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Sección: Bitblioteca
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Yo en el Gabinete de Chávez El Nacional, sábado 5 de febrero de 2000 I ¿Por qué no? Hasta Germán Carrera Damas, que no es un tipo escaso, ha llegado a pensar que puede haber un lugar para mí en el tren de regeneradores de la República, de revolucionarios pacifistas del presidente Chávez. Así se lo dijo él a un amigo mío que no es escaparate de nadie: ¿Conoce usted a Ibsen Martínez? Conozco a otros mejor que a él, pero sí: lo conozco. Ya sé en que anda... ¡Nada descamina tanto como juzgar por la propia condición! El ex diplomático me supone en plan de cortejar... ¡un cargo diplomático! Sólo así alcanza este buen hombre a explicarse que no ande yo por ahí, como él, descosido de puro antichavismo pancreático. El caso es que no es Carrera Damas el único. Más de uno desde luego, gente más inocente que Carrera Damas me ha abordado sin otro motivo que hacer encallar la conversación intrascendente en el consabido «y, por fin ¿te vas a México?». El otro destino diplomático que las hablillas dan como justo a mi medida es Argentina. Desde luego, resulta halagador verse incluido en una lista de «viceministeriables». Pero especular que esté yo habilitado para la cartera de Cultura, en un país cuyo espectro cultural luce acotado a la derecha por «Sábado Sensacional» y, a la izquierda, por los vástagos de Alí Primera, es no conocerme. Hace al menos setecientas palmeras que no leo mayormente a los narradores nacionales contemporáneos: prefiero a Saul Bellow, a V.S. Naipaul y me perdonan. Sería yo un ministro extranjerizante y elitista, empeñosamente ajeno a la realidad local y concienzudamente sectario en materia de subsidios: en esto último sería meticulosamente discrecional. Unicamente habría recursos para la excelencia de vocación manifiestamente universalista, para iniciativas editoriales como La Liebre Libre, para musicantes como La Camerata Barroca de Caracas y para gente de teatro como el Grupo Actoral 80. Los tallistas trujillanos y merideños de espigadas efigies gomecistas y bolivarianas en madera estarían jodidos conmigo. Giraría expresas órdenes de retirarle el equipo de diálisis presupuestaria a todo lo que suene a cultura popular con amigos a granel, a «música urbana», a etnomusicología afrobarloventeña o a bandola portugueseña. El cine nacional tendría en mí a su Némesis: sería implacablemente tacaño con tanto cineasta petulante, ignorantón y pedigüeño como abunda y le daría casquillo a Chávez diciéndole cosas como: «Presidente, esos reales que total se van perder sin remedio en películas predeciblemente malucazas en las que invariablemente falla el sonido, mejor es que se pierdan en los trabajos de la red de intercomunicación lacustre-fluvial Sinamaica-Mucubají-Lago de Valencia-Tacarigua-Laguna de Uchire-Pedernales». Con todo, si me fuese ofrecido el cargo de Cultura, aceptaría gustoso. Eso sí: jefe por nueve días; ni uno más. Los suficientes para desfogar las ganas constituir una orquesta de adultos, una orquesta «de verdad-verdad», que suene como lo que estoy escuchando mientras escribo esta crónica: « Le baiser de la Fée » («El beso del Hada»), de Stravinsky, en versión de la Filarmónica Della Scala, dirigida por Riccardo Muti. Si se equivocasen y me diesen la cartera de Cultura, la aceptaría sólo para atesorar el resto de mi vida esos quince minutos iniciales, en los que, igual que Plácido Ancízar en El día que me quieras, cuando el inolvidable personaje de Cabrujas anticipa la hora de saldar cuentas con Pimentel, el segundón de Juan Vicente Gómez, me frotaría yo las manos con fruición anticipatoria y exclamaría ominosamente «¡ay, Abreu; ¡ay Abreu!». II Si a Carrera Damas pudo ocurrírsele que yo cortejaba un cargo en Cancillería ¿porqué no puede ocurrírsele al propio Chávez pensar que puedo hacerlo bien en el alto gobierno? Nombramientos aún más inexplicables que el mío ha hecho el Presidente: Ciavaldini, sin ir más lejos. Claro que tendría mis reservas en aceptar; quizá alegaría razones de salud para declinar. Por ejemplo: es llamativo que en el gabinete cívico-militar, los únicos que se enferman seriamente o incumplen las metas trazadas o se equivocan firmando programas de educación básica sin leerlos son los civiles. Sólo los militares si se juzga por el caso del mayor