ánimo por ellos; el ánimo es forçado descobrillo por estas esteriores señales. ¿Quién jamás te vido por la calle, abaxada la cabeza, puestos los ojos en el suelo, y no mirar a ninguno como agora? ¿Quién te vido hablar entre dientes por las calles y venir aguijando, como quien va a ganar beneficio? Cata que todo esto novedad es para se maravillar quien te conoçe. Pero esto dexado, dime, por Dios, con qué vienes; dime si tenemos hijo o hija. Que desde que dio la una, te spero aquí, y no he sentido mejor señal que tu tardança.

CELESTINA. Hijo, essa regla de bovos no es siempre cierta, que otra hora me pudiera más tardar y dexar allá las narizes, y otras dos, y narizes y lengua. Y assí que, mientra más tardasse, más caro me costasse.

SEMPRONIO. Por amor mío, madre, no passes de aquí sin me lo contar.

CELESTINA. Sempronio, amigo, ni yo me podría parar; ni el lugar es aparejado. Vente conmigo delante Calisto; oyrás maravillas. Que será de[s]florar mi embaxada comunicándola con muchos. De mi boca quiero que sepa lo que se ha hecho; que aunque ayas de aver alguna partezilla del provecho, quiero yo todas las gracias del trabajo.

SEMPRONIO. ¿Partezilla, Celestina? Mal me parece esso que dizes.

CELESTINA. Calla, loquillo, que parte o partezilla, quanto tú quisieres te daré. Todo lo mío es tuyo; gozémonos y aprovechémonos, que sobre el partir nunca reñiremos. Y tanbién sabes tú quanta más necessidad tienen los viejos que los moços, mayormente tú que vas a mesa puesta.

SEMPRONIO. Otras cosas he menester más de comer.

CELESTINA. ¿Qué, hijo? Una dozena de agujetas, y un torce para el bonete, y un arco para andarte de casa en casa tirando a páxaros y aojando páxaras a las ventanas. Mochachas, digo, bovo, de las que no saben bolar, que bien me entiendes. Que no ay mejor alcahuete para ellas que un arco, que se puede entrar cada uno hecho moxtrenco como dizen: en achaque de trama. ¡Más ay, Sempronio, de quien tiene de mantener honrra y se va haziendo vieja como yo!

SEMPRONIO. (¡O lisonjera vieja; o vieja llena de mal; o cobdiciosa y avarienta garganta! También quiere a mí engañar como a mi amo por ser rica. Pues mala medra tiene, no le arriendo la ganancia; que quien con modo torpe sube en alto, más presto cae que sube. ¡O qué mala cosa es de conocer el hombre; bien dizen que ninguna mercaduría ni animal es tan difficil! Mala vieja falsa es ésta; el diablo me metió con ella. Más seguro me fuera huyr desta venenosa bívora que tomalla. Mía fue la culpa. Pero gané harto, que por bien o mal no negará la promessa.)

CELESTINA. ¿Qué dizes, Sempronio? ¿Con quién hablas? ¿Viénesme royendo las haldas? ¿Por qué no aguijas?

SEMPRONIO. Lo que vengo diziendo, madre Celestina, es que no me maravillo que seas mudable, que sigas el camino de las muchas. Dicho me avías que differirías este negocio. Agora vas sin seso por dezir a Calisto quanto passa. ¿No sabes que aquello es en algo tenido que es por tiempo desseado, y que cada día que él penasse era doblarnos el provecho?

CELESTINA. El propósito muda el sabio; el necio persevera. A nuevo negocio nuevo consejo se requiere. No pensé yo, hijo Sempronio, que assí me respondiera mi buena fortuna. De los discretos mensajeros es hazer lo que el tiempo quiere, assí que la calidad de lo hecho no puede encobrir tiempo dissimulado. Y más, que yo sé que tu amo, según lo que dél sentí, es liberal y algo antojadizo; más dará en un día de buenas nuevas que en ciento que ande pena[n]do y yo yendo y viniendo. Que los acelerados y súpitos plazeres crían alteración, la mucha alteración estorva el deliberar. Pues ¿en qué podrá parar el bien sino en bien, y el alto mensaje sino en luengas albricias? ¡Calla, bovo, dexa hazer a tu vieja!

SEMPRONIO. Pues dime lo que passó con aquella gentil donzella; dime alguna palabra de su boca, que por Dios, assí peno por sabella como a mi amo penaría.

CELESTINA. ¡Calla, loco, altérasete la complessión! Yo lo veo en ti que querrías más estar al sabor que al olor deste negocio. Andemos presto, que estará loco tu amo con mi mucha tardança.

SEMPRONIO. Y aun sin ella se lo está.

PÁRMENO. ¡Señor, señor!

CALISTO. ¿Qué quieres, loco?

PÁRMENO. A Sempronio y a Celestina veo venir cerca de casa, haziendo paradillas de rato en rato, y quando están quedos, hazen rayas en el suelo con el spada. No sé qué sea.

CALISTO. ¡O desvariado, negligente! Veslos venir, ¿no puedes baxar corriendo a abrir la puerta? ¡O alto Dios, o soberana deidad! ¿Con qué vienen? ¿Qué nuevas traen? Que tan grande ha sido su tardança que ya más esperava su venida que el fin de mi remedio. ¡O mis tristes oídos, aparéjaos a lo que os viniere, que en su boca de Celestina está agora aposentado el alivio o pena de mi coraçón! ¡O si en sueños se passasse este poco tiempo, hasta ver el principio y fin de su habla! Agora tengo por cierto que es más penoso al delinquente esperar la cruda y capital sentencia que el acto de la ya sabida muerte. ¡O espacioso Pármeno, manos de muerto! Quita ya essa enojosa aldava; entrará essa honrrada dueña, en cuya lengua está mi vida.

CELESTINA. ¿Oyes, Sempronio? De otro temple anda nuestro amo; bien difieren estas razones a las que oímos a Pármeno y a él la primera venida; de mal en bien me parece que va. No ay palabra de las que dize que no vale a la vieja Celestina más que una saya.

SEMPRONIO. Pues mira que entrando hagas que no ves a Calisto y hables algo bueno.

CELESTINA. Calla, Sempronio, que aunque aya aventurado mi vida, más mereçe Calisto y su ruego y tuyo, y más mercedes espero yo dél.

Argumento del sexto auto

Entrada CELESTINA en casa de CALISTO con grande afición y desseo, CALISTO le pregunta de lo que le ha acontescido con MELIBEA. Mientras ellos están hablando, PÁRMENO, oyendo fablar a CELESTINA de su parte contra SEMPRONIO, a cada razón le pone un mote reprendiéndolo SEMPRONIO. En fin la vieja CELESTINA le descubre todo lo negociado y un cordón de MELIBEA. Y despedida de CALISTO, vase para su casa y con ella PÁRMENO.

CALISTO, CELESTINA, PÁRMENO, SEMPRONIO

CALISTO. ¿Qué dizes, señora y madre mía?

CELESTINA. O mi señor Calisto, ¿y aquí estás? O mi nuevo amador de la muy hermosa Melibea, y con mucha razón, ¿con qué pagarás a la vieja que hoy ha puesto su vida al tablero por tu servicio? ¿Quál mujer jamás se vido en tan estrecha afrenta como yo? Que en tornallo a pensar se menguan y vazían todas las venas de mi cuerpo de sangre; mi vida diera por menor precio que agora daría este manto raído y viejo.

PÁRMENO. (Tú dirás lo tuyo; entre col y col lechuga; sobido as un escalón; más adelante te spero a la saya. Todo par[a] ti y no nada de que puedas dar parte. Pelechar quiere la vieja; tú me sacarás a mí verdadero, y a mi amo loco. No le pierdas palabra, Sempronio, y verás como no quiere pedir dinero, porque es divisible.

SEMPRONIO. Calla, hombre desesperado, que te matará Calisto si te oye.)

CALISTO. Madre mía, o abrevia tu razón, o toma esta spada y mátame.

PÁRMENO. (Temblando está el diablo como azogado; no se puede tener en sus pies; su lengua le querría prestar para que hablasse presto. No es mucha su vida; luto avremos de medrar destos amores.)

CELESTINA. ¿Spada, señor, o qué? Spada mala mate a tus enemigos y a quien mal te quiere, que yo la vida te quiero dar con buena sperança que traygo de aquella que tú más amas.

CALISTO. ¿Buena esperança, señora?

CELESTINA. Buena se puede dezir, pues queda abierta puerta para mi tornada, y antes me recibirá a mí con esta saya rota que a otra con seda y brocado.

PÁRMENO. (Sempronio, cóseme esta boca, que no lo puedo sofrir; encaxado ha la saya.

SEMPRONIO. ¡Callarás, por Dios, o te echaré dende con el diablo! Que si anda rodeando su vestido haze bien, pues tiene dello necessidad, que el abad de do canta, de allí viste.

PÁRMENO. Y aun viste como canta. Y esta puta vieja querría en un día por tres passos desechar todo el pelo malo quanto en cinquenta años no ha podido medrar.

SEMPRONIO. ¿Y todo esso es lo que te castigó y el conoçimiento que os teníades y lo que te crió?

PÁRMENO. Bien sofriré yo más que pida y pele, pero no todo para su provecho.

SEMPRONIO. No tiene otra tacha sino ser codiciosa; pero déxala varde sus paredes, que después vardará las nuestras o en mal punto nos conoçió.)

CALISTO. Dime, por Dios, señora, ¿qué hazía? ¿Cómo entraste? ¿Qué tenía vestido? ¿A qué parte de casa estava? ¿Qué cara te mostró al principio?

CELESTINA. Aquella cara, señor, que suelen los bravos toros mostrar contra los que lançan las agudas frechas en el coso, la que los monteses puercos contra los sabuesos que mucho los aquexan.

CALISTO. ¿Y a éstas llamas señales de salud? Pues ¿quáles serían mortales? No por cierto la misma muerte, que aquella alivio sería en tal caso deste mi tormento que es mayor y duele más.

SEMPRONIO. (¿Éstos son los fuegos passados de mi amo? ¿Qué es esto? No ternía este hombre sofrimiento para oír lo que siempre ha desseado..

PÁRMENO. ¿Y que calle yo, Sempronio? Pues si nuestro amo te oye, tan bien te castigará a ti como a mí.

SEMPRONIO. ¡O mal fuego te abrase, que tú hablas en daño de todos y yo a ninguno offendo! ¡O intollerable pestilencia y mortal te consuma, rixoso, imbidioso, maldito! ¿Toda esta es la amistad que con Celestina y conmigo avías concertado? ¡Vete de aquí a la mala ventura!)

CALISTO. Si no quieres, reyna y señora mía, que desespere y vaya mi ánima condenada a perpetua pena oyendo estas cosas, certifícame brevemente si no ovo buen fin tu demanda gloriosa y la cruda y rigurosa muestra de aquel gesto angélico y matador, pues todo esso más es señal de odio que de amor.

CELESTINA. La mayor gloria que al secreto officio del abeja se da, a la qual los discretos deven ymitar, es que todas las cosas por ella tocadas convierte en mejor de lo que son. Desta manera me he avido con las çahareñas razones y esquivas de Melibea; todo su rigor traygo convertido en miel, su yra en mansedumbre, su acceleramiento en sossiego. Pues ¿a qué piensas que yva allá la vieja Celestina, a quien tú demás de tu merecimiento, magníficamente galardonaste? sino âblandar su saña, a sofrir su accidente, a ser escudo de tu absencia, a recebir en mi manto los golpes, los desvíos, los menosprecios, desdenes, que muestran aquéllas en los principios de sus requerimientos de amor, para que sea después en más tenida su dádiva. Que a quien más quieren, peor hablan, y si assí no fuesse, ninguna differencia avría entre las públicas, que aman, a las escondidas donzellas, si todas dixiessen sí a la entrada de su primer requerimiento, en viendo que de alguno eran amadas. Las quales, aunque están abrasadas y encendidas de bivos fuegos de amor, por su honestidad muestran un frío esterior, un sossegado vulto, un aplazible desvío, un costante ánimo y casto propósito, unas palabras agras que la propia lengua se maravilla del gran sofrimiento suyo, que la hazen forçosamente confessar el contrario de lo que sienten. Assí que para que tú descanses y tengas reposo, mientra te contare por estenso el processo de mi habla y la causa que tuve para entrar, sabe que el fin de su razón [y habla] fue muy bueno.

CALISTO. Agora, señora, que me as dado seguro para que ose esperar todos los rigores de la respuesta, di quanto mandares y como quisieres, que yo estaré atento. Ya me reposa el coraçón; ya descansa mi pensamiento; ya reciben las venas y recobran su perdida sangre, ya he perdido temor; ya tengo alegría. Subamos, si mandas, arriba. En mi cámara me dirás por estenso lo que aquí he sabido en suma.

CELESTINA. Subamos, señor.

PÁRMENO. (¡O santa María, y qué rodeos busca este loco por huyr de nosotros para poder llorar a su plazer con Celestina de gozo, y por descubrirle mil secretos de su liviano y desvariado apetito; por preguntar y responder seys vezes cada cosa sin que esté presente quien le pueda dezir que es prolixo! Pues mándote yo, desatinado, que tras ti vamos.)

CALISTO. Mira, señora, qué hablar trae Pármeno, cómo se viene santiguando de oír lo que has hecho de tu gran diligencia. Spantado está. Por mi fe, señora Celestina, otra vez se santigua. Sube, sube, sube, y assiéntate, señora, que de rodillas quiero escuchar tu suave respuesta. Y dime luego, la causa de tu entrada, ¿qué fue?

CELESTINA. Vender un poco de hilado, con que tengo caçadas más de treynta de su estado, si a Dios ha plazido, en este mundo, y algunas mayores.

CALISTO. Esso será de cuerpo, madre, pero no de gentileza, no de estado, no de gracia y discreción, no de linaje, no de presumción con merescimiento, no en virtud, no en habla.

PÁRMENO. (Ya escurre eslabones el perdido; ya se desconciertan sus badajadas. Nunca da menos de doze; siempre está hecho relox de mediodía. Cuenta, cuenta, Sempronio, que estás desbavado oyéndole a él locuras y a ella mentiras.

SEMPRONIO. Maldiziente venenoso, ¿por qué cierras las orejas a lo que todos los del mundo las aguzan, hecho serpiente que huye la boz del encantador? Que sólo por ser de amores estas razones, aunque mentiras, las avías de escuchar con gana.)

CELESTINA. Oye, señor Calisto, y verás tu dicha y mi solicitud qué obraron, que en començando yo a vender y poner en precio mi hilado, fue su madre de Melibea llamada para que fuesse a visitar una hermana suya enferma. Y como le fue[se] necessario absentarse, dexó en su lugar a Melibea para...

CALISTO. ¡O gozo sin par, o singular oportunidad, o oportuno tiempo! ¡O quién estuviera allí debaxo de tu manto, escuchando qué hablaría sola aquélla en quien Dios tan estremadas gracias puso!

CELESTINA. ¿Debaxo de mi manto, dizes? ¡Ay, mesquina, que fueras visto por treynta agujeros que tiene, si Dios no le mejora!

PÁRMENO. (Sálgome fuera, Sempronio, ya no digo nada; escúchatelo tú todo. Si este perdido de mi amo no midiesse con el pensamiento quántos passos ay de aquí a casa de Melibea y contemplasse en su gesto y considerasse cómo estaría aviniendo el hilado, todo el sentido puesto y ocupado en ella, él vería que mis consejos le eran más saludables que estos engaños de Celestina.)

CALISTO. ¿Qué es esto, moços? Estó yo escuchando atento, que me va la vida; vosotros susuráys como soléys, por hazerme mala obra y enojo. Por mi amor, que calléys; morirés de plazer con esta señora, según su buena diligencia. Di, señora, ¿qué heziste quando te viste sola?

CELESTINA. Recebí, señor, tanta alteración de plazer que qualquiera que me viera me lo conosciera en el rostro.

CALISTO. Agora la recibo yo, quanto más quien ante sí contemplava tal ymagen. Enmudescerías con la novedad incogitada.

CELESTINA. Ante me dio más osadía a hablar lo que quise verme sola con ella. Abrí mis entrañas, díxele mi embaxada, cómo penavas tanto por una palabra de su boca salida en favor tuyo para sanar un tan gran dolor. Y como ella estuviesse suspensa, mirándome, espantada del nuevo mensaje, escuchando hasta ver quién podía ser el que assí por necessidad de su palabra penava o a quién pudiesse sanar su lengua, en nombrando tu nombre, atajó mis palabras; diose en la frente una gran palmada como quien cosa de grande espanto oviesse oído, diziendo que cessasse mi habla y me quitasse delante si no quería hazer a sus servidores verdugos de mi postremería, agravando mi osadía, llamándome hechizera, alcahueta, vieja falsa, barvuda, malhechora, y otros muchos inominiosos nombres con cuyos títulos asombran a los niños de cuna. Y empós desto, mil amortescimientos y desmayos, mil milagros y espantos, turbado el sentido bulliendo fuertemente los miembros todos a una parte y a otra, herida de aquella dorada frecha que del sonido de tu nombre le tocó, retorciendo el cuerpo, las manos enclavijadas como quien se despereza, que parecía que las despedaçava, mirando con los ojos a todas partes, coceando con los pies el suelo duro. Y yo a todo esto arrinconada, encogida, callando, muy gozosa con su ferocidad; mientra más vascava, más yo me alegrava, porque más cerca estava el rendirse y su. caída. Pero entretanto que gastava aquel espumajoso almazén su yra, yo no dexava mis pensamientos estar vagos ni ociosos, de manera que tove tiempo para salvar lo dicho.

CALISTO. Esso me di, señora madre. Que yo he rebuelto en mi juyzio mientra te escucho y no he hallado desculpa que buena fuesse ni conveniente con que lo dicho se cubriesse ni colorasse sin quedar terrible sospecha de tu demanda. Porque conozca tu mucho saber, que en todo me pareces más que muger, que como su respuesta tú prenosticaste, preveíste con tiempo tu réplica. ¿Qué más hazía aquella tusca Adeleta cuya fama, siendo tú biva, se perdiera? La qual tres días ante [de] su fin prenunció la muerte de su viejo marido y de dos hijos que tenía. Ya creo lo que se dize, que el género flaco de las hembras es más apto para las prestas cautelas que el de los varones.

CELESTINA. ¿Qué, señor? Dixe que tu pena era mal de muelas y que la palabra que della querría era una oración que ella sabía, muy devota, para ellas.

CALISTO. ¡O maravillosa astucia, o singular muger en su officio, o cautelosa hembra, o melezina presta, o discreta en mensages! ¿Quál humano seso bastara a pensar tan alta manera de remedio? De cierto creo, si nuestra edad alcançara aquellos passados Eneas y Dido, no trabajara tanto Venus para atraher a su hijo el amor de Elisa, haziendo tomar a Cupido ascánica forma para la engañar; antes por evitar prolixidad, pusiera a ty por medianera. Agora doy por bienempleada mi muerte, puesta en tales manos, y creeré que si mi desseo no oviere effecto qual querría, que no se pudo obrar más, según natura, en mi salud. ¿Qué os parece, moços? ¿Qué más se pudiera pensar? ¿Ay tal mujer nascida en el mundo?

CELESTINA. Señor, no atajes mis razones; déxame dezir, que se va haziendo noche; ya sabes quien malhaze aborrece claridad y, yendo a mi casa, podré haver algún mal encuentro.

CALISTO. ¿Qué, qué? Sí, que hachas y pajes ay que te acompañen.

PÁRMENO. (¡Sí, sí, por que no fuercen a la niña! Tú yrás con ella, Sempronio, que ha temor de los grillos que cantan con lo escuro.)

CALISTO. ¿Dizes algo, hijo Pármeno?

PÁRMENO. Señor, que yo y Sempronio será bueno que la acompañemos hasta su casa, que haze mucho escuro.

CALISTO. Bien dicho es; después será. Procede en tu habla y dime qué más passaste. ¿Qué te respondió a la demanda de la oración?

CELESTINA. Que la daría de su grado.

CALISTO. ¿De su grado? ¡[O] Dios mío, qué alto don!

CELESTINA. Pues más le pedí.

CALISTO. ¿Qué, mi vieja honrrada?

CELESTINA. Un cordón que ella trae contino ceñido, diziendo que era provechoso para tu mal porque avía tocado muchas reliquias.

CALISTO. Pues ¿qué dixo?

CELESTINA. Dame albricias; dizértelo he.

CALISTO. ¡O por Dios, toma toda esta casa y quanto en ella ay, y dímelo o pide lo que querrás!

CELESTINA. Por un manto que tú des a la vieja, te dará en tus manos el mesmo que en su cuerpo ella traía.

CALISTO. ¿Qué dizes de manto? Y saya y quanto yo tengo.

CELESTINA. Manto he menester y éste terné yo en harto; no te alargues más. No pongas sospechosa dubda en mi pedir, que dizen que offrecer mucho al que poco pide es especie de negar.

CALISTO. Corre, Pármeno, llama a mi sastre y corte luego un manto y una saya de aquel contray que se sacó para frisado.

PÁRMENO. (¡Assí, assí, a la vieja todo porque venga cargada de mentiras como abeja, y a mí que me arrastren! Tras esto anda ella oy todo el día con sus rodeos.)

CALISTO. ¡De qué gana va el diablo! No ay cierto tan malservido hombre como yo, manteniendo moços adevinos, reçongadores, enemigos de mi bien. ¿Qué vas, vellaco, rezando? Embidioso, ¿qué dizes? Que no te entiendo. Ve donde te mando presto y no me enojes, que harto basta mi pena para me acabar, que tanbién avrá para ti sayo en aquella pieça.

PÁRMENO. No digo, señor, otra cosa sino que es tarde para que venga el sastre.

CALISTO. ¿No digo yo que adevinas? Pues quédese para mañana. Y tú, señora, por amor mío te sufras, que no se pierde lo que se dilata. Y mándame mostrar aquel santo cordón que tales miembros fue digno de ceñir. Gozarán mis ojos con todos los otros sentidos, pues juntos han sido apassionados. Gozará mi lastimado coraçón, aquel que nunca recibió momento de plazer después que aquella señora conoció. Todos los sentidos le llagaron; todos acorrieron a él con sus esportillas de trabajo; cada uno le lastimó quanto más pudo: los ojos en vella, los oídos en oílla, las manos en tocalla.

CELESTINA. ¿Qué la has tocado, dizes? Mucho me espantas.

CALISTO. Entre sueños, digo.

CELESTINA. ¿En sueños?

CALISTO. En sueños la veo tantas noches que temo no me acontezca como a Alcibíades [o a Sócrates], que [el uno] soñó que se veía embuelto en el manto de su amiga y otro día matáronle, y no ovo quien le alçasse de la calle ni cubriesse sino ella con su manto [el otro v(e)ía que le llamavan por nombre y murió dende a tres días]. Pero en vida o en muerte, alegre me sería vestir su vestidura.

CELESTINA. Assaz tienes pena, pues quando los otros reposan en sus camas, preparas tú el trabajo para sofrir otro día. Esfuérçate, señor, que no hizo Dios a quien desmamparasse. Da espacio a tu desseo; toma este cordón, que, si yo no me muero, yo te daré a su ama.

CALISTO. ¡O nuevo huésped, o bienaventurado cordón, que tanto poder y merescimiento toviste de ceñir aquel cuerpo que yo no soy digno de servir! ¡O nudos de mi passión, vosotros enlazastes mis desseos! Dezíme si os hallastes presentes en la desconsolada respuesta de aquella a quien vosotros servís y yo adoro, y por más que trabajo noches y días, no me vale ni aprovecha.

CELESTINA. Refrán viejo es: quien menos procura, alcança más bien. Pero yo te haré procurando conseguir lo que siendo negligente no avrías. Consuélate, señor, que en una hora no se ganó Çamora. Pero no por esso desconfiaron los combatientes.

CALISTO. ¡O desdichado, que las cibdades están con piedras cercadas y a piedras, piedras las vencen! Pero esta mi señora tiene el coraçón de azero; no ay metal que con él pueda; no ay tiro que le melle. Pues poned scalas en su muro; unos ojos tiene con que echa saetas, una lengua [llena] de reproches y desvíos. El assiento tiene en parte que [a] media legua no le pueden poner cerco.

CELESTINA. Calla, señor, que el buen atrevimiento de un solo hombre ganó a Troya; no desconfíes, que una mujer puede ganar otra. Poco as tratado mi casa; no sabes bien lo que yo puedo.

CALISTO. Quanto dixeres, señora, te quiero creer, pues tal joya como ésta me truxiste. ¡O mi gloria y ceñidero de aquella angélica criatura, yo te veo y no lo creo! O cordón, cordón, ¿fuísteme tú enemigo? Dilo cierto; si lo fuiste, yo te perdono, que de los buenos es propio las culpas perdonar. No lo creo, que si fueras contrario, no vinieras tan presto a mi poder, salvo si vienes a desculparte. Conjúrote me respondas por la virtud del gran poder que aquella señora sobre mí tiene.

CELESTINA. Cessa ya, señor, esse devanear, que me tienes cansada, de escucharte y al cordón, roto de tratarlo.

CALISTO. O mezquino de mí, que assaz bien me fuera del cielo otorgado que de mis braços fueras hecho y texido y no de seda como eres, porque ellos gozaran cada día de rodear y ceñir con devida reverencia aquellos miembros que tú, sin sentir ni gozar de la gloria, siempre tienes abraçados. ¿O qué secretos avrás visto de aquella excellente ymagen?

CELESTINA. Más verás tú y con más sentido, si no lo pierdes hablando lo que hablas.

CALISTO. Calla, señora, que él y yo nos entendemos. O mis ojos, acordaos cómo fuistes causa y puerta por donde fue mi coraçón llagado, y que aquél es visto hazer el daño que da la causa. Acordaos que soys debdores de la salud; remira la melezina que os viene hasta casa.

SEMPRONIO. Señor, por holgar con el cordón, no querrás gozar de Melibea.

CALISTO. ¿Qué, loco, desvariado, atajasolazes, cómo es esto?

SEMPRONIO. Que mucho hablando matas a ti y a los que te oyen. Y assí que perderás la vida o el seso; qualquiera que falte basta para quedarte ascuras. Abrevia tus razones; darás lugar a las de Celestina.

CALISTO. ¿Enójote, madre, con mi luenga razón, o está borracho este moço?

CELESTINA. Aunque no lo esté, deves, señor, cessar tu razón, dar fin a tus luengas querellas, tratar al cordón como cordón por que sepas hazer differencia de habla quando con Melibea te veas; no haga tu lengua yguales la persona y el vestido.

CALISTO. O mi señora, mi madre, mi consoladora; déxame gozar con este mensajero de mi gloria. O lengua mía, ¿por qué te impides en otras razones, dexando de adorar presente la excellencia de quien por ventura jamás verás en tu poder? O mis manos, con qué atrevimiento, con quán poco acatamiento tenéys y tratáys la triaca de mi llaga; ya no podrán empeçer las yervas que aquel crudo caxquillo traía embueltas en su aguda punta. Seguro soy, pues quien dio la herida, la cura. O tú, señora, alegría de las viejas mujeres, gozo de las moças, descanso de los fatigados como yo, no me hagas más penado con tu temor que me haze mi vergüença, suelta la rienda a mi contemplación; déxame salir por las calles con esta joya, por que los que me vieren sepan que no ay más bienandante hombre que yo.

SEMPRONIO. No afistoles tu llaga cargándola de más desseo; no es, señor, el solo cordón del que pende tu remedio.

CALISTO. Bien lo conozco, pero no tengo sofrimiento para me abstener de adorar tan alta empresa.

CELESTINA. ¿Empresa? Aquella es empresa que de grado es dada, pero ya sabes lo que hizo por amor de Dios, para guareçer tus muelas, no por el tuyo, para cerrar tus llagas. Pero si yo bivo, ella bolverá la hoja.

CALISTO. ¿Y la oración?

CELESTINA. No se me dijo por agora.

CALISTO. ¿Qué fue la causa?

CELESTINA. La brevedad del tiempo; pero quedó que si tu pena no afloxasse, que tornasse mañana por ella.

CALISTO. ¿Afloxar? entonce afloxará mi pena quando su crueldad.

CELESTINA. Assaz, señor, basta lo dicho y hecho; obligada queda según lo que mostró a todo lo que para esta enfermedad yo quisiera pedir según su poder. Mira, señor, si esto basta para la primera vista. Yo me voy; cumple, señor, que si salieres mañana lleves reboçado un paño por que si della fueres visto no acuse de falsa mi petición.

CALISTO. Y aun quatro por su servicio. Pero dime, par Dios, ¿passó más? Que muero por oír palabras de aquella dulce boca. ¿Cómo fuyste tan osada que, sin la conoscer, te mostraste tan familiar en tu entrada y demanda?

CELESTINA. ¿Sin la conoscer? Quatro años fueron mis vezinas; tratava con ellas, hablava y reía de día y de noche; mejor me conosce su madre que a sus mismas manos, aunque Melibea se ha hecho grande, muger discreta, gentil.

PÁRMENO. (Ea, mira Sempronio, qué te digo al oído.

SEMPRONIO. Dime ¿qué dizes?

PÁRMENO. Aquel atento escuchar de Celestina da materia de alargar en su razón a nuestro amo. Llégate a ella, dale del pie; hagámosle de señas que no espere más, sino que se vaya. Que no hay tan loco hombre nascido que solo, mucho hable.)

CALISTO. ¿Gentil dizes, señora, que es Melibea? Paresce que lo dizes burlando. ¿Ay nascida su par en el mundo? ¿Crió Dios otro mejor cuerpo? ¿Puédense pintar tales faciones, dechado de hermosura? Si hoy fuera biva Helena, por que tanta muerte hovo de griegos y troyanos, o la hermosa Policena, todas obedescerían a esta señora por quien yo peno. Si ella se hallara presente en aquel debate de la mançana con las tres diosas, nunca sobrenombre de discordia le pusieran, porque sin contrariar ninguna todas concedieran y vivieran conformes en que la llevara Melibea. Assí que se llamara mançana de concordia. Pues quantas hoy son nascidas que della tengan noticia, se maldizen, querellan a Dios porque no se acordó dellas quando a esta mi señora hizo. Consumen sus vidas, comen sus carnes con embidia, danles siempre crudos martirios, pensando con artificio ygualar con la perfeción que sin trabajo dotó a ella natura. Dellas, pelan sus cejas con tenazicas y pegones y a cordelejos. Dellas, buscan las doradas yervas, raízes, ramas y flores para hazer lexías con que sus cabellos semejassen a los della. Las caras martillando, envistiéndolas en diversos matizes, con ungüentos y unturas, aguas fuertes, posturas blancas y coloradas, que por evitar prolixidad no las cuento. Pues la que todo esto halló hecho, mira si meresce de un triste hombre como yo ser servida.

CELESTINA. (Bien te entiendo, Sempronio; déxale, que él caerá de su asno y acaba).

CALISTO. En la que toda la natura se remiró por la hazer perfecta, que las gracias que en todas repartió las juntó en ella; allí hizieron alarde quanto más acabadas pudieron allegarse, por que conosciessen los que la viessen quánta era la grandeza de su pintor. Solo un poco de agua clara con un ebúrneo peyne basta para exceder a las nascidas en gentileza. Éstas son sus armas; con éstas mata y vence; con éstas me cativó; con éstas me tiene ligado y puesto en dura cadena.

CELESTINA. Calla y no fatigues, que más aguda es la lima que yo tengo que fuerte essa cadena que te atormenta; yo la cortaré con ella por que tú quedes suelto. Por ende dame licencia, que es muy tarde, y déjame llevar el cordón, porque como sabes, tengo dél necessidad.

CALISTO. ¡O desconsolado de mí, la fortuna adversa me sigue junta! Que contigo o con el cordón o con entramos quisiera yo estar acompañado esta noche luenga y escura. Pero pues no ay bien complido en esta penosa vida, venga entera la soledad. ¿Moços, moços?

PÁRMENO. Señor.

CALISTO. Acompaña a esta señora hasta su casa, y vaya con ella tanto plazer y alegría quanta conmigo queda tristeza y soledad.

CELESTINA. Quede, señor, Dios contigo; mañana será mi buelta, donde mi manto y la respuesta vernán a un punto, pues oy no ovo tiempo. Y súfrete, señor, y piensa en otras cosas.

CALISTO. Esso no, que es eregía olvidar aquella por quien la vida me aplaze.

Argumento del séptimo auto

CELESTINA habla con PÁRMENO, induziéndole a concordia y amistad de SEMPRONIO. Tráhele PÁRMENO a memoria la promessa que le fiziera de le hazer haver a AREÚSA, quél mucho amava. Vanse a la casa de AREÚSA. Queda aí la noche PÁRMENO. CELESTINA va para su casa; llama a la puerta. Elicia le viene abrir increpándole su tardança.

CELESTINA, PÁRMENO, AREÚSA, ELICIA

CELESTINA. Pármeno, hijo, después de las passadas razones no he avido oportuno tiempo para te dezir y mostrar el mucho amor que te tengo, y assimismo cómo de mi boca todo el mundo ha oído hasta agora en absencia bien de ti. La razón no es menester repetirla porque yo te tenía por hijo a lo menos cassi adotivo, y así que ymitavas al natural y tú dasme el pago en mi presencia, pareciéndote mal quanto digo, susurrando y murmurando contra mí en presencia de Calisto. Bien pensava yo que, después que concediste en mi buen consejo, que no avías de tornarte atrás. Todavía me parece que te quedan reliquias vanas, hablando por antojo más que por razón. Desechas el provecho por contentar la lengua. Óyeme si no me has oído, y mira que soy vieja y el buen consejo mora en los viejos y de los mançebos es proprio el deleyte. Bien creo que de tu yerro sola la edad tiene culpa. Spero en Dios que serás mejor para mí de aquí adelante, y mudarás el ruyn propósito con la terna edad, que como dizen, múdanse las costumbres con la mudança del cabello y variación, digo, hijo, cresciendo y viendo cosas nuevas cada día. Porque la mocedad en sólo lo presente se impide y ocupa a mirar, mas la madura edad no dexa presente ni passado ni porvenir. Si tú tovieras memoria, hijo Pármeno, del passado amor que te tuve, la primera posada que tomaste venido nuevamente a esta cibdad, havía de ser la mía. Pero los moços curáys poco de los viejos; regísvos a sabor de paladar; nunca pensáys que tenéys ni havéys de tener necessidad dellos; nunca pensáys en enfermedades; nunca pensáys que os puede esta florezilla de juventud faltar. Pues mira, amigo, que para tales necessidades como éstas, buen acorro es una vieja conoscida, amiga, madre y más que madre; buen mesón para descansar sano; buen hospital para sanar enfermo, buena bolsa para necessidad, buena arca para guardar dinero en prosperidad, buen fuego de invierno rodeado de assadores; buena sombra de verano; buena taverna para comer y bever. ¿Qué dirás, loquillo, a todo esto? Bien sé que estás confuso por lo que hoy as hablado. Pues no quiero más de ti, que Dios no pide más del pecador, de arrepentirse y emendarse. Mira a Sempronio, yo lo hize hombre de Dios en ayuso; querría que fuéssedes como hermanos, porque estando bien con él, con tu amo y con todo el mundo lo estarías. Mira que es bienquisto, diligente, palanciano, buen servidor, gracioso; quiere tu amistad; crecería vuestro provecho dándoos el uno al otro la mano [ni aun avría más privados con vuestro amo que vosotros]. Y pues sabe que es menester que ames si quieres ser amado, que no se toman truchas etc. Ni te lo deve Sempronio de fuero. Simpleza es no querer amar y esperarlo ser de otro; locura es pagar el amistad con odio.

