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Sección: Bitblioteca
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Si la ley no anda contigo . Lunes 5 de junio de 2000 A Adriano González León, abogado Si la Ley no está contigo, esgrime los hechos El viernes fui a sentarme en las butacas del público, en la Sala Plenaria del Tribunal Supremo, donde tuvo lugar una audiencia oral y pública en la que, admitida la querella plantada por el Fiscal Elechiguerra, se escucharían sus alegatos y los de la defensa. Me acompañó en la experiencia Peter Katel, un buen amigo mío, corresponsal estadounidense. Hombre de teatro al fin, me gusta el melodrama de tribunales, ese subgénero angloamericano cuya concisión de reglas abarca el ancho mundo de las relaciones humanas. Hay unidad de tiempo y espacio, un imputado, un defensor, un fiscal, un juez, un jurado y un público. Peter, por su parte, quería ver cómo discurría entre abogados criollos una fórmula procesal que apenas comenzamos a ensayar. Digamos de una vez que para ambos fue una experiencia de antropología comparada pop. Lo que sigue son mis impresiones desde el recinto del público. La prensa Lo primero que hay que hacer notar es el pobre desempeño de la prensa en esta materia. Si se piensa que el entrenamiento de escritores como Dickens comenzó en el reporterismo de tribunales, temo que no podamos contar con un Dickens a corto plazo, a juzgar por el hecho de que la única referencia digamos «conceptual» que muchos de los noveles reporteros de la fuente admiten tener son las series americanas de tema judicial. Quizá de allí el hecho de que en tanta reseña como puede uno leer por ahí se hable impropiamente del «sistema americano», cuando en rigor ni nos rige el derecho consuetudinario ni mostramos todavía aberraciones del sistema acusatorio, como puede serlo el «programa de protección al testigo», diabólica invención gringa que «induce al delito para combatirlo». Pero, con todo, el proverbio procesal gringo que preside esta crónica me vendrá de perlas para ordenar mis notas. Esgrime los hechos Elechiguerra se beneficiaría de un buen curso de oratoria. Su plausible intención de aprovechar la audiencia teledifundida para pedagogizar al público no resultó feliz. Concedido el pavor escénico de «la primera vez», el Fiscal anduvo arbóreo, tentativo y vagaroso en su primera intervención. En esto, sin duda, algo tendría que ver la mirada «tumba cocos» que el imputado le dirigía y que alternaba con comentarios en voz baja con sus apoderados y attorneys. Entonces esbozaba esa sonrisa suya con la que solía recibir las tirades del doctor Olavarría durante la Constituyente. Hay que destacar el interés que puso Elechiguerra en hacer inteligible una distinción entre «querella» y «acusación». Para mí, creo, quedó clara. Para el teleauditorio venezolano, escéptico y hecho a tanta trapisonda de alta corte, quizá pudo sonar a jerigonza de abogado peligroso. Para la defensa fue un auténtico regalo. Pero cuando le tocó la contrarréplica, Elechiguerra esgrimió los hechos: parece contar, entre otras evidencias, con una prueba grafotécnica que luce musculada y contundente. Con ella animó a la grada de la izquierda, donde podía admirarse un puñado de jóvenes hermosísimas y elegantazas que conjeturo forman parte de su fervoroso alumnado universitario. Esgrime la ley Luego de un exordio mitinesco a cargo de Omar Mezza, el doctor Pedro Rondón se dirigió a los magistrados. Y tal como reza el aforismo, esgrimió el derecho. Tanto la Fiscalía como la defensa ofrecieron un buen ejemplo de incuria oratoria, pero Rondón tuvo a su favor una cierta eufonía escolar de profesor de Introducción al Derecho Comparado II que, de lejos, pasaba por dominio del tema. Rondón boxeó moviéndose hacia atrás, lanzando jabs de jurisprudencia, ganchos de doctrina y upper cuts de tratados y autores. Su réplica impresionó a los legos y obtuvo cabezadas aprobatorias de muchos colegas entre el público. Las cabezadas de los magistrados eran más bien de fatiga y sopor. La nuez de su argumentación fue diacrónica: «Las cosas que pasaron, señores magistrados, si es que en verdad pasaron, pasaron cuando el imputado ya no estaba allí» .Durante la contrarréplica, el doctor Rondón dictó otro curso, esta vez de Obligaciones II. Había caído en la trampa tendida por Elechiguerra, quien durante su segunda intervención, dejo caer, como al desgaire, un alegato diversivo al hablar de «clásulas de siniestralidad». Rondón llegó a sonar en ocasiones como un afanoso corredor de seguros en trance de solicitar una renovación de póliza de la compañía de la que el imputado fue accionista. Pero no logró encajar el golpe de la prueba grafotécnica: la campana sonó y vino el tercer tiempo de la audiencia: la alocución del imputado. El puñetazo en la mesa No; no está hecho para los discursos este octogenario luchador que es una genuina maravilla biológica, el último de esa estirpe venezolana de políticos que aprecia más la lealtad que la eficiencia. Su efusión autobiográfica quiso aportar pathos a la vista, sin lograrlo del todo: habló de torturas, traiciones, emboscadas; del diezmo de ignominia que paga el revolucionario. Ofreció despojarse voluntariamente de su inmunidad, exigió una vindicación de su honra si el fallo fuese absolutorio. Pero Luis Miquilena no es Andrea Chenier. Los jueces que condenaron a Chenier no le debían el cargo como, según la sabiduría desengañada de los abogados caraqueños, se lo debe la mitad del augusto semicírculo de cabeceantes togados aburridos.
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