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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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La izquierda y la sociedad civil

El Nacional, sábado 9 de setiembre de 2000

I

No crean que no me he dado cuenta.

Esto de ser como yo, un elemento más bien desasido, políticamente escéptico y que ante casi toda cuestión se muestra desabridamente equidistante, ha terminado por irritar en verdad a mucha gente, en especial a la ese género «oximorónico»: los «demócratas intolerantes»: la progenie de los que se dicen demócratas sólo hasta que topan con quien discrepe de ellos.

También es cierto que, justamente por ser como soy, lo mejor de los bandos en disputa, visto que rara vez me animo a militar con fervor bajo ninguna bandera excluyente, me tiene por sujeto neutral, contertulio amigable, factor digno de ser cultivado, y llegado el caso, hasta «cooptable».

Me ocurre así que hay épocas en que ando más embebible y esponjoso que de costumbre en esto de que mis compatriotas de todo pelaje ideológico se fíen de mí y procuren mi compañía, casi todos al mismo tiempo.

Considere usted el lunes pasado, cuando salí de casa al final de la mañana a mandar remontar la suela de un par de zapatos y, por afinidad de propósitos, hacerle la rotación de los neumáticos al compacto Renault que, por cierto, desde hace meses muestra una especie de «extrasístole» en la inyección, en especial cuando pasas de la primera a la segunda velocidad, dolencia que le aqueja desde la última visita al servicio.

Justo al lado de la cauchera está una tasca. Había varios carros en cola antes del mío. Como no hay recordatorio más doloroso de nuestra invalidez en materia de mantenimiento automotriz que quedarse de mirón mientras los tipos de la cauchera trastean hábilmente con gatos hidráulicos y pistolas removedoras de tuercas, me dije: «es hora de un honesto aperitivo». Entré a la tasca, me senté en la barra y ordené un escocés en las rocas.

Al punto reconocí en una mesa a un viejo amigo, profesor universitario e insurgente de todos los tiempos. Sostenía una conversación con otro caballero, a su vez muy cordial e inequívocamente colombiano.

Mi amigo es hombre de inconmovibles convicciones de izquierda, por las que ha puesto en riesgo su vida y que ha pagado caro por no canjearlas. Discrepo en muchas cosas de él, pero es de la clase de tipo que cuesta encontrar en la vida: un pana; usted me entiende.

Cuando salí de la tasca, dos tragos más tarde, había sido invitado a una conferencia de prensa con Antonio García, el segundo hombre en la jerarquía de la dirección militar del ELN. La conferencia tendría lugar un par de días más tarde.

II

Desde los lejanos días en que un corresponsal gringo entrevistó para el New York Times a Fidel Castro, encaramado en la Sierra Maestra, allá por el 58, la conferencia de prensa con un jefe guerrillero en trance de captar buena voluntad internacional ha devenido una liturgia latinoamericana y transpolítica.

Es ya un género en sí mismo, una emanación gestual de nuestra vida política, que ha sufrido cambios radicales gracias los accidentes del siglo.

El más importante de esos cambios es que ya rara vez la convocan héroes insumisos, mal armados y en desventaja numérica, sino ni más ni menos que temibles señores de la guerra que a menudo articulan sofisticadas iniciativas diplomáticas desde Europa, al tiempo que violan contumazmente las treguas que suponen los ya estacionales diálogos con el gobierno de Bogotá.

Tanto es así, que el cariz anticlimático que tuvo la conferencia no hizo sino subrayar el hecho de que la violencia en Colombia ha cobrado la vida de un número tal de periodistas, muertos a manos de todos los beligerantes, que resulta superlativo en todas las estadísticas mundiales.

El desasimiento maquinal con que mis colegas disponían su equipo antes del encuentro denota un descontento ocupacional que es también signo de los tiempos, pero se avenía muy bien con las ceremonias igualmente maquinales de la seguridad del comandante.

El motivo primordial se adivinaba: condenar y hacer precisiones en torno al Plan Colombia y las consecuencias hemisféricas que puede atraer sobre los países de la región una escalada de las acciones militares en la casa de al lado. Poner el énfasis en lo militar significa armar al Ejército colombiano, lo que equivale a transfundir recursos y apoyo logístico a los paramilitares. ¿Cómo no condenar el Plan Colombia tal y como viene?

Pero quede para otra entrega lo que pienso de la soberbia hipocresía yankee en esta materia y de la temeraria irresponsabilidad que la Historia habrá de cobrarle al doctor Pastrana y a una nutrida facción de la oligarquía colombiana si las cosas se salen de madre, tal y como suelen salirse en estos casos.