PÁRMENO. Madre, [para contigo digo que] mi segundo yerro te confesso, y con perdón de lo passado quiero que ordenes lo porvenir. Pero con Sempronio me parece que es impossible sostenerse mi amistad; él es desvariado, yo malsofrido; concértame essos amigos.

CELESTINA. Pues no era éssa tu condición.

PÁRMENO. A la mi fe, mientras más fuy cresciendo, más la primera paciencia me olvidava; no soy el que solía, y assimismo Sempronio no ay ni tiene en qué me aproveche.

CELESTINA. El cierto amigo en la cosa incierta se conosce; en las adversidades se prueva; entonces se allega y con más desseo visita la casa que la fortuna próspera desamparó. ¿Qué te diré, hijo, de las virtudes del buen amigo? No ay cosa más amada, ni más rara; ninguna carga rehúsa. Vosotros soys yguales; la paridad de las costumbres, y la semejança de los coraçones es la que más la sostiene. Cata, hijo mío, que si algo tienes guardado se te está. Sabe tú ganar más, que aquello ganado lo hallaste; buen siglo haya aquel padre que lo trabajó. No se te puede dar hasta que bivas más reposado y vengas en edad complida.

PÁRMENO. ¿A qué llamas reposado, tía?

CELESTINA. Hijo, a bivir por ti, a no andar por casas ajenas; lo qual siempre andarás mientra no te supieres aprovechar de tu servicio, que de lástima que ove de verte roto pedí hoy manto, como viste, a Calisto; no por mi manto, pero por que, estando el sastre en casa y tú delante sin sayo, te le diesse. Assí que no por mi provecho, como yo sentí que dixiste, mas por el tuyo, que si esperas al ordinario galardón destos galanes, es tal que lo que en diez años sacarás, atarás en la manga. Goza tu moçedad, el buen día, la buena noche, el buen comer y bever. Quando pudieres averlo, no lo dexes; piérdase lo que se perdiere. No llores tú la hazienda que tu amo heredó, que esto te llevarás deste mundo, pues no le tenemos más de por nuestra vida. ¡O hijo mío, Pármeno!, que bien te puedo dezir hijo, pues tanto tiempo te crié. Toma mi consejo, pues sale con limpio desseo de verte en alguna honrra. ¡O quán dichosa me hallaría en que tú y Sempronio estuviéssedes muy conformes, muy amigos, hermanos en todo, viéndoos venir a mi pobre casa a holgar, a verme, y aun a desenojaros con sendas mochachas!

PÁRMENO. ¿Mochachas, madre mía?

CELESTINA. ¡Alahé, mochachas digo, que viejas, harto me só yo! Qual se la tiene Sempronio, y aun sin aver tanta razón, ni tenerle tanta affición como a ti. Que de las entrañas me sale quanto te digo.

PÁRMENO. Señora, no bives engañada.

CELESTINA. Y aunque lo biva, no me pena mucho; que tanbién lo hago por amor de Dios y por verte solo en tierra ajena, y más por aquellos huessos de quien te me encomendó, que tú serás hombre y vernás en [buen] conoscimiento [y] verdadero, y dirás: «La vieja Celestina bien me consejava.»

PÁRMENO. Y aun agora lo siento, aunque soy moço, que aunque hoy viés que aquello dezia, no era porque me pareciesse mal lo que tú hazías. Pero porque vía que le consejava yo lo cierto y me dava malas gracias. Pero de aquí adelante demos tras él. Haz de las tuyas, que yo callaré. Que ya tropecé en no te creer cerca deste negocio con él.

CELESTINA. Cerca deste y de otros tropeçarás y cayrás mientra no tomares mis consejos que son de amiga verdadera.

PÁRMENO. Agora doy por bienempleado el tiempo que siendo niño te serví, pues tanto fruto trae para la mayor edad. Y rogaré a Dios por el alma de mi padre que tal tutriz me dexó, y

de mi madre que a tal mujer me encomendó.

CELESTINA. No me la nombres, hijo, por Dios, que se me hinchen los ojos de agua. ¿Y tuve yo en este mundo otra tal amiga, otra tal compañera, tal aliviadora de mis trabajos y fatigas? ¿Quién suplía mis faltas? ¿Quién sabía mis secretos? ¿A quién descobría mi coraçón? ¿Quién era todo mi bien y descanso, sino tu madre, más que mi hermana y comadre? ¡O qué graciosa era, o qué desembuelta, limpia, varonil! Tan sin pena ni temor se andava a media noche de cimiterio en cimiterio buscando aparejos para nuestro officio como de día. Ni dexava christianos ni moros ni judíos cuyos enterramientos no visitava. De día los acechava, de noche los desenterrava. Assí se holgava con la noche escura como tú con el día claro. Dezia que aquella era capa de pecadores. ¿Pues maña no tenía con todas las otras gracias? Una cosa te diré por que veas qué madre perdiste, aunque era para callar, pero contigo todo passa. Siete dientes quitó a un ahorcado con unas tenazicas de pelar cejas, mientra yo le descalcé los çapatos. Pues entras en un cerco, mejor que yo, y con más esfuerço, aunque yo tenía harta buena fama, más que agora; que por mis pecados, todo se olvidó con su muerte. ¿Qué más quieres? Sino que los mismos diablos la avían miedo; atemorizados y spantados los tenía con las crudas bozes que les dava. Assí era [ella] dellos conoscida como tú en tu casa. Tumbando venían unos sobre otros a su llamado; no la osavan dezir mentira, según la fuerça con que los apremiava. Después que la perdí jamás les oí verdad.

PÁRMENO. (No la medre Dios más a esta vieja, que ella me da plazer con estos loores de sus palabras.)

CELESTINA. ¿Qué dizes, mi honrrado Pármeno, mi hijo y más que hijo?

PÁRMENO. Digo que ¿cómo tenía essa ventaja mi madre, pues las palabras que ella y tú dizíades eran todas unas?

CELESTINA. ¿Cómo, y desso te maravillas? ¿No sabes que dize el refrán que mucho va de Pedro a Pedro? Aquella gracia de mi comadre no la alcançávamos todas. ¿No as visto en los officios unos buenos y otros mejores? Assí era tu madre, que Dios haya, la prima de nuestro officio, y por tal era de todo el mundo conoscida y querida, assí de cavalleros como de clérigos, casados, viejos, moços, y niños. Pues moças y donzellas, assí rogavan a Dios por su vida como de sus mismos padres. Con todos tenía quehazer, con todos hablava; si saliémos por la calle, quantos topávamos eran sus ahijados. Que fue su principal officio partera deziséys años; assí que aunque tú no sabías sus secretos por la tierna edad que avías, agora es razón que los sepas, pues ella es finada y tú hombre.

PÁRMENO. Dime, señora, quando la justicia te mandó prender estando yo en tu casa, ¿teníades mucho conoscimiento?

CELESTINA. ¿Si teniémos, me dizes? ¡Como por burla! Juntas lo hezimos, juntas nos sintieron, juntas nos prendieron y acusaron; juntas nos dieron la pena essa vez, que creo que fue la primera. Pero muy pequeño eras tú; yo me spanto cómo te acuerdas, que es la cosa que más olvidada está en la cibdad. Cosas son que passan por el mundo; cada día verás quien peque y pague si sales a esse mercado.

PÁRMENO. Verdad es, pero del pecado lo peor es la perseverançia, que assí como el primer movimiento no es en mano del hombre, assí el primero yerro, do[nde] dizen que quien yerra y se emienda, etc.

CELESTINA. (Lastimásteme, don loquillo; ¿a las verdades nos andamos? Pues espera, que yo te tocaré donde te duela.)

PÁRMENO. ¿Qué dizes, madre?

CELESTINA. Hijo, digo que sin aquélla prendieron quatro vezes a tu madre, que Dios haya, sola. Y aun la una le levantaron que era bruxa, porque la hallaron de noche con unas candelillas cojendo tierra de una encruçijada, y la tovieron medio día en una escalera en la plaça puesta, uno como rocadero pintado en la cabeza. Pero [cosas son que passan]; no fue nada; algo han de sofrir los hombres en este triste mundo para sustentar sus vidas y honrras. Y mira en qué tan poco lo tuvo con su buen seso, que ni por esso dexó dende en adelante de usar mejor su officio. Esto ha venido por lo que dezías del perseverar en lo que una vez se yerra. En todo tenía gracia, que en Dios y en mi consciencia, aun en aquella escalera estava y parecía que a todos los debaxo no tenía en una blanca, según su meneo y presencia. Assí que los que algo son como ella y saben y valen son los que más presto yerran. Verás quién fue Virgilio y qué tanto supo, mas ya avrás oído como estovo en cesto colgado de una torre mirándole toda Roma. Pero por esso no dexó de ser honrrado ni perdió el nombre de Virgilio.

PÁRMENO. Verdad es lo que dizes, pero esso no fue por justicia.

CELESTINA. ¡Calla, bovo! Poco sabes de achaque de yglesia y quánto es mejor por mano de justicia que de otra manera. Sabíalo mejor el cura, que Dios aya, que viniéndola a consolar dixo que la santa scritura tenía que bienaventurados eran los que padecían persecución por la justicia y que aquéllos poseerían el reyno de los cielos. Mira si es mucho passar algo en este mundo por gozar de la gloria del otro, y más que según todos dezían, a tuerto y [a] sinrazón y con falsos testigos y rezios tormentos la hizieron aquella vez confessar lo que no era. Pero con su buen esfuerço, y como el coraçón abezado a sofrir haze las cosas más leves de lo que son, todo lo tuvo en nada. Que mil vezes le oía dezir; si me quebré el pie, fue por bien, porque soy más conoscida que antes. Assí que todo esto passó tu buena madre acá, devemos creer que le dará Dios buen pago allá, si es verdad lo que nuestro cura nos dixo. Y con esto me consuelo. Pues seíme tú como ella, amigo verdadero, y trabaja por ser bueno, pues tienes a quien parezcas. Que lo que tu padre te dexó a buen seguro lo tienes.

PÁRMENO. Bien lo creo, madre, pero querría saber qué tanto es.

CELESTINA. No puede ser agora; verná tu tiempo, como te dixe, para que lo sepas y lo oyas.

PÁRMENO. Agora dexemos los muertos y las herençias [que si poco me dexaron, poco hallaré]. Hablemos en los presentes negocios que nos va más que en traer los passados a la memoria. Bien se te acordará, no ha mucho que me prometiste que me harías aver a Areúsa, quando en mi casa te dixe cómo moría por sus amores.

CELESTINA. Si te lo prometí, no lo he olvidado, ni creas que he perdido con los años la memoria. Que más de tres xaques ha recibido de mí sobre ello en tu absencia. Ya creo que stará bien madura; vamos de camino por casa, que no se podrá scapar de mate, que esto es lo menos que yo por ti tengo de hazer.

PÁRMENO. Yo ya desconfiava de la poder alcançar, porque jamás podía acabar con ella que me esperasse a poderle dezir una palabra. Y como dizen, mala señal es de amor huyr y bolver la cara; sentía en mí gran desfiuza desto.

CELESTINA. No tengo en mucho tu desconfiança, no me conosciendo ni sabiendo como agora que tienes tan de tu mano la maestra destas lavores. Pues agora verás quánto por mi causa vales, quánto con las tales puedo, quánto sé en casos de amor. Anda, passo, ves aquí su puerta. Entremos quedo; no nos sientan sus vezinos. Atiende y espera debaxo desta scalera. Sobiré yo a ver qué se podrá hazer sobre lo hablado, y por ventura haremos más que tú ni yo traemos pensado.

AREÚSA. ¿Quién anda aí? ¿Quién sube a tal hora en mi cámara?

CELESTINA. Quien no te quiere mal, por cierto, quien nunca da passo que no piense en tu provecho; quien tiene más memoria de ti que de sí misma. Una enamorada tuya, aunque vieja.

AREÚSA. (¡Válala el diablo a esta vieja, con qué viene como huestantigua a tal hora!) Tía señora, ¿qué buena venida es ésta tan tarde? Ya me desnudava para acostar.

CELESTINA. ¿Con las gallinas, hija? Assí se hará la hazienda. ¡Andar; passe!; otro es el que ha de llorar las necessidades que no tú; yerva pace quien lo cumple; tal vida quienquiera se la querría.

AREÚSA. ¡Jesú, quiérome tornar a vestir, que he frío!

CELESTINA. No harás, por mi vida, sino éntrate en la cama, que desde allí hablaremos.

AREÚSSA. Assí goze de mí, pues que lo he bien menester, que me siento mala hoy todo el día. Assí que necessidad más que vicio me hizo tomar con tiempo las sávanas por faldetas.

CELESTINA. Pues no estés assentada, acuéstate y métete debaxo de la ropa, que pareces serena.

AREÚSSA. Bien me dizes, señora tía.

CELESTINA. ¡Ay cómo huele toda la ropa en bulléndote! ¡Aosadas, que está todo a punto; siempre me pagué de tus cosas y hechos, de tu limpieza y atavío; fresca que estás! ¡Bendígate Dios, qué sávanas y colcha, qué almohadas y qué blancura! Tal sea mi vejez, qual todo me parece perla de oro. Verás si te quiere bien quien te visita a tales horas; déxame mirarte toda a mi voluntad, que me huelgo.

AREÚSA. Passo, madre, no llegues a mí, que me hazes coxquillas y provócasme a reír, y la risa acresciéntame el dolor.

CELESTINA. ¿Qué dolor, mis amores? ¿Búrlaste, por mi vida, conmigo?

AREÚSA. Mal gozo vea de mí si burlo, sino que ha quatro horas que muero de la madre, que la tengo sobida en los pechos, que me quiere sacar del mundo. Que no soy tan viciosa como piensas.

CELESTINA. Pues dame lugar, tentaré, que aun algo sé yo deste mal, por mi pecado, que cada una se tiene [o ha tenido] su madre y [sus] çoçobras della.

AREÚSA. Más arriba la siento sobre el estómago.

CELESTINA. ¡Bendígate Dios y el señor Sant Miguel Ángel, y qué gorda y fresca que estás; qué pechos y qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta agora, viendo lo que todos podían ver. Pero agora te digo que no ay en la cibdad tres cuerpos tales como el tuyo en quanto yo conozco; no paresce que ayas quinze años. ¡O quién fuera hombre y tanta parte alcançara de ti para gozar tal vista! Por Dios, pecado ganas en no dar parte destas gracias a todos los que bien te quieren. Que no te las dio Dios para que pasassen en balde por la frescor de tu juventud debaxo de seys dobles de paño y lienço. Cata que no seas avarienta de lo que poco te costó; no atesores tu gentileza, pues es de su natura tan comunicable como el dinero. No seas el perro del ortolano. Y pues tú no puedes de ti propia gozar, goze quien puede, que no creas que en balde fuiste criada. Que quando nasce ella nasce él, y quando él, ella. Ninguna cosa ay criada al mundo superflua ni que con acordada razón no proveyesse della natura. Mira que es pecado fatigar y dar pena a los hombres podiéndolos remediar.

AREÚSA. Alahé agora, madre, y no me quiere ninguno; dame algún remedio para mi mal y no estés burlando de mí.

CELESTINA. Deste tan común dolor todas somos, mal pecado, maestras; lo que he visto a muchas hazer y lo que a mí siempre aprovecha, te diré. Porque como las calidades de las personas son diversas, assí las melezinas hazen diversas sus operaciones y differentes. Todo olor fuerte es bueno, assí como poleo, ruda, axiensos, humo de plumas de perdiz, de romero, de moxquete, de encienço. Recebido con mucha dilingencia, aprovecha y afloxa el dolor y buelve poco a poco la madre a su lugar. Pero otra cosa hallava yo siempre mejor que todas, y ésta no te quiero dezir, pues tan santa te me hazes.

AREÚSA. ¿Qué, por mi vida, madre? Vesme penada y encúbresme la salud.

CELESTINA. Anda, que bien me entiendes. No te hagas bova.

AREÚSA. ¡Ya, ya, mala landre me mate, si te entendía! Pero ¿qué quieres que haga? Sabes que se partió ayer aquel mi amigo con su capitán a la guerra; ¿avía de hazerle ruyndad?

CELESTINA. ¡Verás y qué daño y qué gran ruyndad!

AREÚSA. Por cierto, sí sería, que me da todo lo que he menester; tiéneme honrrada; favoréceme y trátame como si fuesse su señora.

CELESTINA. Pero aunque todo esso sea, mientra no parieres, nunca te faltará este mal [y dolor] que agora, de lo qual él deve ser causa. Y si no crees en dolor, cree en color, y verás lo que viene de su sola compañía.

AREÚSA. No es sino mi mala dicha; maledición mala que mis padres me echaron, que no está ya por provar todo esso. Pero dexemos esso, que es tarde, y dime a qué fue tu buena venida.

CELESTINA. Ya sabes lo que de Pármeno te ove dicho; quéxaseme que aun verle no quieres. No sé por qué, sino porque sabes que le quiero yo bien y le tengo por hijo. Pues por cierto de otra manera miro yo tus cosas, que hasta tus vezinas me parecen bien y se me alegra el coraçón cada vez que las veo, porque sé que hablan contigo.

AREÚSA. No bives, tía señora, engañada.

CELESTINA. No lo sé; a las obras creo, que las palabras de balde las venden dondequiera. Pero el amor nunca se paga sino con puro amor, y las obras con obras. Ya sabes el deudo que ay entre ti y Elicia, la qual tiene Sempronio en mi casa. Pármeno y él son compañeros, sirven a este señor que tú conoçes, y por quien tanto favor podrás tener. No niegues lo que tan poco hazer te cuesta. Vosotras parientas, ellos compañeros, mira cómo viene mejor medido que lo queremos. Aquí viene conmigo; verás si quieres que suba.

AREÚSA. ¡Amarga de mí, y si nos ha oído!

CELESTINA. No, que abaxo queda. Quiérole hazer subir; reciba tanta gracia que le conozcas y hables y muestres buena cara, y si tal paresciere, goze él de ti y tú dél, que aunque él gane mucho, tú no pierdes nada.

AREÚSA. Bien tengo, señora, conoscimiento cómo todas tus razones, éstas y las passadas, se endereçan en mi provecho, pero ¿cómo quieres que haga tal cosa? Que tengo a quien dar cuenta, como has oído, y si soy sentida, matarme ha. Tengo vezinas embidiosas; luego lo dirán. Assí que, aunque no aya más mal de perderle, será más que ganaré en agradar al que me mandas.

CELESTINA. Esso que temes yo lo proveí primero, que muy passo entramos.

AREÚSA. No lo digo por esta noche, sino por otras muchas.

CELESTINA. ¿Cómo, y déssas eres? ¿Dessa manera te tratas? Nunca tú harás casa con sobrado. Absente le as miedo; ¿qué harías si estoviesse en la cibdad? En dicha me cabe, que jamás cesso de dar consejos a bovos, y todavía ay quien yerre; pero no me maravillo, que es grande el mundo y pocos los esperimentados. ¡Ay, ay hija, si viesses el saber de tu prima y qué tanto le ha aprovechado mi criança y consejos, y qué gran maestra está! Y aunque no se halla ella mal con mis castigos, que uno en la cama y otro en la puerta, y otro que sospira por ella en su casa se precia de tener. Y con todos cumple, y a todos muestra buena cara, y todos piensan que son muy queridos. Y cada uno piensa que no ay otro y que él solo es el privado, y él solo es el que le da lo que ha menester. Y tú temes que con dos que tengas que las tablas de la cama lo han de descobrir. ¿De una sola gotera te mantienes? No te sobrarán muchos manjares. No quiero arrendar tus exgamochos. Nunca uno me agradó; nunca en uno puse toda mi affición. Más pueden dos, y más quatro, y más dan y más tienen, y más ay en qué escoger. No ay cosa más perdida, hija, que el mur que no sabe sino un horado. Si aquél le tapan no avrá donde se esconda del gato. Quien no tiene sino un ojo, mira a quánto peligro anda. Una alma sola ni canta ni llora. Un solo acto no haze hábito. Un frayle solo pocas vezes le encontrarás por la calle. Una perdiz sola por maravilla buela [mayormente en verano]. Un manjar solo contino presto pone hastío. Una golondrina no haze verano. Un testigo solo no es entera fe. Quien sola una ropa tiene presto la envegece. ¿Qué quieres, hija, deste número de uno? Más inconvenientes te diré dél, que años tengo acuestas. Ten siquiera dos, que es compañía loable [y tal qual es éste], como tienes dos orejas, dos pies y dos manos, dos sávanas en la cama, como dos camisas para remudar. Y si más quieres, mejor te yrá, que mientra más moros, más ganancia, que honrra sin provecho no es sino como anillo en el dedo. Y pues entramos no caben en un saco, acoge la ganancia. Sube, hijo Pármeno.

AREÚSA. ¡No suba, landre me mate, que me fino de empacho! Que no le conozco; siempre ove vergüença dél.

CELESTINA. Aquí estoy yo que te la quitaré y cobriré y hablaré por entramos, que otro tan empachado es él.

PÁRMENO. Señora, Dios salve tu graciosa presencia.

AREÚSA. Gentilhombre, buena sea tu venida.

CELESTINA. Llégate acá; asno. ¿Adónde te vas allá assentar al rincón? No seas empachado, que al hombre vergonçoso el diablo le traxo a palacio. Oídme entrambos lo que digo. Ya sabes tú, Pármeno amigo, lo que yo te prometí, y tú, hija mía, lo que te tengo rogado. Dexada la difficultad con que me lo as concedido aparte, pocas razones son necessarias, porque el tiempo no lo padesce. El ha siempre bivido penado por ti. Pues viendo su pena, sé que no lo querrás matar, y aun conozco que él te paresce tal que no será malo para quedarse acá esta noche en casa.

AREÚSA. Por mi vida, madre, que tal no se haga. ¡Jesú, no me lo mandes!

PÁRMENO. (Madre mía, por amor de Dios, que no salga yo de aquí sin buen concierto, que me ha muerto de amores su vista. Ofrécele quanto mi padre te dexó para mí. Dile que le daré quanto tengo. ¡Ea, díselo, que me parece que no me quiere mirar!)

AREÚSA. ¿Qué te dize: esse señor a la oreja? ¿Piensa que tengo de hazer nada de lo que pides?

CELESTINA. No dize, hija, sino que se huelga mucho con tu amistad, porque eres persona tan honrrada [y] en quien qualquier beneficio cabrá bien. [Y asimismo que, pues que esto por mi intercessión se haze, que él me promete de aquí adelante ser muy amigo de Sempronio y venir en todo lo que quisiere contra su amo en un negocio que traemos entre manos. ¿Es verdad, Pármeno? ¿Prométeslo así como digo?

PÁRMENO. Sí, prometo, sin dubda.

CELESTINA. ¡Ha, don ruyn, palabra te tengo, a buen tiempo te así!] Llégate acá, negligente, vergonçoso, que quiero ver para quánto eres ante que me vaya. Retóçala en esta cama.

AREÚSA. No será él tan descortés que entre en lo vedado sin licencia.

CELESTINA. ¿En cortesías y licencias estás? No spero más aquí yo, fiadora que tú amanescas sin dolor y él sin color. Mas como es un putillo, gallillo, barviponiente, entiendo que en tres noches no se le demude la cresta; déstos me mandavan a mí comer en mi tiempo los médicos de mi tierra quando tenía mejores dientes.

AREÚSA. Ay, señor mío, no me trates de tal manera; ten mesura por cortesía, mira las canas de aquella vieja honrrada que están presentes, quítate allá, que no soy de aquellas que piensas, no soy de las que públicamente están a vender sus cuerpos por dinero. Assí goze de mí, de casa me salga si hasta que Celestina mi tía sea yda a mi ropa tocas.

CELESTINA. ¿Qué es esto, Areúsa? ¿Qué son estas estrañezas y esquividad, estas novedades y retraymiento? Parece, hija, que no sé yo qué cosa es esto, que nunca vi estar un hombre con una mujer juntos, y que jamás passé por ello ni gozé de lo que gozas, y que no sé lo que passan y lo que dizen y hazen. ¡Guay de quien tal oye como yo! Pues avísote de tanto que fuy errada como tú y tuve amigos, pero nunca el viejo ni la vieja echava de mi lado, ni su consejo en público ni en mis secretos. Para la muerte que a Dios devo, más quisiera una gran bofetada en mitad de mi cara; paresce que ayer nascí según tu encobrimiento; por hazerte a ti honesta me hazes a mí necia y vergonçosa y de poco secreto y sin esperiencia y me amenguas en mi officio por alçar a ti en el tuyo. Pues de cossario a cossario no se pierden sino los barriles. Más te alabo yo detrás que tú te stimas delante.

AREÚSA. Madre, si erré, aya perdón, y llégate más acá, y él haga lo que quisiere, que más quiero tener a ti contenta que no a mí; antes me quebraré un ojo que enojarte.

CELESTINA. No tengo ya enojo, pero dígotelo para adelante. Quedaos a Dios, que voyme solo porque me hazes dentera con vuestro besar y retoçar, que aún el sabor en las enzías me quedó; no le perdí con las muelas.

AREÚSA. Dios vaya contigo.

PÁRMENO. Madre, ¿mandas que te acompañe?

CELESTINA. Sería quitar a un santo por poner en otro; acompáñeos Dios, que yo vieja soy; no he temor que me fuercen en la calle.

ELICIA. El perro ladra, ¿si viene este diablo de vieja?

CELESTINA. Tha, tha, tha.

ELICIA. ¿Quién es? ¿Quién llama?

CELESTINA. Báxame abrir, hija.

ELICIA. Éstas son tus venidas; andar de noche es tu plazer; ¿por qué lo hazes? ¿Qué larga estada fue ésta, madre? Nunca sales para bolver a casa, por costumbre lo tienes. Cumpliendo con uno, dexas ciento descontentos. Que as seído hoy buscada del padre de la desposada que levaste el día de pascua al racionero, que la quiere casar daquí a tres días y es menester que la remedies, pues que se lo prometiste, para que no sienta su marido la falta de la virginidad.

CELESTINA. No me acuerdo, hija, por quién dizes.

ELICIA. ¿Cómo no te acuerdas? Desacordada eres, cierto. ¡O cómo caduca la memoria! Pues por cierto tú me dixiste quando la levavas que la avías renovado siete vezes.

CELESTINA. No te maravilles, hija, que quien en muchas partes derrama su memoria en ninguna la puede tener. Pero dime si tornará.

ELICIA. ¡Mira si tornará! Tiénete dado un manilla de oro en prendas de tu trabajo ¿y no avía de venir?

CELESTINA. ¿La de la manilla es? Ya sé por quién dizes. ¿Por qué tú no tomavas el aparejo y començavas a hazer algo? Pues en aquellas tales te avías de abezar y de provar, de quantas vezes me lo as visto hazer. Si no, aí te estarás toda tu vida, hecha bestia sin officio ni renta. Y quando seas de mi edad, llorarás la holgura de agora, que la mocedad ociosa acarrea la vejez arrepentida y trabajosa. Hazíalo yo mejor quando tu abuela, que Dios haya, me mostrava este officio, que a cabo de un año sabía más que ella.

ELICIA. No me maravillo, que muchas veces, como dizen, al maestro sobrepuja el buen discípulo. Y no va esto sino en la gana con que se aprende; ninguna sciencia es bienempleada en el que no la tiene affición. Yo le tengo a este officio odio; tú mueres tras ello.

CELESTINA. Tú te lo dirás todo; pobre vejez quieres; ¿piensas que nunca has de salir de mi lado?

ELICIA. Por Dios, dexemos enojo, y al tiempo el consejo; ayamos mucho plazer. Mientra hoy toviéremos de comer, no pensemos en mañana. Tanbién se muere el que mucho allega como el que pobremente bive, y el dotor como el pastor, y el papa como el sacristán, y el señor como el siervo, y el de alto linaje como el baxo. Y tú con tu officio como yo sin ninguno; no avemos de vivir para siempre. Gozemos y holguemos, que la vejez pocos la veen, y de los que la veen ninguno murió de hambre. No quiero en este mundo sino día y victo y parte en paraíso. Aunque los ricos tienen mejor aparejo para ganar la gloria que quien poco tiene, no ay ninguno contento, no ay quien diga; harto tengo, no hay ninguno que no trocasse mi plazer por sus dineros. Dexemos cuydados ajenos y acostémonos, que es hora. Que más me engordará un buen sueño sin temor que quanto tesoro ay en Venecia.

Argumento del octavo auto

La mañana viene. Despierta PÁRMENO. Despedido de AREÚSA, va para casa de CALISTO, su señor. Falló a la puerta a SEMPRONIO. Conciertan su amistad. Van juntos a la cámara de CALISTO. Hállanle hablando consigo mismo. Levantado, va a la yglesia.

PÁRMENO, AREÚSA, SEMPRONIO, CALISTO

PÁRMENO. ¿Amanece, o qué es esto, que tanta claridad está en esta cámara?

AREÚSA. ¿Qué amanescer? Duerme, señor, que aun agora nos acostamos. No he yo pegado bien los ojos, ¿ya avía de ser de día? Abre, por Dios, essa ventana de tu cabecera y verlo has.

PÁRMENO. En mi seso estó yo señora, que es de día claro, en ver entrar luz entre las puertas. ¡O traydor de mí, en qué gran falta he caído con mi amo! De mucha pena soy digno. ¡O qué tarde que es!

AREÚSA. ¿Tarde?

PÁRMENO. Y muy tarde.

AREÚSA. Pues assí goze de mi alma, no se me ha quitado el mal de la madre; no sé cómo pueda ser.

PÁRMENO. ¿Pues qué quieres, mi vida?

AREÚSA. Que hablemos en mi mal.

PÁRMENO. Señora mía, si lo hablado no basta, lo que más es necessario me perdona, porque es ya mediodía; si voy más tarde no seré bien recebido de mi amo. Yo verné mañana y quantas vezes después mandares. Que por esso hizo Dios un día tras otro, porque lo que el uno no bastasse, se cumpliesse en otro. Y aun porque más nos veamos, reciba de ti esta gracia, que te vayas hoy a las doze del día a comer con nosotros a su casa de Celestina.

AREÚSA. Que me plaze de buen grado. Ve con Dios, junta tras ti la puerta.

PÁRMENO. A Dios te quedes. ¡O plazer singular, o singular alegría! Quál hombre es ni ha sido más bienaventurado que yo, quál más dichoso y bienandante, ¡que un tan excellente don sea por mí posseído, y quan presto pedido tan presto alcançado! Por cierto, si las trayciones desta vieja con mi coraçón yo pudiesse suffrir, de rodillas avía de andar a la complazer. ¿Con qué pagaré yo esto? O alto Dios, ¿a quién contaría yo este gozo? ¿A quién descobriría tan gran secreto? ¿A quién daré parte de mi gloria? Bien me dezía la vieja que de ninguna prosperidad es buena la possessión sin compañía. El plazer no comunicado no es plazer. ¿Quién sentiría esta mi dicha como yo la siento? A Sempronio veo a la puerta de casa. Mucho ha madrugado; trabajo tengo con mi amo si es salido fuera. No será, que no es acostumbrado, pero como agora no anda en su seso, no me maravillo que aya pervertido su costumbre.

SEMPRONIO. Pármeno, hermano, si yo supiesse aquella tierra donde se gana el sueldo dormiendo, mucho haría por yr allá, que no daría ventaja a ninguno; tanto ganaría como otro qualquiera. ¿Y cómo holgazán, descuydado, fuiste para no tomar? No sé qué crea de tu tardança, sino que [te] quedaste a escalentar la vieja esta noche o rascarle los pies como quando chiquito.

PÁRMENO. ¡O Sempronio, amigo y más que hermano, por Dios no corrompas mi plazer, no mezcles tu yra con mi sofrimiento, no rebuelvas tu descontentamiento con mi descanso! No agües con tan turvia agua el claro liquor del pensamiento que traygo; no enturvíes con tus embidiosos castigos y odiosas reprehensiones mi plazer; recíbeme con alegría y contarte he maravillas de mi buena andança passada.

SEMPRONIO. Dilo, dilo. ¿Es algo de Melibea? ¿Asla visto?

PÁRMENO. ¿Qué de Melibea? Es de otra que yo más quiero, y aun tal que si no estoy engañado, puedo bivir con ella en gracia y hermosura. Sí, que no se encerró el mundo y todas sus gracias en ella.

SEMPRONIO. ¿Qué es esto, desvariado? Reírme querría, sino que no puedo. ¿Ya todos amamos? El mundo se va a perder. Calisto a Melibea, yo a Elicia, tú de enbidia as buscado con quien perder esse poco de seso que tienes.

PÁRMENO. Luego locura es amar y yo soy loco sin seso. Pues si la locura fuesse dolores, en cada casa havría bozes.

SEMPRONIO. Según tu opinión, sí eres, que yo te he oído dar consejos vanos a Calisto y contradezir a Celestina en quanto habla, y por impedir mi provecho y el suyo huelgas de no gozar tu parte; pues a las manos me as venido donde te podré dañar y lo haré.

