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Los rostros del horror

El Nacional, domingo 16 de setiembre de 2001

I. El horario carece de rostro pero no de sombra. Tras cada sombra hay otra sombra y tras ésta otra. A veces las sombras son sombras de otras sombras. No parecen ser como las sombras humanas, tras las cuales hay siempre cuerpos que cantan o padecen, ni como las sombras de los árboles sobre las que el viento deposita arrullos o apagadas conjeturas. Tampoco son como las sombras de aquellos indios de la costa caribe que no tenían más dioses que sus sombras, inseparables compañeras, ni como las de ciertas aves de alto vuelo que por perpetrarse en las alturas abandonan sus sombras a su suerte.

Estas sombras sin rostro pertenecen al crimen, a la vesania, a la venganza, al despropósito, pero también, no lo olvidemos, a la injusticia. Pertenecen no al esplendor sino a la decreptitud. Están en un lado y en el otro. Pertenecen al fanatismo pero también a la intolerancia. A la crueldad pero también a la discriminación y al expolio. Al terror pero también al avasallamiento.

Con esto quiero decir que sus sombras sin alma no conocen compasión ni fronteras. Que es difícil distinguir unas de otras, pues que andan trajeadas de verdades absolutas, de dinares y de dólares, pisastras y de libras, de sofismas y de doctrinas supuestamente sagradas de dios o del mercado para ocultar la sed de dominio, de lucero, de rapiña, de atropello, de resentimiento o de violencia.

Un antiguo proverbio chino dice que quien osara sembrar sombras ha de recoger sombra: el horror no discrimina. Sólo el dolor de los sensibles es capaz de comprender este espanto universal. Víctimas inocentes en todo el mundo, antes y ahora, han caído y caen por una causa u otra, pero ¿cuántos sucumben por la ambición humana de poder, por la sed de vencer o conquistar, por el ansia de sobreponerse a otros, por el egoísmo alimentado por un modelo de sociedad que hizo de la vida un despreciable templo consumista? No sabemos de dónde partieron esta vez las sombras que aniquilaron tantas vidas, cada una de ellas con un rostro cierto, amado por alguien. Descubrirlas y castigarlas no llevará la paz a nadie, ni escarmentará a nadie, ni traerá a la humanidad sosiego. Acaso sólo el alivio de la vindicta, y ni eso, porque los asesinos dejaron, con las de sus víctimas, sus propias vidas, o por mejor decir, las sombras de sus sombras.

¿Por qué mejor no nos preguntamos por qué siguen ocurriendo estos crímenes? ¿Qué tenebrosas resoluciones, qué precedentes, qué pulsaciones del mundo o del submundo, qué fiebres de venganza, qué ultrajes por cobrar impulsaron a esos seres a la desesperación y el terror? ¡En su muda elocuencia la historia podría revelarnos tantas cosas!

II. Todavía ignoramos, pero menos que antes, qué infecundos laberintos transitan o qué enloquecida rosa de los vientos guía ciertas acciones humanas. Hace unos las Naciones Unidas declararon a Jerusalén Ciudad de la Paz. Se supone que lo hicieron no por ser cuna de tres religiones cuyos jerarcas y adeptos menos tolerantes —diciéndose poseedores cada uno por su lado de la única verdad— ensangrentaron al mundo durante dos mil años (y aún lo hacen), sino por haber descubierto en aquellos muros milenarios, no el fanatismo o la intransigencia, sino la condescendencia y la paz. Celebrado sea.

¿Quién en cambio declaró sitio de paz el llamado Jardín de Lumbini, en donde se supone nació (el año 563 antes de Cristo) Siddharta Gautama, mejor conocido como Buda, en cuyo nombre jamás se ha derramado una sola gota de sangre ni se ha hecho ninguna guerra santa? Misterio.

Estados Unidos es un gran país y el pueblo norteamericano ha construido su nación con amor y abnegación. Pero Estados Unidos no es único ni perfecto. En su pasado y en su presente, contrariando los más hermosos postulados de su constitución, existen terribles manchas e inquietudes. Mas ¿por qué ha de pagar el pueblo de EE UU, ni ningún otro, estas culpas? Todo crimen es un ultraje al universo.

El año pasado, por octubre, estuve en Nueva York. Era mi primera visita al país y escogí la ciudad de Walt Whitman para ver qué quedaba del East River que tanto iluminó mi visión de aquella comarca volcada en el mar, poblada por la niebla del Atlántico y por los sioux. Contra mis previsiones, y aún bajo los viejos antídotos del libro de García Lorca, quedé deslumbrado. Deslumbrado por el poder humano capaz de levantar, en medio del hierro y el concreto, aquel portentoso espacio-espejo de toda la humanidad. Desde mi hotel, las torres gemelas se alzaban en la noche como dos enormes cirios que anunciaban a los cielos la certidumbre de una inteligencia capaz de vencer todas las sombras.

III. Como otrora, encubren otra vez sus rostros, y tras ellos otros rostros —otras sombras— que se niegan a aceptar que la tierra es ancha y puede y debe abrigar a todos los hombres. Por eso el más urgente deber de la humanidad es descubrir y vencer los rostros de esas sombras, las del horror. Tal vez entonces podamos decir a pleno corazón estos versos de un poema de Carlos Drummond de Andrade:

    Sobre mi mesa, sobre mi cueva, ¡cómo fulgura el sol!
    Gracias, hermano, por el sol que me diste,
    en apariencia robándolo.
    Yo no puedo clasificar los bienes preciosos.
    Todo es precioso...
    y tranquilo
    como los ojos guardados en los párpados.


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