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No

El Universal, viernes 23 de abril de 1999

Dos letras, una negación. Basta, bastarían si no fuera porque ahora el asunto se pone decisivo. Acaso estemos ante los prolegómenos de una auténtica confrontación y el recurso a la violencia se haga, para todos, una necesidad ineluctable. No quisiera que a la sola mala suerte, la vieja fortuna renacentista, le fuese imputable, poco más poco menos de la mitad del poder de decidir el curso de nuestros actos. Porque no entiendo pese a los buenos y no tan buenos obispos y arzobispos cómo, en este caso, la Providencia habría escogido sumirnos a todos, los que poseen buena fe y convicciones opuestas, en el predicamento de dispararnos nuestras diferencias. Sea como fuere, a la razón se le debe alguna exigencia y dado que los ideólogos del constituyentismo, los intelectuales al servicio del Príncipe habrían hablado, he aquí mis particulares razones para exhortar a todos a decirle NO a este principito y a sus curadores.

Hay una serie de argumentos para oponerse: entre ellos, el número de constituyentes y constituciones que a cualquiera le sorprendería como una muestra de ligereza de nuestra parte. Pero que por lo mismo es argumento que se devuelve, como si se tratara de rito ligero, una especie de tamboreo o de carnaval, como una vez lo fueran las elecciones y nada perjudicaría entonces abrir las compuertas que ya abrió de par en par el comandante electo. Pero conceder a la inicuidad, que de un modo u otro juegan a que el príncipe electo sea como todos, un Monagas cualquiera, uno más del montón de los montones de caudillejos que hemos tenido, concesión que sería la razón profunda que aguanta su aceptación, es argumento aún más perverso que el primero. Indica que nada cambiará con este singular personaje que embobecidamente esta cultura ha adorado como su parabién. No son, por tanto, ni en su versión de horror ante el número de constituciones, ni ante el cinismo de un modo de preservar los privilegios en el cambio, los argumentos decisivos para decir no.

Otra línea de argumentación sería sentarse a pensar en las consecuencias, ya visibles, que significa el costo económico de optimizar este esfuerzo moral. Apenas se pronuncia el verbo optimizar para que el fantasma del fundamentalismo marxista ocupe la escena y condene este «economicismo» como una desvirtuación de una catarsis escatológica y moral, apenas rielada por el contacto evanescente con la dialéctica y los modos de producción que aún se disputan la Atlántida entre nosotros. Pero, economicismo aparte, la idea puede ser vista de una manera ligeramente menos determinista. Digamos que para nosotros, como somos nosotros, con esa alegría chimba con la cual hacemos irresponsablemente las cosas, nosotros, digo, nos podremos consumir en la abundancia de escasez que requiere manejar las dificultades. Un vivir peligrosamente puede parecer excitante a los revolucionarios de profesión, pero conducir ese movimiento popular popularmente, es decir, hacerse dueño de él, obligar a que el neo-corporativismo de una mayoría hecha a la medida del Príncipe, sin representación originaria, vale decir apenas con unos elegiditos (ciento tres, ciento cuatro, doscientos) es una burla corporativista. Apuesto a que los buenos fueros de Aragón o los Comuneros de Castilla, antes que los reprimieran, tenían más sentido de las posibilidades de una representación originaria que estos doctores del Comandante. Y, por encima de todas esas consultas, de esa paciente bondad con la cual le ha consultado a todo el mundo, ÉL, el escogido, el ungido por el almizcle de su voluntad, él, decide que no habrá quórum. El decide que se hará así o asao. Y es que veo, temblorosos en la mente o cavilosos en el pensamiento, que el Soberano se encarna, que la teología de este singular centauro de Sabaneta es el hombre que Nietzche nos ha enviado para matar a Dios y resucitar a Bolívar.

Pues NO: es más, tanto es NO, que desde mi propia audacia, con la venia para la astucia que quepa, exhorto, invito a celebrar todas las formas de desobediencia que pueda inventar nuestro ingenio. Y esas formas de desobediencia civil pueden ser festivas, jocosas, como, por ejemplo, pedirle a Peñita que dé la alocución ante las Fuerzas Armadas el día que una cantidad raquítica de electos decida por los demás. Que nos gobierne una «Élite voluntarista» que, con exclusión de José Vicente, quien es el único que pareciera tener elementos de juicio y sindéresis, es algo que puede servir para otra cosa. Para que acabe de estallar esta vaina de una buena vez y no entremos a lo que tenemos que entrar. Pero como ese no es mi deseo, y sin que nada tenga que reclamarme de mi pasado, sino que en nombre de la idea que tengo de una libertad que significa y puede significar igualdad, denuncio como una claudicación no defender la posibilidad de una idea que le leí a José Vicente Rangel en 1998: el mejor programa político es el que está contenido en la Constitución del 61. Atrévase alguien a hacerlo cumplir.

Solo eso bastaría para decir a todos que esta piñata de incertidumbre, hecha de renuncias al populismo radical y al cobijo de un patriarcalismo barinés, es la mejor prueba de la incapacidad para pensarnos y decidirnos libres. La fuerza pudiera ser inevitable, no seré quien la propicie.

Pero si en defensa de la libertad hubiese que hacerlo...

N. de R.: Este artículo que quedó pendiente por ser publicado, fue rescatado por los familiares de Luis Castro Leiva en Chicago, E.U.A.


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