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Sección: Bitblioteca
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A fuego lento... con Ibsen Martínez «Por Venezuela deberían pasar aviones con gerenticida» [entrevista] Rubén Wisotzki y Juan Antonio González El Nacional, lunes 18 de setiembre de 2000 Polémico opinador de oficio, experto en eso de sacudir posiciones encontradas, Ibsen Martínez vuelve nuevamente a la carga con la edición de su primera novela El mono aullador de los manglares, editada bajo el cuidado de Grijalbo. Aunque se autodefinió incapaz de hacer un balance de la literatura venezolana, afirmó que siempre les da una oportunidad a los escritores de su generación, pero sigue desconfiando de todos.
Diluido ya el concepto de intelectual, borrados los límites de su participación en la sociedad, eliminadas todas sus definiciones posibles en este preámbulo de siglo, el a veces querido, a veces odiado, pero siempre leído articulista, que sucumbe de vez en cuando ante el periodismo y la literatura, es siempre un buen punto de partida para descoser y volver a coser una concepción de país. Es por ello que El Nacional consideró pertinente que, en estos tiempos de incertidumbre, su hilo y aguja reflexiva tejieran posibles mantos conceptuales ante temas como el intelectual y su función en la sociedad, el rol del Estado ante el quehacer cultural y la importancia de medios como el televisivo frente a un colectivo que aspira transitar por posibles vías de cambio. De estos y otros temas conversó con Chefi Borzacchini, jefa del cuerpo C, Andreína Gómez y quienes firman. El primer tema que queremos conversar con usted es el papel del intelectual en estos tiempos en Venezuela. Rechazo que el intelectual sea percibido de un modo gremial. Me repugna porque dos bandos en pugna consideran que el papel de uno implica una posición. Me refiero al mundo que simpatiza con Chávez y con los cambios que la insurgencia ha producido en el país, y del otro lado, hablamos de lo que Teodoro Petkoff, con mucho tino, llamó la oposición reaccionaria a los cambios. Estos bandos se la pasan emplazando al intelectual. La imagen que más nítidamente me viene a la cabeza es la que sucede cuando uno va a una boda y siempre hay una señora de pelo azul que te pregunta, muy dulcita ella: «¿Cómo ve usted la cosa?». Y enseguida, la señora de pelo azul, ya sea chavista u opositora, le acomete una gran impaciencia y me dice: «¡Defínase! ¡Defínase!». ¿Qué es lo que se espera del intelectual entonces? Que sea un increpador, una especie de rociador de epítetos. A mí me persiguen por opinador, un oficio que más irresponsable no cabe imaginar y quizás por eso es que me siento tan a gusto. Hay quien quisiera que yo fuese orgánicamente chavista y están quienes quisieran que fuera el propalador del ideario neoliberal. Yo me niego a ello. Yo bailo pegado con la complejidad de estos años. Para responder a la pregunta si los intelectuales se están portando bien invoco mi propio ejemplo. Algo debo estar haciendo bien porque dentro de la masa de mis lectores de las páginas de opinión de El Nacional lo que más suelo escuchar es: «Yo también me he preguntado lo mismo». Pero si nos teñimos de azul, y también de coherencia, le asomaríamos junto con esa señora que su postura es algo ambigua, ¿no? Ah, claro. Seguramente eso es ser ambiguo para muchos. Hay un problema que confrontamos todos los que hacemos periodismo y que es una nueva versión venezolana del misticismo moral que, como dije antes, requiere siempre de una definición. Es decir, asocia a la idea de una definición clara la idea de la integridad moral. Hace dos años, cuando no se sabía aún si Chávez iba o no a ganar las elecciones, yo escuchaba a Rafael Arráiz Lucca decir: «¡Pero es que no tiene un plan de país! ¿Dónde está el plan de país?», como si alguna vez Arráiz Lucca se hubiera preguntado algo así. Lo que pasa es que los intelectuales como él empezaron a pensar en política cuando ya no había tiempo. ¿Es decir que hoy más que nunca esa noción del intelectual como faro de la sociedad es obsoleta? Yo creo que es una idea terrible que nos vendió la izquierda. Eres faro de la sociedad mientras estás de acuerdo con el caudillo o con el secretario del partido. Y cuando no lo eres, eres un analfabeta, un irresponsable. Y ahora yo me pregunto, hablando de la intelectualidad: ¿un planificador petrolero es o no un intelectual? ¿Un constitucionalista es o no un intelectual? ¿Un comunicador social es o no es un intelectual? ¿Y qué se responde? Que sí, que ellos también deberían estar en el debate sobre si los intelectuales aportan al país. No se puede limitar el debate a los creadores, por cierto, el eslabón más débil de la cadena alimenticia de este Estado. Así como es absolutamente antidiluviana la idea del intelectual como guía de la sociedad, tampoco sirve esa vaina de que existe el intelectual progresista que acepta estos cambios junto con las arbitrariedades porque ellas forman parte del proceso. Por otro lado, está el gerente que cree que sólo él es un intelectual. Luis Enrique Pérez Oramas dice que una de las cosas que ha oscurecido las posibilidades de entendernos no es nuestra vocación de convivencia, sino que nos han impuesto la idea de que un gerente puede pensar mejor un país. Durante 25 años la prevalencia de los gerentes en la pensadera del país logró algo terrible que fue la descalificación de la política y lo político como oficio específico. ¿Un político es un intelectual? Yo creo que sí. Hay que volver a poner las cosas en su lugar. Con los gerentes tengo una partida cazada, con toda esa vaina que nos ha hecho tanto daño como la corrupción; con aquel señor que no se ha leído a Gracián pero es un gran gerente. Propongo que así como quieren acabar con los cultivos de coca