PÁRMENO. No es, Sempronio, verdadera fuerça ni poderío dañar y empecer, mas aprovechar y guarecerlo, y muy mayor quererlo hazer. Yo siempre te tuve por hermano; no se cumpla por Dios en ti lo que se dize, que pequeña causa departe conformes amigos. Muy mal me tratas; no sé donde nazca este rencor. No me indignes, Sempronio, con tan lastimeras razones. Cata que es muy rara la paciencia que agudo baldón no penetre y traspasse.

SEMPRONIO. No digo mal en esto, sino que se eche otra sardina para el moço de cavallos, pues tú tienes amiga.

PÁRMENO. Estás enojado; quiérote sofrir; aunque más mal me trates. Pues dizen que ninguna humana passión es perpetua ni durable.

SEMPRONIO. Más maltratas tú a Calisto; aconsejando a él lo que para ti huyes, diziendo que se aparte de amar a Melibea, hecho tablilla de mesón, que para sí no tiene abrigo, y dale a todos. ¡O Pármeno, agora podrás ver quán fácile cosa es reprehender vida ajena y aun duro guardar cada qual la suya! No digo más, pues tú eres testigo, y de aquí adelante veremos cómo te as, pues ya tienes tu escudilla como cada cual. Si tú mi amigo fueras, en la necessidad que de ti tuve me avías de favorecer, y ayudar a Celestina en mi provecho, que no hincar un clavo de malicia a cada palabra. Sabe que como la hez de la taverna despide a los borrachos, assí la adversidad o necessidad al fingido amigo, luego se descubre el falso metal, dorado por encima.

PÁRMENO. Oídolo avía dezir y por speriencia lo veo, nunca venir plazer sin contraria çoçobra en esta triste vida; a los alegres serenos y claros soles, nublados scuros y pluvias vemos suceder; a los solazes y plazeres, dolores y muertes los ocupan; a las risas y deleytes, llantos y lloros y passiones mortales los siguen. Finalmente, a mucho descanso y sossiego, mucho pesar y tristeza. ¿Quién podrá tan alegre venir como yo agora? ¿Quién tan triste recibimiento padescer? ¿Quién verse como yo me vi con tanta gloria alcançada con mi querida Areúsa? ¿Quién caer della, siendo tan maltratado tan presto como yo de ti? Que no me as dado lugar a poder dezir quánto soy tuyo, quánto te he de favorecer en todo, quánto soy arepiso de lo passado, quántos consejos y castigos buenos he recebido de Celestina en tu favor y provecho y de todos; cómo pues este juego de nuestro amo y Melibea está entre las manos, podemos agora medrar o nunca.

SEMPRONIO. Bien me agradan tus palabras, si tales toviesses las obras, a las quales spero para averte de creer. Pero, por Dios, me digas qué es esso que dixiste de Areúsa. Parece que conoçes tú a Areúsa su prima de Elicia.

PÁRMENO. ¿Pues qué es todo el plazer que traygo, sino averla alcançado?

SEMPRONIO. ¡Cómo se lo dize: el bovo! De risa no puede hablar. ¿A qué llamas averla alcançado? ¿Estava a alguna ventana, o qué es esso?

PÁRMENO. A ponerla en dubda si queda preñada o no.

SEMPRONIO. Espantado me tienes; mucho puede el continuo trabajo; una continua gotera horaca una piedra.

PÁRMENO. Verás tú tan continuo, que ayer lo pensé, ya la tengo por mía.

SEMPRONIO. La vieja anda por aí.

PÁRMENO. ¿En qué lo vees?

SEMPRONIO. Que ella me avía dicho que te quería mucho y que te la haría aver; dichoso fuiste; no heziste sino llegar y recaudar. Por esto dizen, más vale a quien Dios ayuda que quien mucho madruga. Pero tal padrino toviste.

PÁRMENO. Di madrina, que es más cierto. Assí que quien a buen árbol se arrima... Tarde fuy, pero temprano recaudé. O hermano, ¿qué te contaría de sus gracias de aquella mujer, de su habla y hermosura de cuerpo? Pero quede para más oportunidad.

SEMPRONIO. ¿Puede ser sino prima de Elicia? No me dirás tanto, quanto estotra no tenga más; todo te lo creo. Pero ¿qué te cuesta? ¿Asle dado algo?

PÁRMENO. No, cierto, mas aunque oviera, era bienempleado; de todo bien es capaz. En tanto son las tales tenidas, quanto caras son compradas; tanto valen quanto cuestan. Nunca mucho costó poco sino a mí esta señora; a comer la combidé para casa de Celestina, y si te plaze, vamos todos allá.

SEMPRONIO. ¿Quién, hermano?

PÁRMENO. Tú y ella, y allá está la vieja y Elicia; avremos plazer.

SEMPRONIO. ¡O Dios, y cómo me as alegrado! Franco eres; nunca te faltaré. Como te tengo por hombre, como creo que Dios te ha de hazer bien, todo el enojo que de tus passadas hablas tenía se me ha tornado en amor. No dubdo ya tu confederación con nosotros ser la que deve; abraçarte quiero; seamos como hermanos. ¡Vaya el diablo para ruyn! Sea lo passado questión de Sant Juan, y assí paz para todo el año, que las yras de los amigos siempre suelen ser reintegración del amor. Comamos y holguemos, que nuestro amo ayunará por todos.

PÁRMENO. ¿Y qué haze el desesperado?

SEMPRONIO. Allí está tendido en el strado cabe la cama donde le dexaste anoche, que ni ha dormido ni está despierto. Si allá entro, ronca; si me salgo, canta o devanea. No le tomo tiento, si con aquello pena o descansa.

PÁRMENO. ¿Qué dizes? Y nunca me ha llamado ni ha tenido memoria de mí?

SEMPRONIO. No se acuerda de sí, ¿acordarse ha de ti?

PÁRMENO. Aun hasta en esto me ha corrido buen tiempo. Pues [que] assí es, mientra recuerda, quiero embiar la comida, que la aderecen.

SEMPRONIO. ¿Qué has pensado embiar, para que aquellas loquillas te tengan por hombre complido, biencriado y franco?

PÁRMENO. En casa llena presto se adereça cena. De lo que ay en la despensa basta para no caer en falta; pan blanco, vino de Monviedro; un pernil de toçino, y más seys pares de pollos que traxeron estotro día los renteros de nuestro amo, que si los pidiere, haréle creer que los ha comido. Y las tórtolas que mandó para hoy guardar, diré que hedían. Tú serás testigo; ternemos manera cómo a él no haga mal lo que dellas comiere, y nuestra mesa esté como es razón. Y allá hablaremos más largamente en su daño y nuestro provecho con la vieja cerca destos amores.

SEMPRONIO. ¡Más, dolores! Que por fe tengo que de muerto o loco no escapa desta vez. Pues que assí es, despacha, subamos a ver qué haze.

CALISTO.

En gran peligro me veo,

en mi muerte no ay tardança,

pues que me pide el desseo

lo que me niega sperança.

PÁRMENO. (Escucha, escucha, Sempronio; trobando está nuestro amo.

SEMPRONIO. ¡O hydeputa el trobador! El gran Antípater Sidonio, el gran poeta Ovidio, los quales de improviso se les venían las razones metrificadas a la boca. ¡Sí sí, dessos es;trobará el diablo! Está devaneando entre sueños.)

CALISTO.

Coraçón, bien se te emplea,

que penes y bivas triste,

pues tan presto te venciste

del amor de Melibea.

PÁRMENO. (¿No digo yo que troba?)

CALISTO. ¿Quién habla en la sala? ¡Moços!

PÁRMENO. ¿Señor?

CALISTO. ¿Es muy noche? ¿Es hora de acostar?

PÁRMENO. Mas ya es, señor, tarde para levantar.

CALISTO. ¿Qué dizes, loco; toda la noche es passada?

PÁRMENO. Y aun harta parte del día.

CALISTO. Di, Sempronio, ¿miente este desvariado? Que me haze creer que es de día,

SEMPRONIO. Olvida, señor, un poco a Melibea, y verás la claridad. Que con la mucha que en su gesto contemplas, no puedes ver de encandelado, como perdiz con la calderuela.

CALISTO. Agora lo creo, que tañen a missa. Dacá mis ropas; yré a la Madalena; rogaré a Dios aderece a Celestina y ponga en coraçón a Melibea mi remedio, o dé fin en breve a mis tristes días.

SEMPRONIO. No te fatigues tanto, no lo quieras todo en una hora, que no es de discretos dessear con grande efficacia lo que puede tristemente acabar. Si tú pides que se concluya en un día lo que en un año sería harto, no es mucha tu vida.

CALISTO. ¿Quieres dezir que soy como el moço del escudero gallego?

SEMPRONIO. No mande Dios que tal cosa yo diga, que eres mi señor. Y demás desto, sé que, como me galardonas el buen consejo y me castigarías lo mal hablado aunque dizen que no es ygual la alabança del servicio o buen habla con la reprehensión y pena de lo malhecho o hablado.

CALISTO. No sé quién te abezó tanta filosofía, Sempronio.

SEMPRONIO. Señor, no es todo blanco aquello que de negro no tiene semejança, ni es todo oro quanto amarillo reluze. Tus acelerados desseos no medidos por razón hazen parecer claros mis consejos. Quisieras tú ayer que te traxeran a la primera habla amanojada y embuelta en su cordón a Melibea, como si ovieras embiado por otra qualquiera mercaduría a la plaça, en que no oviera más trabajo de llegar y pagalla. Da, señor, alivio al coraçón, que en poco spacio de tiempo no cabe gran bienaventurança. Un solo golpe no derriba un roble; apercíbete con sofrimiento, porque la prudencia es cosa loable y el apercibimiento resiste el fuerte combate.

CALISTO. Bien as dicho, si la qualidad de mi mal lo consintiesse.

SEMPRONIO. ¿Para qué, señor, es el seso, si la voluntad priva a la razón?

CALISTO. ¡O loco, loco! Dize el sano al doliente: «Dios te dé salud». No quiero consejo, ni esperarte más razones, que más abivas y enciendes las llamas que me consumen. Yo me voy solo a missa y no tornaré a casa hasta que me llaméys, pidiéndome [las] albricias de mi gozo con la buena venida de Celestina. Ni comeré hasta entonce, aunque primero sean los caballos de Febo apacentados en aquellos verdes prados que suelen, quando han dado fin a su jornada.

SEMPRONIO. Dexa, señor, essos rodeos, dexa essas poesías, que no es habla conveniente la que a todos no es común, la que todos no participan, la que pocos entienden. Di «aunque se ponga el sol», y sabrán todos lo que dizes. Y come alguna conserva, con que tanto spacio de tiempo te sostengas.

CALISTO. Sempronio, mi fiel criado, mi buen consejero, mi leal servidor, sea como a ti te parece. Porque cierto tengo, según tu limpieza de servicio, quieres tanto mi vida como la tuya.

SEMPRONIO. (¿Creeslo tú, Pármeno? Bien sé que no lo jurarías; acuérdate, si fueres por conserva, apañes un bote para aquella gentezilla, que nos va más, y a buen entendedor... En la bragueta cabrá.)

CALISTO. ¿Qué dizes, Sempronio?

SEMPRONIO. Dixe, señor, a Pármeno que fuesse por una tajada de diacitrón.

PÁRMENO. Hela aquí, señor.

CALISTO. Dacá.

SEMPRONIO. (Verás qué engullir haze el diablo; entero lo quiere tragar por más apriessa hazer.)

CALISTO. El alma me ha tomado; quedaos con Dios, hijos. Esperad la vieja y yd por buenas albricias.

PÁRMENO. (¡Allá yrás con el diablo tú y malos años; y en tal hora comiesses el diacitrón, como Apuleyo el veneno que le convertió en asno!)

Argumento del noveno auto

SEMPRONIO y PÁRMENO van a casa de CELESTINA entre sí hablando. Llegados allá, hallan a ELICIA Y AREÚSA. Pónense a comer; entre comer riñe ELICIA con SEMPRONIO. Levántase de la mesa. Tórnanla apaziguar. Estando ellos todos entre sí razonando, viene LUCRECIA, criada de MELIBEA, llamar a CELESTINA que vaya a estar con MELIBEA.

SEMPRONIO, PÁRMENO, CELESTINA, ELICIA, AREÚSA, LUCRECIA

SEMPRONIO. Baxa, Pármeno, nuestras capas y spadas, si te parece que es hora que vamos a comer.

PÁRMENO. Vamos presto. Ya creo que se quexarán de nuestra tardança. No por essa calle, sino que estotra, porque nos entremos por la yglesia y veremos si oviere acabado Celestina sus devociones. Llevarla hemos de camino.

SEMPRONIO. A donosa hora ha destar rezando.

PÁRMENO. No se puede dezir sin tiempo hecho lo que en todo tiempo se puede hazer.

SEMPRONIO. Verdad es, pero mal conoces a Celestina. Quando ella tiene que hazer, no se acuerda de Dios ni cura de santidades. Quando ay que roer en casa, sanos están los santos; quando va a la yglesia con sus cuentas en la mano, no sobra el comer en casa. Aunque ella te crió, mejor conozco yo sus proprietades que tú. Lo que en sus cuentas reza es los virgos que tiene a cargo, y quántos enamorados ay en la cibdad, y quántas moças tiene encomendadas, y qué despenseros le dan ración, y quál mejor, y cómo los llaman por nombre, porque quando los encontrare no hable como estraña, y qué canónigo es más moço y franco. Quando menea los labios es fengir mentiras, ordenar cautelas para aver dinero: «Por aquí le entraré, esto me responderá, esto[tro] replicaré.» Assí bive esta que nosotros mucho honrramos.

PÁRMENO. Más que esso sé yo, sino porque te enojaste estotro día, no quiero hablar; quando lo dixe a Calisto.

SEMPRONIO. Aunque lo sepamos para nuestro provecho, no lo publiquemos para nuestro daño. Saberlo nuestro amo es echalla por quien es y no curar della. Dexándola, verná forçado otra de cuyo trabajo no esperemos parte como désta, que de grado o por fuerça nos dará de lo que le diere.

PÁRMENO. Bien has dicho. Calla, que está abierta la puerta; en casa está. Llama antes que entres, que por ventura están rebueltas y no querrán ser ansí vistas.

SEMPRONIO. Entra, no cures, que todos somos de casa; ya ponen la mesa.

CELESTINA. ¡O mis enamorados, mis perlas de oro, tal me venga el año qual me parece vuestra venida!

PÁRMENO. (Que palabras tiene la noble; bien ves, hermano, estos halagos fengidos.

SEMPRONIO. Déxala, que desso bive; que no sé quién diablos le mostró tanta ruyndad.

PÁRMENO. La necessitad y pobreza, la hambre, que no ay mejor maestra en el mundo, no ay mejor despertadora y abivadora de ingenios. ¿Quién mostró a las picaças y papagayos ymitar nuestra propia habla con sus harpadas lenguas, nuestro órgano y boz, sino ésta?).

CELESTINA. ¡Mochachas, mochachas, bovas, andad acá baxo presto, que están aquí dos hombres que me quieren forçar!

ELICIA. ¡Mas nunca acá vinieran; y mucho conbidar con tiempo, que ha tres horas que está aquí mi prima! Este perezoso de Sempronio avrá sido causa de la tardança, que no ha ojos por do verme.

SEMPRONIO. Calla, mi señora, mi vida, mis amores, que quien a otro sirve no es libre; assí que sojeción me relieva de culpa. No ayamos enojo; assentémonos a comer.

ELICIA. Assí; para assentar a comer muy diligente; a mesa puesta con tus manos lavadas y poca vergüença.

SEMPRONIO. Después reñiremos; comamos agora. Asséntate, madre Celestina, tú primero.

CELESTINA. Assentaos vosotros, mis hijos, que harto lugar ay para todos, a Dios gracias. Tanto nos diessen del paraíso quando allá vamos. Poneos en orden cada uno cabe la suya; yo que estoy sola porné cabe mí este jarro y taça, que no es más mi vida de quanto con ello hablo. Después que me fui haziendo vieja no sé mejor officio a la mesa que escanciar, porque quien la miel trata siempre se le pega dello. Pues de noche en invierno no ay tal escalentador de cama; que con dos jarrillos destos que beva, quando me quiero acostar no siento frío en toda la noche. Desto afforro todos mis vestidos quando viene la Navidad; esto me callenta la sangre; esto me sostiene contino en un ser; esto me haze andar siempre alegre; esto me para fresca. Desto vea yo sobrado en casa que nunca temeré el mal año, que un cortezón de pan ratonado me basta para tres días. Esto quita la tristeza del coraçón más que el oro ni el coral. Esto da esfuerço al moço, y al viejo fuerça, pone color al descolorido, corage al covarde, al floxo diligencia, conforta los celebros, saca el frío del stómago, quita el hedor del aliento, haze potentes los fríos, haze sofrir los afanes de las labranças a los cansados segadores, haze sudar toda agua mala, sana el romadizo y las muelas, sostiene sin heder en la mar, lo qual no haze el agua. Más propiedades te diría dello, que todos tenés cabellos. Assí que no sé quien no se goze en mentarlo. No tiene sino una tacha, que lo bueno vale caro y lo malo hace daño. Assí que con lo que sana el hígado, enferma la bolsa, pero todavía con mi fatiga busco lo mejor para esso poco que bevo: una sola dozena de vezes a cada comida, no me harán passar de allí salvo si no soy conbidada como agora.

PÁRMENO. Madre, pues tres vezes dizen que es lo bueno y honesto todos los que scrivieron.

CELESTINA. Hijo, estará corrupta la letra; por treze, tres.

SEMPRONIO. Tía señora, a todos nos sabe bien comiendo y hablando, porque después no havrá tiempo para entender en los amores deste perdido de nuestro amo y de aquella graciosa y gentil Melibea.

ELICIA. ¡Apártateme allá, dessabrido, enojoso; mal provecho te haga lo que comes, tal comida me as dado! Por mi alma, revessar quiero quanto tengo en el cuerpo de asco de oírte llamar a aquélla gentil. ¡Mirad quién gentil! ¡Jesú, Jesú, y qué hastío y enojo es ver tu poca vergüença! ¿A quién gentil? ¡Mal me haga Dios si ella lo es ni tiene parte dello, sino que ay ojos que de lagaña se agradan! Santiguarme quiero de tu necedad y poco conoscimiento. ¡O quién stoviesse de gana para disputar contigo su hermosura y gentileza! ¿Gentil, [gentil] es Melibea? Entonces lo es, entonces acertarán quando andan a pares los diez mandamientos. Aquella hermosura por una moneda se compra de la tienda. Por cierto que conosco yo en la calle donde ella bive, quatro donzellas en quien Dios más repartió su gracia que no en Melibea, que si algo tiene de hermosura es por buenos atavíos que trae. Ponedlos a un palo, tanbién dirés que es gentil. Por mi vida, que no lo digo por alabarme, mas creo que soy tan hermosa como vuestra Melibea.

AREÚSA. Pues no la has tú visto como yo, hermana mía; Dios me lo demande si en ayunas la topasses, si aquel día pudiesses comer de asco. Todo el año se está encerrada con mudas de mil suziedades. Por una vez que haya de salir donde pueda ser vista, enviste su cara con hiel y miel, con unas tostadas y higos passados, y con otras cosas que por reverencia de la mesa dexo de dezir. Las riquezas las hazen a éstas hermosas y ser alabadas, que no las gracias de su cuerpo, que assí goze de mí, unas tetas tiene para ser donzella como si tres vezes oviesse parido; no parescen sino dos grandes calabaças. El vientre no se le he visto, pero juzgando por lo otro creo que le tiene tan floxo como vieja de cinquenta años. No sé qué se ha visto Calisto porque dexa de amar otras que más ligeramente podría aver y con quien más él holgasse, sino que el gusto dañado muchas vezes juzga por dulce lo amargo.

SEMPRONIO. Hermana, parésceme aquí que cada bohonero alaba sus agujas, que el contrario desso se suena por la ciudad.

AREÚSA. Ninguna cosa es más lexos de la verdad que la vulgar opinión; nunca alegre bivirás si por voluntad de muchos te riges. Porque éstas son conclusiones verdaderas. Que qualquier cosa que el vulgo piensa es vanidad, lo que habla falsedad, lo que reprueva es bondad, lo que apprueva, maldad. Y pues éste es su más cierto uso y costumbre, no juzgues la bondad y hermosura de Melibea por esso ser la que affirmas.

SEMPRONIO. Señora, el vulgo parlero no perdona las tachas de sus señores, y assí yo creo que si alguna toviesse Melibea, ya sería descobierta de los que con ella más que nosotros tratan. Y aunque lo que dizes concediesse, Calisto es cavallero, Melibea hijadalgo; assí que los nascidos por linaje escogidos búscanse unos a otros. Por ende no es de maravillar que ame antes a ésta que a otra.

AREÚSA. Ruyn sea quien por ruyn se tiene; las obras hazen linaje, que al fin todos somos hijos de Adam y Eva. Procure de ser cada uno bueno por sí, y no vaya a buscar en la nobleza de sus passados la virtud.

CELESTINA. Hijos, por mi vida, que cessen essas razones de enojo, y tú Elicia, que te tornes a la mesa y dexes essos enojos.

ELICIA. Con tal que mala pro me hiziesse, con tal que rebentasse en comiéndolo. ¿Avía yo de comer con esse malvado que en mi cara me ha porfiado que es más gentil su andrajo de Melibea que yo?

SEMPRONIO. Calla, mi vida, que tú la comparaste; toda comparación es odiosa. Tú tienes la culpa y no yo.

AREÚSA. Ven, hermana, a comer, no hagas agora esse plazer a estos locos porfiados; si no, levantarme he yo de la mesa.

ELICIA. Necessidad de complazerte me haze contentar a esse enemigo mío y usar de virtudes con todos.

SEMPRONIO. ¡He, he, he!

ELICIA. ¿De qué te ríes? ¡De mala cançre sea comida essa boca desgraciada, enojoso!

CELESTINA. No la respondas, hijo, si no, nunca acabaremos; entendamos en lo que haze a nuestro caso. Dezidme ¿cómo quedó Calisto? ¿Cómo le dexastes? ¿Cómo os podistes entramos descabullir dél?

PÁRMENO. Allá fue a la maldición, echando huego, desesperado, perdido, medio loco, a missa a la Madalena a rogar a Dios que te dé gracia, que puedas bien roer los huessos destos pollos, y protestando de no bolver a casa hasta oír que eres venida con Melibea en tu arremango. Tu saya y manto y aun mi sayo cierto stá; lo otro vaya y venga; el quándo lo dará no lo sé.

CELESTINA. Sea quando fuere; buenas son mangas passada la pascua. Todo aquello alegra que con poco trabajo se gana, mayormente viniendo de parte donde tan poca mella haze, de hombre tan rico que con los salvados de su casa podría yo salir de lazería, según lo mucho le sobra. No les duele a los tales lo que gastan y según la causa por que lo dan; no lo sienten con el embevecimiento del amor. No les pena, no veen, no oyen, lo qual yo juzgo por otros que he conoçido menos apassionados y metidos en este huego de amor que a Calisto veo. Que ni comen ni beven, ni ríen ni lloran, ni duermen ni velan, ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos ni se quexan, según la perplexidad de aquella dulce y fiera llaga de sus coraçones. Y si alguna cosa déstas la natural necessidad les fuerça a hazer, están en el acto tan olvidados que comiendo se olvida la mano de llevar la vianda a la boca. Pues si con ellos hablan, jamás conveniente respuesta buelven. Allí tienen los cuerpos, con sus amigas los coraçones y sentidos. Mucha fuerça tiene el amor; no sólo la tierra, mas aun las mares traspassa según su poder. Ygual mando tiene en todo género de hombres; todas las difficultades quiebra. Anxiosa cosa es, temerosa y solícita; todas las cosas mira en derredor. Assí que si vosotros buenos enamorados avés sido, juzgarés yo dezir verdad.

SEMPRONIO. Señora, en todo concedo con tu razón, que aquí está quien me causó algún tiempo andar fecho otro Calisto, perdido el sentido, cansado el cuerpo, la cabeça vana, los días mal durmiendo, las noches todas velando, dando alvoradas, haziendo momos, saltando paredes, poniendo cada día la vida al tablero, esperando toros, corriendo cavallos, tirando barra, echando lança, cansando amigos, quebrando spadas, haziendo scalas, vistiendo armas, y otros mil atos de enamorado; haziendo coplas, pintando motes, sacando invenciones. Pero todo lo doy por bienempleado, pues tal joya gané.

ELICIA. ¿Mucho piensas que me tienes ganada? Pues hágote cierto que no as tú buelto la cabeça quando está en casa otro que más quiere, más gracioso que tú, y aun que no ande buscando cómo me dar enojo; a cabo de un año que me vienes a ver tarde y con mal.

CELESTINA. Hijo, déxala dezir, que devanea; mientra más de esso la oyeres, más se confirma en su amor. Todo es porque avés aquí alabado a Melibea; no sabe en otra cosa que os lo pagar sino en dezir esso, y creo que no vee la hora que aver comido para lo que yo me sé. Pues essotra su prima yo [me] la conozco; gozad vuestras frescas moçedades, que quien tiempo tiene y mejor le espera, tiempo viene que se arrepiente, como yo fago agora por algunas horas que dexé perder quando moça, quando me preciava, quando me querían, que ya, mal pecado, caducado he; nadie no me quiere, que sabe Dios mi buen deseo. Besaos y abraçaos, que a mí no me queda otra cosa sino gozarme de vello. Mientra a la mesa estáys, de la cinta arriba todo se perdona; quando seáys aparte, no quiero poner tassa, pues que el rey no la pone, que yo sé por las mochachas que nunca de importunos os acusen, y la vieja Celestina maxcará de dentera con sus botas enzías las migajas de los manteles. ¡Bendígaos Dios como lo reís y holgáys, putillos, loquillos, traviessos; en esto avía de parar el nublado de las questioncillas que avés tenido; mira no derribés la mesa!

ELICIA. Madre, a la puerta llaman; el solaz es derramado.

CELESTINA. Mira, hija, quién es; por ventura será quien lo acreciente y allegue.

ELICIA. O la boz me engaña, o es mi prima Lucrecia.

CELESTINA. Ábrela y entre ella y buenos años, que aun a ella algo se le entiende desto que aquí hablamos, aunque su mucho encerramiento le impide el gozo de su moçedad.

AREÚSA. Assí goçe de mí, que es verdad, que éstas que sirven a señoras ni gozan deleyte ni conocen los dulces premios de amor. Nunca tratan con parientas, con yguales a quien pueden hablar tú por tú, con quien digan: «¿qué cenaste?; ¿estás preñada?; ¿quántas gallinas crías?; llévame a merendar a tu casa; muéstrame tu enamorado; ¿quánto ha que no te vido?; ¿cómo te va con él?; ¿quién son tus vezinas?» y otras cosas de ygualdad semejantes. ¡O tía, y qué duro nombre y qué grave y sobervio es «señora» contino en la boca. Por esto me bivo sobre mí, desde que me sé conoscer, que jamás me precié de llamar de otrie sino mía. Mayormente destas señoras que agora se usan. Gástase con ellas lo mejor del tiempo, y con una saya rota de las que ellas desechan, pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, contino sojuzgadas, que hablar delante [de] ellas no osan, y quando ven cerca el tiempo de la obligación de casallas, levántales un caramillo que se echan con el moço, o con el hijo, o pídenles çelos del marido, o que meten hombres en casa, o que hurtó la taça, o perdió el anillo; danles un ciento de açotes y échanlas la puerta fuera, las haldas en la cabeça, diziendo: «Allá yrás, ladrona, puta, no destruyrás mi casa y honrra.» Assí que esperan galardón, sacan baldón, esperan salir casadas, salen amenguadas, esperan vestidos y joyas de boda, salen desnudas y denostadas. Éstos son sus premios, éstos son sus beneficios y pagos. Oblíganse a darles marido, quítanles el vestido; la mejor honrra que en sus casas tienen es andar hechas callejeras, de dueña en dueña, con sus mensajes acuestas. Nunca oyen su nombre propio, de la boca dellas, sino puta acá, puta acullá. «¿A dó vas, tiñosa? ¿Qué heziste, vellaca? ¿Por qué comiste esto, golosa? ¿Cómo fregaste la sartén, puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, çuzia? ¿Cómo dixiste esto, necia? ¿Quién perdió el plato, desaliñada? ¿Cómo faltó el paño de manos, ladrona? A tu rufián le avrás dado. Ven acá, mala mujer, la gallina havada no parece; pues búscala presto; si no, en la primera blanca de tu soldada la contaré.» Y tras esto mil chapinazos y pellizcos, palos y açotes. No ay quien las sepa contentar, no quien puede soffrirlas. Su plazer es dar bozes, su gloria es reñir; de lo mejor hecho, menos contentamiento muestran. Por esto, madre, he querido más bivir en mi pequeña casa esenta y señora, que no en sus ricos palacios sojuzgada y cativa.

CELESTINA. En tu seso has estado; bien sabes lo que hazes. Que los sabios dizen que vale más una migaja de pan con paz que toda la casa llena de viandas con renzilla. Mas agora cesse esta razón, que entra Lucrecia.

LUCRECIA. Buena pro os haga, tía, y la compañía. Dios bendiga tanta gente y tan honrrada.

CELESTINA. ¿Tanta, hija? ¿Por mucha has ésta? Bien paresce que no me conociste en mi prosperidad, hoy ha veynte años. ¡Ay, quien me vido y quien me vee agora, no sé cómo no quiebra su coraçón de dolor! Yo vi, mi amor, a esta mesa donde agora están tus primas assentadas, nueve moças de tus días, que la mayor no passava de deziocho años, y ninguna avía menor de quatorze. Mundo es, passe, ande su rueda, rodee sus alcaduces, unos llenos, otros vazíos. Ley es de fortuna que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanesce; su orden es mudanças. No puedo dezir sin lágrimas la mucha honrra que entonces tenía, aunque por mis pecados y mala dicha, poco a poco ha venido en diminución. Como declinavan mis días, assí se disminuía y menguava mi provecho. Proverbio es antiguo que quanto al mundo es, o crece o decrece. Todo tiene sus límites, todo tiene sus grados. Mi honrra llegó a la cumbre según quien yo era; de necessidad es que desmengüe y se abaxe. Cerca ando de mi fin. En esto veo que me queda poca vida. Pero bien sé que sobí para descender, florecí para secarme, gozé para entristecerme, nascí para bivir, biví para crecer, crescí para envejeçer, envejecí para morirme. Y pues esto antes de agora me consta, sofriré con menos pena mi mal, aunque del todo no pueda despedir el sentimiento como sea de carne sensible formada.

LUCRECIA. Trabajo tenías, madre, con tantas moças, que es ganado muy penoso de guardar.

CELESTINA. ¿Trabajo, mi amor? Antes descanso y alivio. Todas me obedescían, todas me honrravan, de todas era acatada; ninguna salía de mi querer; lo que yo dezía era lo bueno; a cada qual dava [su] cobro; no escogían más de lo que les mandava; coxo o tuerto o manco, aquél avían por sano que más dinero me dava. Mío era el provecho, suyo el afán. Pues servidores ¿no tenía por su causa dellas? Cavalleros, viejos [y] moços, abades de todas dignidades, desde obispos hasta sacristanes. En entrando por la yglesia vía derrocar bonetes en mi honor como si yo fuera una duquesa. El que menos avía que negociar conmigo, por más ruyn se tenía. De media legua que me viessen dexavan las horas; uno a uno [y] dos a dos venían a donde yo estava, a ver si mandava algo, a preguntarme cada uno por la suya. [Que hombre avía, que estando diziendo missa] en viéndome entrar se turbavan, que no hazían ni dezían cosa a derechas. Unos me llamavan señora, otros tía, otros enamorada, otros vieja honrrada. Assí se concertavan sus venidas a mi casa, allí las ydas a la suya. Allí se me offrescían dineros, allí promessas, allí otras dádivas, besando el cabo de mi manto, y aun algunos en la cara por me tener más contenta. Agora hame traído la fortuna a tal estado que me digas: «¡Buena pro hagan las çapatas!»

SEMPRONIO. Spantados nos tienes con tales cosas como nos cuentas de essa religiosa gente y benditas coronas. ¿Si que no serían todos?

CELESTINA. No, hijo, ni Dios lo mande que yo tal cosa levante. Que muchos viejos devotos avía con quien yo poco medrava, y aun que no me podían ver, pero creo que de embidia de los otros que me hablavan. Como la cleresía era grande, avía de todos, unos muy castos, otros que tenían cargo de mantener a las de mi officio, y aun todavía creo que no faltan. Y embiavan sus escuderos y moços a que me acompañassen, y apenas era llegada a mi casa quando entravan por mi puerta muchos pollos y gallinas, anserones, anadones, perdizes, tórtolas, perniles de toçino, tortas de trigo, lechones. Cada qual como lo recibía de aquellos diezmos de Dios, assí lo venían luego a registrar para que comiesse yo y aquellas sus devotas. Pues vino, ¿no me sobraba? De lo mejor que se bevía en la ciudad, venido de diversas partes: de Monviedro, de Luque, de Toro, de Madrigal, de San Martín, y de otros muchos lugares, y tantos que aunque tengo la differencia de los gustos y sabor en la boca, no tengo la diversidad de sus tierras en la memoria, que harto es que una vieja como yo en oliendo qualquiera vino diga de dónde es. Pues otros curas sin renta, no era offreçido el bodigo quando en besando el feligrés la stola era de primero boleo en mi casa. Espessos como piedras a tablado entravan mochachos cargados de provisiones por mi puerta. No sé cómo me puedo bivir cayendo de tal stado.

AREÚSA. Por Dios, pues somos venidas a haver plazer, no llores, madre, ni te fatigues, que Dios lo remediará todo.

CELESTINA. Harto tengo, hija, que llorar, acordándome de tan alegre tiempo y tal vida como yo tenía, y quán servida era de todo el mundo, que jamás hovo fruta nueva de que yo primero no gozasse, que otros supiessen si era nascida. En mi casa se avía de allar, si para alguna preñada se buscasse.

SEMPRONIO. Madre, ningún provecho trae la memoria del buen tiempo si cobrar no se puede, antes tristeza; como a ti agora que nos has sacado el plazer dentre las manos. Álcese la mesa; yrnos hemos a holgar, y tú darás respuesta a esta donzella que aquí es venida.

CELESTINA. Hija Lucrecia, dexadas essas razones, querría que me dixiesses qué fue agora tu buena venida.

