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Sección: Bitblioteca
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Un enemigo verdadero El Nacional, sábado 24 de febrero de 2001 Hasta los paranoicos tienen enemigos verdaderos. Atribuido a Henry Kissinger 1. «No, no se ponga a estudiar a la OPEP», le dijo Juan Pablo Pérez Alfonzo a la investigadora estadounidense que lo entrevistaba un día cualquiera: «La OPEP es cosa aburrida. Estudie más bien lo que el petróleo le hace a Venezuela, lo que está haciendo con nosotros». A juzgar por el fruto su trabajo, Terry Lynn Karl siguió provechosamente su consejo. En 1997, la Universidad de California publicó su libro La paradoja de la abundancia: los booms petroleros y los petroestados. Este artículo se propone comentar un libro que encuentro valioso en extremo, así que si Ud. es del tipo de lector que cada sábado espera de mí un divertimento más o menos zumbón, más o menos sangriento, más o menos gratificador de sus fobias antichavistas, este es el momento de bajarse porque hoy estamos con ánimo bibliográfico y sólo al final del artículo encontrará Ud. una apostilla, nada apocalíptica por cierto, sobre el petroestado y Hugo Chávez. Volviendo al trabajo de la profesora Karl, diré que su libro se deja leer como verdaderamente esclarecedor entre tanto libro mórbidamente fastidioso como es la mayoría de los que se han escrito sobre el petróleo y Venezuela. Rasgos llamativos y abundantes en esa bibliografía son la sobresimplificación y los misticismos morales de izquierda y derecha. Esos moralismos de uno y otro signo han llegado a darse la mano para vertebrar el catálogo de tópicos de sobremesa que intentan explicar, a menudo sin éxito, cómo fue que desperdiciamos nuestro siglo XX petrolero. Para quien aspire a hacerlo mejor que Gumersindo Torres o Pérez Alfonzo, es imperioso responder a la pregunta: «¿Qué rayos tiene el petróleo que envenena?». Y de esto último, Terry Lynn Karl tiene mucho que decirnos. 2. En un capítulo quizá demasiado poco leído de La riqueza de las naciones, Adam Smith llama por primera vez la atención sobre la diferencia específica que hace de la riqueza mineral una clase en sí misma de riqueza. La paradoja de la abundancia puede leerse como una especie de «fisiología» del estado petrolero, entendido este último como un caso particular, muy particular, de los estados mineros. Ocurre que no sólo no comparten los estados petroleros las características de otros estados mineros, sino que tampoco se parecen a los piases manufactureros o agrícolas del mundo industrial avanzado o en desarrollo, cuyos productos de exportación ni son agotables, ni son propiedad estatal, ni son tan estratégicamente importantes, ni son tan intensivos en capital, ni se ven tan dominados por variables externas como lo es el petróleo. Atendiendo a estas singularidades, la profesora Karl se interesa de manera especial en la interacción entre el desarrollo económico y los cambios institucionales en los países exportadores de petróleo Los petroestados se erigen, como es natural, sobre lo que había antes de que en las naciones hiciera aparición la industria petrolera. En la mayoría de los casos, la industria petrolera encontró lo que encontró en su momento en Venezuela: un legado de extremada debilidad institucional y administrativa. Puede decirse que a comienzos del siglo XX, cuando llegaban las primeras partidas de exploración petrolera, el estado venezolano apenas comenzaba a formarse. El modo como un estado «se gana la vida» nos dice Karl es decisivo en sus patrones de institucionalización». Pero, fatalmente, la manera con que un estado recauda y distribuye sus recursos crea a su vez incentivos, a menudo impensados, que imponen «preferencias» a los gobernantes, y con ellas, restricciones a los gobiernos en trance de elaborar políticas públicas. En el caso de los petroestados, todo lo que por sí solo ya sería suficientemente malo se agrava porque el modo en que «se ganan la vida» está expuesto además a una circunstancia inherente a la naturaleza misma del negocio petrolero: los ciclos, la alternancia de los booms y las sequías. Una truculenta y feroz paradoja del petroestado se halla en el hecho de que su escaso desarrollo institucional lo incapacita para lidiar con las turbulencias que traen consigo las bonanzas. Y una notable propensión a azotar a sus