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Sección: Bitblioteca
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Mambí 95 octanos El Nacional, sábado 26 de febrero de 2000 I Ya sé que la acepción «lectoría» no aparece en el diccionario, al menos no en el sentido que le dan los gerentes de mercadeo comunicacional, pero igual suena chévere, ¿verdad? Suena masivo y burda de consensual eso de «lectoría». A mis oídos, al menos, suena como la palabra «constituency» debe sonar a los de un precandidato presidencial gringo. Y lectoría tengo, caballo, de eso no hay duda. Sobradamente más lectoría de lo que muchos narradores y poetas venezolanos quisieran para sí. Y me perdonan lo fachendoso que estoy esta mañana. Toda la semana mi contestadora rebosó de mensajes. Mensajes que, palabra más o menos, decían: «hola, grandísimo c. de tu madre, jo jo, ja ja, jo jo jo, ¡qué vaina tan buena!, ja,ja, jo jo, ja ja, ¡duro con esos ñángaras trasnochados de Cordiplan y Pdvsa!, ja ja jo jo. Y con esa pueril infatuación fidelista, «tercermundera» y no alineada de los años setenta, ¡porque ni siquiera es de los años sesenta!, que tiene el chavismo... ja ja ja, jo jo, sólo quería decirte, jo, jo, ja, ja ja ja, decirte, jo jo jaja, decirte que eres un c. de tu madre y que jo jo, ja ja, jo jo jo, click». Para los que llegan tarde al estadium abreviaré que la crónica del sábado pasado quiso ser mi comentario al anuncio del plan petrolero que la Sociedad Patriótica y el Comité de Salud Pública que nos gobierna nos tenía reservados. Del mismo modo soberano y sobrancero con que el ciudadano Presidente a menudo afirma que ha podido dar un golpe, pero que de pura «buena nota» se ha avenido a los usos democráticos, siento yo que he podido ser más devastador y mostrarme el sábado aún más sangrientamente sarcástico y negativista por la sencilla razón de que se trata -¡Ave María!- del mismo plan de negocios de 1996. ¡El mismo plan de negocios de los «traidores a la patria» que promovieron la apertura petrolera, presentado al país como concepción propia! Y sin la mínima viril probidad de darle crédito a los autores primigenios, gente a quienes se ha satanizado de un modo sólo comparable a como los sifrinos del mercado y la desregulación satanizaron en su oportunidad a Fundapatria, a Chávez y los suyos. Si bien se mira, es en rigor el mismo plan, sólo que esta vez se nota intervenido por: a) la actual constelación del ámbito global petrolero y b) por la escasa entidad técnica y política de quienes ayer lo denunciaron como «desnacionalizador» y hoy lo muestran impúdicamente como fruto de su esfuerzo de planificadores de la tercera vía. Yo quise, por ser sábado, apenas referirme a lo que hay de original en lo que presentaron en cadena televisada. Y esto de «original» lo digo teniendo en mente, en el caso del «plan Ciavaldini», la admonición del viejo doctor Johnson: «Es a la vez original y bueno, pero lo que tiene de bueno no es lo original y lo que tiene de original no es bueno». En efecto, entre las originalidades no está lo del gas. ¡Por los meniscos de Cristóbal Colón!: volvemos al mismo gas que Alí Rodríguez repudió como anatema cuando fue cabeza de la Comisión de Energía del Congreso puntofijista. Lo original está en esa filantropía de echar a andar una refinería en Cienfuegos, una refinería casi cincuentona, clausurada desde la hora y punto en que la URSS desapareció del Atlas de la Encyclopaedia Britannica, algo que ocurrió en la última década del pasado, si je me souviens bien. Para comentar lo que se pretende original del plan, eso de «volcarnos al Caribe», me dio por garrapatear una serie de cartas apócrifas, de desembozada vocación cómica -que no satírica, porque la sátira es género mayor- por meras ganas de compartir. Claro, como todavía no vivimos en una dictadura burocrática y de masas, como la que impulsa a tanta gente a arrojarse al «mar de la felicidad» infestado de tiburones que arrostran los balseros, también la izquierda irredenta, mayormente ucevista, (y que cree que está en el poder sólo porque Chávez necesita un