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Una segunda opinión

El Nacional, sábado 27 de mayo de 2000

1.

Esta crónica iba a estar sujeta a una restricción temática que, si la miras bien, es también estilística: debía aparecer el día anterior a las, por todo lo visto hasta el momento de sentarme a escribirla, muy aplazables megaelecciones.

Se esperaba que esta media página se abstuviese de pronunciarse sobre temas electorales, supuesto que hoy sábado estaría en vigor la consabida veda de propaganda, ya fuese manifiesta, ya fuese encubierta.

Ante la idea de tener que escribir una vaina a contrapelo de mis inclinaciones de francotirador, he pasado una semana de perros barajando temas apropiadamente zanahorias. Temas como «Vida de las abejas de Galipán antes y después de los deslaves de Diciembre», «¿Fue Teresa Carreño una pianista tan arrecha como dicen?», «Una teoría sobre la hemorragia de jonrones en la Gran Carpa», y pendejadas de ese cariz.

Me costó dar con el tema, pero cuando al fin lo tuve y ya me disponía a atacar la obertura, llegó hasta a mí la noticia de la rotunda y fulgurante victoria de dos particulares, dos inermes particulares, que actuaron por sí y en representación de la sociedad civil: Liliana Ortega y Elías Santana, dos sujetos «proactivos», como suele decirse, que lejos de plegarse a las histerias de cierta «contra» sifrina, esa que se pasa la vida viendo en Chávez un émulo de Pol Pot, de Hitler y Benito Mussolini, tachando a John Maisto de chavista y clamando por los marines, decidieron hacer algo de mayor provecho para todos: poner a prueba las instituciones consagradas en la Constitución Bolivariana.

Y fueron y solicitaron por ante el Tribunal Supremo un amparo que aplazase las elecciones hasta tanto se asegurasen condiciones de viabilidad para ello.

El juicio, como se sabe, fue oral y de una celeridad procesal ejemplar, por cierto impensable en tiempos de la IV República, y mucho menos tratándose de una materia tan crucial. Ahí tienen los detractores del Copp un contraejemplo duro de pelar.

Juan Navarrete actuó como Defensor del Pueblo e hizo lo que todos los venezolanos razonables, incluyendo a los que votamos por el «no» en el referéndum, esperaban de su honrada trayectoria : argumentó admirablemente que mal podían efectuarse las eleccciones si el electorado —esto es, el soberano , we the people—, cuya defensa le encomienda la Constitución, no estaba debidamente informado de quiénes habrían de ser los candidatos.

Y por la parte «demandada»—digámoslo así—, no le costó mucho al representante del CNE admitir, con una franqueza que en modo alguno lo disminuye, que técnicamente la cosa estaba enredada. El Tribunal Supremo no congeló el balón, como esperaba la obnubilada «contra» de ultraderecha: se pronunció oportunamente en favor de la sensatez.

Chávez, el «autócrata» Chávez, el taimado Chávez, el hegemónico comecuras Chávez, ya había declarado en la mañana a la prensa que si tal fuese el fallo, pues ni modo, habría que acatarlo. Una conducta que no desdice de la Venezuela democrática y pacífica del siglo XX, tal como acabadamente la ha caracterizado Manuel Caballero. La Venezuela de Liliana y Elías.

Los mal pensantes bien pueden atribuir esa «sospechosa» aquiescencia republicana de Chávez a una táctica dilatoria para mejor urdir un fraude que, a juzgar por las encuestas que lo favorecían sobradamente, resulta absolutamente inexplicable

Yo, que suelo pensar peor que ellos, opino que a quien más debe pesarle este desenlace de la crisis es al candidato de la contra supuestamente «civilista», la cual no sólo desestimó la acción de dos civiles «de verdad verdaíta», como lo son Ortega y Santana, sino que, al contrario, muy obcecadamente exigía casi hasta al final que, contra viento y marea, se efectuasen unas elecciones que a todas luces eran técnicamente impracticables, sin pensar quizá — o calculándolo— en que otros pudiesen, entonces sí, gritar «fraude» y conjurar, «sin querer queriendo», un atajaperros con rinkinkalla y plomo de verdad, en el que tampoco los sifrinos iban a ganar porque sencillamente la masa chavista, la misma que puso los muertos el 27 de febrero del 89, no se iba a quedar en su casa mirando Globovisión.

Ortega y Santana actuaron como expresión ejemplar de lo que tengo yo por «sociedad civil», tanto como lo hicieron los periodistas que contribuyeron a crear el clima de opinión propicio a que prevaleciese la cordura. En gente como ellos alienta en verdad la vocería de la sociedad civil, no en quienes no han hecho más que comprar dólares y practicar el «chamanismo/onanismo» de derecha a través de una Internet que todavía sigue sin poder subir cerro.

Parafraseando al gran Blades: la vida te da sorpresas; sorpresas te da «el proceso».

2.

