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Sección: Bitblioteca
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Que se venga el Efecto 2000
La criatura coqueta termina siempre por sucumbir. Y en su caída encuentra el alivio a las tensiones de su liviandad (los desenlaces previsibles tienen ese efecto balsámico, al consumarse lo muchas veces anunciado). Dado que Venezuela ha estado, desde su fundación, haciéndole ojitos al caos, pasándole papelitos a la catástrofe y dándole picón al colapso, nada más natural que llegue el día en que se venzan sus resistencias y se produzca la entrega. Bien mirado, sería un descanso. El llamado Efecto 2000 nos ofrece ahora la gran oportunidad de suscribir la capitulación ante el desastre y que se cumpla un destino tantas veces predicho. Propongo, pues, que no invirtamos un bolívar en garantizar la transición serena de un milenio al otro en el ámbito de la informática. Propongo que nos olvidemos de ese asunto y que ocurra lo que tiene que ocurrir: que venga el cataclismo; que se borren todos los archivos donde reposa la memoria de la Nación; que desaparezcan los registros de las prefecturas, de la Extranjería, de las policías y cuerpos de investigación; que se vuelvan humo las estadísticas, los cuadros comparativos, los censos, las proyecciones, los planes de desarrollo, los cálculos, las barras explicativas; que se disipen en un instante los datos de las universidades, de los liceos, de toda la instrucción (y que se suma en la perplejidad el Ministerio de Educación y todos sus hermanitos); que todo el discurso sobre el que se sustenta Venezuela se disuelva en el aire, como un suspiro, como los últimos acordes de un bolero terriblemente nostálgico. Al amanecer del primero de enero del 2000, después de comprobar que toda la memoria, todos los datos, todos los mitos, toda la heráldica y todos los argumentos se han convertido en un polvillo transparente, ingrávido como un beso frívolo, entonces comenzaremos la verdadera revolución silenciosa (ésa que ha sido proclamada sólo para encubrir al mismo perro con distinto collar). Esa mañana comenzaremos a hacer el nuevo país que todos, hasta el más cínico, desea y avizora. Comenzaremos por imaginarlo, soñarlo, fantasearlo. Y después empezaremos a construir sobre el vacío que nos dejó el Síndrome del año 2000: como las prefecturas estarán vaciadas, nos pondremos el nombre que queramos y, como el nombre hace a la cosa, el rebautizo nos dejará convertidos en mujeres y hombres nuevos. Me ahorraré el mal rato del divorcio porque nunca habré estado casada. Tendremos una gabinete nuevo porque la lista de sus nombres se borrará y nadie logrará recordar quiénes eran los ministros de este gobierno (de hecho, nadie lo recuerda nunca). Los jóvenes, la educación, la alimentación y el futuro dejarán de ser vistos como problema porque ya no existirán las estadísticas para referirse a los niños como «la problemática del menor», a la instrucción como fracaso, a la comida como entelequia (ni al sexo como complicación venérea). Háganme caso. No muevan un dedo. No vean a las computadoras como ángeles exterminadores sino como instrumentos de una profunda y compleja justicia. Dejemos que sobrevenga el vacío, permitamos que las computadoras nos suman en un silencio pre-edénico, que el lío de los chips haga una pausa en esta eterna insensatez que ha sido la construcción del país hasta ahora. Que se acabe todo: el número de cédula, los nombres en latín de los mosquitos descubiertos por insomnes compatriotas, que todo sea barrido por la voluntad de unos trastos enchufados a la pared. Y al día siguiente, cuando se nos caiga la copa de la mano adormecida, nos fajamos a hacer un nuevo país con el rescoldo que nos haya quedado en el corazón. Con más nada.
Estados Unidos de América, Ley sobre información y revelación de preparación en cuanto al año 2000
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