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Marronnier

El Nacional, domingo 26 de diciembre de 1999

I

El árbol del castaño no tiene fecha fija para florecer. Tal vez por ello el periodismo francés acuñó el verbo que titula esta crónica.

Se refiere a esos temas que recurren en fecha fija y que, por lo regular, no admiten mayores variantes a la hora de abordarlos: iniciación de clases, llamada a los conscriptos, el veredicto del premio Gouncourt o del Femina, la salida de vacaciones, el 14 de julio, el retorno de vacaciones, navidades, etcétera.

Por estas fechas los columnistas suelen ausentarse «hasta el año que viene», luego de hacer votos por la dicha y prosperidad de todos. En la familiar atmósfera de las salas de redacción se arguye para suspenderla que nadie está para columnistas en días de aguinaldo, hallaca y estreno.

Y esto confiando siempre en que nada digno de nota vaya ocurrir en el trecho de que va de Nochebuena a Año Nuevo.

Otros articulistas, igualmente remolones pero más culposos, hacen «florecer» el castaño y sacan del gavetón de las notas siempre remozables la que los hará quedar bien con los lectores concienzudos y adictos, esos que no suspenden el hábito de leer el diario hasta dejar monda de sorpresas -si es que las hubiere- la edición del día de Navidad.

La flor del castaño, en estas fechas, es la crónica navideña y suele discurrir de ricos y de pobres y de dicha y de armonía.

Y viene engastada en una guirnalda de tópicos en torno a la filantropía como forma sublimada de la gratitud.

Casi invariablemente es así, desde que Charles Dickens descubrió la manera agnóstica de dar la Buena Nueva y publicó la primera entrega de su larga serie de Canciones de Navidad.

De ricos y de pobres, pues, va la bagatela con la que amanece esta columna el 25 de diciembre del año de la gran inundación.

II

Tan llamativo como la ferocidad vandálica de quien desprende los aparatos de aire acondicionado y la grifería o arroja receptores de televisión desde el piso catorce de un condominio vacacional de lujo fue el arrebato filantrópico que traspasó a nuestras clases pudientes no bien acabaron de votar por el «no» y advirtieron que una catástrofe natural se había abatido sobre los más pobres.

La mojigatería de los noticiarios no dejó de destacarlo y de añadir la moralina correspondiente a la que poco faltó para formularse así: «no serán tan malos los ricos si se ocupan de ustedes cuando se les viene abajo el rancho».

«El “No” hace voluntariado por el “Sí”», afirma una de esas latosas «cadenas» de correo electrónico que congestionan los buzones de Internet y que, con mentalidad de verbena y canastilla parecen implicar que con sanduchones salesianos y medicamentos vencidos pueden borrar décadas de violenta desaprensión por los de abajo.

Tanta violencia verbal como la que dejó escuchar Chávez a lo largo de la campaña fue la que dejó escapar el obispo de Caracas con su torpe emulación de los frailes del 12 de marzo de 1810. En lugar de caridad desplegó una oscurantista manipulación de la credulidad popular tan hueca, oportunista y tramposa como la beatería bolivarianista de la V República.

El fariseísmo llega al extremo de encontrar desmesurada y fuera de lugar la afirmación de Chávez de que lo ocurrido no es imputable exclusivamente a la desusada intensidad del fenómeno natural, sino también a la imprevisión de los gobiernos pasados.

¿Para cuándo querían que dejara Chávez la alusión a los negociados de rezonificación y la desidia criminal de quienes durante décadas permitieron construir en vaguadas?

III

La catástrofe ha copado los medios y, al menos, nos ha ahorrado lo que parecía inevitable: el desfile de los numerólogos que no vacilarían en demostrar, por inducción, cómo el «Sí» llegó último en el referéndum.

De los arbitristas de la apatía ajena que interpretan el «significado profundo» de la abstención como de rechazo a los incisos estatistas de la constitución bolivariana.

Y, last but not least, de los tartufos que le endosan a Chávez, y solamente a Chávez, los odios sociales que separan a los venezolanos en el umbral del siglo XXI.

Para creerles, habría que admitir que vivíamos antes del 6 de diciembre del año pasado en una arcádica Pomona que se fue al diablo porque los «tapa amarilla», pardos y zambos levantiscos, noveleros, siempre veleidosos y malagradecidos, han caído bajo el embeleco de un demagogo.

IV

Lo que los ricos, las pervivencias del régimen de Puntofijo, los politólogos madrugadores e «independientes», los frailes del 12 de marzo como el padre Velazco, los voceros de ese empresariado criollo que cree en las leyes del mercado sólo si puede designar al ministro de Fomento y Comercio Exterior y las matronas de ambos sexos que conducen los programas de opinión le exigen a Chávez no es en realidad que «modere» el lenguaje «violento» y «pugnaz».

Lo que en verdad quisieran es que no nombre la soga en casa del ahorcado, quisieran apartarnos a todos de un estado de consciencia que ya venía ganando terreno y que definitivamente potenciaron los resultados electorales y la catástrofe natural.

Un estado de consciencia que cobra expresión en el aserto de que sí somos un país pobre e irremisiblemente dividido y ninguna cuña navideña de RCTV o Venevisión puede ya repararlo.

Que lleguemos a sabernos, en verdad y no retóricamente, divididos en muchos muy pobres y en muy pocos ricos y que prevalezca entre nosotros la consabida y saludable animosidad que compete a ricos y pobres desde que el mundo ha sido es lo mejor que puedo desear a cada bando en este fin de siglo.

Felices Pascuas.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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