en Colombia, que pasen aviones con gerenticida por Venezuela y así acabar con todos los gerentes. ¿Su propuesta se extendería al sector cultural? La gerentología ha hecho mucho daño en aquello que se ha acuñado como sector cultura. Las discusiones de los intelectuales latinoamericanos en los últimos 20 años casi siempre enmascara, esto lo dice Castañeda y yo lo repito, una discusión sobre el acceso a los recursos del Estado, sobre presupuestos, sobre la pertinencia de éste o aquél subsidio. Aquí existe una perversión terrible: un hombre está más desolado y solitario que nunca cuando decide ser artista. En Venezuela si tú quieres ser artista debes convertirte en un experto en presupuesto, y hasta llevar en lenguaje «burocratez», permítanme el término, tú más inasible anhelo. Porque muchas veces no sabes de qué estás escribiendo. Saúl Bellow solía decir algo muy bueno en ese sentido: «¿Cómo sé qué estoy escribiendo si no he terminado?». Y ese creador no sabe a esa altura qué quería escribir... Pero claro, cómo lo va a saber si ha pasado el tiempo almorzando con unos barrigones de la Comisión de Finanzas, jalándole bolas a más de un funcionario, pendiente de quién es el nuevo director de cultura de tal institución. Esta deformación no es ni de la cuarta ni de la quinta república, sino de América Latina. Pongo en este caso el ejemplo de la editorial Angria. Podría poner también el de La Liebre Libre. Reconozco que antes no le paraba a esos libros, que era un bicho que compraba los sancionados por el Times Literary Supplement. Yo no sabía que existía La Liebre Libre. Y resulta que La Liebre Libre la dirige un excelente poeta venezolano, Harry Almela. Si a mí me preguntara hoy Manuel Espinoza qué hacer con Monte Ávila, le diría que no sé, pero sí sé qué hacer con La Liebre Libre: quitarle de encima a Harry Almela el peso y la preocupación anual por rellenar unas planillas y mostrar resultados. Y ante este panorama habría quizás que analizar cómo ha sido y cómo es la relación de Chávez con los creadores. Yo sé que he irritado a muchos amigos míos porque no he tenido la impaciencia de saber si Chávez es un fascista, un populista armado, un nuevo Pérez Jiménez o lo que sea. Lo que sí es cierto es que en este tipo de fenómeno como el que él encarna, las comparaciones con Perón o con Castro no hacen sino oscurecer las posibilidades de entender qué es lo que ocurre. En todo caso me doy cuenta de que el Presidente no tiene demasiado interés en que la intelectualidad participe genuinamente en este proceso. ¿Y cuáles serían las razones de eso? Primero por la desconfianza natural de un líder en armas por lo que considera es el segmento más blandengue de la sociedad, que es el de los intelectuales. Eso se manifiesta en la jerga de la izquierda cuando habla o de intelectuales comprometidos o de ratas que se han vendido al imperialismo. Con tanto moralismo de viejo cuño izquierdista es muy difícil que un caudillo se anime a entablar un debate. Aquí lo que hay es el intelectual bien visto, aprobado con el sello Norven de pertinencia ideológica, no hay ningún otro tipo de acercamiento. Una de las conclusiones que podría sacarse de todo lo hablado hasta los momentos, es que este régimen, de un modo u otro, ha obligado a que se repiense el intelectual. Yo no llegaría hasta allá. Sí llegaría a afirmar que esta es la ocasión para que el sector cultura se aproxime a un nuevo modo de relacionarse con el Estado, diferente al modo de hacerse el simpático y buscar la aprobación del gobierno chavista. El régimen anterior de la cultura, dirigido por Oscar Sambrano Urdaneta, José Antonio Abreu, y todos los demás, instaló en ese tipo de creadores lo que yo he llamado el síndrome de las efemérides. Un ejemplo típico es Luis Morales Bance: él veía que se aproximaba el aniversario de Sucre, sabía que había una comisión y se disponía a hacer un oratorio en torno a él y así consumía las páginas del proceratum. Una profundización de esto es lo que me temo. Hemos hablado antes del desamparado artista, pero no hablamos del pillo que imposta ser artista para así tener una fundación en donde le va a ir, qué duda cabe, más bien que el carajo. Esos sí saben llenar las planillas, conocen los restaurantes donde se comen las mejores carnes, tienen un postgrado en lobby y hasta saben que de lo que se trata es de propiciar el síndrome de las efemérides. Ante estos, que vaya que tienen su mapa caminero, los otros artistas se jodieron. Total desconfianzaAhora que está punto de publicar una novela, quisiéramos que hablase de la literatura venezolana... Con gusto, pero no me pidan balances. Yo a los escritores venezolanos de mi generación les doy una oportunidad. Es decir, voy a la librería, agarro el libro, leo una página, veo que no es el comienzo de Anna Karenina y lo dejo. Les di su oportunidad y se las seguiré dando. Les habla un tipo que lee que jode. ¿Qué puedo decirles? Desconfío de todos. ¿Por qué? No sé. ¿Le parece que son malos? Me parece que no son buenos. Pongo un ejemplo: hace poco leí una novela muy breve de Roberto Bolaño, Estrella distante, y me pareció de una fulgurante maestría. Bueno, yo no creo que tengamos un libro así en la literatura venezolana de hoy. Aquí nos la pasamos anunciando al Salinger venezolano y no veo que llegue. ¿Por qué nuestra literatura es doble A? Creo que la solidaridad automática de críticos y escritores al mismo tiempo nos acaba. Lo otro que nos acaba es el reclamo patriotero. También me parece falaz que haya alguien en una universidad de Estados Unidos que tiene una cátedra de literatura venezolana y creemos que eso es lo máximo. Todos sabemos que una de las grandes perversiones de la academia estadounidense es esa mierda de los estudios multiculturales.
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