LUCRECIA. Por cierto, ya se me avía olvidado mi principal demanda y mensaje con la memoria de esse tan alegre tiempo como as contado, y assí me estuviera un año sin comer, escuchándote y pensando en aquella vida buena que aquellas moças gozarían, que me paresce y semeja que estó yo agora en ella. Mi venida, señora, es lo que tú sabrás; pedirte el ceñidero y demás desto, te ruega mi señora sea de ti visitada y muy presto, porque se siente muy fatigada de desmayos y de dolor del coraçón.

CELESTINA. Hija, destos dolorçillos tales más es el ruydo que las nuezes. Maravillada estoy sentirse del coraçón muger tan moça.

LUCRECIA. (¡Assí te arrastren, traydora! ¿Tú no sabes qué es? Haze la vieja falsa sus hechizos y vase; después házese de nuevas.)

CELESTINA. ¿Qué dizes, hija?

LUCRECIA. Madre, que vamos presto y me des el cordón.

CELESTINA. Vamos, que yo le llevo.

Argumento del décimo auto

Mientra andan CELESTINA y LUCRECIA por camino, stá hablando MELIBEA consigo misma. Llegan a la puerta; entra LUCRECIA primero. Haze entrar a CELESTINA. MELIBEA, después de muchas razones, descubre a CELESTINA arder en amor de CALISTO. Veen venir a ALISA, madre de MELIBEA. Despídense den uno. Pregunta ALISA a MELIBEA de los negocios de CELESTINA. Defendióle su mucha conversación.

MELIBEA, LUCRECIA, CELESTINA, ALISA

MELIBEA. ¡O lastimada de mí, o mal proveída donzella! ¿Y no me fuera mejor conceder su petición y demanda ayer a Celestina quando de parte de aquel señor cuya vista me cativó me fue rogado, y contentarle a él, y sanar a mí, que no venir por fuerça a descobrir mi llaga quando no me sea agradescido, quando ya desconfiando de mi buena respuesta aya puesto sus ojos en amor de otra? ¡Quánta más ventaja toviera mi prometimiento rogado que mi offrecimiento forçoso! ¡O mi fiel criada Lucrecia! ¿qué dirás de mí; qué pensarás de mi seso quando me veas publicar lo que a ti jamás he querido descobrir? Cómo te spantarás del rompimiento de mi honestidad y vergüença, que siempre como encerrada donzella acostumbré tener. No sé si avrás barruntado de dónde proceda mi dolor, o si ya viniesses con aquella medianera de mi salud. O soberano Dios, a ti que todos los atribulados llaman, los passionados piden remedio, los llagados medicina, a ti que los cielos, mar [y] tierra, con los infernales centros obedescen, a ti el qual todas las cosas a los hombres sojuzgaste, humilmente suplico: des a mi herido coraçón sofrimiento y paciencia, con que mi terrible passión pueda dissimular, no se desdore aquella hoja de castidad que tengo assentada sobre este amoroso desseo, publicando ser otro mi dolor que no el que me atormenta. Pero ¿cómo lo podré hazer, lastimándome tan cruelmente el ponçoñoso bocado que la vista de su presencia de aquel cavallero me dio? ¡O género femíneo, encogido y frágile! ¿por qué no fue también a las hembras concedido poder descobrir su congoxoso y ardiente amor, como a los varones? Que ni Calisto biviera quexoso ni yo penada.

LUCRECIA. Tía, detente un poquito cabe esta puerta; entraré a ver con quién está hablando mi señora. Entra, entra, que consigo lo ha.

MELIBEA. Lucrecia, echa essa antepuerta. ¡O vieja sabia y honrrada, tú seas bienvenida! ¿Qué te paresce cómo ha quesido mi dicha y la fortuna ha rodeado que yo tuviesse de tu saber necessidad para que tan presto me oviesses de pagar en la misma moneda el beneficio que por ti me fue demandado para esse gentilhombre que curavas con la virtud de mi cordón?

CELESTINA. ¿Qué es, señora, tu mal, que assí muestra las señas de su tormento en las coloradas colores de tu gesto?

MELIBEA. Madre mía, que me comen este coraçón serpientes dentro de mi cuerpo.

CELESTINA. (Bien está; assí lo quería yo. Tú me pagarás, doña loca, la sobra de tu yra.)

MELIBEA. ¿Qué dizes? ¿Has sentido en verme alguna causa donde mi mal proceda?

CELESTINA. No me as, señora, declarado la calidad del mal. ¿Quieres que adevine la causa? Lo que yo digo es que recibo mucha pena de ver triste tu graciosa presencia.

MELIBEA. Vieja honrrada, alégramela tú, que grandes nuevas me an dado de tu saber.

CELESTINA. Señora, el sabidor sólo Dios es. Pero como para salud y remedio de las enfermedades fueron repartidas las gracias en las gentes de hallar las melezinas, dellas por esperiencia, dellas por arte, dellas por natural instinto, alguna partezica alcançó a esta pobre vieja, de la qual al presente podrás ser servida.

MELIBEA. O qué gracioso y agradable me es oírte; saludable es al enfermo la alegre cara del que le visita. Paréceme que veo mi coraçón entre tus manos hecho pedaços, el qual, si tú quisiesses, con muy poco trabajo juntarías con la virtud de tu lengua, no de otra manera que quando vio en sueños aquel grande Alexandre, rey de Macedonia, en la boca del dragón la saludable raíz con que sanó a su criado Tolomeo del bocado de la bívora. Pues, por amor de Dios, te despojes para más diligente entender en mi mal y me des algún remedio.

CELESTINA. Gran parte de la salud es dessearla, por lo qual creo menos peligroso ser tu dolor. Pero para yo dar mediante Dios congrua y saludable melezina es necessario saber de ti tres cosas. La primera, a qué parte de tu cuerpo más declina y aquexa el sentimiento. Otra, si es nuevamente por ti sentido, porque más presto se curan las tiernas enfermedades en sus principios que quando han hecho curso en la perseveración de su officio. Mejor se doman los animales en su primera edad que quando ya es su cuero endurecido, para venir mansos a la melena. Mejor crecen las plantas que tiernas y nuevas se trasponen, que las que frutificando ya se mudan. Muy mejor se despide el nuevo pecado, que aquel que por costumbre antigua cometemos cada día. La tercera, si procedió de algún cruel pensamiento que assentó en aquel lugar. Y esto sabido, verás obrar mi cura. Por ende cumple que al médico como al confessor se hable toda verdad abiertamente.

MELIBEA. Amiga Celestina, muger bien sabia y maestra grande, mucho has abierto el camino por donde mi mal te pueda specificar. Por cierto, tú lo pides como mujer bien esperta en curar tales enfermedades. Mi mal es de coraçón, la ysquierda teta es su aposentamiento; tiende sus rayos a todas partes. Lo segundo, es nuevamente nascido en mi cuerpo, que no pensé jamás que podía dolor privar el seso como éste haze; túrbame la cara; quítame el comer; no puedo dormir; ningún género de risa querría ver. La causa o pensamiento, que es la final cosa por ti preguntada de mi mal, ésta no sabré dezirte, porque ni muerte de deudo ni pérdida de temporales bienes ni sobresalto de visión ni sueño desvariado ni otra cosa puedo sentir que fuesse, salvo [la] alteración que tú me causaste con la demanda que sospeché de parte de aquel cavallero Calisto quando me pediste la oración.

CELESTINA. ¿Cómo, señora, tan mal hombre es aquél, tan mal nombre es el suyo que en sólo ser nombrado trae consigo ponçoña su sonido? No creas que sea éssa la causa de tu sentimiento, antes otra que yo barrunto; y pues que ansí es, si tu licencia me das, yo, señora, te la diré.

MELIBEA. ¿Cómo, Celestina, qué es esse nuevo salario que pides? ¿De licencia tienes tú necessidad para me dar la salud? ¿Quál médico jamás pidió tal seguro para curar al paciente? Di, di, que siempre la tienes de mí, tal que mi honrra no dañes con tus palabras.

CELESTINA. Véote, señora, por una parte quexar el dolor, por otra temer la melezina. Tu temor me pone miedo, el miedo silencio, el silencio tregua entre tu llaga y mi melezina; assí que será causa que ni tu dolor cesse, ni mi venida aproveche.

MELIBEA. Quanto más dilatas la cura, tanto más me acrecientas y multiplicas la pena y passión. ¡O tus melezinas son de polvos de infamia y licor de corruptión, confacionados con otro más crudo dolor que el que de parte del paciente se siente, o no es ninguno tu saber! Porque si lo uno o lo otro no te impidiesse qualquiera remedio otro darías sin temor, pues te pido le muestres, quedando libre mi honrra.

CELESTINA. Señora, no tengas por nuevo ser más fuerte de sofrir al herido la ardiente trementina y los ásperos puntos que lastiman lo llagado, doblan la passión, que no la primera lisión que dio sobre sano. Pues si tú quieres ser sana y que te descubra la punta de mi sotil aguja sin temor, haz para tus manos y pies una ligadura de sosiego, para tus ojos una cobertura de piedad, para tu lengua un freno de silencio para tus oídos unos algodones de sofrimiento y paciencia, y verás obrar a la antigua maestra destas llagas.

MELIBEA. ¡O cómo me muero con tu dilatar! Di, por Dios, lo que quisieres, haz lo que supieres, que no podrá ser tu remedio tan áspero que yguale con mi pena y tormento. Agora toque en mi honrra, agora dañe mi fama, agora lastime mi cuerpo, aunque sea romper mis carnes para sacar mi dolorido coraçón, te doy mi fe ser segura, y si siento alivio, bien galardonada.

LUCRECIA. (El seso tiene perdido mi señora. Gran mal es éste; cativádola ha esta hechizera.)

CELESTINA. (Nunca me ha de faltar un diablo acá y acullá; scapóme Dios de Pármeno; topóme con Lucrecia.)

MELIBEA. ¿Qué dizes, amada maestra? ¿Qué te hablava essa moça?

CELESTINA. No le oí nada, pero diga lo que dixere, sabe que no ay cosa más contraria en las grandes curas delante los animosos çurujanos que los flacos coraçones, los quales con su gran lástima, con sus dolorosas hablas, con sus sentibles meneos, ponen temor al enfermo, hazen que desconfíe de la salud, y al médico enojan y turban, y la turbación altera la mano, rige sin orden la aguja. Por donde se puede conocer claro que es muy necessario para tu salud que no esté persona delante, y assí que la deves mandar salir; y tú, hija Lucrecia, perdona.

MELIBEA. Salte fuera, presto.

LUCRECIA. (¡Ya, ya, todo es perdido!) Ya me salgo, señora.

CELESTINA. Tanbién me da osadía tu gran pena, como ver que con tu sospecha has ya tragado alguna parte de mi cura. Pero todavía es necessario traer más clara melezina y más saludable descanso de casa de aquel cavallero Calisto.

MELIBEA. Calla, por Dios, madre, no traygan de su casa cosa para mi provecho, ni le nombres aquí.

CELESTINA. Sufre, señora, con paciencia, que es el primer punto y principal. No se quiebre, si no, todo nuestro trabajo es perdido. Tu llaga es grande, tiene necessidad de áspera cura; y lo duro con duro se ablanda más efficazmente, y dizen los sabios que la cura del lastimero médico dexa mayor señal, y que nunca peligro sin peligro se vence. Ten paciencia, que pocas vezes lo molesto sin molestia se cura; y un clavo con otro se espelle, y un dolor con otro. No concibas odio ni desamor, ni consientas a tu lengua dezir mal de persona tan virtuosa como Calisto, que si conoscido fuesse...

MELIBEA. ¡O por Dios, que me matas! ¿Y no [te] tengo dicho que no me alabes esse hombre, ni me le nombres en bueno ni en malo?

CELESTINA. Señora, este es otro y segundo punto, el qual si tú con tu mal sofrimiento no consientes, poco aprovechará mi venida, y si como prometiste lo sufres, tú quedarás sana y sin deubda, y Calisto sin quexa y pagado. Primero te avisé de mi cura y desta invisible aguja que sin llegar a ti sientes en solo mentarla en mi boca.

MELIBEA. Tantas vezes me nombrarás esse tu cavallero que ni mi promessa baste, ni la fe que te di a sufrir tus dichos. ¿De qué ha de quedar pagado? ¿Qué le devo yo a él? ¿Qué le soy en cargo? ¿Qué ha hecho por mí? ¿Qué necessario es él aquí para el propósito de mi mal? Más agradable me sería que rasgasses mis carnes y sacasses mi coraçón, que no traer essas palabras aquí.

CELESTINA. Sin te romper las vistiduras se lançó en tu pecho el amor; no rasgaré yo tus carnes para le curar:

MELIBEA. ¿Cómo, dizes que llaman a este mi dolor, que assí se ha enseñoreado en lo mejor de mi cuerpo?

CELESTINA. Amor dulce.

MELIBEA. Esso me declara qué es, que en sólo oírlo me alegro.

CELESTINA. Es un huego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.

MELIBEA. ¡Ay, mezquina de mí! Que si verdad es tu relación, dudosa será mi salud, porque según la contrariedad que estos nombres entre sí muestran, lo que al uno fuere provechoso acarreará al otro más passión.

CELESTINA. No desconfíe, señora, tu noble juventud de salud; [que] quando el alto Dios da la llaga, tras ella embía el remedio. Mayormente que sé yo al mundo nascida una flor que de todo esto te delibre.

MELIBEA. ¿Cómo se llama?

CELESTINA. No te lo oso dezir.

MELIBEA. Di, no temas.

CELESTINA. Calisto. O, por Dios, señora Melibea, ¿qué poco esfuerço es éste? ¿Qué descaescimiento? ¡O mezquina yo; alça la cabeça! ¡O malaventurada vieja, en esto han de parar mis passos! Si muere, matarme han; aunque biva, seré sentida, que ya no podrá sofrir[se] de no publicar su mal y mi cura. Señora mía, Melibea, ángel mío, ¿qué as sentido? ¿Qué es de tu habla graciosa? ¿Qué es de tu color alegre? Abre tus claros ojos. Lucrecia, Lucrecia, entra presto acá, verás amortescida a tu señora entre mis manos; baxa presto por un jarro dagua.

MELIBEA. Passo, passo, que yo me esforçaré; no escandalizes la casa.

CELESTINA. ¡O cuytada de mí! No te descaezcas; señora, háblame como sueles.

MELIBEA. Y muy mejor, calla, no me fatigues.

CELESTINA. Pues ¿qué me mandas que haga, perla preciosa? ¿Qué ha sido este tu sentimiento? Creo que se van quebrando mis puntos.

MELIBEA. Quebróse mi honestidad, quebróse mi empacho, afloxó mi mucha vergüença. Y como muy naturales, como muy domésticos, no pudieran tan livianamente despedirse de mi cara que no llevassen consigo su color por algún poco de spacio, mi fuerça, mi lengua, y gran parte de mi sentido. O pues ya, mi nueva maestra, mi fiel secretaria, lo que tú tan abiertamente conosces en vano trabajo por te lo encobrir. Muchos y muchos días son passados que esse noble cavallero me habló en amor, tanto me fue entonces su habla enojosa quanto después que tú me lo tornaste a nombrar, alegre. Cerrado han tus puntos mi llaga, venida soy en tu querer. En mi cordón le llevaste embuelta la possessión de mi libertad. Su dolor de muelas era mi mayor tormento, su pena era la mayor mía. Alabo y loo tu buen sofrimiento, tu cuerda osadía, tu liberal trabajo, tus solícitos y fieles passos, tu agradable habla, tu buen saber, tu demasiada solicitud, tu provechosa importunidad. Mucho te deve esse señor y más yo, que jamás pudieron mis reproches aflacar tu esfuerço y perseverar, confiando en tu mucha astucia. Antes, como fiel servidora, quando más denostada, más diligente, quando más disfavor, más esfuerço, quando peor respuesta, mejor cara, quando yo más ayrada, tú más humilde. Postpuesto todo temor, as sacado de mi pecho lo que jamás a ti ni a otro pensé descobrir.

CELESTINA. Amiga y señora mía, no te maravilles, porque estos fines con efecto me dan osadía a sofrir los ásperos y scrupulosos desvíos de las encerradas donzellas como tú. Verdad es que ante que me determinasse, assí por el camino, como en tu casa, estuve en grandes dubdas si te descobriría mi petición. Visto el gran poder de tu padre, temía. Mirando la gentileza de Calisto, osava. Vista tu discreción, me reçelava. Mirando tu virtud y humanidad, me esforçava. En lo uno hallava el miedo, [y] en lo otro la seguridad. Y pues assí, señora, has quesido descobrir la gran merced que nos as hecho; declara tu voluntad, echa tus secretos en mi regaço. Pon en mis manos el concierto deste concierto. Yo daré forma cómo tu desseo y el de Calisto sean en breve complidos.

MELIBEA. ¡O mi Calisto y mi señor, mi dulce y suave alegría! Si tu coraçón siente lo que agora el mío, maravillada estoy cómo la absencia te consiente bivir. ¡O mi madre y mi señora, haz de manera como luego le pueda ver, si mi vida quieres!

CELESTINA. Ver y hablar.

MELIBEA.. ¿Hablar? Es impossible.

CELESTINA. Ninguna cosa a los hombres que quieren hazerla es impossible.

MELIBEA. Dime cómo.

CELESTINA. Yo lo tengo pensado; yo te lo diré. Por entre las puertas de tu casa.

MELIBEA. ¿Quándo?

CELESTINA. Esta noche.

MELIBEA. Gloriosa me serás si lo ordenas; di a qué hora.

CELESTINA. A las doze.

MELIBEA. Pues ve, mi señora, mi leal amiga, y habla con aquel señor y que venga muy passo, y dallí se dará concierto según su voluntad a la hora que has ordenado.

CELESTINA. Adiós, que viene hazia acá tu madre.

MELIBEA. Amiga Lucrecia, [y] mi leal criada y fiel secretaria; ya as visto cómo no ha sido más en mi mano; cativóme el amor de aquel cavallero; ruégote por Dios se cubra con secreto sello porque yo goze de tan suave amor. Tú serás de mí tenida en aquel grado que merece tu fiel servicio.

LUCRECIA. Señora, mucho antes de agora tengo sentida tu llaga y callado tu desseo; hame fuertemente dolido tu perdición. Quanto tú más me querías encobrir y celar el fuego que te quemava, tanto más sus llamas se manifestavan en la color de tu cara, en el poco sossiego del coraçón, en el meneo de tus miembros, en comer sin gana, en el no dormir. Assí que contino se te caían como de entre las manos señales muy claras de pena. Pero como en los tiempos que la voluntad reyna en los señores, o desmedido apetito, cumple a los servidores obedecer coc diligencia corporal y no con artificiales consejos de lengua; çofría con pena, callava con temor, encobría con fieldad, de manera que fuera mejor el áspero consejo que la blanda lisonja. Pero, pues ya no tiene tu merced otro medio sino morir o amar, mucha razón es que se escoja por mejor aquello que en sí lo es.

ALISA. ¿En qué andas acá, vezina, cada día?

CELESTINA. Señora, faltó ayer un poco de hilado al peso y vínelo a complir, porque di mi palabra; y traído, voyme; quede Dios contigo.

ALISA. Y contigo vaya. Hija Melibea, ¿qué quería la vieja?

MELIBEA. [Señora,] venderme un poquito de solimán.

ALISA. Esso creo yo más que lo que la vieja ruyn dixo; pensó que recibiría yo pena dello y mintióme. Guárdate, hija, della, que es gran traydora, que el sotil ladrón siempre rodea las ricas moradas. Sabe ésta con sus trayciones, con sus falsas mercadurías, mudar los propósitos castos; daña la fama; a tres vezes que entra en una casa, engendra sospecha.

LUCRECIA. (Tarde acuerda nuestra ama).

ALISA. Por amor mío, hija, que si acá tornare sin verla yo, que no ayas por bien su venida ni la recibas con plazer; halle en ti honestidad en tu respuesta y jamás bolverá; que la verdadera virtud más se teme que spada.

MELIBEA. ¿Déssas es? Nunca más; bien huelgo, señora, de ser avisada, por saber de quién me tengo de guardar.

Argumento del onzeno auto

Despedida CELESTINA de MELIBEA, va por la calle sola hablando. Vee a SEMPRONIO y PÁRMENO que van a la Madalena por su señor. SEMPRONIO habla con CALISTO. Sobreviene CELESTINA. Van a casa de CALISTO. Declárale CELESTINA su mensaje y negocio recaudado con MELIBEA. Mientra ellos en essas razones están, PÁRMENO y SEMPRONIO entre sí hablan. Despídese CELESTINA de CALISTO, va para su casa, llama a la puerta. ELICIA le viene a abrir. Cenan y vanse a dormir.

CELESTINA, SEMPRONIO, CALISTO, PÁRMENO, ELICIA

CELESTINA. ¡Ay Dios, si llegasse a mi casa con mi mucha alegría acuestas! A Pármeno y a Sempronio veo yr a la Madalena; tras ellos me voy, y si aí [no] estoviere Calisto passaremos a su casa a pedirle [las] albricias de su gran gozo.

SEMPRONIO. Señor, mira que tu estada es dar a todo el mundo qué decir. Por Dios, que huygas de ser traído en lenguas, que al muy devoto llaman ypócrita. ¿Qué dirán sino que andas royendo los santos? Si passión tienes, súfrela en tu casa; no te sienta la tierra; no descubras tu pena a los estraños, pues está en manos el pandero que le sabrá bien tañer.

CALISTO. ¿En qué manos?

SEMPRONIO. De Celestina.

CELESTINA. ¿Qué nombráys a Celestina? ¿Qué dezís desta esclava de Calisto? Toda la calle del Arcediano vengo a más andar tras vosotros por alcançaros, y jamás he podido con mis luengas haldas.

CALISTO. O joya del mundo, acerro de mis passiones, spejo de mi vista; el coraçón se me alegra en ver essa honrrada presencia, essa noble senetud; dime con qué vienes. ¿Qué nuevas traes? Que te veo alegre y no sé en qué está mi vida.

CELESTINA. En mi lengua.

CALISTO. ¿Qué dizes, gloria y descanso mío? Declárame más lo dicho.

CELESTINA. Salgamos, señor, de la yglesia, y de aquí a la casa te contaré algo con que te alegres de verdad.

PÁRMENO. (Buena viene la vieja, hermano; recabdado deve de aver.

SEMPRONIO. Escúcha[la].)

CELESTINA. Todo este día, señor, he trabajado en tu negocio, y he dexado perder otros en que harto me yva; muchos tengo quexosos por tener[te] a ti contento. Más he dexado de ganar que piensas, pero todo vaya en buena hora, pues tan buen recaudo traygo. Y óyeme, que en pocas palabras te lo diré, que soy corta de razón. A Melibea dexo a tu servicio.

CALISTO. ¿Qué es esto que oygo?

CELESTINA. Que es más tuya que de sí mesma; más está a tu mandado y querer que de su padre Pleberio.

CALISTO. Habla cortés, madre, no digas tal cosa, que dirán estos moços que estás loca. Melibea es mi señora, Melibea es mi dios, Melibea es mi vida: yo su cativo, yo su siervo.

SEMPRONIO. (Con tu desconfiança, señor, con tu poco preciarte, con tenerte en poco, hablas essas cosas con que atajas su razón. A todo el mundo turbas diziendo desconciertos. ¿De qué te santiguas? Dale algo por su trabajo; harás mejor, que esso esperan essas palabras.

CALISTO. Bien as dicho.) Madre mía, yo sé cierto que jamás ygualaré tu trabajo y mi liviano gualardón. En lugar de manto y saya, por que no se dé parte a officiales, toma esta cadenilla; ponla al cuello, y procede en tu razón y mi alegría.

PÁRMENO. (¿Cadenilla la llama? ¿No lo oyes, Sempronio? No estima el gasto. Pues yo te certifico no diesse mi parte por medio marco de oro, por mal que la vieja la reparta.

SEMPRONIO. Oírte ha nuestro amo; ternemos en él que amansar y en ti que sanar, según está hinchado de tu mucho murmurar. Por mi amor, hermano, que oygas y calles, que por esso te dio Dios dos oídos y una lengua sola.

PÁRMENO. ¡Oyrá el diablo!; está colgado de la boca de la vieja, sordo y mudo y ciego, hecho personaje sin son, que aunque le diéssemos higas, diría que alçávamos las manos a Dios, rogando por buen fin de sus amores.

SEMPRONIO. Calla, oye, escucha bien a Celestina; en mi alma, todo lo mereçe y más que le diesse; mucho dize.)

CELESTINA. Señor Calisto, para tan flaca vieja como yo, de mucha franqueza usaste. Pero como todo don o dádiva se juzgue grande o chica respecto del que lo da, no quiero traer a consequencia mi poco merecer, ante quien sobra en qualidad y en quantidad. Mas medirse ha con tu magnificencia, ante quien no es nada. En pago de la qual te restituyo tu salud que yva perdida; tu coraçón que [te] faltava, tu seso que se alterava. Melibea pena por ti más que tú por ella; Melibea te ama y dessea ver; Melibea piensa más horas en tu persona que en la suya, Melibea se llama tuya, y esto tiene por título de libertad, y con esto amansa el huego que más que a ti le quema.

CALISTO. Moços, ¿estó yo aquí? Moços, ¿oygo yo esto? Moços, mirad si estoy despierto. ¿Es de día o de noche? O Señor Dios, Padre celestial, ruégote que esto no sea sueño; despierto pues stoy. Si burlas, señora, de mí por me pagar en palabras, no temas, di verdad, que para lo que tú de mí as recebido, más mereçen tus passos.

CELESTINA. Nunca el coraçón lastimado de desseo toma la buena nueva por cierta, ni la mala por dudosas. Pero si burlo o si no, verlo as, yendo esta noche según el concierto dexo con ella, a su casa, en dando el relox doze, a la hablar por entre las puertas; de cuya boca sabrás más por entero mi solicitud y su desseo, y el amor que te tiene y quién lo ha causado.

CALISTO. Ya, ya, ¿tal cosa espero? ¿Tal cosa es possible aver de passar por mí? Muerto soy de aquí allá; no soy capaz de tanta gloria, no merecedor de tan gran merced, no dignos de hablar con tal señora de su voluntad y grado.

CELESTINA. Siempre lo oí dezir que es más diffícile de sofrir la próspera fortuna que la adversa, que la una no tiene sossiego y la otra tiene consuelo. ¿Cómo, señor Calisto, y no mirarías quién tú eres? ¿No mirarías el tiempo que as gastado en su servicio? ¿No mirarías a quién as puesto entremedias? Y assimismo que hasta agora siempre as estado dubdoso de la alcançar y tenías sofrimiento. Agora que te certifico el fin de tu penar, quieres poner fin a tu vida. Mira, mira, que está Celestina de tu parte, y que aunque todo te faltasse lo que en un enamorado se requiere, te vendería por el más acabado galán del mundo, que haría llanas las peñas para andar; que te haría las más creçidas aguas corrientes passar sin mojarte. Mal conoces a quien tú das dinero.

CALISTO. Cata, señora, ¿qué me dizes? ¿Que verná de su grado?

CELESTINA. Y aun de rodillas.

SEMPRONIO. No sea ruydo hechizo, que nos quieren tomar a manos a todos; cata, madre, que assí se suelen dar las çaraças en pan embueltas, porque no las sienta el gusto.

PÁRMENO. Nunca te oí dezir mejor cosa; mucha sospecha me pone el presto conceder de aquella señora, y venir tan aína en todo su querer de Celestina, engañando nuestra voluntad con sus palabras dulces y prestas, por hurtar por otra parte, como hazen los de Egipto quando el signo nos catan en la mano. Pues alahé, madre, con dulces palabras están muchas injurias vengadas; el falso boyzuelo con su blando cencerrar trae las perdizes a la red; el canto de la serena engaña los simples marineros con su dulçor; assí ésta con su mansedumbre y concessión presta querrá tomar una manada de nosotros a su salvo. Purgará la innocencia con la honrra de Calisto, y con nuestra muerte. Assí como corderita mansa que mama su madre y la ajena, ella con su segurar tomará la vengança de Calisto en todos nosotros, de manera que, con la mucha gente que tiene, podrá caçar padres y hijos en una nidada, y tú estarte as rascando a tu huego, diziendo «A salvo está el que repica».

CALISTO. Callad, locos, vellacos, sospechosos; parece que days a entender que los ángeles sepan hazer mal. Sí que Melibea ángel dissimulado es, que bive entre nosotros.

SEMPRONIO. (Todavía te buelves a tus eregías. Escúchale, Pármeno, no te pene nada, que si fuere trato doble, él lo pagará, que nosotros buenos pies tenemos.)

CELESTINA. Señor, tú estás en lo cierto; vosotros cargados de sospechas vanas; yo he hecho todo lo que a mí era a cargo. Alegre te dexo; Dios te libre y aderece; pártome muy contenta. Si fuere menester para esto o para más, allí estoy muy aparejada a tu servicio.

PÁRMENO. (¡Hy, hy, hy!

SEMPRONIO. ¿De qué te ríes, por tu vida, [Pármeno]?

PÁRMENO. De la priessa que la vieja tiene por yrse; no vee la hora que haver despegado la cadena de casa; no puede creer que la tenga en su poder, ni que se la han dado de verdad; no se halla digna de tal don, tan poco como Calisto de Melibea.

SEMPRONIO. Qué quieres que haga una puta alcahueta, que sabe y entiende lo que nosotros [nos] callamos y suele hazer siete virgos por dos monedas, después de verse cargada de oro, sino ponerse en salvo con la possessión, con temor no se la tornen a tomar después que ha complido de su parte aquello para que era menester. ¡Pues guárdese del diablo, que sobre el partir no le saquemos el alma!)

CALISTO. Dios vaya contigo, [mi] madre. Yo quiero dormir y reposar un rato para satisfazer a las passadas noches y complir con la por venir.

CELESTINA. ¡Tha, tha, tha, tha!

ELICIA. ¿Quién llama?

CELESTINA. Abre, hija Elicia.

ELICIA. ¿Cómo vienes tan tarde? No lo deves hazer, que eres vieja; tropeçarás donde caygas y mueras.

CELESTINA. No temo esso, que de día me aviso por do venga de noche, que jamás me subo por poyo ni calçada si no por medio de la calle. Porque como dizen, no da passo seguro quien corre por el muro, y que aquel va más sano que anda por llano. Más quiero ensuziar mis çapatos con el lodo que ensangrentar las tocas y los cantos. Pero no te duele a ti en esse lugar.

ELICIA. Pues, ¿qué me ha de doler?

CELESTINA. Que se fue la compañía; que te dexé y quedaste sola.

ELICIA. Son passadas quatro horas después; ¿y avíaseme de acordar desso?

CELESTINA. Quanto más presto te dexaron, más con razón lo sentiste. Pero dexemos su yda y mi tardança; entendamos en cenar y dormir.

Argumento del dozeno auto

Llegando medianoche, CALISTO, SEMPRONIO y PÁRMENO, armados, van para casa de MELIBEA. LUCRECIA y MELIBEA están cabe la puerta, aguardando a CALISTO. Viene CALISTO. Háblale primero LUCRECIA. Llama a MELIBEA. Apártase LUCRECIA. Háblanse por entre las puertas MELIBEA y CALISTO. PÁRMENO y SEMPRONIO de su cabo departen. Oyen gentes por la calle. Apercíbense para huyr. Despídese CALISTO de MELIBEA, dexando concertada la tornada para la noche siguiente. PLEBERIO, al son del ruydo que havía en la calle, despiértase. Llama a su muger, ALISA. Pregunta a MELIBEA quién da patadas en su cámara. Responde MELIBEA a su padre, PLEBERIO, fingendo que tenía sed. CALISTO con sus criados va para su casa hablando. Échase a dormir. PÁRMENO y SEMPRONIO van a casa de CELESTINA. Demandan su parte de la ganancia. Dissimula CELESTINA. Vienen a reñir. Échanle mano a CELESTINA; mátanla. Da bozes ELICIA. Viene la justicia y préndelos ambos.

CALISTO, SEMPRONIO, LUCRECIA, MELIBEA, PLEBERIO, ALISA, CELESTINA, ELICIA

CALISTO. Moços, ¿qué hora da el relox?

SEMPRONIO. Las diez.

CALISTO. ¡O cómo me descontenta el olvido en los moços! De mi mucho acuerdo en esta noche y tu descuydar y olvido se haría una razonable memoria y cuydado. ¿Cómo, desatinado, sabiendo quánto me va [Sempronio,] en ser diez o onze, me respondías a tiento lo que más aína se te vino a la boca? O cuytado de mí, si por caso me oviera dormido y colgara mi pregunta de la respuesta de Sempronio para hazer[me] de onze diez, y assí de doze onze, saliera Melibea, yo no fuera ydo, tornárase; de manera que ni mi mal oviera fin ni mi desseo execución. No se dize embalde que mal ajeno de pelo cuelga.

SEMPRONIO. Tanto yerro [, señor,] me pareçe sabiendo preguntar como ignorando responder. [Mas éste mi amo tiene gana de reñir y no sabe cómo.

PÁRMENO.] Mejor sería, señor, que se gastasse esta hora que queda en adereçar armas que en buscar questiones.

CALISTO. Bien me dize este necio; no quiero en tal tiempo recebir enojo, ni quiero pensar en lo que pudiera venir, sino en lo que fue, no en el daño que resultara de su negligencia, sino en el provecho que verná de mi solicitud. Quiero dar spacio a la yra, que o se me quitará o se me ablandará. [Pues] descuelga, Pármeno, mis coraças y armaos vosotros, y assí yremos a buen recaudo. Porque, como dizen, el hombre apercebido, medio combatido.

PÁRMENO. Helas aquí, señor.

CALISTO. Ayúdame aquí a vestirlas. Mira tú, Sempronio, si parece alguno por la calle.

SEMPRONIO. Señor, ninguna gente pareçe, y aunque la oviesse, la mucha escuridad privaría el viso y conoscimiento a los que nos encontrassen.

CALISTO. Pues andemos por esta calle, aunque se rodee alguna cosa, porque más encobiertos vamos. Las doze da ya; buena hora es.

PÁRMENO. Cerca estamos.

CALISTO. A buen tiempo llegamos. Párate tú, Pármeno, a ver si es venida aquella señora por entre las puertas.

PÁRMENO. ¿Yo, señor? Nunca Dios mande que sea en dañar lo que no concerté; mejor será que tu presencia sea su primer encuentro, porque viéndome a mí no se turbe de ver que de tantos es sabido lo que tan ocultamente quería hazer, y con tanto temor haze, o porque quiçá pensará que la burlaste.

