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Casi ná’

El Universal, 29 de marzo de 1995

Nunca se había predicado tanto de ética como en este nada ético final de centuria. Predicado y pregonado: vozarrones solemnes y huecos invocan la moral perdida quién sabe dónde y las desconsoladas viudas de las buenas costumbres cuchichean a todo el que quiera escucharlas que no se respetan los valores. Los valores: nada menos. Definitivamente perdidos: como si se tratara de la dentadura del abuelo o el último recibo del gas. Qué manía con eso de la moral: mucho hablar y poco practicarla.

Por lo mismo, resalta la sorprendente noticia. Ahí es nada: en España, un gitano, un señor gitano, un gitano señor, ha renunciado indignado, a recibir doce millones de pesetas (veinte millones de bolívares) en compensación por la muerte de su mujer. Parece que fue un accidente de tránsito en el que los responsables fueron condenados a pagar la indemnización al esposo de la víctima. Ahí saltó la indignación noble y señorial del gitano: no se puede uno lucrar con la muerte de nadie y menos con la muerte de un ser querido. Faltaría más. Dio media vuelta y se marchó, dejándoles con su sucio dinero en las manos.

De pie, señores, hay que ponerse de pie, quitarse el sombrero y hacer una profunda y silenciosa reverencia a ese gitano tan señor y tan patricio. En nuestros fenicios y corrompidos tiempos, alguien, sin pretensiones, tiene el gesto inmenso, sobrecogedor, de despreciar el dinero en nombre de la decencia y el respeto a los muertos. Casi ná’.

Los gitanos vienen de lejos y siguen su camino, indiferentes al mundo enloquecido que formamos todos los no gitanos. Pueblo extraño, mítico y trashumante, mal visto y casi siempre perseguido. Proceden de la India, por más que cierta tradición quiso hacerles descendientes de los faraones: los llamaron entonces egipcianos, de donde el apócope de gitanos. Pueblo caucásico, indoeuropeo, otro más, sólo que de tez oscura —moreno de verde luna— con lengua indoeuropea de pura cepa, derivada directamente del sánscrito y emparentada con los idiomas hablados en el norte de Indostán. Entre sí no se llaman gitanos, sino romaníes, que viene de «rom» que, en su lengua, es «hombre» y se oponen a gayo o payo; los otros, lo contrario de los gitanos: los payos, expresión con sentido abiertamente peyorativo: «brutos», «montunos», «rústicos». Lo suyo es vagar, pues son los últimos nómadas auténticos que quedan sobre el planeta. Moverse, emigrar, viajar de un lado para otro. Comenzaron en la India hace más de tres mil años y ya le han dado la vuelta al mundo. Están por todas partes, hasta en Australia, pero mayormente suelen encontrarse en los Balcanes, Centroeuropa, norte de África, Francia y la Península Ibérica, en Gran Bretaña, curiosamente, en el país de Gales. Hay unos tres millones, siempre viajeros, dedicados a diversos oficios trashumantes: tratantes de ganado, domadores de animales, titiriteros, latoneros, músicos, sobre todo músicos. Ah, están sus violines, sus czardas, la guitarra y el flamenco, nada menos que el cante jondo. Ellas echan las cartas y leen la palma de la mano, una manera inocente de sortear el destino. Se dividen en diversas tribus. Por un lado, están los kalderash, numerosos en Rumania, Bulgaria, Hungría. Luego, los manouches del norte de Francia, Alsacia y Alemania y por ultimo los gitans, los gitanos, del sur de Francia y de España y Portugal. No reconocen ni tienen ninguna autoridad central: lo del «rey de los gitanos» es una leyenda de opereta vienesa. Viven en familias patriarcales que en ocasiones llegan a contar hasta con doscientas personas. Son fieles a sus costumbres, entre las cuales la más sana es la del exilio sistemático. Viajan, viajan mucho y no echan nunca raíces. Por eso el mundo payo los teme y los persigue. Nunca se han llevado sedentarios y nómadas, desde Abel y Caín: alguien mata al otro. Hitler se cargó, en sus civilizados hornos alemanes, a medio millón de gitanos, con todo y ser más puramente arios que los propios rubios germanos.

Pero los gitanos —bronce y sueño— siguen imperturbables su vida sencilla, con solemne desprecio por los «valores» de los civilizados. ¿Qué mayor muestra de desprecio que la que acaba de dar ese gitano camborio rechazando dinero por la muerte de su mujer? Toda una lección en los tiempos que corren. Y en cualquiera.


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