obsecuente mandarinato civil que se ocupe de cubetear la cubierta, pulir los pasamanos y sofocarse en la sala de máquinas, ya que para el puente de mando Chávez se basta a sí mismo) puede comprar El Nacional en los kioscos y leer lo que allí aparece publicado. Y hacer sus comentarios y discrepar, porque para eso somos una bolivariana y pacífica democracia. Es así que un flamante asesor de la Presidencia de Pdvsa, cuyo nombre me reservo contra todos mis instintos para no exponerlo al escarnio de sus colegas a todo lo ancho y largo territorio nacional, me manda a decir lo siguiente: «Lo que pasa es que Ibsen Martínez no sabe, no conoce, no imagina ni pondera la magnitud del negocio que entraña el mercado de la gasolina en Cuba». II El comentario del asesor me remite a una experiencia que jamás me dejará por lo que tiene de demencial y demostrativo de lo que entraña una autocracia comunista. Corría 1993 y regresaba yo de Matanzas a La Habana por la legendaria Carretera Central, conduciendo un compacto japonés alquilado. Y había que andarse con cuidado porque la masa trabajadora del «mar de la felicidad» tornaba a sus casas pedaleando en sus bicicletas de fabricación china con la natural fiereza del que quiere llegar a casa. Había gente de todas las edades, de todas las musculaturas y disposiciones para el esfuerzo físico. A ratos me cruzaba con esas formidables manifestaciones del ingenio cubano que juntan al motor de una vetusta podadora de césped el marco de una bicicleta al tiempo que le añaden un bastidor que permita llevar un pasajero y un modesto equipaje. Kilómetros y kilómetros así, y el único automotor era el Nissan Sentra alquilado. Y vehículos militares y rastras de caña trasmutadas en trasporte colectivo. Allá la retórica oficial llama genéricamente «ciclos» a los vehículos de tracción de sangre humana. Escuchaba la radio local y el efecto crudelísimamente irónico que aportaba la voz de una locutora que leía una apología del uso la bicicleta como preventivo de los trastornos cardiovasculares. Ese es mi único comentario a la observación del asesor de la presidencia de Pdvsa. Ese y sugerir el nombre de la marca de gasolina: «mambí 95 octanos», destinada seguramente al cuerpo diplomático, a la industria turística y a la nomenclatura del régimen. La cartica que me dirige el señor embajador de Cuba merece quizá varios comentarios. El primero es obvio: celebrar que el amigo Sánchez Otero entable relación con un articulista de opinión de modo radicalmente distinto al que se estila en su país, donde el único diario de circulación nacional es el del Gobierno y donde el único trámite del poder con la disidencia no sólo contempla el delito de opinión sino que lo pena con prisión. El segundo atañe a esa dialéctica moralista según la cual los cubanos que piden asilo, «los que se van», no tienen atributo moral alguno, mientras que «los que se quedan» son los dignos patriotas antiimperialistas, comprometidos con los proverbiales logros de la Revolución en materia educativa, sanitaria y deportiva. Entre los que se quedan en Cuba contaría yo, señor embajador, también a los centenares de luchadores por los derechos humanos, insospechables de estar en la nómina «gusana» de la Fundación Cubano Americana, quienes lejos de marcharse libran en territorio cubano una lucha desigual con los métodos de la última autocracia comunista que queda en el mundo, además de Corea del Norte. Y no hablemos de los presos políticos; esos sencillamente no pueden escoger: están presos. Esa dialéctica moralista y acusadora de «los que se van y los que se quedan» ya comienza a manifestarse en Venezuela: una distinguida directiva del congresillo reputa de traidores y perversos a los venezolanos que viven en Miami. La retórica oficial destaca que se quedan en Venezuela la mayoría de los socorristas cubanos y se ufana de haber rechazado la ayuda técnica militar estadounidense. Entre los que se van están Procter & Gamble, British Petroleum y Amoco. Yo no; yo me quedo. Y que venga lo que tenga que venir.
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