CALISTO. ¡O qué bien as dicho!; la vida me as dado con tu sotil aviso. Pues no era más menester para me llevar muerto a casa que bolverse ella por mi mala providencia. Yo me llego allá; quedaos vosotros en esse lugar.

PÁRMENO. ¿Qué te pareçe, Sempronio, cómo el necio de nuestro amo pensava tomarme por broquel para el encuentro del primer peligro? ¿Qué sé yo quién está tras las puertas cerradas? ¿Qué sé yo si ay alguna trayción? ¿Qué sé yo si Melibea anda por que le pague nuestro amo su mucho atrevimiento desta manera? Y más, aun no somos muy ciertos dezir verdad la vieja. No sepas hablar, Pármeno; sacarte han el alma sin saber quién; no seas lisonjero como tu amo quiere y jamás llorarás duelos ajenos. No tomes en lo que te cumple el consejo de Celestina y hallarte as ascuras. Ándate aí con tus consejos y amonestaciones fieles; darte han de palos; no bolvas la hoja, y quedarte as a buenas noches. Quiero hazer cuenta que hoy me nascí, pues de tal peligro me escapé.

SEMPRONIO. Passo, passo, Pármeno, no saltes ni hagas esse bollicio de plazer, que darás causa a que seas sentido.

PÁRMENO. Calla, hermano, que no me allo de alegría; cómo le hize creer, que por lo que a él cumplía dexava de yr y era por mi seguridad. ¿Quién supiera assí rodear su provecho como yo? Muchas cosas me verás hazer, si estás aquí adelante atento, que no las sientan todas personas, assí con Calisto como con quantos en este negocio suyo se entremetieren. Porque soy cierto que esta donzella ha de ser para él çevo de anzuelo o carne de buytrera, que suelen pagar bien el escote los que a comerla vienen.

SEMPRONIO. Anda, no te penen a ti essas sospechas, aunque salgan verdaderas. Apercíbete, a la primera boz que oyeres, tomar calças de Villadiego.

PÁRMENO. Leído as donde yo; en un coraçón estamos; calgas traygo, y aun borzeguíes de essos ligeros que tú dizes para mejor huyr que otro. Plázeme que me as, hermano, avisado de lo que yo no hiziera de vergüença de ti; que nuestro amo si es sentido, no temo que se escapará de manos de esta gente de Pleberio, para podernos después demandar cómo lo hezimos y incusarnos el huyr.

SEMPRONIO. O Pármeno, amigo, quán alegre y provechosa es la conformidad en los compañeros; aunque por otra cosa no nos fuera buena Celestina, era harta [la] utilidad la que por su causa nos ha venido.

PÁRMENO. Ninguno podrá negar lo que por sí se muestra. Manifiesto es que con vergüença el uno del otro, por no ser odiosamente acusado de covarde, esperáramos aquí la muerte con nuestro amo, no siendo más de él merecedor della.

SEMPRONIO. Salido deve aver Melibea; escucha, que hablan quedito.

PÁRMENO. ¡O cómo temo que no sea ella, sino alguno que finja su boz!

SEMPRONIO. Dios nos libre de traydores; no nos ayan tomado la calle por do tenemos de huyr, que de otra cosa no tengo temor.

CALISTO. Este bullicio más de una persona lo haze; quiero hablar, sea quien fuere. ¡Ce, señora mía!

LUCRECIA. La boz de Calisto es ésta; quiero llegar. ¿Quién habla? ¿Quién está fuera?

CALISTO. Aquel que viene a complir tu mandado.

LUCRECIA. ¿Por qué no llegas, señora? Llega sin temor acá, que aquel cavallero está aquí.

MELIBEA. Loca, habla, passo; mira bien si es él.

LUCRECIA. Allégate, señora, que sí es, que yo le conosco en la boz.

CALISTO. Cierto soy burlado. No era Melibea la que me habló. ¡Bullicio oygo; perdido soy! Pues biva o muera, que no he de yr de aquí.

MELIBEA. Vete, Lucrecia, acostar un poco. Ce, señor, ¿cómo es tu nombre? ¿Quién es el que te mandó aí venir?

CALISTO. Es la que tiene mereçimiento de mandar a todo el mundo, la que dignamente servir yo no merezco. No tema tu merced de se descobrir a este cativo de su gentileza, que el dulçe sonido de tu habla que jamás de mis oídos se cae, me certifica ser tú mi señora Melibea. Yo soy tu siervo Calisto.

MELIBEA. La sobrada osadía de tus mensajes me ha forçado a haverte de hablar, señor Calisto, que aviendo avido de mí la passada respuesta a tus razones, no sé qué piensas más sacar de mi amor de lo que entonces te mostré. Desvía estos vanos y locos pensamientos de ti, por que mi honrra y persona estén sin detrimiento de mala sospecha seguras. A esto fue aquí mi venida, a dar concierto en tu despedida y mi reposo. No quieras poner mi fama en la balança de las lenguas maldizientes.

CALISTO. A los coraçones aparejados con apercibimiento rezio contra las adversidades, ninguna puede venir que passe de claro en claro la fuerça de su muro. Pero el triste que, desarmado y sin proveer los engaños y celadas, se vino a meter por las puertas de tu seguridad, qualquiera cosa que en contrario vea, es razón que me atormente y passe, rompiendo todos los almazenes en que la dulçe nueva estava aposentada. ¡O malaventurado Calisto, o quán burlado as sido de tus sirvientes! ¡O engañosa mujer, Celestina, dexárasme acabar de morir, y no tornaras a bivificar mi esperança para que tuviesse más que gastar el fuego que ya me aquexa! ¿Por qué falsaste la palabra desta mi señora? ¿Por qué as assí dado con tu lengua causa a mi desesperación? ¿A qué me mandaste aquí venir para que me fuesse mostrado el disfavor, el entredicho, la desconfiança, el odio por la mesma boca desta que tiene las llaves de mi perdición y gloria? O enemiga, ¿y tú no me dixiste que esta mi señora me era favorable? ¿No me dixiste que de su grado mandava venir este su cativo al presente lugar, no para me desterrar nuevamente de su presencia, pero para alçar el destierro, ya por otro su mandamiento puesto ante de agora? ¿En quién hallaré yo fe? ¿Adónde ay verdad? ¿Quién careçe de engaño? ¿Adónde no moran falsarios? ¿Quién es claro enemigo? ¿Quién es verdadero amigo? ¿Dónde no se fabrican trayciones? ¿Quién osó darme tan cruda esperança de perdición?

MELIBEA. Cessen, señor mío, tus verdaderas querellas, que ni mi coraçón basta para las sofrir, ni mis ojos para lo dissimular. Tú lloras de tristeza juzgándome cruel; yo lloro de plazer viéndote tan fiel. ¡O mi señor y mi bien todo, quánto más alegre me fuera poder veer tu haz que oír tu boz! Pero pues no se puede al presente más hazer, toma la firma y sello de las razones que te embié scritas en la lengua de aquella solícita mensajera. Todo lo que te dixo confirmo; todo he por bueno; limpia, señor, tus ojos; ordena de mí a tu voluntad.

CALISTO. ¡O señora mía, esperança de mi gloria, descanso y alivio de mi pena; alegría de mi coraçón! ¿Qué lengua será bastante para te dar yguales gracias a la sobrada y incomparable merced que en este punto, de tanta congoxa para mí, me as quesido hazer en querer que un tan flaco y indigno hombre pueda gozar de tu suavíssimo amor? Del qual, aunque muy desseoso, siempre me juzgava indigno, mirando tu grandeza, considerando tu estado, remirando tu perfición, contemplando tu gentileza, acatando mi poco merecer y tu alto merecimiento, tus estremadas gracias, tus loadas y manifiestas virtudes. Pues, ¡o alto Dios!, ¿cómo te podré ser ingrato, que tan milagrosamente as obrado conmigo tus singulares maravillas? ¡O quántos días antes de agora passados me fue venido esse pensamiento a mi coraçón, y por impossible le rechaçava de mi memoria, hasta que ya los rayos illustrantes de tu muy claro gesto dieron luz en mis ojos, encendieron mi coraçón, despertaron mi lengua, estendieron mi merecer, acortaron mi covardía, destorcieron mi incogimiento, doblaron mis fuerças, desadormescieron mis pies y manos, finalmente me dieron tal osadía que me han traído con su mucho poder a este sublimado estado en que agora me veo, oyendo de grado tu suave boz, la qual si ante de agora no conociesse y no sintiesse tus saludables olores, no podría creer que caresciessen de engaño tus palabras! Pero como soy cierto de tu limpieza de sangre y hechos, me estoy remirando si soy yo Calisto a quien tanto bien se [le] haze.

MELIBEA. Señor Calisto, tu mucho merecer, tus stremadas gracias, tu alto nascimiento han obrado que, después que de ti ove entera noticia, ningún momento de mi coraçón te partiesses, y aunque muchos días he pugnado por lo dissimular, no he podido tanto que, en tornándome aquella mujer tu dulce nombre a la memoria, no descubriesse mi desseo y viniesse a este lugar y tiempo donde te suplico ordenes y dispongas de mi persona según querrás. Las puertas impiden nuestro gozo, las quales yo maldigo y sus fuertes cerrojos y mis flacas fuerças, que ni tú estarías quexoso ni yo descontenta.

CALISTO. ¿Cómo, señora mía, y mandas que consienta a un palo impedir nuestro gozo? Nunca yo pensé que demás de tu voluntad, lo podiera cosa estorvar. ¡O molestas y enojosas puertas, ruego a Dios que tal huego os abrase como a mí da guerra, que con la tercia parte seríades en un punto quemadas! Pues por Dios, señora mía, permite que llame a mis criados para que las quiebren.

PÁRMENO. (¿No oyes, no oyes, Sempronio? A buscarnos quiere venir para que nos den mal año; no me agrada cosa esta venida. En mal punto creo que se empeçaron estos amores. Yo no spero más aquí.

SEMPRONIO. Calla, calla, escucha, que ella no consiente que vamos allá.)

MELIBEA. ¿Quieres, amor mío, perderme a mí y dañar mi fama? No sueltes las riendas a la voluntad. La sperança es cierta, el tiempo breve, quanto tú ordenares. Y pues tú sientes tu pena senzilla y yo la de entramos, tu solo dolor, yo el tuyo y el mío, conténtate con venir mañana a esta hora por las paredes de mi huerto. Que si agora quebrasses las crueles puertas, aunque al presente no fuéssemos sentidos, amanescería en casa de mi padre terrible sospecha de mi yerro. Y pues sabes que tanto mayor es el yerro quanto mayor es el que yerra, en un punto será por la ciudad publicado.

SEMPRONIO. (En hora mala acá esta noche venimos; aquí nos ha de amanescer, según del spacio que nuestro amo lo toma. Que aunque más la dicha nos ayude, nos han en tanto tiempo de sentir de su casa o vezinos.

PÁRMENO. Ya ha dos horas que te requiero que nos vamos, que no faltará un achaque.)

CALISTO. O mi señora y mi bien todo, ¿por qué llamas yerro a aquello que por los santos de Dios me fue concedido? Rezando hoy ante el altar de la Madalena me vino con tu mensaje alegre aquella solícita mujer.

PÁRMENO. ¡Desvariar, Calisto, desvariar! Por fe tengo, hermano, que no es cristiano; lo que la vieja traydora con sus pestíferos hechizos ha rodeado y hecho, dize que los santos de Dios se lo han concedido y impetrado. Y con esta confiança quiere quebrar las puertas, y no avrá dado el primer golpe quando sea sentido y tomado por los criados de su padre, que duermen cerca.

SEMPRONIO. Ya no temas, Pármeno, que harto desviados estamos; en sintiendo bollicio el buen huyr nos ha de valer; déxale hazer, que si mal hiziere él lo pagará.

PÁRMENO. Bien hablas; en mi coraçón estás; assí se haga. Huygamos la muerte, que somos moços, que no querer morir ni matar no es covardía sino buen natural. Estos scuderos de Pleberio son locos; no dessean tanto comer ni dormir como questiones y ruydos. Pues más locura sería sperar pelea con enemigo que no ama tanto la victoria y vincimiento como la contina guerra y contienda. O si me viesses, hermano, cómo stoy, plazer avrías; a medio lado, abiertas las piernas, el pie esquierdo adelante puesto en huyda, las haldas en la cinta, la darga arrollada y so el sobaco, porque no me empache, que por Dios, que creo huyesse como un gamo, según el temor tengo de star aquí.

SEMPRONIO. Mejor estoy yo, que tengo liado el broquel y el spada con las correas porque no se [me] caygan al correr, y el caxquete en la capilla.

PÁRMENO. ¿Y las piedras que traías en ella?

SEMPRONIO. Todas las vertí por yr más liviano, que harto tengo que llevar en estas coraças que me heziste vestir por [tu] importunidad, que bien las rehusava de traer, porque me parescían para huyr muy pesadas. ¡Escucha, escucha; oyes, Pármeno, a malas andan; muertos somos; bota presto; echa hazia casa de Celestina; no nos atajen por nuestra casa!

PÁRMENO. Huye, huye, que corres poco. O pecador de mí, si nos han de alcançar; dexa broquel y todo.

SEMPRONIO. ¿Si han muerto ya a nuestro amo?

PÁRMENO. No sé; no me digas nada; corre y calla, que el menor cuydado mío es ésse.

SEMPRONIO. Çe, çe, Pármeno, torna, torna callando, que no es sino la gente del alguazil que passava haziendo estruendo por la otra calle.

PÁRMENO. Míralo bien; no te fíes en los ojos, que se antoja muchas vezes uno por otro. No me avían dexado gota de sangre; tragada tenía ya la muerte, que me parescía que me yvan dando en estas spaldas golpes. En mi vida me acuerdo aver tan gran temor, ni verme en tal afrenta, aunque he andado por casas ajenas harto tiempo y en lugares de harto trabajo; que nueve años serví a los frayles de Guadalupe, que mil vezes nos apuñeávamos yo y otros, pero nunca como esta vez ove miedo de morir.

SEMPRONIO. ¿Y yo no serví al cura de San Miguel, y al mesonero de la plaça, y a Mollejas el ortelano? Y tanbién yo tenía mis quistiones con los que tiravan piedras a los páxaros que assentavan en un álamo grande que tenía, porque dañavan la ortaliza. Pero guárdate Dios de verte con armas, que aquél es el verdadero temor. No embalde dizen: cargado de hierro y cargado de miedo. Buelve, buelve, que el alguazil es cierto.

***

MELIBEA. Señor Calisto, ¿qué es esso que en la calle suena? Parecen bozes de gente que van en huyda. Por Dios, mírate, que estás a peligro.

CALISTO. Señora, no temas, que a buen seguro vengo; los míos deven de ser, que son unos locos y desarman a quantos passan, y huyríales alguno.

MELIBEA. ¿Son muchos los que traes?

CALISTO. No, sino dos, pero aunque sean seys sus contrarios, no recibirán mucha pena para les quitar las armas y hazerlos huyr, según su esfuerço. Escogidos son, señora, que no vengo a lumbre de pajas. Si no fuesse por lo que a tu honra toca, pedaços harían estas puertas. Y si sentidos fuéssemos, a ti y a mí librarían de toda la gente de tu padre.

MELIBEA. ¡O, por Dios, no se cometa tal cosa! Pero mucho plazer tengo que de tan fiel gente andas acompañado; bienempleado es el pan que tan esforçados servientes comen. Por mi amor, señor, pues tal gracia la natura les quiso dar, sean de ti bientratados y galardonados, porque en todo te guarden secreto, y quando sus osadías y atrevimientos les corrigieres, abueltas del castigo mezcla favor, porque los ánimos esforçados no sean con encogimiento diminutos y yrritados en el osar a sus tiempos.

PÁRMENO. ¡Ce, ce, señor, señor, quítate presto dende, que viene mucha gente con achas y serás visto y conoscido, que no ay donde te metas!

CALISTO. ¡O mezquino yo, y cómo es forçado, señora, partirme de ti! Por cierto, temor de la muerte no obrara tanto como el de tu honrra. Pues que ansí es, los ángeles queden con tu presencia; mi venida será, como ordenaste, por el huerto.

MELIBEA. Assí sea, y vaya Dios contigo.

PLEBERIO. Señora mujer, ¿duermes?

ALISA. Señor, no.

PLEBERIO. ¿No oyes bullicio en el retraymiento de tu hija?

ALISA. Sí, oygo. ¡Melibea, Melibea!

PLEBERIO. No te oye; yo la llamaré más rezio. ¡Hija mía, Melibea!

MELIBEA. Señor.

PLEBERIO. ¿Quién da patadas y haze bullicio en tu cámara?

MELIBEA. Señor, Lucrecia es, que salió por un jarro de agua para mí, que avía [gran] sed.

PLEBERIO. Duerme, hija, que pensé que era otra cosa.

LUCRECIA. Poco estruendo los despertó; con [gran] pavor hablavan.

MELIBEA. No ay tan manso animal que con amor o temor de sus hijos no asperece. Pues ¿qué harían si mi cierta salida supiessen?

***

CALISTO. Cerrad essa puerta, hijos, y tú, Pármeno, sube una vela arriba.

SEMPRONIO. Deves, señor, reposar y dormir es[t]o que queda daquí al día.

CALISTO. Plázeme, que bien lo he menester. ¿Qué te parece, Pármeno, de la vieja que tú me desalabavas? ¿Qué obra ha salido de sus manos? ¿Qué fuera fecho sin ella?

PÁRMENO. Ni yo sentía tu gran pena, ni conoscía la gentileza y merescimiento de Melibea, y assí no tengo culpa. Conoscía a Celestina y sus mañas; avisávate como a señor. Pero ya me parece que es otra; todas las ha mudado.

CALISTO. ¿Y cómo mudado?

PÁRMENO. Tanto que si no lo oviesse visto, no lo creería; mas assí bivas tú como es verdad.

CALISTO. Pues ¿avés oído lo que con aquella mi señora he passado? ¿Qué hazíades; teníades temor?

SEMPRONIO. ¿Temor, señor, o qué? Por cierto, todo el mundo no nos le hiziera tener; ¡hallado avías los temerosos! Allí estovimos esperándote muy aparejados y nuestras armas muy a mano.

CALISTO. ¿Avés dormido algún rato?

SEMPRONIO. ¿Dormir, señor? Dormilones son los moços; nunca me assenté ni aun junté por Dios los pies, mirando a todas partes, para, en sintiendo, poder saltar presto, y hazer todo lo que mis fuerças me ayudaran. Pues Pármeno, aunque [te] parecía que no te servía hasta aquí de buena gana, assí se holgó quando vido los de las hachas como lobo quando siente polvo de ganado, pensando poder quitárselas hasta que vido que eran muchos.

CALISTO. No te maravilles, que procede de su natural ser osado y, aunque no fuesse por mí, hazíalo porque no pueden los tales venir contra su uso, que aunque muda el pelo la raposa, su natural no despoja. Por cierto, yo dixe a mi señora Melibea lo que en vosotros ay, y quan seguras tenía mis espaldas con vuestra ayuda y guarda. Hijos, en mucho cargo os soy; rogad a Dios por salud, que yo os galardonaré más complidamente vuestro buen servicio. Yd con Dios a reposar.

PÁRMENO. ¿Adónde yremos, Sempronio? A la cama a dormir, o a la cozina a almorzar?

SEMPRONIO. Ve tú donde quisieres, que antes que venga el día quiero yo yr a Celestina a cobrar mi parte de la cadena. Que es una puta vieja; no le quiero dar tiempo en que fabrique alguna ruyndad con que nos escluya.

PÁRMENO. Bien dizes; olvidado lo avía; vamos entramos, y si en esso se pone, spantémosla de manera que le pese; que sobre dinero no ay amistad.

SEMPRONIO. Ce, ce, calla, que duerme cabe esta ventanilla. Tha, tha; señora Celestina, ábrenos.

CELESTINA. ¿Quién llama?

SEMPRONIO. Abre, que son tus hijos.

CELESTINA. No tengo yo hijos que anden a tal hora.

SEMPRONIO. Ábrenos a Pármeno y a Sempronio, que nos venimos acá almorzar contigo.

CELESTINA. ¡O locos, traviesos, entrad, entrad! ¿Cómo venís a tal hora, que ya amanesce? ¿Qué avés hecho; qué os ha passado? ¿Dispidióse la esperança de Calisto, o bive todavía con ella, o cómo queda?

SEMPRONIO. ¿Cómo, madre? Si por nosotros no fuera, ya andoviera su alma buscando posada para siempre; que si estimarse pudiesse a lo que de allí nos queda obligado, no sería su hazienda bastante a complir la deuda, si verdad es lo que dizes, que la vida y persona es más digna y de más valor que otra cosa ninguna.

CELESTINA. ¡Jesú! ¿qué en tanta afrenta os avés visto? Cuéntamelo, por Dios.

SEMPRONIO. Mira qué tanta, que por mi vida la sangre me hierve en el cuerpo en tornarlo a pensar.

CELESTINA. Reposa, por Dios, y dímelo.

PÁRMENO. Cosa larga le pides según venimos alterados y cansados del enojo que avemos avido; harías mejor en aparejarnos a él y a mí de almorzar; quiçá nos amansaría algo la alteración que traemos. Que cierto te digo que no querría ya topar hombre que paz quisiesse. Mi gloria sería agora hallar en quien vengar la yra, que no pude en los que nos la causaron por su mucho huyr.

CELESTINA. Landre me mate si no me espanto en verte tan fiero; creo que burlas. Dímelo agora, Sempronio, tú, por mi vida; ¿qué os ha passado?

SEMPRONIO. Por Dios, sin seso vengo, desesperado, aunque para contigo por demás es no templar la yra y todo enojo y mostrar otro semblante que con los hombres. Jamás me mostré poder mucho con los que poco pueden. Traygo, señora, todas las armas despedaçadas, el broquel sin aro, la spada como sierra, el caxquete abollado en la capilla. Que no tengo con qué salir un passo con mi amo quando menester me aya, que quedó concertado de yr esta noche que viene a verse por el huerto. Pues comprarlo de nuevo, no mandó un maravedí aunque cayga muerto.

CELESTINA. Pídelo, hijo, a tu amo, pues en su servicio se gastó y quebró. Pues sabes que es persona que luego lo complirá, que no es de los que dizen: Bive conmigo y busca quien te mantenga. Él es tan franco que te dará para esso y para más.

SEMPRONIO. ¡Ha! Trae tanbién Pármeno perdidas las suyas; a este cuento en armas se le yrá su hazienda. ¿Cómo quieres que le sea tan importuno en pedirle más de lo que él de su propio grado haze, pues es harto? No digan por mí que dándome un palmo pido quatro. Dionos las cient monedas; dionos después la cadena; a tres tales aguijones no terná cera en el oído. Caro le costaría este negocio; contentémonos con lo razonable, no lo perdamos todo por querer más de la razón, que quien mucho abarca, poco suele apretar.

CELESTINA. Gracioso es el asno; por mi vejez que si sobre comer fuera, que dixiera que aviémos todos cargado demasiado. ¿Estás en tu seso, Sempronio? ¿Qué tiene que hazer tu galardón con mi salario, tu soldada con mis mercedes? ¿Só yo obligada a soldar vuestras armas, a complir vuestras faltas? A osadas que me maten, si no te as asido a una palabrilla que te dixe el otro día viniendo por la calle, que quanto yo tenía era tuyo y que en quanto pudiesse con mis pocas fuerças, jamás te faltaría, y que si Dios me diesse buena manderecha con tu amo, que tú no perderías nada. Pues ya sabes, Sempronio, que estos offrecimientos, estas palabras de buen amor, no obligan. No ha de ser oro quanto reluze, si no más barato valdría. Dime, ¿estó en tu coraçón, Sempronio? Verás si, aunque soy vieja, si acierto lo que tú puedes pensar. Tengo, hijo, en buena fe, más pesar que se me quiere salir esta alma de enojo; di a esta loca de Elicia, como vine de tu casa, la cadenilla que traxe para que se holgasse con ella y no se puede acordar dónde la puso, que en toda esta noche ella ni yo no avemos dormido sueño de pesar, no por su valor de la cadena, que no era mucho, pero por su mal cobro della y de mi mala dicha. Entraron unos conoscidos y familiares míos en aquella sazón aquí, temo no la ayan llevado, diziendo: Si te vi, burléme, etc. Assí que, hijos, agora que quiero hablar con entramos, si algo vuestro amo a mí me dio, devés mirar que es mío. Que de tu jubón de brocado no te pedí yo parte ni la quiero; sirvamos todos, que a todos dará según viere que lo merecen. Que si me ha dado algo, dos vezes he puesto por él mi vida al tablero. Más herramienta se me ha embotado en su servicio que a vosotros, más materiales he gastado. Pues avés de pensar, hijos, que todo me cuesta dinero, y aun mi saber, que no lo he alcançado holgando, de lo qual fuera buen testigo su madre de Pármeno, Dios haya su alma. Esto trabajé yo; a vosotros se os deve essotro. Esto tengo yo por officio y trabajo, vosotros por recreación y deleyte. Pues assí no avés vosotros de aver ygual gualardón de holgar, que yo de penar. Pero aun con todo lo que he dicho, no os despidáys, si mi cadena paresce, de sendos pares de calças de grana, que es el ábito que mejor en los mançebos parece. Y si no, recibid la voluntad, que yo me callaré con mi pérdida. Y todo esso de buen amor, porque holgastes que oviesse yo antes el provecho destos passos que [no] otra. Y si no os contentardes, de vuestro daño harés.

SEMPRONIO. No es esta la primera vez que yo he dicho quánto en los viejos reyna este vicio de cobdicia; quando pobre, franca, quando rica, avarienta. Assí que adquiriendo, crece la cobdicia, y la pobreza cobdiciando, y ninguna cosa haze pobre al avariento sino la riqueza. ¡O Dios, y cómo crece la necessidad con la abundancia! ¿Quién la oyó esta vieja dezir que me llevasse yo todo el provecho, si quisiesse, deste negocio, pensando que sería poco? Agora que lo vee crescido, no quiere dar nada, por complir el refrán de los niños que dizen: De lo poco, poco, de lo mucho, nada.

PÁRMENO. Déte lo que te prometió o tomémosselo todo. Harto te dezía yo quién era esta vieja, si tú me creyeras.

CELESTINA. Si mucho enojo traes con vosotros o con vuestro amo o armas, no lo quebréys en mí, que bien sé dónde nasce esto; bien sé y barrunto de qué pie coxqueáys; no cierto de la necessidad que tenéys de lo que pedís, ni aun por la mucha cobdicia que lo tenéys, sino pensando que os he de tener toda vuestra vida atados y cativos con Elicia y Areúsa, sin quereros buscar otras, movéysme estas amenazas de dinero; ponéysme estos temores de la partición. Pues callad, que quien éstas os supo acarrear os dará otras diez, agora que ay más conoscimiento y más razón y más mereçido de vuestra parte. Y si sé complir lo que prometo en este caso, dígalo Pármeno. Dilo, dilo, no ayas empacho de contar cómo nos passó quando a la otra dolía la madre.

SEMPRONIO. Yo dígole que se vaya y abáxasse las bragas; no ando por lo que piensas; no entremetas burlas a nuestra demanda, que con esse galgo no tomarás, si yo puedo, más liebres. Déxate conmigo de razones; a perro viejo no cuz cuz. Danos las dos partes por cuenta de quanto de Calisto as recebido; no quieras que se descubra quién tú eres. A los otros, a los otros con essos halagos, vieja.

CELESTINA. ¿Quién só yo, Sempronio? ¿Quitásteme de la putería? Calla tu lengua; no amengües mis canas, que soy una vieja qual Dios me hizo, no peor que todas. Bivo de mi officio como cada qual official del suyo, muy limpiamente. A quien no me quiere, no le busco; de mi casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan. Si bien o mal bivo, Dios es el testigo de mi coraçón. Y no pienses con tu yra maltratarme, que justicia ay para todos, a todos es ygual. Tanbién seré oída, aunque mujer, como vosotros muy peynados. Déxame en mi casa con mi fortuna. Y tú, Pármeno, no pienses que soy tu cativa por saber mis secretos y mi vida passada y los casos que nos acaescieron a mí y a la desdichada de tu madre. [Y] aun assí me tratava ella, quando Dios quería.

PÁRMENO. ¡No me hinches las narizes con essas memorias; si no, embiarte he con nuevas a ella, donde mejor te puedas quexar!

CELESTINA. ¡Elicia, Elicia, levántate dessa cama, dacá mi manto presto, que por los santos de Dios, para aquella justicia me vaya bramando como una loca! ¿Qué es esto? ¿Qué quieren dezir tales amenazas en mi casa? ¿Con una oveja mansa tenés vosotros manos y braveza? ¿Con una gallina atada? ¿Con una vieja de sesenta años? ¡Allá, allá, con los hombres como vosotros! Contra los que ciñen spada mostrad vuestras yras, no contra mi flaca rueca; señal es de gran covardía acometer a los menores y a los que poco pueden. Las çuzias moxcas nunca pican sino los bueyes magros y flacos; los gozques ladradores a los pobres peregrinos aquexan con mayor ímpetu. Si aquella que allí está en aquella cama me oviesse a mi creído, jamás quedaría esta casa de noche sin varón, ni dormiriémos a lumbre de pajas. Pero por aguardarte y por serte fiel padescemos esta soledad, y como nos veys mujeres, habláys y pedís demasías, lo qual si hombre sintiéssedes en la posada, no haríades, que como dizen, el duro adversario entibia las yras y sañas.

SEMPRONIO. O vieja avarienta, [garganta] muerta de sed por dinero, ¿no serás contenta con la tercera parte de lo ganado?

CELESTINA. ¿Qué tercia parte? Vete con Dios de mi casa tú, y essotro no dé bozes; no allegue la vezindad. No me hagáys salir de seso; no queráys que salgan a plaça las cosas de Calisto y vuestras.

SEMPRONIO. Da bozes, o gritos, que tú complirás lo que prometiste o complirás hoy tus días.

ELICIA. Mete, por Dios, el spada. Tenle, Pármeno, tenle; no la mate esse desvariado.

CELESTINA. ¡Justicia, justicia, señores vezinos, justicia, que me matan en mi casa estos rufianes!

SEMPRONIO. ¿Rufianes o qué? Espera, doña hechizera, que yo te haré yr al infierno con cartas.

CELESTINA. ¡Ay, que me ha muerto, ay, ay, confessión confessión!

PÁRMENO. ¡Dale, dale, acábala, pues començaste; que nos sentirán; muera, muera, de los enemigos los menos.

CELESTINA. ¡Confessión!

ELICIA. O crueles enemigos, en mal poder os veáys, ¿y para quién tovistes manos? Muerta es mi madre y mi bien todo.

SEMPRONIO. Huye, huye, Pármeno, que carga mucha gente. ¡Guarte, guarte, que viene el alguazil!

PÁRMENO. ¡O pecador de mí, que no ay por do nos vamos, que está tomada la puerta!

SEMPRONIO. Saltemos destas ventanas; no muramos en poder de justicia.

PÁRMENO. Salta, que yo tras ti voy.

Argumento del treceno auto

Despertado CALISTO de dormir, stá hablando consigo mismo. Dende un poco stá llamando a TRISTÁN y a otros sus criados. Torna dormir CALISTO. Pónese TRISTÁN a la puerta. Viene SOSIA llorando. Preguntado de TRISTÁN, SOSIA cuéntale la muerte de SEMPRONIO y PÁRMENO. Van a dezyr las nuevas a CALISTO, el qual, sabiendo la verdad, haze grande lamentación.

CALISTO, TRISTÁN, SOSIA

CALISTO. ¡O cómo he dormido tan a mi plazer después de aquel açucarado rato, después de aquel angélico razonamiento! Gran reposo he tenido; el sossiego y descanso ¿proceden de mi alegría, o lo causó el trabajo corporal, mi mucho dormir, o la gloria y plazer del ánimo?; y no me maravillo que lo uno y lo otro se juntassen a cerrar los candados de mis ojos, pues trabajé con el cuerpo y persona y holgué con el spíritu y sentido la passada noche. Muy cierto es que la tristeza acarrea pensamiento y el mucho pensar impide el sueño, como a mí estos días es acaescido con la desconfiança que tenía de la mayor gloria que ya posseo. O señora y amor mío Melibea, ¿qué piensas agora? ¿Si duermes o estás despierta? ¿Si piensas en mí o en otro? ¿Si estás levantada o acostada? O dichoso y bienandante Calisto, si verdad es que no ha sido sueño lo passado. ¿Soñélo o no? ¿Fue fantaseado o passó en verdad? Pues no estuve solo; mis criados me [a]compañaron. Dos eran; si ellos dizen que passó en verdad, creerlo he según derecho. Quiero mandarlos llamar para más confirmar mi gozo. ¡Tristanico, moços, Tristanico, levanta de aí!

TRISTÁN. Señor, levantado estoy.

CALISTO. Corre, llámame a Sempronio y a Pármeno.

TRISTÁN. Ya voy, señor.

CALISTO.

Duerme y descança penado,

desde agora,

pues te ama tu señora

de su grado.

Venga plazer al cuydado

y no le vea,

pues te ha hecho su privado

Melibea.

TRISTÁN. Señor, no ay ningún moço en casa.

CALISTO. Pues abre essas ventanas, verás qué hora es.

TRISTÁN. Señor, bien de día.

CALISTO. Pues tórnalas a cerrar y déxame dormir hasta que sea hora de comer.

TRISTÁN. Quiero baxarme a la puerta por que duerma mi amo sin que ninguno le impida, y a quantos le buscaren se le negaré. ¿O qué grita suena en el mercado; qué es esto? Alguna justicia se haze o madrugaron a correr toros. No sé qué me diga de tan grandes bozes como se dan. De allá viene Sosia el moço despuelas; él me dirá qué es esto. Desgreñado viene el vellaco; en alguna taverna se deve aver rebolcado, y si mi amo le cae en el rastro mandarle ha dar dos mil palos, que aunque es algo loco la pena le hará cuerdo. Paresce que viene llorando. ¿Qué es esto, Sosia? ¿Por qué lloras? ¿De dó vienes?

SOSIA. ¡O malaventurado yo, o qué pérdida tan grande; o deshonrra de la casa de mi amo; o qué mal día amanesció este; o desdichados mancebos!

