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Cómo aprendí a no preocuparme ¿Cien días ya? El Nacional, sábado 15 de mayo de 1999 No abundan las mañanas en las que puedo anticipar, mientras me ducho y me afeito y se cuela el café, que tengo un artículo entre manos. En días así, para colmo, como para terminar de desanimarme, me da por sostener que una buena pieza de opinión debe aspirar a ser, al menos, el germen de un ensayo socioantropológico. Que sólo así tendrá una oportunidad de desafiar con éxito las leyes gravitatorias de la opinión, esas que inescapablemente precipitan nuestros pareceres semanales hacia el hueco negro de lo circunstancial y lo prescindible; en fin, hacia el olvido. Para ello, un componente narrativo puede venir bien: en este caso, narrar cómo dejé de preocuparme ante lo que desvelaba a muchos de mis contemporáneos: la idea del ascenso de Chávez al poder. Hoy parece uno de esos días: se han cumplido cien días del gobierno de Hugo Chávez y no solamente no está Francisco Mieres al frente de Pdvsa lo que habría significado, en verdad, un verdadero cataclismo, sino que ¡Domingo Miliani!, de entre todos los burócratas culturales al sur del Río Bravo, está de nuevo tras el mostrador de la Fundación Rómulo Gallegos. Dos menciones con las que busco poner en perspectiva la «normalidad», la relativamente escasa trepidación que se advierte en el proceso que vivimos y que muchos habían pronosticado sería dantesco. Hubo quien contaba con que para estas fechas estaríamos en las garras de un Kim Il Sung llanerazo, languideciendo en una economía autárquica como consecuencia de la moratoria unilateral del pago de la deuda, con miles de opositores confinados en campos de reeducación, fuga de cerebros e importación de «asesores» cubanos, todo el mundo comiendo pisillo de orimulsión con arepas de soya norcoreana y obligados a ver por televisión las clínicas de pitcheo que el máximo líder dictaría a los niños del programa de recuperación de huelepegas. Haber discernido hace más de un año que el apocalipsis de AD y Copei no tenía que significar el apocalipsis de la mayoría de los venezolanos, es un logro más de mi intuición, que aunque hecha originalmente para andar por casa y en chancletas, se ha revelado verdaderamente bergsoniana, y si existe justicia en el mundo, debería colocarme en la lista de los mirones y habladores de pendejadas más perspicaces del condado. Para este breve ensayo de autobiografía intelectual contaré, felizmente, con mucho más de ochocientas palabras con las que extraviarme. Me hace, dicho sea de paso, muy feliz el que no constriñan mi artículo las republicanas lamentaciones de Luis Piñerúa ¿lo recuerdan ?, el perpetuo Catón que se tragó, seguramente por irrebatibles razones de Estado, la lista de corruptos de AD tan pronto lo incorporaron al gabinete, ni las «dormitivas» de Juan Ernesto Montenegro, que si han de llamarse «crónicas» ha de ser por lo que tienen de inveterado, como ciertas cefaleas, como la rinitis o las fiebres palúdicas, llamadas también tercianas. «¡Ahora lo podemos decir!»Érase una vez el segundo período de Caldera, respecto al cual, me pasa lo que a Fidel Castro con la antigua Unión Soviética. Me explicaré: en La Habana, en el 93, se puso de moda un dichito popular «ahora lo podemos decir», que sazonaba a cada rato la conversación. Los chuscos hicieron suya esta muletilla de Fidel, a la que acudía en sus discursos, inmediatamente después de la extinción de la URSS. Liberado por la fuerza de la gravedad de sus compromisos internacionalistas, Fidel salpicaba sus discursos con locuciones tales como: «Ahora lo podemos decir: los camiones que nos mandaban eran una mierda». O bien, «ahora lo podemos decir: los fertilizantes que nos mandaban estaban bien para la remolacha ucraniana pero secaban el boniato en Sagua La Grande». Y así. Pues bien, tuve amigos en la administración Caldera Teodoro Petkoff, por ejemplo y sin buscar más lejos y en atención a eso que en criollo llamamos «delicadeza», en más de una ocasión reprimí la intemperancia que Ud., señora ama de casa, tanto aprecia en mis artículos. Bueno, mutatis mutandi «ahora lo podemos decir», el gobierno de Rafael Caldera fue el peor que hayamos tenido jamás, porque desmañadamente pretendió contener en lugar de normar, de facilitar los cambios. Para ello precisamente fue llamado Caldera, pero no quiso sino aplazar, ganar