Lo que realmente llamó mi atención es el modo desencolado con que el lenguaje es sometido a los más arbitrarios alabeos y torsiones por la guerilla colombiana. Todo halla justificación en la «causa justa». El fenómeno es más patente cuanto más cerca del suelo que pisamos andan las preguntas, cuánto más impertinentemente «concretos» se ponen los corresponsales.

Así, extorsionar a un empresario bajo amenaza de actuar contra su propiedad, su vida y la de los suyos, es un acto de «invitación a la tributación», recaudación destinada a costear gastos de guerra y afrontar las «responsabilidades para con la población» cuya representación, jamás expresada en una elección, se atribuye la guerrilla.

La tributación sin representación fue la flagrante provocación británica a sus colonias de América, pero esto no parece venir a cuento en Piedecuesta, departamento Norte de Santander.

La palabra «secuestros», por ejemplo, proferida por otro corresponsal asistente, produjo una infinitesimalmente breve crispación del notable autocontrol del comandante, quien ofreció lo que a su juicio son distinciones capitales: «secuestrar —expresó, palabra más o menos— es lo que hacían las dictaduras militares fascistas suramericanas en los años 70, cuando desaparecía para siempre el sujeto y nadie reivindicaba la responsabilidad del hecho». El vocero del ELN prefiere la palabra «retención»; la encuentra quizá más elocuente del motivo «filantrópico» de sus luchas.

Algo así como si se nos dijera : «con los milicos argentinos ibas derecho al mar con los pies encofrados en un bloque de concreto; con nosotros a lo mejor apareces antes del feriado del 20 de julio, y entre tanto los tuyos al menos conocen las siglas de los desconocidos que te secuestraron a bordo de un vuelo doméstico desviado a la selva, o en el transcurso de una misa dominical, o en el bus escolar, etcétera. Es duro, hermano, pero así es la guerra revolucionaria. Y no nos ayuda el que se pone a llamarnos secuestradores».

Muchas de estas puntualizaciones vinieron precedidas de la observación —indiscutible— de que los medios globalizados tienden a oscurecer interesadamente lo que ocurre en Colombia.

Lo que no se ve es cómo esas movedizas acepciones de palabras como «retención» contribuyen a esclarecer lo que allí ocurre y a mover simpatía por la insurgencia.

A la hora de la definición ideológica, el ELN se declara guevarista y bolivariano, y ello supongo debe significar hasta la victoria siempre, en una lucha animada por los ideales que se atribuyen habitualmente al Bolívar «de izquierda»: antiimperialismo, igualitarismo, integración latinoamericana, ectétera.

En lo programático inmediato, de cara al fin último y deseable de la guerra, el vocero del ELN se manifiesta a favor del proceso de paz y la sustitución de lo que la insurgencia entiende es un sistema bipartidista y excluyente por un modelo político «en cuyo diseño puedan expresarse todos».

«Todos» apunta a la noción de sociedad civil. En el caso colombiano, ésta ha mostrado una enorme e intrépida creatividad para expresar valores de convivencia en numerosas organizaciones no gubernamentales.

«Todos» es voz que engloba, también, a periodistas, académicos, creadores e intelectuales que hace tiempo han dejado en Colombia de mostrar simpatía por los violentos. ¿Qué comentario sugieren estas dos observaciones al comandante?

Pues simplemente que el hecho de que los intelectuales no aprueben la «lucha armada» no entraña que desaprueben su propósito final. Y que en el caso de la llamada sociedad civil, muchas de las llamadas ONG no vendrían a ser más que «OG»: organizaciones gubernamentales.

Sin duda un fenómeno del siglo que comienza: la el rechazo de algunas sedicentes «vanguardias populares» de izquierda respecto de las manifestaciones y logros de la sociedad civil en nuestro continente.

Los pareceres del comandante García en materia de sociedad civil pueden muy bien ponerse en correspondencia con la reacción del partido oficialista venezolano respecto a las acciones de Queremos elegir, o de Cofavic o de la red Sinergia, liderada por el controvertido padre Janssen.

Si se piensa que la «sociedad civil» fue en su origen una categoría fraguada por Antonio Gramsci, uno de los más lúcidos pensadores marxistas de la democracia en el siglo XX, esto no deja de ser, por lo pronto, otra desoladora paradoja latinoamericana.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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