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La lisura mata

El Nacional, sábado 14 de julio de 2001
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La máquina de ofuscar

1.

En casa siempre escuché a mi madre y a mis tíos, caraqueños todos, hijos y nietos de caraqueños del pueblo llano, «descargarse» a alguien exclamando en mitad de la conversación cosas como: «¿Quién? ¿Fulano? ¡Qué va oh!: Fulano es más liso que correa de pianito».

El diccionario de la Real Academia ofrece, entre otras acepciones de «liso», la de «hombre desvergonzado, insolente, atrevido, respondón». Pero no era exactamente así como lo usaban mis mayores cuando recusaban por «liso» el carácter de un congénere. En su modo de usar «liso» venía implícito lo desvergonzado, desde luego; pero lo de insolente, no sé, no estoy muy seguro.

El lexicón de la Academia subraya los contrapuestos sentidos figurados que, según ella, ofrece la voz «lisura» en Panamá, Guatemala y Perú, países donde puede significar «palabra o acción grosera e irrespetuosa», aunque también signifique «gracia, garbo, galanura, donaire».

Pues bien, esa ambigüedad se me parece más a lo que en casa querían significar cuando decían de alguien que era «liso»: un elemento en extremo reprochable que al mismo tiempo puede ver toleradas, cuando no celebradas, sus mentecateces.

Tengo otro diccionario cuyos dos volúmenes se dicen «del español actual». Lo compuso un señor muy docto llamado Manuel Seco quien supongo es el mismo autor de una Gramática esencial del castellano y de un Diccionario de dudas de la lengua castellana, siempre a mano en mi caja de herramientas.

Bueno, para el señor Seco no parece existir el uso americano de palabra alguna en castellano, y a pesar de que somos más de quinientos millones los cholitos y pelados que hablamos y escribimos el tercer idioma del planeta, después del mandarín y el inglés.

Para a este lexicógrafo, «lisura» es, tautológicamente, «cualidad de lo liso». Otra acepción, ilustrada con un fragmento de un ensayista español, entiende la lisura como una cualidad del estilo hablado o escrito, y equivale a «llaneza».

2.

Antes de hacer una cita en el bar del Eurobuilding con Angel Rosenblat, eché un vistazo a los dos diccionarios de venezolanismos con que cuenta mi afición a estos temas: el de la UCV y el de la UCAB.

El de la UCV da «liso» por «desfachatado, fresco, confianzudo». Para el de la UCAB, «liso» es coloquialismo que nombra a la «persona que se toma excesiva confianza con otros». Y rinde «lisura» como «descaro».

Fui entonces a tomar una copa con Rosenblat al final del día y me contó que «liso» es voz «de germanía», esto es, del hampa en los tiempos guerreros de Felipe II y del Duque de Alba, y que ya en la literatura española de los siglos XVI y XVII, «liso» nombraba el talante «fresco», pero también al hombre de verdad, sincero, ingenuo, que no usa de artificio».

También me dijo que entre nosotros, y tras los accidentes de cuatro siglos, «lisura ha pasado de franqueza, sinceridad y verdad a designar la grosería y la desvergüenza».

3.

Tengo para mí que nuestra lisura es una emanación perversa de la especial cepa de igualitarismo que hemos cultivado los venezolanos y de la que el chavismo es el avatar más reciente.

Es una manera, digamos, dialectal que nos ayuda a impostar —a fingir— fraternidad en un país de abismales desigualdades sociales que, para colmo, está persuadido de ser igualitario, tanto como persuadido está de que es un país rico, sin haber sido nunca ni una ni otra cosa.

    Respira en la palabra cotidiana del venezolano una enfática pulsión igualitaria, una voluntad desgarrante de horizontalidad social y una impensada mezcla de lo íntimo y lo público.

Este sumarizador párrafo que acaba Ud. de leer aparece en Miseria y elogio del igualitarismo, brillante ensayo publicado hace un lustro por Luis Pérez Oramas (El Universal, 12/1/1996).

En su ensayo, Pérez Oramas desacopla los paneles de ese tablero ilusionista del igualitarismo criollo y que obra su más poderoso embeleso en las operaciones verbales con las que los venezolanos «se aproximan sin conocerse y fraternizan como si nada lo separara». Pérez Oramas se refiere en su ensayo a los argóticos «brodercitos», «pana»; «panita» y «chamo» y también a formas más enfáticas de nuestra cortesía: «mi gordo», «mi negro», «mi reina», «mi cielo», «mi amor».

Dice Pérez Oramas, a partir de una idea de Picón Salas, que «curiosamente, sin haber habido nunca suficiente libertad o justicia, lo que nuestro idioma igualitario finge —y funge— es aquello de lo que más carecemos. La lengua diaria suple, con la ternura de una hermandad verbalizada, las deficiencias de la realidad.»