TRISTÁN. ¿Qué; qué as; [qué quejas;] por qué te matas; qué mal es este?

SOSIA. Sempronio y Pármeno...

TRISTÁN. ¿Qué dizes, Sempronio y Pármeno? ¿Qué es esto, loco? Aclárate más, que me turbas.

SOSIA. Nuestros compañeros, nuestros hermanos.

TRISTÁN. O tú estás borracho o as perdido el seso, o traes alguna mala nueva. ¿No me dizes qué es esto que dizes des[t]os moços?

SOSIA. Que quedan degollados en la plaça.

TRISTÁN. O mala fortuna nuestra si es verdad. ¿Vístelos cierto o habláronte?

SOSIA. Ya sin sentido yvan, pero el uno con harta dificultad, como me sentió que con lloro le mirava, hincó los ojos en mí, alçando las manos al cielo, quasi dando gracias a Dios, y como preguntando si me sentía de su morir; y en señal de triste despedida abaxó su cabeça con lágrimas en los ojos, dando bien a entender que no me avía de ver más hasta el día del gran juyzio.

TRISTÁN. No sentiste bien, que sería preguntarte si estava presente Calisto. Y pues tan claras señas traes deste cruel dolor, vamos presto con las tristes nuevas a nuestro amo.

SOSIA. ¡Señor, señor!

CALISTO. ¿Qué es esso, locos? ¿No os mandé que no me recordássedes?

SOSIA. Recuerda y levanta, que si tú no buelves por los tuyos, de caída vamos. Sempronio y Pármeno quedan descabeçados en la plaças como públicos malhechores, con pregones que manifestavan su delito.

CALISTO. ¡O válasme Dios! ¿y qué es esto que me dizes? No sé si te crea tan acelerada y triste nueva. ¿Vístelos tú?

SOSIA. Yo los vi.

CALISTO. Cata, mira qué dizes, que esta noche han estado conmigo.

SOSIA. Pues madrugaron a morir.

CALISTO. O mis leales criados, o mis grandes servidores, o mis fieles secretarios y consejeros, ¿puede ser tal cosa verdad? O amenguado Calisto, deshonrrado quedas para toda tu vida. ¿Qué será de ti, muertos tal par de criados? Dime por Dios, Sosia, ¿qué fue la causa? ¿Qué dezía el pregón? ¿Dónde los tomaron? ¿Qué justicia lo hizo?

SOSIA. Señor, la causa de su muerte publicava el cruel verdugo a bozes diziendo: Manda la justicia [que] mueran los violentos matadores.

CALISTO. ¿A quién mataron tan presto? ¿Qué puede ser esto? No ha quatro horas que de mí se despidieron. ¿Cómo se llamava el muerto?

SOSIA. Señor, una mujer [era] que se llamava Celestina.

CALISTO. ¿Qué me dizes?

SOSIA. Esto que oyes.

CALISTO. Pues si esso es verdad, máta[me] tú a mí, yo te perdono, que más mal ay que viste ni puedes pensar si Celestina, la de la cuchillada, es la muerta.

SOSIA. Ella mesma es; de más de treynta stocadas la vi llagada, tendida en su casa, llorándola una su criada.

CALISTO. ¡O tristes moços! ¿cómo yvan? ¿Viéronte? ¿Habláronte?

SOSIA. ¡O señor, que si los vieras, quebraras el coraçón de dolor! El uno llevava todos los sesos de la cabeça de fuera sin ningún sentido, el otro quebrados entramos braços y la cara magulada, todos llenos de sangre, que saltaron de unas ventanas muy altas por huyr del aguazil, y assí quasi muertos les cortaron las cabeças, que creo que ya no sintieron nada.

CALISTO. Pues yo bien siento mi honrra; pluguiera a Dios que fuera yo ellos y perdiera la vida y no la honrra, y no la sperança de conseguir mi començado propósito, que es lo que más en este caso desastrado siento. ¡O mi triste nombre y fama, cómo andas al tablero de boca en boca! ¡O mis secretos más secretos, quán públicos andarés por las plaças y mercados! ¿Qué será de mí? ¿Adónde yré? Que salga allá, a los muertos no puedo ya remediar; que me esté aquí, pareçerá covardía. ¿Qué consejo tomaré? Dime, Sosia, ¿qué era la causa por que la mataron?

SOSIA. Señor, aquella su criada, dando bozes llorando su muerte, la publicava a quantos la querían oír, diziendo que porque no quiso partir con ellos una cadena de oro que tú le diste.

CALISTO. ¡O día de congoxa, o fuerte tribulación, y en que anda mi hazienda de mano en mano y mi nombre de lengua en lengua! Todo será público, quanto con ella y con ellos hablava, quanto de mí sabían, el negocio en que andavan. No osaré salir ante gentes. ¡O pecadores de mançebos, padeçer por tan súbito desastre; o mi gozo, cómo te vas diminuyendo! Proverbio es antiguo que de muy alto grandes caídas se dan. Mucho avía anoche alcançado; mucho tengo hoy perdido. Rara es la bonança en el piélago. Yo estava en título de alegre si mi ventura quisiera tener quedos los ondosos vientos de mi perdición. ¡O fortuna, quánto y por quántas partes me as combatido! Pues por más que sigas mi morada y seas contraria a mi persona, las adversidades con ygual ánimo se han de sofrir y en ellas se prueva el coraçón rezio o flaco. No ay mejor toque para conoçer qué quilates de virtud o esfuerço tiene el hombre. Pues por más mal y daño que me venga, no dexaré de complir el mandado de aquella por quien todo esto se ha causado. Que más me va en conseguir la ganancia de la gloria que spero, que en la pérdida de morir los que murieron. Ellos eran sobrados y esforçados, agora o en otro tiempo de pagar havían. La vieja era mala y falsa, según paresce que hazía trato con ellos, y assí que riñeron sobre la capa del justo. Permissión fue divina que assí acabassen en pago de muchos adulterios que por su intercessión o causa son cometidos. Quiero hazer adereçar a Sosia y a Tristanico; yrán conmigo este tan sperado camino; llevarán scalas, que son [muy] altas las paredes. Mañana haré que vengo de fuera, si pudiere vengar estas muertes; si no, purgaré mi innocencia con mi fingida absencia, o me fengiré loco por mejor gozar deste sabroso deleyte de mis amores, como hizo aquel gran capitán Ulixes por evitar la batalla troyana y holgar con Penélope su mujer.

Argumento del quatorzeno auto

Está MELIBEA muy affligida hablando con Lucrecia sobre la tardança de CALISTO, el qual le avía hecho voto de venir en aquella noche a visitalla, lo qual cumplió; y con él vinieron SOSIA y TRISTÁN. Y después que cumplió su voluntad, bolvieron todos a la posada, y CALISTO se retrae en su palacio y quéxase por aver estado tan poca quantidad de tiempo con MELIBEA, y ruega a Febo que cierre sus rayos, para haver de restaurar su desseo.

MELIBEA, LUCRECIA, SOSIA, TRISTÁN, CALISTO

MELIBEA. Mucho se tarda aquel cavallero que esperamos. ¿Qué crees tú o sospechas de su stada, Lucrecia?

LUCRECIA. Señora, que tiene justo impedimento y que no es en su mano venir más presto.

MELIBEA. Los ángeles sean en su guarda, su persona esté sin peligro; que su tardança, no me da pena. Mas cuytada, pienso muchas cosas que desde su casa acá le podrían acaecer. ¿Quién sabe si él con voluntad de venir al prometido plazo en la forma que los tales mançebos a las tales horas suelen andar, fue topado de los alguaziles nocturnos, y sin le conoçer le han acometido, el qual por se defender los offendió o es dellos offendido? ¿O si por caso los ladradores perros con sus crueles dientes que ninguna differencia saben hazer ni acatamiento de personas, le ayan mordido, o si ha caído en alguna calçada o hoyo donde algún daño le viniesse? Mas, o mezquina de mí, ¿qué son estos inconvenientes que el concebido amor me pone delante y los atribulados ymaginamientos me acarrean? No plega a Dios que ninguna destas cosas sea, antes esté quanto le plazerá sin verme. Mas oye, oye, oye, que passos suenan en la calle y aun pareçe que hablan destotra parte del huerto.

SOSIA. Arrima essa scala, Tristán, que éste es el mejor lugar, aunque alto.

TRISTÁN. Sube, señor; yo yré contigo, porque no sabemos quién está dentro; hablando están.

CALISTO. Quedados, locos, que yo entraré solo, que a mi señora oigo.

MELIBEA. Es tu sierva, es tu cativa, es la que más tu vida que la suya estima. O mi señor, no saltes de tan alto, que me moriré en verlo; baxa, baxa poco a poco por el scala; no vengas con tanta pressura.

CALISTO. O angélica ymagen, o preciosa perla, ante quien el mundo es feo. O mi señora y mi gloria, en mis braços te tengo y no lo creo. Mora en mi persona tanta turbación de plazer que me haze no sentir todo el gozo que posseo.

MELIBEA. Señor mío, pues me fié en tus manos, pues quise complir tu voluntad, no sea de peor condición, por ser piadosa, que si fuera esquiva y sin misericordia; no quieras perderme por tan breve deleyte y en tan poco spacio. Que las malhechas cosas, después de cometidas, más presto se pueden reprehender que emendar. Goza de lo que yo gozo, que es ver y llegar a tu persona; no pidas ni tomes aquello que, tomado, no será en tu mano bolver. Guarte, señor, de dañar lo que con todos tesoros del mundo no se restaura.

CALISTO. Señora, pues por conseguir esta merced toda mi vida he gastado, ¿qué sería, quando me la diessen, desechalla? Ni tú, señora, me lo mandaras, ni yo podría acabarlo conmigo. No me pides tal covardía; no es hazer tal cosa de ninguno que hombre sea, mayormente amando como yo, nadando por este huego de tu desseo toda mi vida. ¿No quieres que me arrime al dulce puerto a descansar de mis passados trabajos?

MELIBEA. Por mi vida, que aunque hable tu lengua quanto quisiere, no obren las manos quanto pueden. Está quedo, señor mío. Bástete, pues ya soy tuya, gozar de lo esterior, desto que es propio fruto de amadores; no me quieras robar el mayor don que la natura me ha dado; cata que del buen pastor es proprio tresquilar sus ovejas y ganado, pero no destruyrlo y estragallo.

CALISTO. ¿Para qué, señora? ¿Para que no esté queda mi passión; para penar de nuevo; para tornar el juego de comienço? Perdona, señora, a mis desvergonçadas manos, que jamás pensaron de tocar tu ropa, con su indignidad y poco mereçer; agora gozan de llegar a tu gentil cuerpo y lindas y delicadas carnes.

MELIBEA. Apártate allá, Lucrecia.

CALISTO. ¿Por qué, mi señora? Bien me huelgo que estén semejantes testigos de mi gloria.

MELIBEA. Yo no los quiero de mi yerro. Si pensara que tan desmesuradamente te havías de haver conmigo, no fiara mi persona de tu cruel conversación.

SOSIA. Tristán, bien oyes lo que passa; ¡en qué términos anda el negocio!

TRISTÁN. Oygo tanto que juzgo a mi amo por el más bienaventurado hombre que nasció; y por mi vida, que aunque soy mochacho, que diesse tan buena cuenta como mi amo.

SOSIA. Para con tal joya quienquiera se ternía manos, pero con su pan se la coma, que bien caro le cuesta; dos moços entraron en la salsa destos amores.

TRISTÁN. Ya los tiene olvidados. Dexaos morir sirviendo a ruynes, haze locuras en confiança de su defensión; biviendo con el conde, que no matasse al hombre, me dava mi madre por consejo. Veslos a ellos alegres y abraçados, y sus servidores con harta mengua degollados.

MELIBEA. ¡O mi vida y mi señor! ¿cómo has quisido que pierda el nombre y corona de virgen por tan breve deleyte? ¡O pecadora de ti, mi madre, si de tal cosa fuesses sabidora, cómo tomarías de grado tu muerte y me la darías a mí por fuerça; cómo serías cruel verdugo de tu propia sangre; cómo sería yo fin quexosa de tus días! ¡O mi padre honrrado, cómo he dañado tu fama y dado causa y lugar a quebrantar tu casa! ¡O traydora de mí, cómo no miré primero el gran yerro que se seguía de tu entrada, el gran peligro que sperava!

SOSIA. (Ante quisiera yo oírte essos milagros; todas sabés essa oración después que no puede dexar de ser hecho; ¡y el bovo de Calisto que se lo escucha!)

CALISTO. Ya quiere amaneçer; ¿qué es esto? No [me] pareçe que ha una hora que estamos aquí y da el relox las tres.

MELIBEA. Señor, por Dios, pues ya todo queda por ti, pues ya soy tu dueña, pues ya no puedes negar mi amor, no me niegues tu vista [de día, passando por mi puerta; de noche donde tú ordenares]. Mas las noches que ordenares sea tu venida por este secreto lugar a la mesma hora, por que siempre te spere aperçibida del gozo con que quedo, sperando las venidas noches. Y por el presente vete con Dios, que no serás visto, que haze muy escuro, ni yo en casa sentida, que aun no amaneçe.

CALISTO. Moços, poned el escala.

SOSIA. Señor, vesla aquí, baxa.

MELIBEA. Lucrecia, vente acá, que stoy sola; aquel señor mío es ydo; conmigo dexa su coraçón, consigo lleva el mío. ¿Asnos oído?

LUCRECIA. No, señora, que durmiendo he stado.

***

SOSIA. Tristán, devemos yr muy callando, porque suelen levantarse a esta hora los ricos, los cobdiciosos de temporales bienes, los devotos de templos, monasterios y yglesias, los enamorados como nuestro amo, los trabajadores de los campos y labranças, y los pastores que en este tiempo traen las ovejas a estos apriscos a ordeñar, y podría ser que cogiessen de pasada alguna razón por do toda su honrra y la de Melibea se turbasse.

TRISTÁN. O simple rascacavallos, dizes que callemos y nombras su nombre della. Bueno eres para adalid o para regir gente en tierra de moros de noche, assí que prohibendo permites; encubriendo descubres; assegurando offendes; callando bozeas y pregonas; preguntando respondes. Pues tan sotil y discreto eres, no me dirás en qué mes cae Santa María de agosto, por que sepamos si ay harta paja en casa que comas ogaño.

CALISTO. Mis cuydados y los de vosotros no son todos unos. Entrad callando, no nos sientan en casa; cerrad essa puerta y vamos a reposar, que yo me quiero sobir solo a mi cámara y me desarmaré. Yd vosotros a vuestras camas. ¡O mezquino yo, quánto me es agradable de mi natural la soledad y silencio y escuridad!; no sé si lo causa que me vino a la memoria la trayción que hize en me despartir de aquella señora que tanto amo, hasta que más fuera de día, o el dolor de mi deshonrra. ¡Ay, ay, que esto es, esta herida es la que siento agora que se ha resfriado, agora que está elada la sangre que ayer hervía, agora que veo la mengua de mi casa, la falta de mi servicio, la perdición de mi patrimonio, la infamia que a mi persona de la muerte de mis criados se ha seguido! ¿Qué hize? ¿En qué me detove? ¿Cómo me pude çoffrir que no me mostré luego presente como hombre injuriado, vengador sobervio y acelerado de la manifiesta injusticia que me fue hecha? O mísera suavidad desta brevíssima vida, quien es de ti tan cobdicioso que no quiera más morir luego que gozar de un año de vida denostado y prorogarle con deshonrra, corrompiendo la buena fama de los passados, mayormente que no ay hora cierta ni limitada, ni aun un solo momento; debdores somos sin tiempo; contino estamos obligados a pagar luego. ¿Por qué no salí a inquerir siquiera la verdad de la secreta causa de mi manifiesta perdición? O breve deleyte mundano, cómo duran poco y cuestan mucho tus dulçores; no se compra tan caro el arrepentir. O triste yo, ¿quándo se restaurará tan gran pérdida? ¿Qué haré? ¿Qué consejo tomaré? ¿A quién descobriré mi mengua? ¿Por qué lo celo a los otros mis servidores y parientes? Tresquílanme en consejo y no lo saben en mi casa. Salir quiero, pero si salgo para dezir que he estado presente es tarde, si absente, es temprano. Y para prover amigos y criados antiguos, parientes y allegados, es menester tiempo, y para buscar armas y otros aparejos de vengança. O cruel juez, y qué mal pago me as dado del pan que de mi padre comiste. Yo pensava que pudiera con tu favor matar mil hombres sin temor de castigo, iniquo falsario, perseguidor de verdad, hombre de baxo suelo; bien dirán por ti que te hizo alcalde mengua de hombres buenos. Miraras que tú y los que mataste en servir a mis passados y a mí, érades compañeros. Mas quando el vil está rico, ni tiene pariente ni amigo. ¿Quién pensara que tú me havías de destruyr? No hay, cierto, cosa más empecible que el incogitado enemigo. ¿Por qué quesiste que dixiessen del monte sale con que se arde, y que crié cuervo que me sacasse el ojo? Tú eres público delinquente y mataste a los que son privados, y pues sabe que menor delicto es el privado que el público, menor su utilidad, según las leyes de Atenas disponen. Las quales no son scritas con sangre, antes muestran que es menos yerro no condennar los malhechores que punir los innocentes. ¡O quán peligroso es seguir justa causa delante injusto juez; quánto más este excesso de mis criados, que no carecía de culpa! Pues mira, si mal as hecho, que ay sindicado en el cielo y en la tierra. Assí que a Dios y al rey serás reo, y a mí capital enemigo. ¿Qué pecó el uno por lo que hizo el otro, que por sólo ser su compañero los mataste a entramos? Pero, ¿qué digo; con quién hablo; estoy en mi seso? ¿Qué es esto, Calisto; soñavas; duermes o velas; estás en pie o acostado? Cata que estás en tu cámara; ¿no vees que el offendedor no está presente? ¿Con quién lo has? Torna en ti; mira que nunca los absentes se hallaron justos; oye entrambas partes para sentenciar; ¿no ves que por executar justicia no havía de mirar amistad ni debdo ni criança; no miras que la ley tiene de ser ygual a todos? Mira que Rómulo, el primero çimentador de Roma, mató a su propio hermano porque la ordenada ley traspassó. Mira a Torcato romano cómo mató a su hijo porque excedió la tribunicia constitución. Otros muchos hizieron lo mesmo. Considera que si aquí presente él estoviesse, respondería que hazientes y consintientes merecen ygual pena, aunque a entramos matasse por lo que el uno pecó, y que si se aceleró en su muerte que era crimen notorio y no eran necessarias muchas pruevas, y que fueron tomados en el acto del matar, que ya estava el uno muerto de la caída que dio, y tanbién se deve creer que aquella lloradera moça que Celestina tenía en su casa le dio rezia priessa con su triste llanto, y él por no hazer bullicio, por no me disfamar, por no sperar a que la gente se levantasse y oyessen el pregón, del qual gran infamia se me siguía, los mandó justiciar tan de mañana. Pues era forçoso verdugo bozeador para la execución y su descargo; lo qual, todo assí como creo es hecho, antes le quedo debdor y obligado para quanto biva, no como a criado de mi padre, pero como a verdadero hermano. Y caso que assí no fuesse, caso que no echasse lo passado a la mejor parte. Acuérdate, Calisto, al gran gozo passado; acuérdate a tu señora y tu bien todo, y pues tu vida no tienes en nada por su servicio, no as de tener las muertes de otros, pues ningún dolor ygualará con el recebido plazer. O mi señora y mi vida, que jamás pensé en absencia offenderte, que parece que tengo en poca estima la merced que me as hecho. No quiero pensar en enojo, no quiero tener ya con la tristeza amistad. O bien sin comparación, o insaciable contentamiento, ¿y quándo pidiera yo más a Dios por premio de mis méritos, si algunos son en esta vida, de lo que alcançado tengo? ¿Por qué no estoy contento? Pues no es razón ser ingrato a quien tanto bien me ha dado; quiérolo conoscer; no quiero con enojo perder mi seso, porque perdido no cayga de tan alta possessión; no quiero otra honrra, otra gloria, no otras riquezas, no otro padre ni madre, no otros debdos ni parientes; de día estaré en mi cámara, de noche en aquel paraíso dulce, en aquel alegre vergel entre aquellas suaves plantas y fresca verdura. O noche de mi descanso, si fuesses ya tornada; o luziente Febo, date priessa a tu acostumbrado camino; o deleytosas strellas, aparesceos ante de la continua orden. O spacioso relox, aún te vea yo arder en bivo huego de amor, que si tú esperasses lo que yo quando des doze, jamás estarías arrendado a la voluntad del maestre que te compuso. Pues vosotros, invernales meses, que agora estáys escondidos, viniéssedes con vuestras muy complidas noches a trocarlas por estos prolixos días. Ya me pareçe haver un año que no he visto aquel suave descanso, aquel deleytoso refrigerio de mis trabajos. Pero ¿qué es lo que demando? ¿Qué pido, loco sin sofrimiento? Lo que jamás fue ni puede ser. No aprenden los cursos naturales a rodearse sin orden, que a todos es un ygual curso, a todos un mesmo espacio para muerte y vida, un limitado término a los secretos movimientos del alto firmamento celestial, de los planetas y norte, de los crecimientos y mengua de la menstrua luna. Todo se rige con un freno ygual, todo se mueve con ygual spuela: cielo, tierra, mar, huego, viento, calor, frío. ¿Qué me aprovecha a mí que dé doze horas el relox de hierro si no las ha dado el del cielo? Pues por mucho que madrugue no amanesce más aína. Pero tú, dulce ymaginación, tú que puedes me acorre; trae a mi fantasía la presencia angélica de aquella ymagen luziente; buelve a mis oídos el suave son de sus palabras, aquellos desvíos sin gana, aquel «apártate allá, señor, no llegues a mí», aquel «no seas descortés» que con sus rubicundos labrios vía asonar, aquel «no quieras mi perdición» que de rato en rato proponía; aquellos amorosos abraços entre palabra y palabra; aquel soltarme y prenderme; aquel huyr y llegarse; aquellos açucarados besos; aquella final salutación con que se me despidió: con quánta pena salió por su boca; con quántos desperezos, con quántas lágrimas, que parecían granos de aljófar, que sin sentir se le caían de aquellos claros y resplandecientes ojos.

SOSIA. Tristán, ¿qué te pareçe de Calisto, qué dormir ha hecho?, que ya son las quatro de la tarde y no nos ha llamado ni á comido.

TRISTÁN. Calla, que el dormir no quiere priessa; demás desto, aquéxale por una parte la tristeza de aquellos moços, por otra le alegra el muy gran plazer de lo que con su Melibea ha alcançado. Assí que dos tan rezios contrarios verás que tal pararán un flaco subjecto donde estovieran aposentados.

SOSIA. ¿Piénsaste tú que le penan a él mucho los muertos? Si no penasse más a aquella que desde esta ventana yo veo yr por la calle, no llevaría las tocas de tal color.

TRISTÁN. ¿Quién es, hermano?

SOSIA. Llégate acá y verla has antes que trasponga; mira aquella lutosa que se limpia agora las lágrimas de los ojos; aquélla es Elicia, criada de Celestina y amiga de Sempronio, una muy bonita moça, aunque queda agora perdida la peccadora porque tenía a Celestina por madre y a Sempronio por el principal de sus amigos. Y aquella casa donde entra, allí mora una hermosa mujer muy graciosa y fresca, enamorada, medio ramera, pero no se tiene por poco dichoso quien la alcança a tener por amiga sin grande escote, y llámase Areúsa. Por la qual sé yo que ovo el triste de Pármeno más de tres noches malas, y aun que no le plaze a ella con su muerte.

Argumento del decimoquinto auto

AREÚSA dize palabras injuriosas a un rufián llamado CENTURIO, el qual se despide della por la venida de ELICIA, la qual cuenta a AREÚSA las muertes que sobre los amores de CALISTO Y MELIBEA se avían ordenado, y conciertan AREÚSA y ELICIA que CENTURIO aya de vengar las muertes de los tres en los dos enamorados. En fin, despídese ELICIA de AREÚSA, no consintiendo en lo que le ruega, por no perder el buen tiempo que se dava, estando en su asueta casa.

ELICIA, AREÚSA, CENTURIO RUFIÁN

ELICIA. ¿Qué bozear es este de mi prima? Si ha sabido las tristes nuevas que yo le traygo, no avré yo las albricias de dolor que por tal mensaje se ganan; llore, llore, vierta lágrimas, pues no se hallan tales hombres a cada rincón; plázeme que assí lo siente; messe aquellos cabellos como yo, triste, he hecho; sepa que es perder buena vida más trabajo que la misma muerte. O quánto más la quiero que hasta aquí por el gran sentimiento que muestra.

AREÚSA. Vete de mi casa, rufián, vellaco, mentiroso, burlador, que me traes engañada, bova, con tus ofertas vanas, con tus ronçes y halagos; asme robado quanto tengo. Yo te di, vellaco, sayo y capa, spada y broquel, camisas de dos en dos a las mil maravillas labradas; yo te di armas y cavallo, púsete con señor que no le merescías descalçar. Agora una cosa que te pido que por mí hagas, pónesme mil achaques.

CENTURIO. Hermana mía, mándame tú matar con diez hombres por tu servicio y no que ande una legua de camino a pie.

AREÚSA. ¿Por qué jugaste tú el cavallo, tahúr, vellaco?, que si por mí no oviesse sido, estarías tú ya ahorcado. Tres veces te he librado de la justicia; quatro vezes desempeñado en los tableros. ¿Por qué lo hago? ¿Por qué soy loca? ¿Por qué tengo fe con este covarde? ¿Por qué creo sus mentiras? ¿Por qué le consiento entrar por mis puertas? ¿Qué tiene bueno? Los cabellos crespos, la cara acuchillada, dos vezes açotado; manco de la mano del espada, treynta mugeres en la putería. Salta luego de aí; no te vea yo más; no me hables ni digas que me conoces; sino por los huessos del padre que me hizo y de la madre que me parió, yo te haga dar mil palos en esas spaldas de molinero, que ya sabes que tengo quien lo sepa hazer, y hecho, salirse con ello.

CENTURIO. Loquear, bovilla, pues si yo me ensaño, alguna llorará; más quiero yrme y çofrirte, que no sé quién entra; no nos oygan.

ELICIA. Quiero entrar, que no es son de buen llanto donde ay amenazas y denuestos.

AREÚSA. ¡Ay, triste yo! ¿eres tú mi Elicia? ¡Jesú, Jesú, no lo puedo creer! ¿Qué es esto? ¿Quién te me cubrió de dolor? ¿Qué manto de tristeza es éste? Cata que me spantas, hermana mía; dime presto, ¿qué cosa es? Que estoy sin tiento; ninguna gota de sangre as dexado en mi cuerpo.

ELICIA. Gran dolor, gran pérdida; poco es lo que muestro con lo que siento y encubro; más negro traygo el coraçón que el manto, las entrañas que las tocas. ¡Ay hermana, hermana, que no puedo hablar! no puedo de ronca sacar la boz del pecho.

AREÚSA. ¡Ay triste, que me tienes suspensa! Dímelo, no te messes, no te rascuñes ni maltrates; ¿es común de entrambas este mal?; ¿tócame a mí?

ELICIA. ¡Ay prima mía y mi amor! Sempronio y Pármeno ya no biven; ya no son en el mundo; sus ánimas ya están purgando su yerro; ya son libres desta triste vida.

AREÚSA. ¿Qué me cuentas? No me lo digas; calla, por Dios, que me caeré muerta.

ELICIA. Pues más mal ay que suena; oye a la triste, que te contará más quexas. Celestina, aquella que tú bien conosciste, aquella que yo tenía por madre, aquella que me regalava, aquella que me encubría, aquella con quien yo me honrrava entre mis yguales, aquella por quien yo era conoscida en toda la cibdad y arrabales, ya está dando cuenta de sus obras. Mil cuchilladas le vi dar a mis ojos; en mi regaço me la mataron.

AREÚSSA. ¡O fuerte tribulación; o dolorosas nuevas, dignas de mortal lloro; o acelerados desastres; o pérdida incurable! ¿cómo ha rodeado tan presto la fortuna su rueda? ¿Quién los mató? ¿Cómo murieron? Que estoy envelesada, sin tiento, como quien cosa impossible oye; no ha ocho días que los vi bivos y ya podemos dezir: perdónelos Dios: cuéntame, amiga mía, cómo es acaescido tan cruel y desastrado caso.

ELICIA. Tú lo sabrás; ya oíste dezir, hermana, los amores de Calisto y la loca de Melibea; bien verías cómo Celestina avía tomado el cargo, por intercessión de Sempronio, de ser medianera, pagándole su trabajo. La qual puso tanta dilegentia y solicitud que a la segunda açadonada sacó agua. Pues como Calisto tan presto vido buen concierto en cosa que jamás la esperava, abueltas de otras cosas dio a la desdichada de mi tía una cadena de oro; y como sea de tal calidad aquel metal, que mientra más bevemos dello, más sed nos pone, con sacrílega hambre, quando se vido tan rica, alçóse con su ganancia y no quiso dar parte a Sempronio ni a Pármeno dello, lo qual avía quedado entre ellos que partiessen lo que Calisto diesse. Pues como ellos viniessen cansados una mañana de acompañar a su amo toda la noche, muy ayrados de no sé qué questiones que diz[en] que avían havido, pidieron su parte a Celestina de la cadena para remediarse; ella púsose en negarles la convención y promesa y dezir que todo era suyo lo ganado, y aun descubriendo otras cosillas de secretos, que, como dizen, riñen las comadres. Assí que ellos muy enojados, por una parte los aquexava la necessidad que priva todo amor, por otra el enojo grande y cansacio que traían que acarrea alteración, por otra veía[n] la fe quebrada de su mayor esperança, no sabían qué hazer; estovieron gran rato en palabras; al fin viéndola tan cobdiciosa, perseverando en su negar, echaron manos a sus spadas y diéronle mil cuchilladas.

AREÚSA. ¡O desdichada de muger, y en esto avía su vejez de fenecer! Y dellos ¿qué me dizes? ¿en qué pararon?

ELICIA. Ellos, como ovieron hecho el delicto, por huyr de la justicia, que acaso passava por allí, saltaron de las ventanas y quasi muertos los prendieron, y sin más dilación los degollaron.

AREÚSA. ¡O mi Pármeno y mi amor, y quánto dolor me pone su muerte! Pésame del grande amor que con él tan poco tiempo avía puesto, pues no me avía más de durar. Pero pues ya este mal recabdo es hecho, pues ya esta desdicha es acaescida, pues ya no se pueden por lágrimas comprar ni restaurar sus vidas; no te fatigues tú tanto, que cegarás llorando, que creo que poca ventaja me llevas en sentimiento y verás con quánta paciencia lo çufro y passo.

ELICIA. ¡Ay qué ravio, ay mesquina, que salgo de seso, ay que no hallo quien lo sienta como yo; no ay quien pierda lo que yo pierdo! ¡O quánto mejores y más honestas fueran mis lágrimas en passión ajena que en la propia mía. ¿Adónde yré, que pierdo madre, manto y abrigo, pierdo amigo y tal que nunca faltava de mí marido? ¡O Celestina, sabia, honrrada y autorizada, quántas faltas me encobrías con tu buen saber! Tú trabajavas, yo holgava; tú salías fuera, yo estava encerrada; tú rota, yo vestida; tú entravas contino como abeja por casa, yo destruía, que otra cosa no sabía hazer. ¡O bien y gozo mundano, que mientra eres posseído eres menospreciado, y jamás te consientes conoscer hasta que te perdemos! O Calisto y Melibea, causadores de tantas muertes, mal fin ayan vuestros amores, en mal sabor se conviertan vuestros dulçes plazeres; tómese lloro vuestra gloria, trabajo vuestro descanso; las yervas deleytosas donde tomáys los hurtados solazes se conviertan en culebras; los cantares se os tornen lloro; los sombrosos árboles del huerto se sequen con vuestra vista; sus flores olorosas se tornen de negra color.

AREÚSA. Calla, por Dios, hermana, pon silencio a tus quexas; ataja tus lágrimas; limpia tus ojos; toma sobre tu vida, que quando una puerta se cierra, otra suele abrir la fortuna, y este mal, aunque duro, se soldará, y muchas cosas se pueden vengar, que es impossible remediar, y ésta tiene el remedio dudoso y la vengança en la mano.

ELICIA. ¿De quién se ha de aver enmienda, que la muerta y los matadores me han acarreado esta cuyta? No menos me fatiga la punición de los delinquentes que el yerro cometido. ¿Qué mandas que haga?, que todo carga sobre mí; pluguiera a Dios que fuera yo con ellos y no quedara para llorar a todos. Y de lo que más dolor siento es ver que por esso no dexa aquel vil de poco sentimiento de ver y visitar festejando cada noche a su estiércol de Melibea, y ella muy ufana en ver sangre vertida por su servicio.

AREÚSA. Si esso es verdad ¿de quién mejor se puede tomar vengança? De manera que quien lo comió, aquél lo escote. Déxame tú, que si yo les caygo en el rastro, quándo se veen, y cómo, por dónde, y a qué hora, no me hayas tú por hija de la pastellera vieja, que bien conosciste, si no hago que les amarguen los amores. Y si pongo en ello a aquel con quien me viste que reñía quando entravas, si no sea él peor verdugo para Calisto que Sempronio de Celestina. Pues qué gozo avría agora él en que te pusiesse yo en algo por mi servicio, que se fue muy triste de verme que le traté mal, y vería él los cielos abiertos en tornalle yo a hablar y mandar. Por ende, hermana, dime tú de quién pueda yo saber el negocio cómo pasa, que yo le haré armar un lazo con que Melibea llore quanto agora goza.

ELICIA. Yo conosco, amiga, otro compañero de Pármeno, moço de cavallos, que se llama Sosia, que le acompaña cada noche; quiero trabajar de se lo sacar todo el secreto, y éste será buen camino para lo que dizes.

