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 Caracas, Tuesday, May 22, 2012
 

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Intervención en el XII Foro de Ministros de Cultura y Responsables de Políticas Culturales de América Latina y el Caribe

Manuel Espinoza
Viceministro de Cultura y Presidente del Consejo Nacional de la Cultura de Venezuela

Santo Domingo, República Dominicana, 22 al 24 de marzo de 2001
El debate cultural venezolano en La BitBlioteca

Me cabe el inmenso honor de representar a un país que está viviendo la fascinante y compleja experiencia de una transformación profunda y radical en todos los órdenes. (Ser radical es ir a la raíz, pensaba Martí). Un país que está comenzando a ser, en este comienzo de siglo y de milenio, un privilegiado espacio latinoamericano de resoluciones. Un país donde la construcción de un modelo emancipatorio alternativo ha permitido que la cultura tenga, por primera vez, un papel protagónico en lo político, lo económico y lo social.

Es inocultable que la desigualdad, la injusticia y la violencia son los componentes fundamentales del horizonte latinoamericano actual. Una práctica cultural genuina y responsable tiene que generar respuestas frente a estos problemas que perfilan un escenario aterrador de disolución nacional y continental para cada uno de nuestros países. Hemos sido víctimas de una lógica modernizadora compulsiva, homogénea y desigual, y el costo social que hemos tenido que pagar es demasiado evidente. Dicho de otra forma: a América Latina se le ha interrogado desde donde no hay respuesta. Una nueva agenda de discusión latinoamericana pasa por reconocer, como sostiene el chileno Manuel Antonio Garretón, que los temas políticos, económicos y sociales tienen que ser planteados en términos básicamente culturales. El proceso revolucionario venezolano, y lo digo con orgullo, ha entendido claramente que su construcción y profundización están en relación directa con la creación de un modelo cultural propio.

Desde su origen republicano, Venezuela ha tenido una sólida y consistente vocación latinoamericana. En la gesta independentista el Ejército venezolano se convirtió en un verdadero forjador de libertades. La magnífica y demandante idea de que la América Latina tiene un destino necesariamente común tiene un carácter poco menos que obsesivo en el pensamiento y la acción del Libertador Simón Bolívar. Pero, también, en hombres de la talla de Francisco de Miranda, Andrés Bello y Simón Rodríguez es posible reconocer una obsesión similar. En nuestra contemporaneidad, instituciones culturales como la Biblioteca Ayacucho, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y Monte Ávila Editores Latinoamericana, por poner solamente tres ejemplos, hablan claramente de un sentido de pertenencia continental que nuestra revolución desea hacer aún más nítido y actuante.

El tema de la integración, y mucho más si lo abordamos desde una perspectiva cultural, tiene que abandonar su carácter retórico y convertirse en una experiencia viva y que nos comprometa integralmente. Debemos entendernos como una verdadera federación de culturas para contrarrestar la imagen, muy al gusto de los centros hegemónicos del poder, de un continente balcanizado incapaz de formular una versión propia de la contemporaneidad. La idea de una ciudadanía latinoamericana tiene que convertirse en un utopía concreta a la que hay que darle forma en los años venideros. De hecho, esa ciudadanía latinoamericana existe ya en términos culturales: falta producirla en el sentido político y económico.

La vocación dialógica de la cultura puede convertirse en el mejor antídoto contra la disgregación y dispersión de esfuerzos en el ámbito social. En Venezuela, el balance de la experiencia del sector privado en lo referente a la promoción de la cultura, arroja un saldo positivo y negativo a la vez. En cuanto a lo positivo, numerosas entidades públicas y privadas se emulan en el fomento de la producción, reproducción y preservación culturales. En cuanto a lo negativo, es palpable el evidente y dilatado proceso de violencia descomunicativa que la lógica casi exclusivamente mercantil que gobierna el terreno de lo mediático ha impuesto al continente y cuyas víctimas son incontables. Cuando esos mismos medios han optado por ofrecer productos de calidad, todos hemos sentido, como pensaba Walter Benjamin, el inmenso potencial que tienen para la cultura humana. No comparto, y nunca he compartido, la idea de que los medios de comunicación son irremediables; con una visión menos egoísta —y permítanme decirlo más patriótica— es posible conjugar entretenimiento y calidad en beneficio de las grandes mayorías.

Los acuerdos culturales tienen que ser letra viva y no la secular letra muerta destinada a cumplir únicamente con formalidades diplomáticas. En el mejor de los casos, han permitido homologar débilmente planes de estudio o intercambiar estudiantes. Es necesario revertir esta tendencia.

Los organismos que hoy me toca encabezar, el Viceministerio de Cultura y el Consejo Nacional de la Cultura, van a someter en estos días, para discusión una Ley de Mecenazgo destinada a romper definitivamente con la esquizofrenia que dividía a sector público y al sector privado en el terreno cultural. (Todo hay que decirlo: una nueva visión empresarial, más consciente las responsabilidades de la hora, está abriéndose paso lentamente en Venezuela). Ello permitirá, además, incorporar a la iniciativa privada para ampliar la base de los acuerdos culturales —y no restringirlos exclusivamente a las esferas gubernamentales. Los efectos de la globalización no tienen por qué ser únicamente perversos. La iniciativa privada ha contribuido eficazmente, y debe seguirlo haciendo con mayor impulso en el futuro inmediato, a la integración cultural del continente a través de editoriales, casas disqueras, empresas radiales y de televisión, industria cinematográfica, festivales de teatro.

La integración cultural de nuestro continente, para alcanzar la plenitud con la que todos los que estamos aquí soñamos, debe nacer de un diálogo abierto y fecundo de la iniciativa pública y la iniciativa privada. Debemos cambiar las reglas del juego que han atomizado y dispersado la práctica cultural. Para cada uno de nuestros países, el destino de su realización nacional y continental se juega, más que en ningún otro, en este terreno.


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