Este ilusionismo igualitario es lo que desde siempre se ha celebrado en Venezuela como una de nuestras virtudes republicanas.

Lo más grave de esta «ficción idiomática», como la llama Pérez Oramas, es que hace imposible el reconocimiento de las diferencias entre nosotros, condición necesaria para la convivencia y el diálogo en una verdadera democracia.

«La politesse criolla —dice Pérez Oramas— consiste en aceptarse unos a otros solo ante la condición de una igualdad que no admite diferencias». En especial aquellas que emanan naturalmente de la competencia en un ámbito espécífico del quehacer social. En lo que sigue, cito extensamente al admirado escritor: interesa a muchos lo que tiene él que decir sobre el correlato perverso de la lisura: el «ninguneo», esa taimada forma de exclusión de inspiración igualitaria.

4.

    La más grave miseria del igualitarismo venezolano consiste en creer, por explicables razones, que las jerarquías de competencia son fruto del azar y no del esfuerzo, así como obstáculo a la igualdad deseada (y deseable).

    El «ninguneo» es, pues, su condición inmediata: todos somos ninguno salvo cuando somos hermanos (ficticios).

    Y para poder sostener la laboriosa ilusión de que yo soy igual a todos, me debo pues, consagrar, «pulsionalmente», al desconocimiento de la distancia que me separa de quien parece detentar una competencia de la que yo carezco.

    Para ello puedo intentar hacer lo que él dice saber hacer, demostrando que la casualidad o la improvisada invención pueden tanto como la sabiduría adquirida en el estudio.

    Antes él, y para hacerle saber que yo también soy como él, puedo ejercer también todo el poder que me haya caído circunstancialmente en las manos —el sello, es pase, la cerradura de la puerta, la redacción del certificado, la calificación, el recibo de la luz, el cambio de la válvula del carro, la entrega de la mercancía— en una demostración de la inutilidad radical de sus propias competencias: «Tú sabrás mucho, pero yo tengo la llave».

5.

Al releer lo anterior, pienso en la dupla de opuestos Héctor Ciavaldini/Luis Giusti, sin ir más lejos. Pero primordialmente pienso en la función que el chavismo le ha otorgado a la lisura y a su correlato, el ninguneo.

Tengo apreciados amigos intelectuales chavistas —Roberto Hernández Montoya es uno de ellos— que de buena fe celebran la lisura declarativa de su líder como una telúrica manifestación de esgrima dialéctica, de un innato don polémico que «tiene locos a sus enemigos».

Lo que yo encuentro en la lisura de Chávez —y en la de sus ministros y voceros y «parlamentarios», cuando lo emulan en plan adulador— es que, so capa de «simpaticura» y parejerismo, ella no hace otra cosa que tender una cortina negadora de las diferencias —¡de todas la diferencias!— sin cuya cabal aceptación es imposible el diálogo que Hernández Montoya, por citar un ejemplo, se ha propuesto promover desde su cubículo del viceministerio de la cultura.

Sospecho que Roberto tendría primero que enviarle un memo a Chávez suplicando suspender sus programas de TV por un largo tiempo y darle así una oportunidad a su loable programa promotor del diálogo.

La lisura, mucho más que las veleidades ideológicas de izquierda o derecha que se manifiestan en el chavismo, es lo que ha creado este crispado clima que tantos venezolanos encuentran intolerante.

La lisura no hace sino apagar la luz y desconectar el micrófono cuando le toca turno al adversario. La lisura no es una gracia ni un donaire demótico del caudillo popular: es hoy por hoy otra insidiosa estrategia de la barbarie.

Por eso, oponer lisura a la lisura, como en el caso de Venevisión, canal que saca una vez más al aire a ese portento de improbidad intelectual, a ese oficiante de la trivilización interesada de la realidad y de la banalización de los dilemas morales, a ese virtuoso de la sobresimplificación, a ese portavoz de la descalificación de la política como oficio respetable [descalificación que hizo posible, por cierto, el advenimiento de Chávez], a ese perito en sarcasmos a costa del talento y al saber ajenos cuando estos no sirven a sus fines circenses, en fin, a ese emblema de proterva lisura que es Napoleón Bravo, contribuye a la asfixia del libre juego de las diferencias y al ninguneo de las voces de la moderación y de la sensatez tanto como «¡Aló, Presidente!» echa leña a la hoguera de las polarizaciones aniquilantes.

Ningún demócrata opositor a Chávez que respete en sí mismo la noble especificidad del oficio de político en tiempos como los actuales debería prestar su concurso a semejante despropósito.

La lisura mata.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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