AREÚSA. Mas hazme este plazer que me embíes acá esse Sosia; yo le halagaré y diré mil lisonjas y offrecimientos, hasta que no le dexe en el cuerpo cosa de lo hecho y por hazer. Después a él y a su amo haré revesar el plazer comido. Y tú, Elicia, alma mía, no recibas pena; passa a mi casa tu ropa y alhajas, y vente a mi compañía, que starás muy sola, y la tristeza es amiga de la soledad. Con nuevo amor olvidarás los viejos; un hijo que nasce restaura la falta de tres finados; con nuevo sucessor se pierde la alegre memoria y plazeres perdidos del passado; de un pan que yo tenga, ternás tú la meytad. Más lástima tengo de tu fatiga que de los que te la ponen. Verdad sea, que cierto duele más la pérdida de lo que hombre tiene que da plazer la esperança de otra tal, aunque sea cierta. Pero ya lo hecho es sin remedio y los muertos yrrecuperables. Y como dizen, mueran y bivamos. A los bivos me dexa a cargo, que yo te les daré tan amargo xarope a bever qual ellos a ti han dado. Ay prima, prima, cómo sé yo, quando me ensaño, rebolver estas tramas, aunque soy moça. Y de ál me vengue Dios, que de Calisto, Centurio me vengará.

ELICIA. Cata que creo, que aunque llame el que mandas, no avrá effecto lo que quieres, porque la pena de los que murieron por descobrir el secreto porná silencio al bivo para guardarle. Lo que me dizes de mi venida a tu casa te agradezco mucho, y Dios te ampare y alegre en tus necessidades, que bien muestras el parentesco y hermandad no servir de viento, antes en las adversidades aprovechar; pero aunque lo quiera hazer, por gozar de tu dulçe compañía, no podrá ser por el daño que me vernía; la causa no es necessario dezir, pues hablo con quien me entiende; que allí, hermana, soy conoscida, allí estoy aparrochiada; jamás perderá aquella casa el nombre de Celestina, que Dios aya; siempre acuden allí moças conoscidas y allegadas, medio parientas de las que ella crió; allí hazen sus conciertos, de donde se me seguirá algún provecho. Y también essos pocos amigos que me quedan no me saben otra morada. Pues ya sabes quán duro es dexar lo usado, y que mudar costumbre es a par de muerte, y piedra movediza que nunca moho la cubija. Allí quiero estar, siquiera porque el alquile de la casa está pagado por ogaño, no se vaya embalde. Assí que, aunque cada cosa no abastesse por sí, juntas aprovechan y ayudan. Ya me pareçe que es hora de yrme; de lo dicho me llevo el cargo; Dios quede contigo, que me voy.

Argumento del decimosesto auto

Pensando PLEBERIO y ALISA tener su hija MELIBEA el don de la Virginidad conservada, lo qual, según ha parescido, está en contrario, y están razonando sobre el casamiento de MELIBEA, y en tan gran quantidad le dan pena las palabras que de sus padres oye, que embía a LUCRECIA para que sea causa de su silencio en aquel propósito.

PLEBERIO, ALISA, LUCRECIA, MELIBEA

PLEBERIO. Alisa, amiga, el tiempo, según me pareçe, se nos va, como dizen, dentre las manos; corren los días como agua de río. No ay cosa tan ligera a huyr como la vida. La muerte nos sigue y rodea, de la qual somos vezinos y hazia su vandera nos acostamos, según natura; esto vemos muy claro si miramos nuestros yguales, nuestros hermanos y parientes en derredor; todos los come ya la tierra; todos yazen en sus perpetuas moradas. Y pues somos inciertos quándo havemos de ser llamados, viendo tan ciertas señales, devemos echar nuestras barvas en remojo y aparejar nuestros fardeles para andar este forçoso camino; no nos tome improvisos ni de salto aquella cruel boz de la muerte; ordenemos nuestras ánimas con tiempo; que más vale prevenir que ser prevenido. Demos nuestra hazienda a dulce successor, acompañemos nuestra única hija con marido, cual nuestro estado requiere, por que vamos descansados y sin dolor deste mundo. Lo qual con mucha diligencia devemos poner desde agora por obra, y lo que otras vezes havemos principiado en este caso agora haya execusión. No quede por nuestra negligencia nuestra hija en manos de tutores, pues pareçerá ya mejor en su propria casa que en la nuestra. Quitarla hemos de lenguas de vulgo, porque ninguna virtud ay tan perfecta que no tenga vituperadores y maldizientes; no ay cosa con que mejor se conserve la limpia fama en las vírgenes que con temprano casamiento. ¿Quién rehuyría nuestro parentesco en toda la cibdad? ¿Quién no se hallará gozoso de tomar tal joya en su compañía? En quien caben las quatro principales cosas que en los casamientos se demandan, conviene a saber: lo primero discreción, honestidad y virginidad; segundo, hermosura; lo tercero el alto orígene y parientes, lo final, riquezas. De todo esto la dotó natura; qualquiera cosa que nos pidan hallarán bien complido.

ALISA. Dios la conserve, mi señor Pleberio, porque nuestros desseos veamos complidos en nuestra vida, que antes pienso que faltará ygual a nuestra hija, según virtud y tu noble sangre, que no sobrarán muchos que la merezcan. Pero como esto sea officio de los padres y muy ajeno a las mujeres, como tú lo ordenares, seré yo alegre, y nuestra hija obedeçerá, según su casto bivir y honesta vida y humildad.

LUCRECIA. ¡Aun si bien lo supiesses, rebentarías! ¡Ya, ya, perdido es lo mejor; mal año se os apareja a la vejez! Lo mejor, Calisto lo lleva; no ay quien ponga virgos, que ya es muerta Celestina; tarde acordáys; más avíades de madrugar. Escucha, escucha, señora Melibea.

MELIBEA. ¿Qué hazes ay escondida, loca?

LUCRECIA. Llégate aquí, señora; oyrás a tus padres la priessa que traen por te casar.

MELIBEA. Calla, por Dios, que te oyrán; déxalos parlar, déxalos devaneen; un mes ha que otra cosa no hazen ni en otra cosa entienden; no paresce sino que les dize el coraçón el gran amor que a Calisto tengo, y todo lo que con él un mes ha, he pasado; no sé si me han sentido; no sé qué se sea. Aquexarles más agora este cuydado que nunca, pues mándoles yo trabajar en bano, que por demás es la cítola en el molino. ¿Quién es el que me ha de quitar mi gloria, quién apartarme mis plazeres? Calisto es mi ánima, mi vida, mi señor, en quien yo tengo toda mi sperança; conozco dél que no bivo engañada. Pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar? Todas las debdas del mundo reciben compensación en diverso género; el amor no admite sino sólo amor por paga; en pensar en él me alegro, en verle me gozo; en oírle me glorifico; haga y ordene de mí a su voluntad. Si passar quisiere la mar, con él yré; si rodear el mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no rehuyré su querer; déxenme mis padres gozar dél si ellos quieren gozar de mí. No piensen en estas vanidades ni en estos casamientos, que más vale ser buena amiga que mala casada; déxenme gozar mi mocedad alegre si quieren gozar su vejez cansada; si no, presto podrán aparejar mi perdición y su sepultura. No tengo otra lástima sino por el tiempo que perdí de no gozarle, de no conoçerle, después que a mí me sé conoçer; no quiero marido, no quiero ensuziar los nudos del matrimonio, no las maritales pisadas de ajeno hombre repisar, como muchas allo en los antiguos libros que leí, o que hizieron más discretas que yo, más subidas en stado y linaje. Las quales algunas eran de la gentilidad tenidas por diosas, assí como Venus madre de Eneas y de Cupido, el dios de amor, que siendo casada, corrumpió la prometida fe marital. Y aun otras de mayores huegos encendidas cometieron nefarios y incestuosos yerros, como Mira con su padre, Semíramis con su hijo, Cánasce con su hermano, y aun aquella forçada Tamar, hija del rey David. Otras aun más cruelmente trespassaron las leyes de natura, como Pasiphe, muger del rey Minos, con el toro. Pues reynas eran y grandes señoras, debaxo de cuyas culpas la razonable mía podrá passar sin denuesto; mi amor fue con justa causa. Requerida y rogada, cativada de su merecimiento, aquexada por tan astuta maestra como Celestina, servida de muy peligrosas visitaciones, antes que concediesse por entero en su amor. Y después un mes ha, como as visto, que jamás noche ha faltado sin ser nuestro huerto escalado como fortaleza, y muchas aver venido embalde. Y por esso no me mostrar más pena ni trabajo, muertos por mí sus servidores, perdiéndose su hazienda, fingiendo absencia con todos los de la cibdad, todos los días encerrado en casa con esperança de verme a la noche. Afuera, afuera la ingratitud, afuera las lisonjas y el engaño con tan verdadero amador, que ni quiero marido, ni quiero padre, ni parientes. Faltándome Calisto, me falte la vida, la qual, por que él de mí goze, me aplaze.

LUCRECIA. Calla, señora, que todavía perseveran.

PLEBERIO. Pues ¿qué te parece, señora muger, devemos hablarlo a nuestra hija? ¿Devemos darle parte de tantos como me la piden, para que de su voluntad venga, para que diga quál le agrada? Pues en esto las leyes dan libertad a los hombres y mujeres, aunque estén so el paterno poder, para elegir.

ALISA. ¿Qué dizes? ¿En qué gastas tiempo? ¿Quién ha de yrle con tan grande novedad a nuestra Melibea, que no la espante? ¿Cómo, y piensas que sabe ella qué cosa sean hombres, si se casan o qué es casar, o que del ayuntamiento de marido y mujer se procreen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea torpe desseo de lo que no conoce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que sabe errar aun con el pensamiento? No lo creas, señor Pleberio, que si alto o baxo de sangre, o feo o gentil de gesto le mandaremos tomar, aquello será su plazer, aquello avrá por bueno. Que yo sé bien lo que tengo criado en mi guardada hija.

MELIBEA. Lucrecia, Lucrecia, corre presto, entra por el postigo en la sala y estórvalos su hablar; interúmpeles sus alabanças con algún fingido mensaje, si no quieres que vaya yo dando bozes como loca, según estoy enojada del concepto engañoso que tienen de mi ignorancia.

LUCRECIA. Ya voy, señora.

Argumento del decimoséptimo auto

ELICIA, caresciendo de la castimonia de Penélope, determina de despedir el pesar y luto que por causa de los muertos trae, alabando el consejo de AREÚSA en este propósito; la qual va a casa de AREÚSA, adonde viene SOSIA, al qual AREÚSA con palabras fictas saca todo el secreto que está entre CALISTO y MELIBEA.

ELICIA, AREÚSA, SOSIA, CENTURIO RUFIÁN

ELICIA. Mal me va con este luto; poco se visita mi casa, poco se passea mi calle; ya no veo las músicas de la alvorada; ya no las canciones de mis amigos, ya no las cuchilladas ni ruidos de noche por mi causa, y lo que peor siento, que ni blanca ni presente veo entrar por mi puerta; de todo esto me tengo yo la culpa, que si tomara el consejo de aquella que bien me quiere, de aquella verdadera hermana, quando el otro día le llevé las nuevas deste triste negocio que esta mi mengua ha acarreado, no me viera agora entre dos paredes sola, que de asco ya no ay quien me vea. El diablo me da tener dolor por quien no sé si, yo muerta, lo toviera; aosadas que me dixo ella a mí lo cierto; nunca, hermana, traygas ni muestres más pena por el mal ni muerte de otro que él hiziera por ti. Sempronio holgara, yo muerta; pues ¿por qué, loca, me peno yo por él, degollado? ¿Y qué sé si me matara a mí, como era acelerado y loco, como hizo a aquella vieja que tenía por madre? Quiero en todo seguir su consejo de Areúsa, que sabe más del mundo que yo, y verla muchas vezes y traer materia cómo biva. ¡O qué participación tan suave, qué conversación tan gozosa y dulce! No embalde se dize que vale más un día del hombre discreto que toda la vida del necio y simple. Quiero, pues, deponer el luto, dexar tristeza, despedir las lágrimas que tan aparejadas han estado a salir; pero como sea el primer officio que en nasciendo hazemos llorar, no me maravillo ser más ligero de començar y de dexar más duro. Mas para esto es el buen seso, viendo la pérdida al ojo, viendo que los atavíos hazen la mujer hermosa, aunque no lo sea; tornan de vieja moça y a la moça más. No es otra cosa la color y albayalde sino pegajosa liga en que se travan los hombres; anden pues mi espejo y alcohol, que tengo dañados estos ojos; anden mis tocas blancas, mis gorgueras labradas, mis ropas de plazer; quiero adereçar lexía para estos cabellos que perdían ya la ruvia color. Y esto hecho, contaré mis gallinas, haré mi cama, porque la limpieza alegra el coraçón; barreré mi puerta y regaré la calle por que los que passaren vean que es ya desterrado el dolor. Mas primero quiero yr a visitar mi prima por preguntarle si ha ydo allá Sosia y lo que con él ha passado, que no le he visto después que le dixe cómo le querría hablar Areúsa. Quiera Dios que la halle sola, que jamás está desacompañada de galanes, como buena taverna de borrachos. Cerrada está la puerta; no debe destar allá hombre. Quiero llamar. Tha, tha.

AREÚSA. ¿Quién es?

ELICIA. Ábreme, amiga, Elicia soy.

AREÚSA. Entra, hermana mía, véate Dios, que tanto plazer me hazes en venir como vienes, mudado el ábito de tristeza. Agora nos gozaremos juntas, agora te visitaré. Vernos hemos en mi casa y en la tuya; quiçá por bien fue para entramas la muerte de Celestina, que yo ya siento la mejoría más que antes. Por esto se dize que los muertos abren los ojos de los que biven, a unos con haziendas, a otros con libertad, como a ti.

ELICIA. A tu puerta llaman; poco spacio nos dan para hablar, que te quería preguntar si avía venido acá Sosia.

AREÚSA. No ha venido; después hablaremos. ¡Qué porradas que dan! Quiero yr abrir, que o es loco o privado quien llama.

SOSIA. Ábreme, señora; Sosia soy, criado de Calisto.

AREÚSA. (Por los santos de Dios, el lobo es en la conseja; escóndete, hermana, tras esse paramento, y verás quál te lo paro, lleno de viento de lisonjas, que piense quando se parta de mí que es él y otro no. Y sacarle he lo suyo y lo ajeno del buche con halagos, como él saca el polvo con la almohaça a los cavallos.) ¿Es mi Sosia, mi secreto amigo, el que yo me quiero bien sin que él lo sepa, el que desseo conoçer por su buena fama; el fiel a su amo, el buen amigo de sus compañeros? Abraçarte quiero, amor, que agora que te veo, creo que ay más virtudes en ti que todos me dezían; andacá, entremos a assentarnos. que me gozo en mirarte, que me representas la figura del desdichado de Pármeno. Con esto haze hoy tan claro día que avías tú de venir a verme. Dime, señor, ¿conoscíasme antes de agora?

SOSIA. Señora, la fama de tu gentileza, de tus gracias y saber, buela tan alto por esta cibdad que no deves tener en mucho ser de más conoçida que conoçiente. Porque ninguno habla en loor de hermosas que primero no se acuerde de ti que de quantas son.

ELICIA. (O hydeputa el pelón, y cómo se desasna; quién le ve yr al agua con sus cavallos en cerro y sus piernas de fuera, en sayo, y agora en verse medrado con calças y capa, sálenle alas y lengua.)

AREÚSA. Ya me correría con tu razón si alguno estoviesse delante, en oírte tanta burla como de mí hazes. Pero como todos los hombres traygáys proveídas essas razones, essas engañosas alabanças tan comunes para todas, hechas de molde, no me quiero de ti spantar; pero hágote cierto, Sosia, que no tienes dellas necessidad; sin que me alabes te amo y sin que me ganes de nuevo me tienes ganada. Para lo que te embié a rogar que me viesses, son dos cosas, las quales sin más lisonja o engaño en ti conozco, te dexaré de dezir, aunque sean de tu provecho.

SOSIA. Señora mía, no quiera Dios que yo te haga cautela; muy seguro venía de la gran merced que me piensas hazer y hazes; no me sentía digno para descalçarte; guía tú mi lengua. Responde por mí a tus razones, que todo lo havré por rato y firme.

AREÚSA. Amor mío, ya sabes quánto quise a Pármeno y como dizen, quien bien quiere a Beltrán a todas sus cosas ama. Todos sus amigos me agradavan; el buen servicio de su amo, como a él mismo, me plazía. Donde vía su daño de Calisto le apartava. Pues como esto assí sea, acordé dezirte, lo uno, que conozcas el amor que te tengo y quanto contigo y con tu visitación siempre me alegrarás y que en esto non perderás nada, si yo pudiere, antes te verná provecho. Lo otro y segundo, que pues yo pongo mis ojos en ti mi amor y querer, avisarte que te guardes de peligros y más de descobrir tu secreto a ninguno, pues ves quánto daño vino a Pármeno y a Sempronio de lo que supo Celestina, porque no querría verte morir mal logrado como a tu compañero. Harto me basta haber llorado al uno; porque has de saber que vino a mí una persona y me dixo que le havías tú descobierto los amores de Calisto y Melibea y cómo la avía alcançado y cómo yvas cada noche a le acompañar y otras muchas cosas que no sabría relatar. Cata, amigo, que no guardar secreto es propio de las mujeres; no de todas, sino de las baxas y de los niños. Cata que te puede venir gran daño, que para esto te dio Dios dos oídos y dos ojos y no más de una lengua, por que sea doblado lo que vieres y oyeres que no el hablar. Cata no confíes que tu amigo te ha de tener secreto de lo que le dixieres, pues tú no le sabes a ti mismo tener. Quando ovieres de yr con tu amo Calisto a casa de aquella señora, no hagas bullicio, no te sienta la tierra; que otros me dixieron que yvas cada noche dando bozes como loco de plazer.

SOSIA. ¡O cómo son sin tiento y personas desacordadas las que tales nuevas, señora, te acarrean! Quien te dixo que de mi boca la havía oído no dize verdad; los otros de verme yr con la luna de noche a dar agua a mis cavallos, holgando y haviendo plazer, diziendo cantares por olvidar el trabajo y desechar enojo; y esto antes de las diez, sospechan mal, y de la sospecha hazen certidumbre; affirman lo que barruntan. Sí que no estava Calisto loco que a tal hora havía de yr a negocio de tanta affrenta sin esperar que repose la gente, que descansen todos en el dulçor del primer sueño, ni menos havía de yr cada noche, que aquel officio no çufre cotidiana visitación. Y si más clara quieres, señora, ver su falsedad, como dizen, que toman antes al mintroso que al que coxquea, en un mes no avemos ydo ocho vezes, y dizen los falsarios rebolvedores que cada noche.

AREÚSA. Pues por mi vida, amor mío, por que yo los acuse y tome en el lazo del falso testimonio, me dexes en la memoria los días que avés concertado de salir, y si yerran, estaré segura de tu secreto y cierta de su levantar. Porque no siendo su mensaje verdadero, será tu persona segura de peligro y yo sin sobresalto de tu vida; pues tengo esperança de gozarme contigo largo tiempo.

SOSIA. Señora, no alarguemos los testigos; para esta noche en dando el relox las doze está hecho el concierto de su visitación por el huerto; mañana preguntarás lo que han sabido, de lo qual si alguno te diere señas, que me tresquilen a mí a cruzes.

AREÚSA. ¿Y por qué parte, alma mía? por que mejor los pueda contradezir, si anduvieren errados vacilando.

SOSIA. Por la calle del vicario gordo, a las spaldas de su casa.

ELICIA. (Tiénente, don handrajoso, no es más menester. Maldito sea el que en manos de tal azemilero se confía, que desgoznarse haze el badajo.)

AREÚSA. Hermano Sosia, esto hablado basta para que tome cargo de saber tu innocencia y la maldad de tus adversarios. Vete con Dios, que estoy ocupada en otro negocio y heme detenido mucho contigo.

ELICIA. (O sabia muger, o despediente propio qual le meresce el asno que ha vaziado su secreto tan de ligero.)

SOSIA. Graciosa y suave señora, perdóname si te he enojado con mi tardança; mientra holgares con mi servicio, jamás hallarás quien tan de grado aventure en él su vida. Y queden los ángeles contigo.

AREÚSA. Dios te guíe. Allá yrás, azemillero, muy ufano vas por tu vida. Pues toma para tu ojo, vellaco, y perdona que te la doy de spaldas. ¿A quién digo? Hermana, sal acá. ¿Qué te pareçe quál le embío? Assí sé yo tratar los tales, assí salen de mis manos los asnos apaleados como éste y los locos corridos y los discretos spantados y los devotos alterados y los castos encendidos. Pues prima, aprende, que otra arte es ésta que la de Celestina, aunque ella me tenía por bova porque me quería yo serlo. Y pues ya tenemos deste hecho sabido quanto desseávamos, devemos yr a casa de aquellotro cara de ahorcado, que el jueves eché delante de ti baldonado de mi casa, y haz tú como que nos quieres hazer amigos y que rogaste que fuesse a verle.

Argumento del decimooctavo auto

ELICIA determina de fazer las amistades entre AREÚSA y CENTURIO por precepto de AREÚSA y vanse a casa de CENTURIO, onde ellas le ruegan que aya de vengar las muertes en CALISTO y MELIBEA; el qual lo prometió delante dellas. Y como sea natural a éstos no hazer lo que prometen, escúsase como en el processo parescer.

ELICIA, CENTURIO, AREÚSA

ELICIA. ¿Quién está en su casa?

CENTURIO. Mochacho, corre; verás quién osa entrar sin llamar a la puerta. Torna, torna acá, que ya he visto quién es. No te cubras con el manto, señora; ya no te puedes esconder, que quando vi adelante entrar a Elicia, vi que no podía traer consigo mala compañía, ni nuevas que me pesassen, sino que me avía de dar plazer.

AREÚSA. No entremos, por mi vida, más adentro, que se estiende ya el vellaco, pensando que le vengo a rogar. Que más holgara con la vista de otras como él, que con la nuestra; bolvamos por Dios, que me fino en ver tan mal gesto; ¿paréscete, hermana, que me traes por buenas estaciones, y que es cosa justa venir de biespras y entrarnos a ver un deshuellacaras que aí está?

ELICIA. Torna por mi amor, no te vayas; si no, en mis manos dexarás el medio manto.

CENTURIO. Tenla, por Dios, señora, tenla; no se te suelte.

ELICIA. Maravillada estoy, prima, de tu buen seso; ¿quál hombre ay tan loco y fuera de razón que no huelgue de ser visitado, mayormente de mujeres? Llégate acá, señor Centurio, que en cargo de mi alma por fuerça haga que te abrace, que yo pagaré la fruta.

AREÚSA. Mejor lo vea yo en poder de justicia y morir a manos de sus enemigos que yo tal gozo le dé. Ya, ya, hecho ha conmigo para quanto biva. ¿Y por quál carga de agua le tengo de abraçar ni ver a esse enemigo? Porque le rogué essotro día que fuesse una jornada de aquí en que me yva la vida, y dixo de no.

CENTURIO. Mándame tú, señora, cosa que yo sepa hazer, cosa que sea de mi officio; un desafío con tres juntos, y si más vinieren que no huya por tu amor; matar un hombre, cortar una pierna o braço, harpar el gesto de alguna que se aya ygualado contigo, estas tales cosas antes serán hechas que encomendadas; no me pidas que ande camino ni que te dé dinero, que bien sabes que no dura conmigo, que tres saltos daré sin que se me cayga blanca; ninguno da lo que no tiene; en una casa bivo qual ves, que rodará el majadero por toda ella sin que tropiece. Las alhajas que tengo es el axuar de la frontera; un jarro desbocado, un assador sin punta; la cama en que me acuesto está armada sobre aros de broqueles, un rimero de malla rota por colchones, una talega de dados por almohada, que aunque quiera dar collación, no tengo qué empeñar sino esta capa harpada que traygo acuestas.

ELICIA. Assí goze, que sus razones me contentan a maravilla; como un santo está obediente, como ángel te habla, a toda razón se allega, ¿qué más le pides? Por mi vida que le hables y pierdas enojo, pues tan de grado se te offrece con su persona.

CENTURIO. ¿Offrecer, dizes? Señora, yo te juro por el santo martilogio de pe a pa el braço me tiembla de lo que por ella entiendo hazer, que contino pienso cómo la tenga contenta y jamás acierto. La noche passada soñava que hazía armas en un desafío por su servicio con quatro hombres que ella bien conosce, y maté al uno. Y de los otros que huyeron, el que más sano se libró me dexó a los pies un braço esquierdo. Pues muy mejor lo haré despierto de día quando alguno tocare en su chapín.

AREÚSA. Pues aquí te tengo; a tiempo somos; ya te perdono con condición que me vengues de un cavaliero que se llama Calisto, que nos ha enojado a mí y a mi prima.

CENTURIO. ¡O, reñego de la condición! Dime luego si está confessado.

AREÚSA. No seas tú cura de su ánima.

CENTURIO. Pues sea assí, embiémoslo a comer al infierno sin confessión.

AREÚSA. Escucha, no atajes mi razón; esta noche le tomarás.

CENTURIO. No me digas más; al cabo estoy; todo el negocio de sus amores sé, y los que por su causa ay muertos, y lo que os tocava a vosotras, por dónde va y a qué hora, y con quién es. Pero dime, ¿quántos son los que le acompañan?

AREÚSA. Dos moços.

CENTURIO. Pequeña presa es éssa; por cevo tiene, aí mi espada. Mejor cevara ella en otra parte esta noche, que estava concertada.

AREÚSA. Por escusarte lo hazes; a otro perro con esse huesso; no es para mí essa dilación; aquí quiero ver si dezir y hazer si comen juntos a tu mesa.

CENTURIO. Si mi spada dixiesse lo que haze, tiempo le faltaría para hablar. ¿Quién sino ella puebla los más çimenterios; quién haze ricos los cirujanos desta tierra; quién da contino quehazer a los armeros; quién destroça la malla de muy fina; quién haze riça de los broqueles de Barcelona; quién revana los capacetes de Calatayud sino ella? Que los caxquetes de Almazén assí los corta como si fuessen hechos de melón. Veynte años ha que me da de comer; por ella soy ternido, de hombres y querido de mugeres, sino de ti. Por ella me dieron Centurio por nombre a mi abuelo y Centurio se llamó mi padre y Centurio me llamo yo.

ELICIA. Pues ¿qué hizo el spada por que ganó tu abuelo esse nombre? Dime, ¿por ventura fue por ellas capitán de cient hombres?

CENTURIO. No, pero fue rufián de cient mugeres.

AREÚSA. No curemos de linaje ni hazañas viejas; si has de hazer lo que te digo, sin dilación determina, porque nos queremos yr.

CENTURIO. Más desseo ya la noche por tenerte contenta, que tú por verte vengada, y por que más se haga todo a tu voluntad, escoge qué muerte quieres que le dé. Allí te mostraré un reportorio en que ay sietecientas y setenta species de muertes; verás quál más te agradare.

ELICIA. Areúsa, por mi amor, que no se ponga este hecho en manos de tan fiero hombre; más vale que se quede por hazer que no escandalizar la ciudad, por donde nos venga más daño de lo passado.

AREÚSA. Calla, hermana. Díganos alguna que no sea de mucho bullicio.

CENTURIO. Las que agora estos días yo uso y más traygo entre manos son espaldarazos sin sangre o porradas de pomo de spada, o revés mañoso; a otros agujereo como harnero a puñaladas, tajo largo, estocada temerosa, tiro mortal. Algún día doy palos por dexar holgar mi spada.

ELICIA. No passe, por Dios, adelante; déle palos por que quede castigado y no muerto.

CENTURIO. Juro por el cuerpo santo de la letanía, no es más en mi braço derecho dar palos sin matar que en el sol dexar de dar bueltas al cielo.

AREÚSA. Hermana, no seamos nosotras lastimeras. Haga lo que quisiere; mátele como se le antojare. Llore Melibea como tú has hecho; dexémosle. Centurio, da buena cuenta de lo encomendado; de qualquier muerte holgaremos. Mira que no se escape sin alguna paga de su yerro.

CENTURIO. Perdónele Dios, si por pies no se me va; muy alegre quedo, señora mía, que se ha offrecido caso, aunque pequeño, en que conozcas lo que yo sé hazer por tu amor.

AREÚSA. Pues Dios te dé buena manderecha y a él te encomiendo, que nos vamos.

CENTURIO. Él te guíe y te dé más paciencia con los tuyos. Allá yrán estas putas atestadas de razones; agora quiero pensar cómo me excusaré de lo prometido, de manera que piensen que puse diligencia con ánimo de executar lo dicho, y no negligencia; por no me poner en peligro quiérome hazer doliente. Pero qué aprovecha, que no se apartarán de la demanda quando sane. Pues si digo que fuy allá y que le hize huyr, pedirme han señas de quién eran y quántos yvan y en qué lugar los tomé y qué vestidos llevavan. Yo no las sabré dar, helo todo perdido. Pues ¿qué consejo tomaré que cumpla con mi seguridad y su demanda? Quiero embiar a llamar a Traso el coxo y a sus dos compañeros y dezirles que, porque yo estoy ocupado esta noche en otro negocio, vaya dar un repiquete de broquel a manera de llevada para ahoxar unos garçones, que me fue encomendado, que todo esto es passos seguros y donde no conseguirán ningún daño, mas de hazerlos huyr y bolverse a dormir.

Argumento del decimono auto

Yendo CALISTO con SOSIA y TRISTÁN al huerto de PLEBERIO a visitar a MELIBEA que lo estava esperando y con ella LUCRECIA, cuenta SOSIA lo que le aconteció con AREÚSA. Estando CALISTO dentro del huerto con MELIBEA, viene TRASO y otros por mandado de CENTURIO a complir lo que avía prometido a AREÚSA y a ELICIA, a los quales sale SOSIA. Y oyendo CALISTO desde el huerto onde estava con MELIBEA el ruydo que traían, quiso salir fuera, la qual salida fue causa que sus días peresciessen, porque los tales este don resciben por galardón e por esto han de saber desamar los amadores.

SOSIA, TRISTÁN, CALISTO, MELIBEA, LUCRECIA

SOSIA. Muy quedo, para que no seamos sentidos. Desde aquí al huerto de Pleberio te contaré, hermano Tristán, lo que con Areúsa me ha passado hoy, que stoy el más alegre hombre del mundo. Sabrás que ella, por las buenas nuevas que de mí avía oído, stava presa de amor y embióme a Elicia, rogándome que la visitasse; y dexando aparte otras razones de buen consejo que passamos, mostró al presente ser tanto mía quanto algún tiempo fue de Pármeno; rogóme que la visitasse siempre, que ella pensava gozar de mi amor por tiempo. Pero yo te juro por el peligroso camino en que vamos, hermano, y assí goze de mí, que estove dos o tres vezes por me arremeter a ella, sino que me empachava la vergüença de verla tan hermosa y arreada y a mí con una capa vieja ratonada. Echava de sí en bulliendo un olor de almizque; yo hedía al estiércol que llevava dentro en los çapatos; tenía unas manos como la nieve, que quando las sacava de rato en rato de un guante parecía que se derramava azahar por casa; assí por esto como porque tenía un poco ella de hazer, se quedó mi atrever para otro día. Y aun porque a la primera vista todas las cosas no son bien tratables, y quanto más se comunican mejor se entienden en su participación.

TRISTÁN. Sosia, amigo, otro seso más maduro y sperimentado que no el mío era necessario para darte consejo en este negocio. Pero lo que con mi terna edad y mediano natural alcanço al presente te diré. Esta mujer es marcada ramera según tú me dixiste; quanto con ella te passó as de creer que no careçe de engaño; sus offrecimientos fueron falsos, y no sé yo a qué fin, porque amarte por gentilhombre ¿quántos más terná ella desechados? Si por rico, bien sabe que no tienes más del polvo que se te pega del almohaça; si por hombre de linaje, ya sabrá que te llaman Sosia y a tu padre llamaron Sosia, naçido y criado en una aldea quebrando terrones con un arado, para lo qual eres tú más dispuesto que para enamorado. Mira, Sosia, y acuérdate bien si te quería sacar algún punto del secreto deste camino que agora vamos para con que lo supiesse revolver a Calisto y Pleberio, de embidia del plazer de Melibea. Cata que la embidia es una incurable enfermedad donde assienta; huésped que fatiga la posada, en lugar de galardón; siempre goza del mal ajeno. Pues si esto es assí, o cómo te quiere aquella malvada hembra engañar con su alto nombre, del qual todas se arrean; con su vicio ponçoñoso, quería condennar el ánima por complir su apetito, rebolver tales cosas por contentar su dañada voluntad. O arrufianada mujer, y con qué blanco pan te dava çaraças; quería vender su cuerpo a trueco de contienda. Óyeme y si assí presumes que sea, ármale trato doble qual yo te diré, que quien engaña al engañador... ya me entiendes. Y si sabe mucho la raposa, más el que la toma. Contramínale sus malos pensamientos; scala sus ruyndades quando más segura la tengas, y cantarás después en tu establo; uno piensa el vayo y otro el que lo ensilla.

SOSIA. O Tristán, discreto mançebo, mucho más as dicho que tu edad demanda. Astuta sospecha as remontado, y creo que verdadera. Pero porque ya llegamos al huerto y nuestro amo se nos acerca, dexemos este cuento, que es muy largo, para otro día.

CALISTO. Poned, moços, la scala y callad, que me pareçe que está hablando mi señora de dentro; sobiré encima de la pared y en ella staré escuchando por ver si oyré alguna buena señal de mi amor en absencia.

MELIBEA. Canta más, por mi vida, Lucrecia, que me huelgo en oírte, mientra viene aquel señor, y muy passo entre estas verduricas, que no nos oyrán los que passaren.

LUCRECIA.
O quién fuesse la ortelana
de aquestas viciosas flores
por prender cada mañana
al partir a tus amores;
vístanse nuevas colores
los lirios y el açucena;
derramen frescos olores
quando entre por estrena.

MELIBEA. O quán dulce me es oírte; de gozo me deshago. No cesses, por mi amor.

LUCRECIA.
Alegre es la fuente clara
a quien con gran sed la vea,
mas muy más dulce es la cara
de Calisto a Melibea.
Pues aunque más noche sea
con su vista gozará,
o quando saltar la vea,
qué de abraços le dará.
Saltos de gozo infinitos
da el lobo viendo ganado;
con las tetas, los cabritos;
Melibea con su amado.
Nunca fue más desseado
amador de su amiga,
ni huerto más visitado,
ni noche más sin fatiga.

MELIBEA. Quanto dizes, amiga Lucrecia, se me representa delante; todo me parece que lo veo con mis ojos. Procede, que a muy buen son lo dizes, y ayudarte he yo.

