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Sección: Bitblioteca
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República Nominalista de Venezuela El Nacional, sábado 6 de noviembre de 1999 No sé comenzar esta entrega sin proponer a mis lectores mayores de cuarenta años algo parecido a una evocación de tipo «generacional», y perdonen la palabreja. Ojalá con ello no me haga demasiado ajeno a los lectores más jóvenes, si es que en verdad los tengo. Me refiero a esa fotografía para la cual a casi todos los venezolanos nacidos unos palmos del lado allá de 1940, y por supuesto a todos los nacidos del lado acá de 1950, nos hicieron posar alguna vez en la escuela elemental. Sin duda, podría ser un tema para curadores posmodernos, para estudiosos de las representaciones colectivas de este siglo XX venezolano, petrolero y populista, «problemático y febril», como reza el tango de Discépolo. Sorprende la pasmosa regularidad de la norma que regía la composición de esa foto, no importa dónde fuese captada. Podía ser en el patio de la Escuela Municipal Graduada «Panchita Adrianza», o en del Grupo Escolar «Licenciado Sanz». Bien en un parvulario de El Tigre; bien en una escuela nacional de algún barrio al sureste de Caracas: la foto devuelve persistentemente a un niño o a una niña, casi siempre prepúber, perplejo y enfundado en el uniforme «de fajina» del plantel. Y todo según un canon tan imperturbable que parece cosa hecha por el mismo fotógrafo en un mismo y único estudio. Cierta educación privada y católica favorecía, al menos en el caso de los varones, el «flux» azul marino, sin corbata y con el cuello de la camisa suelto y por encima del cuello del paltó. Vainas diferenciales entre la educación laica y la religiosa que acaso el Padre Ugalde atine a explicarnos algún día, pero en todo caso, es así como recuerdo la foto que a mis primos, Héctor, Leopoldo y Ermilo Pimentel, les tomaron los curas del San Vicente de Paúl. La preceptiva laica de esa foto, el «imago» estatal de ese emblema de la moral y de las luces, era exactamente el mismo, aunque sin el prohibitivo, y de algún modo excluyente, «paltó» azul marino. Invariablemente, el «educando» luce en ella enmarcado en lo que los cineastas llaman «plano medio», sentado ante un pupitre primorosamente aderezado de papeles, sacapuntas, goma y regletas, de manera que, bien visto, no da la impresión de ser un pupitre baqueteado por el abuso de navajitas de bolsillo, pegotes de chicle bomba y lamparones de tinta. Tiene el aspirante a egresado de educación primaria, un igualmente invariable lápiz Mongol # 2, nuevecito y en ristre. Y la expresión deja escapar un no sé qué de self-consciousness, algo que anticipa lo que andando el tiempo llegaría a ser la pose predilecta del lector o lectora de noticiario televisado. El estudiante no escribe, no está absorto en el papel; mira deliberadamente a cámara, afectando haber sido sorprendido en plena escritura. Y a sus espaldas cuelga un mapa. Un mapa de esos que ya no se consiguen sino haciendo gestiones muy bien apalancadas por ante Cartografía Nacional. Un mapa a la vez político y orográfico, con todos los ríos, todas las cabeceras de municipios, todas las fosas, todas las eminencias de todas las cordilleras y el previsible recuadro, en el ángulo derecho inferior, ese que detalla la convención de escalas y abreviaturas que, se presume, hacen más inteligibles los mapas. Un mapa de la República de Venezuela. Así, sin más, sin ninguna otra calificación: una república que se entendía democrática y representativa, animada por un sentido social del derecho, una república federal ma non troppo, tal como lo postulaba una constitución que venía siendo violada sistemáticamente desde algún tiempo atrás por una dictadura militar, de las que se usaban en América Latina en tiempos de Foster Dulles y Lavrenti Beria. Hubo mucha gente que se hizo matar por restituir el imperio de aquella Constitución. Muy pocos de los escolares que posábamos para la foto «de moral y luces» tuvimos noticia de ello por aquel entonces. Entre las virtudes que conservadores y regeneracionistas le acuerdan a aquella Constitución está la de que, si bien promovida por una facción hegemónica, cumplía con el principio, siempre deseable, de sentar las cosas que no iban a estar sujetas al vaivén de lo partisano y de lo visceral. Hubo un quantum de gravedad en lo que hacían. Tengo para mí que prevaleció en los redactores originales de aquella Constitución un espíritu que rara vez imbuye a los «ingenieros» de repúblicas: se tomaron en serio la vaina. Pusieron coto a la hybris filantrópica y, al mismo tiempo, no les dio por hacer del utilitarismo exclusivamente lucrativo un principio con «rango constitucional». Ocurrió como si hubiesen estado todos atentos al consejo que da Don Quijote a Sancho Panza, en trance éste último de gobernar la Insula Barataria: hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico. Chambones, militantes que sólo estaban allí para hacer bulto, sectarios, gente insuficiente también hubo en la Constituyente del 47, igual que en esta ANC, sobre la que el Maikovsky del régimen tiene estómago como para escribir «poeterías» dominicales. Confieso que estuve entre quienes llegaron a pensar que no importaba, que esta vez, de nuevo como en el 47, prevalecerían los doctos, los prudentes. Pero, por las razones que fuesen, en la ANC ha terminado por imponerse una especie de nominalismo, esa enfermedad del juicio que nos lleva a pensar, igual que herejes del siglo VIII, que no existen las cosas, sino solamente lo que las nombra. En rigor, el nominalismo puede entenderse como un malhumorado y no muy convincente sistema de objeciones al platonismo, pero también puede mostrar esta advocación venezolana que hace que la diputada María Iris Varela «argumente» de esta guisa: «No podemos venir a decir aquí que estamos con una revolución y dejar el mismo Congreso con otro nombre. La estructura que el pueblo espera es bicameral». Dejando a un lado la desternillante presunción de que los descamisados puedan siquiera imaginar que «lo bicameral» tenga intrínsecamente algo que ofrecer en auxilio de sus males, hay que resignarse a tomar nota de que la pulsión resentida de la mayoría en la Asamblea ya no cede ni a la auctoritas de un docto constitucionalista como Escarrá Malavé, ni a las admoniciones de un curtido operador político como Miquilena. Nombrar, pues, es la cuestión. Nombrar para crear «realidades». La curación por la palabra en la Antigüedad clásica, de don Pedro Laín Entralgo, bien podría ser el libro de cabecera de estos tontilocos, en lugar del Oráculo del Guerrero. Nombrar cosas bonitas o halagadoras y pretender hacerlas ocurrir en virtud del poder incantatorio de las meras palabras: así entienden su misión de legisladores. Cosas como la semana de 40 horas, la retroactividad de las prestaciones, la inamovilidad perpetua de los precios del crudo West Texas Intermediate, la prescripción del referéndum revocatorio para todo aquel funcionario que disguste a los «tribunos de la plebe» y descienda por debajo del 35 % de aprobación general, la sujeción del Banco Central a la socorrida «voluntad general». Nombrar, nombrar. Tal vez estemos aún a tiempo y valga la pena sugerir a la populosa comisión de estilo de la ANC que se anime de una vez a hacernos llamar «República Nominalista de Venezuela». Para ponerle nombre propio al dislate, digo yo. Y además, luciría muy vistoso en la foto escolar de las Escuelas Bolivarianas del siglo XXI.
Sobre el «Caracazo»: Roberto Hernández Montoya, ¿Nos queda grande una guerra civil?
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