tiempo en procura de una reconstitución de justamente todo lo que condujo a la crisis sistémica que comenzó el 4 de febrero del 92. La foto de Caldera, jugandito dominó con Alfaro Ucero mientras «El Burro» Martínez toma para sí el papel de mirón de palo, es iconografía sustancial de ese período, y de todo lo que Caldera y su equipo político, de buena o mala fe, juzgaban era lo que nos convenía. En aquel tiempo remoto, recordemos, Sáez punteaba las encuestas y Chávez le pisaba los talones. A mí entonces como ahora me parecía Irene Sáez ni más ni menos la máquina de rezonificar terrenos urbanos que hizo de Chacao esa calamidad de Centros Sambiles y de casas de Mujica demolidas para construir edificios de lujo y que ahora amenaza con convertir a Margarita en un Mall insular con un vasto estacionamiento en la playa circunvalando toda la isla. En cuanto a Chávez, ciertamente me escamaban las opiniones de los finados Núñez Tenorio y Pedro Duno, las insostenibles memeces de Francisco Mieres en materia petrolera, la infatuación moralista y la fachenda bolivariana de la retórica chavista, y cosas así. A más del natural recelo latinoamericano hacia los milicos. Pero de ninguna manera me escandalizaba su pasado golpista. Crecí, me hice a la vida adulta revuelto con tipos, hoy fundadamente estimados hasta por el Wall Street Journal, a quienes admiré precisamente porque habían sido consumados quemadores de cauchos, avezados guerrilleros urbanos, irreductibles periodistas de barricada, «trotskos» infiltradores de partidos burgueses, contumaces golpistas; en fin, obstinados tiradores de paradas y imaginativos promotores de toda clase de vainas expresamente prohibidas por las leyes de la República. Rómulo Betancourt, Eloy Torres, Antonio José Urbina, Manuel Quijada y hasta los papás de figuras de la telenovela como Corina Azopardo y Fernando Carrillo fueron alguna vez golpistas. Que Chávez fuese un golpista no era, en sí misma, mala recomendación para mí. Pues bien, es en ese trance, cuando me llaman los panas en plan de promover la candidatura presidencial ¡de Luis Giusti! Les alarmaba la tenaza «Irene Sáez-Hugo Chávez». Pensaban, bona fide, que el bien ganado prestigio que entre las élites gozaba el ex presidente de Pdvsa, era transfundible al top of mind de la masa desdentada e irredenta la cual, al ver a Giusti entrar en la contienda, compararía los respectivos curricula, disiparía su ira contra los del 58 y discurriría que entre la Sáez y Chávez, era preferible el gerente petrolero del año. La propuesta, a todas luces una más de las paradas del siglo XX venezolano, requería una exquisita ejecución comunicacional y una musculatura política formidables. Al primer reparo se me dijo que no había tiempo para preciosismos. Y al segundo, que hasta Alfaro, terminaría estando de acuerdo y brindaría su apoyo. Contando estas cosas lo único que voy ganando es que más nunca nadie me invite a ninguna parte. Pero imbuido como estoy del espíritu del «ahora lo podemos decir», me luce pertinente evocar la velada en que se logró reunir a un corte transversal, una muestra significativa del establishment. Ni siquiera llegó a plantearse la moña de la candidatura Giusti: recordaré siempre aquella noche como ejemplo de cuán ensoberbecidas anduvieron nuestras élites, cuánta emocionalidad descaminadora, cuánta improbidad intelectual vinieron en ayuda de sus insuficiencias. Tuve una figuración de lo que debió ser la Caracas de Ignacio Andrade, tramoleando las noticias del avance de Cipriano Castro según la versión de Manuel Antonio Matos. Esa noche decidí que necesitaba tener un hueco en la cabeza para hacer mías las alarmas de aquellos caballeros y que Chávez merecía ganar. Que no habría guerra civil, sino que, todo lo más, sería un gobierno más o menos retórico, más o menos inexperto. Me gané, por escribirlo, el mote de criptochavista y el de «vacilante». Me endilgaron el tópico del intelectual fascinado por el hombre fuerte y todo ese jazz manipulador. Pero acerté: mi amigo Manuel Caballero ya no dice que son fascistas, sino que son «los mismos con las mismas», Francisco Mieres no es el presidente de Pdvsa y Domingo Miliani ha vuelto al Rómulo Gallegos. No serán los cien días de Roosevelt, pero tampoco los de Bonaparte. Y han demostrado que es viable una Venezuela sin Acción Democrática y Copei.
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