LUCRECIA, MELIBEA.
Dulces árboles sombrosos,
humillaos quando veáys
aquellos ojos graciosos
del que tanto desseáys.
Estrellas que relumbráys,
norte y luzero del día,
¿por qué no le despertáys
si duerme mi alegría?

MELIBEA.
Óyeme tú, por mi vida; que yo quiero cantar sola.
Papagayos, ruyseñores
que cantáys al alvorada;
llevad nueva a mis amores
cómo espero aquí assentada.
La media noche es passada
y no viene;
sabedme si ay otra amada
que lo detiene.

CALISTO. Vencido me tiene el dulçor de tu suave canto; no puedo más çofrir tu penado esperar. O mi señora y mi bien todo, ¿quál mujer podría aver nascida que desprivasse tu gran merescimiento? O salteada melodía, o gozoso rato, o coraçón mío, ¿y cómo no podiste más tiempo çofrir sin interrumper tu gozo y complir el desseo de entramos?

MELIBEA. O sabrosa trayción, o dulçe sobresalto, ¿es mi señor y mi alma, es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estavas, luziente sol? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Havía rato que escuchavas? ¿Por qué me dexavas echar palabras sin seso al ayre con mi ronca boz de cisne? Todo se goza este huerto con tu venida. Mira la luna, quán clara se nos muestra. Mira las nuves, cómo huyen. Oye la corriente agua desta fontesica, quánto más suave murmurio y zurrío lleva por entre las frescas yervas. Escucha los altos cipresses, cómo se dan paz unos ramos con otros por intercessión de un templadico viento que los menea. Mira sus quietas sombras, quán escuras están y aparejadas para encobrir nuestro deleyte. Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tórnaste loca de plazer? Déxamele, no me le despedaces, no le trabajes sus miembros con tus pesados abraços; déxame gozar lo que es mío; no me ocupes mi plazer.

CALISTO. Pues, señora y gloria mía, si mi vida quieres, no cesse tu suave canto; no sea de peor condición mi presentia con que te alegras que mi absentia que te fatiga.

MELIBEA. ¿Qué quieres que cante, amor mío? ¿Cómo cantaré, que tu desseo era el que regía mi son y hazía sonar mi canto? Pues conseguida tu venida, desaparescióse el deseo; destémplase el tono de mi boz. Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía y buena criança, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que estén quedas? ¿Por qué no olvidas estas mañas? Mándalas estar sossegadas y dexar su enojoso uso y conversación incomportable. Cata, ángel mío, que assí como me es agradable tu vista sossegada, me es enojoso tu riguroso trato; tus honestas burlas me dan plazer, tus deshonestas manos me fatigan quando passan de la razón. Dexa estar mis ropas en su lugar, y si quieres ver si es el hábito de encima de seda o de paño ¿para qué me tocas en la camisa?, pues cierto es de lienço. Holguemos y burlemos de otros mil modos que yo te mostraré; no me destroces ni maltrates como sueles. ¿Qué provecho te trae dañar mis vestiduras?

CALISTO. Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las plumas.

LUCRECIA. (Mala landre me mate si más lo escucho; ¿vida es esta? Que me esté yo deshaziendo de dentera y ella esquivándose por que la rueguen. Ya, ya, apaziguado es el ruydo; no ovieron menester despartidores; pero tanbién me lo haría yo si estos necios de sus criados me fablassen entre día, pero esperan que los tengo de yr a buscar.)

MELIBEA. Señor mío, ¿quieres que mande a Lucrecia traer alguna colación?

CALISTO. No ay otra colación para mí sino tener tu cuerpo y belleza en mi poder; comer y bever dondequiera se da por dinero y cada tiempo se puede aver y qualquiera lo puede alcançar, pero lo no vendible, lo que en toda la tierra no ay ygual que en este huerto, ¿cómo mandas que se me passe ningún momento que no goze?

LUCRECIA. (Ya me duele a mí la cabeza descuchar y no a ellos de hablar ni los braços de retoçar ni las bocas de besar; andar, ya callan; a tres me parece que va la vencida).

CALISTO. Jamás querría, señora, que amanesciesse, según la gloria y descanso que mi sentido recibe de la noble conversación de tus delicados miembros.

MELIBEA. Señor, yo soy la que gozo, yo la que gano; tú, señor, el que me hazes con tu visitación incomparable merced.

SOSIA. Assí vellacos, rufianes, ¿veníades âsombrar a los que no os temen? Pues yo juro que si esperárades que yo os hiziera yr como merecíades.

CALISTO. Señora, Sosia es aquel que da bozes; déxame yr a valerle, no le maten; que no está sino un pajezico con él. Dame presto mi capa que está debaxo de ti.

MELIBEA. O triste de mi ventura, no vayas allá sin tus coraças; tórnate a armar.

CALISTO. Señora, lo que no haze spada y capa y coraçón, no lo hazen coraças y capaçete y covardía.

SOSIA. ¿Aún tornáys? Esperadme; quiçá venís por lana.

CALISTO. Déxame, por Dios, señora, que puesta está el escala.

MELIBEA. O desdichada yo, y cómo vas tan rezio y con tanta priessa y desarmado a meterte entre quien no conosces. Lucrecia, ven presto acá, que es ydo Calisto a un ruydo; echémosle sus coraças por la pared, que se quedan acá.

TRISTÁN. Tente, señor, no baxes, que ydos son; que no era sino Traso el coxo y otros vellacos que passavan bozeando, que ya se torna Sosia. Tente, tente, señor, con las manos al scala.

CALISTO. ¡O válame Santa María, muerto soy! ¡Confessión!

TRISTÁN. Llégate presto, Sosia, que el triste de nuestro amo es caído del escala y no habla ni se bulle.

SOSIA. ¡Señor, señor, a essotra puerta! Tan muerto es como mi abuelo. ¡O gran desaventura!

LUCRECIA. Escucha, escucha, gran mal es éste.

MELIBEA. ¿Qué es esto que oygo? Amarga de mí.

TRISTÁN. ¡O mi señor y mi bien muerto, o mi señor [y nuestra honrra] despeñado! O triste muerte [y] sin confessión. Coge, Sosia, essos sesos de essos cantos; júntalos con la cabeça del desdichado amo nuestro. ¡O día de aziago, o arrebatado fin!

MELIBEA. O desconsolada de mí, ¿qué es esto? ¿Qué puede ser tan áspero acontescimiento como oygo? Ayúdame a sobir, Lucrecia, por estas paredes; veré mi dolor; si no, hundiré con alaridos la casa de mi padre. Mi bien y plazer todo es ydo en humo; mi alegría es perdida; consumióse mi gloria.

LUCRECIA. Tristán, ¿qué dizes, mi amor? ¿Qué es esso que lloras tan sin mesura?

TRISTÁN. Lloro mi gran mal, lloro mis muchos dolores; cayó mi señor Calisto del scala y es muerto; su cabeça está en tres partes. Sin confissión pereció. Díselo a la triste y nueva amiga que no espere más su penado amador. Toma tú, Sosia, dessos pies; llevemos el cuerpo de nuestro querido amo donde no padezca su honrra detrimiento; aunque sea muerto en este lugar. Vaya con nosotros llanto; acompáñenos soledad; síganos desconsuelo; vis[í]tenos tristeza; cúbranos luto y dolorosa xerga.

MELIBEA. ¡O la más de las tristes, triste, tan poco tiempo posseído el plazer, tan presto venido el dolor!

LUCRECIA. Señora, no rasgues tu cara ni messes tus cabellos; agora en plazer, agora en tristeza. ¿Qué planeta ovo que tan presto contrarió su operación? ¿Qué poco coraçón es éste? Levanta, por Dios, no seas hallada de tu padre en tan sospechoso lugar, que serás sentida. Señora, señora, ¿no me oyes? No te amortescas, por Dios, ten esfuerço para sofrir la pena, pues toviste osadía para el plazer.

MELIBEA. ¿Oyes lo que aquellos moços van hablando? ¿Oyes sus tristes cantares? Rezando llevan con responso mi bien todo; muerta llevan mi alegría. No es tiempo de yo bivir. ¿Cómo no gozé más del gozo? ¿Cómo tove en tan poco la gloria que entre mis manos tove? O ingratos mortales, jamás conoscés vuestros bienes sino quando dellos carescéys.

LUCRECIA. Abívate, abiva, que mayor mengua será hallarte en el huerto que plazer sentiste con la venida ni pena con ver que es muerto. Entremos en la cámara; acostarte as; llamaré a tu padre y fingiremos otro mal, pues éste no es para se poder encobrir.

Argumento del veynteno auto

LUCRECIA llama a la puerta de la cámara de PLEBERIO. Pregúntale PLEBERIO lo que quiere. LUCRECIA le da priessa que vaya a ver a su hija MELIBEA. Levantado PLEBERIO, va a la cámara de MELIBEA. Consuélala, preguntando qué mal tiene. Finge MELIBEA dolor del coraçón. Embía MELIBEA a su padre por algunos estrumentos músicos. Sube ella y LUCRECIA en una torre. Embía de sí a LUCRECIA; cierra tras ella la puerta. Llégasse su padre al pie de la torre. Descúbrele MELIBEA todo el negocio que avía passado. En fin, déxase caer de la torre abaxo.

PLEBERIO, LUCRECIA, MELIBEA

PLEBERIO. ¿Qué quieres, Lucrecia? ¿Qué quieres tan presurosa? ¿Qué pides con tanta importunidad y poco sossiego? ¿Qué es lo que mi hija ha sentido? ¿Qué mal tan arrebatado puede ser, que no aya yo tiempo de me vestir, ni me des aun spacio a me levantar?

LUCRECIA. Señor, apressúrate mucho si la quieres ver biva; que ni su mal conozco de fuerte ni a ella ya de desfigurada.

PLEBERIO. Vamos presto; anda allá, entra adelante, alça esta antepuerta y abre bien essa ventana, por que la pueda ver el gesto con claridad. ¿Qué es esto, hija mía? ¿Qué dolor y sentimiento es el tuyo? ¿Qué novedad es ésta? ¿Qué poco esfuerço es éste? Mírame, que soy tu padre; háblame por Dios; [conmigo, cuéntame la causa de tu arrebatada pena. ¿Qué has? ¿Qué sientes? ¿Qué quieres? Háblame, mírame], dime la razón de tu dolor, por que presto sea remediado; no quieras embiarme con triste postrimería al sepulcro. Ya sabes que no tengo otro bien sino a ti. Abre essos alegres ojos y mírame.

MELIBEA. ¡Ay, dolor!

PLEBERIO. ¿Qué dolor puede ser, que yguale con ver yo el tuyo? Tu madre está sin seso en oír tu mal; no pudo venir a verte de turbada. Esfuerça tu fuerça, abiva tu coraçón, aréziate de manera que puedas tú conmigo yr a visitar a ella. Dime, ánima mía, la causa de tu sentimiento.

MELIBEA. Peresció mi remedio.

PLEBERIO. Hija, mi bien amada y querida del viejo padre; por Dios no te ponga desesperación el cruel tormiento desta tu enfermedad y passión, que a los flacos coraçones el dolor los arguye. Si tú me cuentas tu mal, luego será remediado, que ni faltarán medicinas ni médicos ni sirvientes para buscar tu salud, agora consista en yervas o en piedras o palabras o esté secreta en cuerpos de animales. Pues no me fatigues más; no me atormentes; no me hagas salir de mi seso; y dime ¿qué sientes?

MELIBEA. Una mortal llaga en medio del coraçón que no me consiente hablar; no es ygual a los otros males; menester es sacarle para ser curada, que está en lo más secreto dél.

PLEBERIO. Temprano cobraste los sentimientos de la vejez. La moçedad toda suele ser plazer y alegría, enemiga de enojo. Levántate de aí; vamos a ver los frescos ayres de la ribera. Alegrarte as con tu madre; descansará tu pena. Cata, si huyes de plazer, no ay cosa más contraria a tu mal.

MELIBEA. Vamos donde mandares. Subamos, señor, al açutea alta, por que desde allí goze de la deleytosa vista de los navíos; por ventura afloxará algo mi congoxa.

PLEBERIO. Subamos, y Lucrecia con nosotros.

MELIBEA. Mas, si a ti plazerá, padre mío, mandar traer algún instrumento de cuerdas con que se sufra mi dolor o tañiendo o cantando, de manera que, aunque aquexe por una parte la fuerça de su accidente, mitigarlo han por otra los dulçes sones y alegre armonía.

PLEBERIO. Esso, hija mía, luego es hecho; yo lo voy a mandar aparejar.

MELIBEA. Lucrecia, amiga, muy alto es esto; ya me pesa por dexar la compañía de mi padre; baxa a él y dile que se pare al pie desta torre, que le quiero dezir una palabra que se me olvidó que hablasse a mi madre.

LUCRECIA. Ya voy, señora.

MELIBEA. De todos soy dexada; bien se ha adereçado la manera de mi morir; algún alivio siento en ver que tan presto seremos juntos yo y aquel mi querido y amado Calisto. Quiero cerrar la puerta, por que ninguno suba a me estorvar mi muerte; no me impidan la partida; no me atajen el camino por el qual en breve tiempo podré visitar en este día al que me visitó la passada noche. Todo se ha hecho a mi voluntad; buen tiempo terné para contar a Pleberio mi señor la causa de mi ya acordado fin. Gran sinrazón hago a sus canas; gran ofensa a su vejez; gran fatiga le acarreo con mi falta; en gran soledad le dexo. Y caso por mi morir a mis queridos padres sus días se diminuyessen, ¿quién dubda que no aya havido otros más crueles contra sus padres? Bursia, rey de Bitinia, sin ninguna razón, no aquexándole pena como a mí, mató su proprio padre. Tolomeo, rey de Egipto, a su padre y madre y hermanos y mujer, por gozar de una mançeba. Orestes a su madre Clistenestra. El cruel emperador Nero a su madre Agripina por sólo su plazer hizo matar. Éstos son dignos de culpa, éstos son verdaderos parricidas, que no yo; que con mi pena, con mi muerte, purgo la culpa que de su dolor se me puede poner. Otros muchos crueles ovo que mataron hijos y hermanos, debaxo de cuyos yerros el mío no pareçerá grande. Philipo, rey de Macedonia; Herodes rey de Judea; Constantino emperador de Roma; Laodice, reyna de Capadocia, y Medea, la nigromantesa. Todos estos mataron hijos queridos y amados sin ninguna razón, quedando sus personas a salvo. Finalmente me occurre aquella gran crueldad de Phrates, rey de los Partos, que por que no quedasse sucessor después dél, mató a Orode, su viejo padre, y a su único hijo y treynta hermanos suyos. Éstos fueron delictos dignos de culpable culpa, que guardando sus personas de peligro, matavan sus mayores y descendientes y hermanos. Verdad es que, aunque todo esto assí sea, no havía de remedarlo en los que mal hizieron. Pero no es más en mi mano. Tú, Señor, que de mi habla eres testigo, ves mi poco poder, ves quán cativa tengo mi libertad, quán presos mis sentidos de tan poderoso amor del muerto cavallero, que priva al que tengo con los bivos padres.

PLEBERIO. Hija mía Melibea, ¿qué hazes sola? ¿Qué es tu voluntad dezirme? ¿Quieres que suba allá?

MELIBEA. Padre mío, no pugnes ni trabajes por venir donde yo estó, que estorvarás la presente habla que te quiero hazer. Lastimado serás brevemente con la muerte de tu única hija. Mi fin es llegado; llegado es mi descanso y tu passión; llegado es mi alivio y tu pena; llegada es mi acompañada hora y tu tiempo de soledad. No havrás, honrrado padre, menester instrumentos para aplacar mi dolor, sino campanas para sepultar mi cuerpo. Si me escuchas sin lágrimas, oyrás la causa desesperada de mi forçada y alegre partida. No la interrumpas con lloro ni palabras, si no, quedarás más quexoso en no saber por qué me mato, que doloroso por verme muerta. Ninguna cosa me preguntes ni respondas más de lo que de mi grado dezirte quisiere, porque quando el corazón está embargado de passión, están cerrados los oídos al consejo. Y en tal tiempo las fructuosas palabras, en lugar de amansar, acrescientan la saña. Oye, padre viejo, mis últimas palabras, y si como yo spero, las recibes, no culparás mi yerro. Bien ves y oyes este triste y doloroso sentimiento que toda la cibdad haze. Bien oyes este clamor de campanas, este alarido de gentes, este aullido de canes, este [grande] strépito de armas. De todo esto fue yo [la] causa. Yo cobrí de luto y xergas en este día quasi la mayor parte de la cibdadana cavallería; yo dexé [hoy] muchos sirvientes descubiertos de señor, yo quité muchas raciones y limosnas a pobres y envergonçantes. Yo fui ocasión que los muertos toviessen compañía del más acabado hombre que en gracias nació. Yo quité a los vivos el dechado de gentileza, de invenciones galanas, de atavíos y bordaduras, de habla, de andar, de cortesía, de virtud. Yo fui causa que la tierra goze sin tiempo el más noble cuerpo y más fresca juventud que al mundo era en nuestra edad criada. Y porque estarás spantado con el son de mis no acostumbrados delictos, te quiero más aclarar el hecho. Muchos días son passados, padre mío, que penava por mi amor un cavallero que se llamava Calisto, el qual tú bien conosciste. Conosciste assimismo sus padres y claro linaje; sus virtudes y bondad a todos eran manifiestas. Era tanta su pena de amor y tan poco el lugar para hablarme, que descubrió su passión a una astuta y sagaz mujer que lamavan Celestina. La qual, de su parte venida a mí, sacó mi secreto amor de mi pecho; descobría a ella lo que a mi querida madre encobría; tovo manera cómo ganó mi querer. Ordenó cómo su desseo y el mío oviessen effecto. Si él mucho me amava, no bivió engañado. Concertó el triste concierto de la dulce y desdichada execución de su voluntad. Vencida de su amor, dile entrada en tu casa. Quebrantó con scalas las paredes de tu huerto; quebrantó mi propósito; perdí mi virginidad. Del qua1 deleytoso yerro de amor gozamos quasi un mes. Y como esta passada noche viniesse según era acostumbrado, a la buelta de su venida, como de la fortuna mudable stoviesse dispuesto y ordenado según su desordenada costumbre, como las paredes eran altas, la noche scura, la scala delgada, los sirvientes que traía no diestros en aquel género de servicio y él baxava pressuroso a ver un ruydo que con sus criados sonava en la calle, con el gran ímpetu que levava no vido bien los passos, puso el pie en vazío y cayó, y de la triste caída sus más escondidos sesos quedaron repartidos por las piedras y paredes. Cortaron las hadas sus hilos; cortáronle sin confessión su vida; cortaron mi sperança; cortaron mi gloria; cortaron mi compañía. Pues ¿qué crueldad sería, padre mío, muriendo él despeñado, que biviesse yo penada? Su muerte conbida a la mía. Combídame y fuerça que sea presto, sin dilación; muéstrame que ha de ser despeñada por seguille en todo. No digan por mí «a muertos y a ydos». Y assí contentarle he en la muerte, pues no tove tiempo en la vida. O mi amor y señor, Calisto, espérame; ya voy; detente si me speras. No me incuses la tardança que hago, dando esta última cuenta a mi viejo padre, pues le devo mucho más. O padre mío muy amado, ruégote, si amor en esta passada y penosa vida me as tenido, que sean juntas nuestras sepulturas; juntas nos hagan nuestras obsequias. Algunas consolatorias palabras te diría antes de mi agradable fin, coligidas y sacadas de aquellos antigos libros que [tú], por más aclarar mi ingenio, me mandavas leerlo, sino que ya la dañada memoria con la gran turbación me las ha perdido y aun porque veo tus lágrimas malsofridas deçir por tu arrugada haz. Salúdame a mi cara y amada madre. Sepa de ti largamente la triste razón porque muero. Gran plazer llevo de no la ver presente. Toma, padre viejo, los dones de tu vegez, que en largos días largas se sufren tristezas. Recibe las arras de tu senectud antigua; recibe allá tu amada hija. Gran dolor llevo de mí, mayor de ti, muy mayor de mi vieja madre. Dios quede contigo y con ella; a Él offrezco mi alma. Pon tú en cobro este cuerpo que allá baxa.

Argumento del veynte e un auto

PLEBERIO, tornado a su cámara con grandísímo llanto, pregúntale ALISA, su muger, la causa de tan súpito mal. Cuéntale la muerte de su hija MELIBEA, mostrándole el cuerpo della todo fecho pedaços, y haziendo su planto, concluye.

ALISA, PLEBERIO

ALISA. ¿Qué es esto, señor Pleberio? ¿Por qué son tus fuertes alaridos? Sin seso estava adormida del pesar que ove quando oí dezir que sentía dolor nuestra hija. Agora oyendo tus gemidos, tus bozes tan altas, tus quexas no acostumbradas, tu llanto y congoxa de tanto sentimiento, en tal manera penetraron mis entrañas, en tal manera traspassaron mi coraçón, assí abivaron mis turbados sentidos, que el ya recebido pesar alancé de mí. Un dolor sacó otro, un sentimiento otro. Dime la causa de tus quexas. ¿Por qué maldizes tu honrrada vejez? ¿Por qué pides la muerte? ¿Por qué arrancas tus blancos cabellos? ¿Por qué hieres tu honrrada cara? ¿Es algún mal de Melibea? Por Dios, que me lo digas, porque si ella pena, no quiero yo vivir.

PLEBERIO. ¡Ay, ay, noble mujer, nuestro gozo en el pozo; nuestro bien todo es perdido; no queramos más bivir! Y por que el incogitado dolor te dé más pena, todo junto sin pensarle, por que más presto vayas al sepulcro, por que no llore yo solo la pérdida dolorida de entramos, vez allí a la que tú pariste y yo engendré, hecha pedaços. La causa supe della, más la he sabido por estenso desta su triste sirviente. Ayúdame a llorar nuestra llagada postremería. ¡O gentes que venís a mi dolor, o amigos y señores, ayudadme a sentir mi pena! ¡O mi hija y mi bien todo, crueldad sería que biva yo sobre ti! Más dignos eran mis sesenta años de la sepultura, que tus veynte. Turbóse la orden del morir con la tristeza que te aquexavas. O mis canas, salidas para aver pesar, mejor gozara de vosotras la tierra que de aquellos ruvios cabellos que presentes veo; fuertes días me sobran para bivir; quexarme he de la muerte; incusarla he su dilación, quanto tiempo me dexare solo después de ti. Fáltame la vida, pues me faltó tu agradable compañía. O mujer mía, levántate de sobre ella, y si alguna vida te queda, gástala conmigo en tristes gemidos, en quebrantamiento y sospirar, y si por caso tu spíritu reposa con el suyo, si ya as dexado esta vida de dolor, ¿por qué quesiste que lo passe yo todo? En esto tenés ventaja las hembras a los varones, que puede un gran dolor sacaros del mundo sin lo sentir, o a lo menos perdéys el sentido, que es parte de descanso. ¡O duro coraçón de padre! ¿cómo no te quiebras de dolor, que ya quedas sin tu amada heredera? ¿Para quién edifiqué torres; para quién adquirí honrras; para quién planté árboles, para quién fabriqué navíos? ¡O tierra dura! ¿cómo me sostienes? ¿Adónde hallará abrigo mi desconsolada vejez? ¡O fortuna variable, ministra y mayordoma de los temporales bienes! ¿Por qué no executaste tu cruel yra, tus mudables ondas, en aquello que a ti es subjeto? ¿Por qué no destruíste mi patrimonio; por qué no quemaste mi morada; por qué no asolaste mis grandes heredamientos? Dexárasme aquella florida planta en quien tú poder no tenías; diérasme, fortuna flutuosa, triste la moçedad con vejez alegre; no pervertieras la orden. Mejor sufriera persecuciones de tus engaños en la rezia y robusta edad que no en la flaca postremería. ¡O vida de congoxas llena, de miserias acompañada, o mundo, mundo! Muchos mucho de ti dixieron, muchos en tus qualidades metieron la mano, a diversas cosas por oídas te compararon. Yo por triste experiencia lo contaré, como a quien las ventas y compras de tu engañosa feria no prósperamente sucedieron, como aquel que mucho ha hasta agora callado tus falsas propiedades por no encender con odio tu yra, por que no me secasses sin tiempo esta flor que este día echaste de tu poder. Pues agora sin temor, como quien no tiene qué perder, como aquel a quien tu compañía es ya enojosa, como caminante pobre que sin temor de los crueles salteadores va cantando en alta boz. Yo pensava en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden. Agora, visto el pro y la contra de tus bienandanças, me pareçes un laberinto de errores, un desierto spantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región llena de spinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuydados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce ponçoña, vana esperança, falsa alegría, verdadero dolor. Cévasnos, mundo falso, con el manjar de tus deleytes; al mejor sabor nos descubres el anzuelo; no lo podemos huyr, que nos tiene ya caçadas las voluntades. Prometes mucho, nada no cumples. Échasnos de ti, porque no te podamos pedir que mantengas tus vanos prometimientos. Corremos por los prados de tus viciosos vicios muy descuydados, a rienda suelta; descúbresnos la celada quando ya no ay lugar de bolver. Muchos te dexaron con temor de tu arrebatado dexar; bienaventurados se llamarán quando vean el gualardón que a este triste viejo as dado en pago de tan largo servicio. Quiébrasnos el ojo y úntanos con consuelo[s] el caxco. Hazes mal a todos por que ningún triste se halle solo en ninguna adversidad, diziendo que es alivio a los míseros, como yo, tener compañeros en la pena. Pues desconsolado viejo, ¡qué solo estoy! Yo fui lastimado sin aver ygual compañero de semejante dolor, aunque más en mi fatigada memoria rebuelvo presentes y passados. Que si aquella severidad y paciencia de Paulo Emilio me viniere a consolar con pérdida de dos hijos muertos en siete días, diziendo que su animosidad obró que consolasse él al pueblo romano y no el pueblo a él, no me satisfaze, que otros dos hijos le quedavan dados en adopción. ¿Qué compañía me ternán en mi dolor aquel Pericles capitán ateniense, ni el fuerte Xenofón, pues sus pérdidas fueron de hijos absentes de sus tierras? Ni fue mucho no mudar su frente y tenerla serena, y el otro responder al mensajero que las tristes albricias de la muerte de su hijo le venía a pedir, que no recibiesse él pena, que él no sentía pesar. Que todo esto bien differente es a mi mal. Pues menos podrás dezir, mundo lleno de males, que fuimos semejantes en pérdida aquel Anaxágoras y yo, que seamos yguales en sentir y que responda yo, muerta mi amada hija, lo que él su único hijo, que dixo: «Como yo fuesse mortal sabía que avía de morir el que yo engendrava». Porque mi Melibea mató a ssí misma de su voluntad a mis ojos con la gran fatiga de amor que le aquexava; el otro matáronle en muy lícita batalla. ¡O incomparable pérdida, o lastimado viejo, que quanto más busco consuelos, menos razón hallo para me consolar! Que si el profeta y rey David al hijo que enfermo llorava, muerto no quiso llorar, diziendo que era quasi locura llorar lo irrecuperable, quedávanle otros muchos con que soldasse su llaga. Y yo no lloro triste a ella muerta pero la causa desastrada de su morir. Agora perderé contigo, mi desdichada hija, los miedos y temores que cada día me espavorecían. Sola tu muerte es la que a mí me haze seguro de sospecha. ¿Qué haré quando entre en tu cámara y retraymiento y la halle sola? ¿Qué haré de que no me respondas si te llamo? ¿Quién me podrá cobrir la gran falta que tú me hazes? Ninguno perdió lo que yo el día de hoy, aunque algo conforme parescía la fuerte animosidad de Lambas de Auria, duque de los athenienses, que a su hijo herido con sus braços desde la nao echó en la mar; porque todas éstas son muertes que, si roban la vida, es forçado de complir con la fama. Pero ¿quién forçó a mi hija [a] morir, sino la fuerte fuerça de amor? Pues, mundo halaguero, ¿qué remedio das a mi fatigada vejez? ¿Cómo me mandas quedar en ti conociendo tus falsías, tus lazos, tus cadenas y redes, con que pescas nuestras flacas voluntades? ¿A dó me pones mi hija? ¿Quién acompañará mi desacompañada morada? ¿Quién terná en regalos mis años que caducan? ¡O amor, amor, que no pensé que tenías fuerça ni poder de matar a tus sujectos! Herida fue de ti mi juventud. Por medio de tus brasas passé ¿cómo me soltaste para me dar la paga de la huida en mi vejez? Bien pensé que de tus lazos me avía librado quando los quarenta años toqué, quando fui contento con mi conyugal compañera, quando me vi con el fruto que me cortaste el día de hoy. No pensé que tomavas en los hijos la vengança de los padres, ni sé si hieres con hierro, ni si quemas con huego; sana dexas la ropa; lastimas el coraçón. Hazes que feo amen y hermoso les paresca. ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te conviene? Si amor fuesses, amarías a tus sirvientes; si los amasses, no les darías pena; si alegres biviessen, no se matarían como agora mi amada hija. ¿En qué pararon tus sirvientes y sus ministros? La falsa alcahueta Celestina murió a manos de los más fieles compañeros que ella para tu servicio emponçoñado jamás halló; ellos murieron degollados, Calisto despeñado. Mi triste hija quiso tomar la misma muerte por seguirle. Esto todo causas. Dulce nombre te dieron, amargos hechos hazes. No das yguales galardones; iniqua es la ley que a todos ygual no es. Alegra tu sonido, entristece tu trato. Bienaventurados los que no conociste o de los que no te curaste. Dios te llamaron otros, no sé con qué error de su sentido traídos. Cata que Dios mata los que crió; tú matas los que te siguen. Enemigo de toda razón, a los que menos te sirven das mayores dones, hasta tenerlos metidos en tu congoxosa dança. Enemigo de amigos, amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni concierto? Ciego te pintan, pobre y moço. Pónente un arco en la mano con que tires a tiento; más ciegos son tus ministros que jamás sienten ni veen el desabrido galardón que se saca de tu servicio. Tu fuego es ardiente rayo que jamás haze señal do llega. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas, las quales son tantas que de quién començar pueda apenas me ocurre; no sólo de christianos mas de gentiles y judíos y todo en pago de buenos servicios. ¿Qué me dirás de aquel Macías de nuestro tiempo, cómo acabó amando, cuyo triste fin tú fuiste la causa? ¿Qué hizo por ti Paris? ¿Qué Helena? ¿Qué hizo Ypermestra? ¿Qué Egisto? Todo el mundo lo sabe. Pues a Sapho, Ariadna, Leandro ¿qué pago les diste? Hasta David y Salomón no quesiste dexar sin pena. Por tu amistad Sansón pagó lo que meresció por creerse de quien tú le forçaste a darle fe. Otros muchos que callo porque tengo harto que contar en mi mal. Del mundo me quexo porque en sí me crió, porque no me dando vida no engendrara en él a Melibea; no nascida, no amara; no amando, cessara mi quexosa y desconsolada postremería. O mi compañera buena y [o] mi hija despedagada, ¿por qué no quesiste que estorvasse tu muerte? ¿Por qué no oviste lástima de tu querida y amada madre? ¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre? [¿Por qué me dexaste, quando yo te havía de dexar?] ¿Por qué me dexaste penado? ¿Por qué me dexaste triste y solo in hac lacrimarum valle?

Concluye el auctor, aplicando la obra al propósito por que la hizo

1.

Pues aquí vemos quán mal fenecieron
aquestos amantes, huygamos su dança;
amemos a aquel que spinas y lança
açotes y clavos su sangre vertieron;
los falsos judíos su haz escupieron;
vinagre con hiel fue su potación;
por que nos lleve con el buen ladrón
de dos que a sus santos lados pusieron.

2.

No dudes ni ayas vergüença, lector,
narrar lo lascivo que aquí se te muestra,
que siendo discreto, verás ques la muestra
por donde se vende la honesta lavor,
de nuestra vil massa con tal lamedor
consiente coxquillas de alto consejo,
con motes y trufas del tiempo más viejo
scriptas abueltas le ponen sabor.

3.

Y assí no me juzgues por esso liviano
mas antes zeloso de limpio bivir;
zeloso de amar, temer y servir
al alto Señor y Dios soberano;
por ende si vieres turbada mi mano
turvias con claras mezclando razones,
dexa las burlas, qu'es paja y grançones
sacando muy limpio dentrellas el grano.

Alonso de Proaza, corrector de la impressión, al lector

1.

La harpa de Orpheo y dulçe armonía
forçava las piedras venir a su son;
abrié los palacios del triste Plutón
las rápidas aguas parar las hazía;
ni ave volava ni bruto pascía;
ella assentava en los muros troyanos,
las piedras y froga sin fuerça de manos
según la dulçura con que se tañía.

Prosigue y aplica

2.

Pues mucho más puede tu lengua hazer,
lector, con la obra que aquí te refiero,
que a un coraçón más duro que azero
bien la leyendo harás liquescer,
harás al que ama amar no querer
harás no ser triste al triste penado;
al ques sin aviso harás avisado;
assí que no es tanto las piedras mover.

Prosigue

3.

No debuxó la cómica mano
de Nevio ni Plauto, varones prudentes,
tan bien los engaños de falsos sirvientes
y malas mujeres en metro romano.
Cratino y Menandro y Magnes anciano
esta materia supieron apenas
pintar en estilo primero de Athenas
como este poeta en su castellano.

Dize el modo que se ha de tener leyendo esta tragicomedia

4.

Si amas y quieres a mucha atención
leyendo a Calisto mover los oyentes,
cumple que sepas hablar entre dientes;
a vezes con gozo, esperança y passión,
a vezes ayrado con gran turbación;
finge leyendo mil artes y modos;
pregunta y responde por boca de todos,
llorando o riyendo en tiempo y sazón.

Declara un secreto que el autor encubrió en los metros que puso al principio del libro

5.

Ni quiere mi pluma ni manda razón
que quede la fama de aqueste gran hombre
ni su digna gloria ni su claro nombre
cubierto de olvido por nuestra ocasión;
por ende juntemos de cada renglón
de sus onze copias la letra primera,
las quales descubren por sabia manera
su nombre, su tierra, su clara nación.

Describe el tiempo en que la obra se imprimió

6.

El carro de Phebo después de aver dado
mil quinientas y siete bueltas en rueda,
ambos entonces los hijos de Leda
a Phebo en su casa tenién posentado,
quando este muy dulce y breve tratado
después de revisto y bien corregido
con gran vigilancia puntado y leído
fue en Çaragoça impresso acabado.

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