//2 level Horizontal Tab Menu- by JavaScript Kit (www.javascriptkit.com), This notice must stay intact for usage, Visit JavaScript Kit at http://www.javascriptkit.com/ for full source code
|
|
|
|
|
Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR País portátil, amateur y paquetero El Nacional, sábado 16 de octubre de 1999 Se solicita a García Márquez como corrector de estilo del preámbulo a la Constitución del 99. Ese requisito de excelencia que se hace al corrector de estilo del introito se requiere un premio Nobel, ¡nada menos!, y tomando en cuenta que Oliver Wendell Holmes Jr. murió en 1935, propone una interrogante: ¿a quién contrataremos para que le eche un vistazo y corrija el resto del texto refundacional de la nación? En cuestiones de estilo, los asambleístas reconocen no sólo su desaliño gramatical, desde el momento en que piensan en García Márquez, sino también su desaprensión por las letras criollas. A eso llamo yo tratar con desparpajo a los escritores asambleístas, alguno de ellos notable ensayista. Más inquietante aún es esto de pensar en el Gabo estrictamente como interventor estilístico del introito, y solamente del introito. Deja ver la parva idea que se hacen del papel de intelectual en la sociedad que pretenden regenerar: apenas un tipo que limpia, fija y da esplendor a una redacción mostrenca, un tipo que trastea con concordancias de género y número, una cruza de bestia de carga de la palabra escrita con arquitecto paisajista del pensamiento, alguien que sabe pasar con soltura del modo infinitivo al modo subjuntivo sin que se le vean las pantaletas. Pero no mucho más. Pero materia de más calado, en cuestiones de contenido llamémosle «jurídico», la prepotencia naïf del maximalismo extremista no se fía de nadie, ni siquiera de Escarrá Malavé: prefiere colar de contrabando un articulado tan enternecedoramente idiota que sólo les ha faltado añadir una provisión «constitucional» que prohíba terminantemente al crudo referencial Brent del Mar del Norte bajar de precio o le otorgue rango vitalicio a la directiva a la Apucv. ¿Esperaban acaso no ser descubiertos? A mí esto de pretender colar en el borrador un articulado «con sensibilidad social» del mismo modo doloso con que se cuela un decreto de indulto en el rimero de documentos que va a firmar un presidente aturrullado por toda clase de emergencias, me luce como pretender llevarse el «Steinway» del Teresa Carreño sacándolo por la puerta durante el entreacto de una velada con el «Buena Vista Social Club». Escarrá Malavé ha reaccionado con una tonante tirade acerca de la fanática ignorancia de la mayoría constituyentista. Escarrá Malavé luce genuinamente arrecho con los «tapa amarillas» originarios que una vez más demuestran que, del mismo modo que el talento sin probidad es un azote, la estulticia con iniciativa puede aniquilarnos. La arrechera de Escarrá Malavé tiene una rara calidad académica: si he entendido bien, le irrita más la parejería y la incuria de estos igualados que prescinden de él y de sus saberes de derecho comparado. Lo de «calidad académica» de su arrechera me remite a una de las imágenes más elocuentes del grado cero de pertinencia intelectual que el contingente asambleísta ha demostrado. Me refiero a los días iniciales, a las sesiones preliminares que, entonces como ahora, eran televisadas. Hablaba Brewer Carías y me imagino que en su hemisferio cerebral que aloja el sentido del tiempo se activaba el reloj que largos años de docencia universitaria le advierten, sin necesidad de echar un vistazo a reloj, que han transcurrido cuarenta y cinco minutos de hora lectiva. Hablaba Randy Brewer y a los representantes de la voluntad general poco les faltaba para sacar sus cuadernos Alpes y tomar apuntes. Escarrá Malavé corría entonces a arrebatarlos a los poderes incantatorios que tiene el doctor Brewer Carías cuando expone razones y motivos. Y con su talante impertérrito de boa constrictor, con citas y autores y máximas les hacía ver que, cómo no, que Randy podrá ser una eminencia, pero ¡atención!, no perdamos de vista que somos originarios y que estamos aquí para esto y lo otro. Se diría un liceo en el que a primera hora el profesor Brewer Carías dictaba «Elementos de Derecho Administrativo I» y a la segunda hora el doctor Escarrá Malavé dictaba «Introducción al Derecho Comparado». Después