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El mono aullador

El Nacional del jueves 16 de noviembre de 2000

Mono
Ibsen Martínez, El mono aullador
de los manglares
, Caracas:
Grijalbo-Mondadori, 2000.
Alguien dio las gracias recientemente a José Balza e Ibsen Martínez por habernos ofrecido un debate intrascendente y divertido que nos liberó, aunque por un ratito, de la contemplación del entorno triste que nos rodea. Pocos han corrido a defender a Ibsen, quizás porque su personalidad no invita a la solidaridad automática: siempre se puede salir el tiro por la culata en el próximo artículo sabatino, donde el objeto de la piedad es capaz de denigrar a su campeón por algún gazapo de incultura. De todos modos, los articulistas necesitamos variar los temas, aun a riesgo de inmolarnos en la fogata de nuestro atrevimiento. Por eso les voy decir porqué me gustó El mono aullador de los manglares, una gran mamadera de gallo de Ibsen.

Primero que todo, me encantó la promoción del libro. Llegaron invitaciones de todos lados a asistir a la presentación. Lamentablemente no pude estar en el acto, pero me picó la curiosidad por lo titánico del esfuerzo, de parte de un autor que aparenta despreciar los trucos de los publicistas, al dedicar muchas palabras a la deshonestidad de nuestros medios de comunicación de la pantalla chica. Fiel a su propia ambigüedad, Ibsen hizo varias cosas para ahuyentar a los posibles lectores: publicó un artículo escandaloso —casi notitia criminis— sobre su viejo empleador mediático y difundió en Internet el primer capítulo del libro, un texto tan espantoso que hace correr a cualquiera. Clásico enfant terrible, la imagen cuidadosamente construida por el escritor.

Debidamente escéptica con esta estrategia paradójicamente repelente, me compré el libro y persistí más allá del trozo inicial de la red, gozando un puyero con el desarrollo de los diversos temas de la novela. Ibsen se ha convertido en una suerte de Woody Allen venezolano, una persona que se aprovecha de sus propios defectos para sustentar su arte. Como Allen, Ibsen hace un gran despliegue de sus inseguridades, nunca convencido de sí mismo. Es heredero de Cabrujas, pero se pregunta: ¿seré tan bueno como Cabrujas? ¿Podría, por ejemplo, escribir una novela decente? ¿Seré más que un libretista sometido a la regla de la «invariable invención» impuesta por mi patrón? Esta es la pregunta que atormenta al Ibsen acomplejado y que probablemente lo tiene nervioso y malhumorado por la publicación de su obra.

Ibsen tiene tendencias autodestructivas ampliamente desplegadas en El mono aullador. Pero, como cualquier niño travieso, genera cierta compasión entre los adultos que reconocen su necesidad inconsciente de ser amado. El personaje que lo representa en el libro es un despreciable ser que le pega a su mujer y que difunde la especie de que su jefe no es más que un cubano ignorante, cuando la mujer es una santa y el jefe un creativo talentoso, aunque con valores definitivamente estirados. De esta manera invertida, Ibsen revela su corazoncito. En el fondo, Ibsen quiere rescatar el sentido de drama alrededor del proceso creativo, comunicarnos las locuras de la presión de la competencia televisiva, y señalar los extremos a que conduce la carrera y los dilemas morales que la rodean. Martínez quiere también rendir homenaje a su admirado Cabrujas-Villaurrutia sin resistir la tentación de someterlo a su pluma de humor negro aun en el momento de su muerte.

Pero no hemos llegado al meollo del cuento, el hilo central sobre el cual se tejen las obsesiones del autor. Para no afectar sus regalías, no voy a revelarlo. Pero, como es de esperarse de uno de nuestros costumbristas más agudos, allí tenemos una historia tan venezolana que puede resultar hasta incomprensible fuera de los linderos de la República Bolivariana. Los escenarios de la novela son en sitios tan diversos como los estudios de la Zona del Canal (de Caracas, no el de Panamá), hasta un campo de camioneros en la carretera, donde transcurre un rodaje ejemplar del solapamiento de lo tradicional y lo moderno en nuestra sociedad «en vías de desarrollo». José Gregorio Hernández y María Conchita Alonso en el mismo saco.

El mono aullador de los manglares no es James Joyce, pero sí un retrato del artista como cuasi-adolescente que dice mucho de Venezuela y su vida de ficciones y engaños. Se oye la voz fugaz de Henrik Ibsen en El enemigo del pueblo, donde la verdad cede ante el comercio y la corrupción, y el pueblo se muere por las consecuencias. Por cierto, Ibsen, Rocky Balboa se entrenaba en las escalinatas del Museo de Arte de Filadelfia; como todos saben, la Corte Suprema está en Washington. Touché, por ahora.


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