Y ahora, amigos fanáticos, volvamos a lo que justifica el título de esta nota que es una muestra de lo que puedo hacer cuando se trata de «publicidad redaccional».

Resulta que a fines del año pasado un grupo editorial de renombre, encandilado con mi talento y mi verba, y totalmente ignorante de mi falta de sentido práctico, resolvió encomendarme la dirección de una colección de libros de tema político.

Serán cosas de la crisis de mediana edad, el caso es que acepté y les prometí que en enero les tendría una lista de títulos destinados a romper récords históricos de venta. Y me olvidé por completo del asunto.

En enero no sólo no tenía una lista: regresaba de una vacación por los Andes y todavía no se me había ocurrido ni un solo título posible; no me venía a la mente ningún autor verosímilmente best seller.

Fue justo en mitad de una llamada que hice desde una cabina pública en Boconó a Teodoro Petkoff, una llamada de felicitación por su cumpleaños, que mi inconsciente vino en mi ayuda: le ofrecí editarle un libro sobre «el proceso»; así, sin más ni porqué.

La respuesta sonó como una desalentadora mezcla de mosconeo y gruñido petkoffiano. Y terminaba en el sufijo «ado».

—¿Cómo dices?

—Ahora estoy muy ocupado. No tengo tiempo de sentarme a escribir.

Por lo visto, ahí debía terminar mi gestión como editor: el fracaso me persigue, pero yo soy más rápido y me dio entonces por hacer lo que mejor se me da: improvisar.

—No tendrás que escribir ni una letra. Te lo prometo: «hablaremos» el libro—improvisé—. Lo grabaré todo y yo mismo editaré lo que hablemos.

Hubo una pausa difidente al otro lado, seguida de un «uhm», característicamente escéptico:

— Horita y’stoy ocupado, Martiniano. Llámame cuando llegues a Caracas. Y veremos. Feliz Año. «Click».

Los hombres de empresa debemos vérnoslas con incrédulos todo el tiempo. Cuando regresé al carro, le conté la conversación a mi mujer.

—¿Y qué dijo Teodoro de tu idea? —preguntó ella.

—Quedó encantado. Dijo: «¿Cuándo empezamos?».

Mirando atrás, ¡vaya si estaba ocupado mi autor!: andaba levantando los reales para fundar Tal Cual, el tabloide vespertino que dirige desde comienzos de abril. Así que Elías Pino Iturrieta, a quien invité a ser el otro «preguntón suscitativo» de este ensayo hablado sobre la Venezuela de Chávez, éramos recibidos en los retazos de tiempo que su ocupaciones de fund raiser y director de diarios le dejaban libre al búlgaro de Bobures.

La transcripción dejó ver una vez más que «lenguaje» y «habla» son dos vainas muy distintas: estaba llena de exclamaciones, muletillas, telefonazos, sonido ambiental, una que otra mentada de madre a propósito de don Luis. En ocasiones, cuando Pino Iturrieta hace una pregunta se cuela en la cinta la frenética masticación a la que Petkoff y un servidor sometíamos las empanadas que nos ofrecía la gentil esposa del autor durante las pausas.

La papelera de reciclaje de Claudia González, encargada de «limpiar» el texto, se llenó de «pues, chico, yo te digo» y «x’actamente», las muletillas predilectas de Olafo.

Al ese texto le imprimí más tarde un reorganización temática que luego revisó el autor, añadiendo precisiones y cosas así. De modo que la transcripción inextricable que debe reposar en alguno de los archivos de la Disip —porque en el curso de aquellas sesiones hablamos, y sobre todo habló él, lo que se dice «a calzón quitao», sin cuidarnos de quitarle las pilas a los celulares— dista mucho de parecerse a Una segunda opinión, el libro producto de todo lo que vengo contándoles.

Lo de titularlo Una segunda opinión no sabría yo decir cómo surgió. Supongo que del modo como Teodoro ve este libro, contrastado con otros libros suyos: siempre lo ha movido a escribir el afán de «deslindar»: esta vez quiere deslindarse de la «oposición reaccionaria» al proceso que desencadena la insurgencia del 4 de Febrero.

Por ello las dos secciones que el lector encontrará de inusitado valor son una titulada «De la naturaleza del chavismo» y otra, sin duda la más polémica, titulada: «Del desempeño de la oposición».

Pero, ¿ porqué les cuento todo tan farragosamente, vendiendo desvergonzadamente mi queso como pulpero orgulloso, si Elías Pino Iturrieta lo dice más donosamente en la «Explicación» que preside el primer libro que edito en la vida?:

«El país que debe pasar por una encrucijada en la cual se juega el destino de la democracia, puede encontrar muchas pistas en el parecer de Teodoro Petkoff que discurre en estas páginas. Es muy serio el trago, como para que no se solicite el auxilio de su segunda opinión».


Acta de la audiencia de postergación de las Megaelecciones
Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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