el orden de palabra instauraba una especie de «hora de aficionados», una suerte de «Se busca una estrella», un singularísimo «Cuánto vale el show» en el que Alberto Franceschi y Aristóbulo Istúriz fungían de Oly Clemente y de Yolanda Leal, respectivamente. Luis Miquilena, a menudo, tomaba para sí el papel de Carlos Almenar Otero y/o de La Malandra Elizabeth, según que los aficionados se mostrasen dispuestos a la cohabitación con el Parlamento moribundo o partidarios del garrote vil y caldero de aceite hirviente. Llama la atención el cariz ensimismado y reñido con el don de la palabra de esta asamblea: la oratoria, el debate forense, el torneo de juristas ha empeñado apenas a un puñado de representantes: Olavarría, Brewer, Escarrá, Fermín y algún otro. Lo demás la llanura, para usar ese giro geográfico que nos legó la Revolución Francesa no es llanura: total, en la llanura hay matas, palmas reales, selvas de galería, mogotes que se singularizan aquí o allá. En esta asamblea la llanura ha resultado un verdadero desierto de Gobi. Sorprende tanta vocación de hacerse público presente como han mostrado los asambleístas, en especial porque en el formulario del Consejo Nacional Electoral se describían a sí mismos a menudo como «historiadores», «economistas», «sociólogos» , «abogados»; esto es, como élite que incluso con el criterio «credencialista» de nuestros colegios profesionales, podía suponerse al menos estatutariamente ilustrada. Y, por lo mismo, apta para intervenir. Nada de eso. Ya desde la hora y punto en que Reina Lucero, en quienes los telúricos cifrábamos tantas esperanzas, manifestó que obligaciones contraídas en Elorza con anterioridad a la Asamblea nos privarían de su numen, comenzó a revenirse la expectativa que habíamos abrigado de presenciar un debate en el que, si no the best and the brightest, al menos sí los más representativos de la Venezuela incontaminada por los desafueros del bipartidismo excluyente, brindasen un torneo comparable al del 47. Con todo, el escéptico renuente a dejarse alarmar que hay en mí calculaba que, siendo las cosas como se dejaban ver, al final tendríamos un texto obtenido de modo acaso burocrático pero sin exabruptos ruborizantes. En esto nos guiaba el patrón al que se había ceñido el chavismo: primero el ala jacobina y vociferante se salía de madre, luego la constrictiva realidad imponía una línea posibilista. Una consigna a la Guillotin proferida por Pablo Medina seguida de un regaño a la Thermidor a cargo de Miquilena. Así fueron las cosas durante el trecho de la efusiones intervencionistas de los poderes constituidos. En buena medida ello reflejaba las contradicciones del propio Chávez, hombre transido de un imaginario revolucionarista pero también habitado por un llanerazo con sentido pragmático. Y los liderazgos que emanaban de la auctoritas o la seniority, encarnados en la dupla Escarrá & Miquilena, obraban prodigios de moderación que, en su momento, hubiera querido acreditarse el mismísimo Regente Heredia. Esta vez los salvadores de la Patria han desafiado ese esquema, se han cargado a Escarrá y a Miquilena, acaso aprovechando la ausencia del gato con botas de siete leguas que nos ha resultado «Marco Polo» Chávez. Y lo han hecho echando mano a lo mejor del repertorio truchimán que atribuyen al parlamentarismo moribundo: una triquiñuela prestidigital ejecutada en horas extras. Una triquiñuela dictada además por un desvarío filantrópico: el de pensar que la economía, la riqueza, el bienestar, y en general, la dicha de un nación puede arbitrarse con provisiones preventivas y casuísticas. Si es cierto que en lo sucesivo se debatirán los artículos uno por uno, acaso el cardumen de historiadores, sociólogos, educadores, abogados y economistas que se postularon y ganaron sus escaños el 25 de julio no pierda la ocasión de manifestarse. En cuanto al ridículo ecuménico que podamos hacer ante el llamado «concierto de las naciones» y que tanto desazona al doctor Escarrá Malavé, opino que no debería quitarle el sueño: lo hemos estado haciendo, que yo sepa, desde 1777.
La Vanguardia (Barcelona, España), Chávez invita a García Márquez a corregir la nueva Constitución
|
Buscador Bitblioteca
|
|
| ||||||||||||||||||||
|
Copyright © 1996 - 2011 por
Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado
de fuentes externas. |