Urdaneta tienen el privilegio de poder arrecharse y renunciar. Y ello a causa de civiles presuntamente corruptos. Esperemos que alguna vez ocurra a causa de otros militares presuntamente corruptos. No sé como será en la privacidad de las reuniones de Gabinete, pero al menos en sus apariciones públicas, estar en el gabinete se me antoja una experiencia algo abrasiva para la estima propia. Me refiero a esa puesta en escena, acaso concebida para transmitir la idea de que se trata de un equipo bien engranado y animoso, competente y despabilado. Quizá la intención haya sido proyectar camaradería, llaneza, difundir la noción de que Chávez es un demócrata, que es como Páez con sus llaneros: uno entre sus pares. Y de allí el tuteo, el tratamiento familiar, los nombres de pila. Pero, tal como sale al aire, la escena discurre de otro modo: el Presidente expone y usa un plural que quiere ser democrático pero que se revela mayestático, o por lo menos magistral, cuando, al olvidar una cifra o un detalle, se dirige a uno de sus ministros: ... el crudo referencial del Golfo (porque ustedes saben, amigos, que hay un crudo referencial para el Golfo de México. El otro es el del Mar del Norte). ¿Cómo es que se llama el referencial del Golfo, Alí? Y Alí Rodríguez responde, sin robar cámara: West Texas Intermediate, Presidente. ¿Y a cómo amaneció hoy el West Texas? A 29,28, Presidente... Casualmente, la noche del martes, el Presidente, para subrayar un juicio sobre sus adversarios, dijo en cámara: «Andan más perdidos que Arcaya en una procesión». Me dio mucho qué pensar ese chiste a costa de la talla física de su propio ministro del Interior. Estoy seguro de que yo incurriría en desacato televisado en cadena nacional a la primera que el Presidente me apostrofara sin el respeto debido a mi investidura de ministro de la Secretaría. Al día siguiente quién sabe si anunciaría en rueda de prensa con el doctor Gustavo Linares Benzo (mi apoderado en estas cosas) una demanda a la República por daños morales. III Tampoco me veo en Pdvsa, donde por lo menos merecería ser vicepresidente de asuntos públicos. Cualquier mañana podría recibir una llamada un citatorio, más bien de Ciavaldini. ¿Qué está haciendo este yesquero con el emblema de la Phillips Petroleum Co. en tu escritorio, Martínez? me espetaría, no bien entrase a su oficina. Es un souvenir: un regalo de mi papá. El viejo trabajó muchos años en la Phillips. Le dieron una caja con veinticinco yesqueros iguales a ese en una convención del departamento de ventas en 1966, mucho antes de la nacionalización. Crees que tienes una coartada para todo, ¿verdad? Mandé abrir tu disco duro. Explícame ahora porqué está en clave este correo electrónico que te manda Ramón Espinasa desde Washington. Es una receta catalana para Maite, su prima, que no tiene PC. ¡Mentira! estallaría, igual que Stalin cada mañana al escuchar el reporte de Lavrenti Beria!. ¡Estoy rodeado de espías transnacionales y de traidores a la patria! ¡Guardias, tovarichi, guardias...! IV La revolución no parece haber llegado al Ministerio de Hacienda y quizá por eso es que siguen haciendo las jugadas rutinarias de mantener bandas cambiarias, de un modo más bien ortodoxo y siempre con el libro y teléfono del señor Dornbusch a la mano, por si acaso un incendio. Hacienda es un lugar que requiere destreza y habilidades tecnocráticas, un sitio demasiado estoico y realista para mi gusto. Prefiero Cordiplan. Cordiplan es un jardín de ensoñaciones que se aviene mejor con mi temperamento poético imaginativo y visionario. Me daría, por ejemplo, mucho gusto participar en la elucubración multidisciplinaria de un vasto plan para convertir los derrames de crudo y la descarga de aguas negras en el Lago de Maracaibo en insumos para fertilizante para el cultivo intensivo de sorgo forrajero con fines de exportación a China, a Indonesia y Australasia. O ver caer la tarde al influjo opiáceo de una discusión acerca de cuál técnica de tendido ferroviario conviene más al eje Apure-Orinoco, si el sistema chino o el sistema norcoreano. Lo mejor, lo más auspicioso, lo más entusiasmante de mi trabajo en Cordiplan, será que si fracasamos siempre tendremos al neoliberalismo globalizador y a los protervos yanquis para echarles la culpa. ¿Cuándo empezamos, profesor Giordani?
Ibsen Martínez en La BitBlioteca
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