ciudadanos con toda clase de calamidades, la más lancinante e irónica de las cuales es la pobreza extrema. Desde 1922, Venezuela ha atravesado por varios booms. Si nuestra memoria colectiva no fuese tan inatenta a casi todo lo que tiene que ver con el petróleo, recordaría las secuelas de al menos dos de los más recientes de ellos, el del 73 y el del 83. Felizmente la profesora Karl los analiza para ilustración nuestra. Los capítulos más estremecedores de su libro son aquellos que, por decirlo así, «deconstruyen» el relato convencionalmente aceptado de los años de la Gran Venezuela, los años de Carlos Andrés Pérez y su perversa prolongación en las «gestiones» de Herrera, Lusinchi y otra vez Pérez. En la disertación de Karl, el desempeño de Venezuela durante los booms del 73 y del 83 es cotejado con el de otros países exportadores de petróleo sujetos a parecidas condiciones de presión y temperatura como las que un boom puede introducir en el sistema. Muchos de ellos son países miembros de la OPEP, surgidos de la descolonización que siguió a la 2ª Guerra Mundial, como Indonesia, Nigeria, o Argelia. Otros son repúblicas hispanoamericanas, como México y Ecuador. También se considera el desempeño de una nación islámica no árabe, como es el caso de Irán. Distintos países, distintas formaciones sociales y económicas, distintas culturas; los mismos males. Y las mismas ineptas respuestas con iguales efectos paradójicos de endeudamiento y pobreza creciente. Dos «conductas» discierne Karl en los petroestados que atraviesan períodos de bonanza. Una atañe a la jurisdicción y a la autoridad: todo petroestado que atraviesa un boom tiende a expandir su jurisdicción y a reducir su eficiencia, a encontrar nuevas áreas de «competencia» donde ejercer deficientemente su acción o negarse a prestar la batea y neutralizar otros agentes. Sus gobernantes caen con frecuencia en fase maníaca y dan en exigir a sus parlamentos poderes especiales que permitan rodear las insuficiencias institucionales del petroestado para afrontar mejor la contingencia feliz de un «boom». Gracias a la bonanza, ahora al fin todo puede hacerse; en consecuencia, todo debe hacerse. Surgen así, sin orden ni concierto, nuevas competencias, nuevas jurisdicciones, nuevas agencias. Al interior del petroestado, esas competencias, jurisdicciones y agencias libran sangrientas batallas por el control de los recursos extraordinarios, batallas que debilitan aún más el tejido institucional y favorecen la concentración de poderes, el vacío legal, la discrecionalidad y la corrupción. El duelo que en la Venezuela de «Pérez I» protagonizaron el Fondo de Inversiones, Cordiplan y el Ministerio de Hacienda tiene correlatos en otros países exportadores. La otra conducta que suele desplegar el petroestado que atraviesa un boom , es la de acudir al crédito internacional para evadir los conflictos que entraña recaudar impuestos en tiempos de vacas gordas. El libro de la profesora Karl termina con un estudio comparado entre el desempeño de varios de los países mencionados y el de un país europeo, relativamente pobre pero institucionalmente maduro, que sí ha sabido afrontar el descubrimiento de una repentina riqueza petrolera sin verse afectado por ello como lo hemos sido los indonesios, los nigerianos, los argelinos y los venezolanos : Noruega. Todo esto luce ciertamente relevante cuando se piensa que más acá de los cambios políticos que han sobrevenido en Venezuela desde 1998, y a despecho de la retórica oficialista, el petroestado monstruosamente inepto y monstruosamente corrupto que Chávez combatió para heredarlo sigue aún con vida. Añádese a ello la circunstancia de que estemos viviendo justamente un boom, uno de los más sostenidos de los últimos treinta años. Al terminar de leer La paradoja de la abundancia, resulta natural preguntarse si en verdad el enemigo que Chávez quiere desenmascarar puede ser la improbable «oligarquía», o los protervos propietarios de los medios o los innominados «enemigos del proceso» que tanto fustiga su oratoria de barricada. El petroestado venezolano, invicto, incólume pese a tantos cambios políticos, y el «boom» que atravesamos, son quizá la verdadera acechanza y el verdadero enemigo de Hugo Chávez. ¿Habrá lecciones que aprender de la vida o todo ha de ser inventar para volver a errar?
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