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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Llamarse Milagros Socorro

Cuando me casé con José Gregorio León, hace unos quince años, en Maracaibo, mi amigo Sergio Antillano me sugirió con mucho tacto que aprovechara el tránsito a un nuevo estado civil para cambiarme el nombre. «Milagros León», me dijo suavemente, «suena muy bien. No cabe duda de que es un nombre de escritora, como el de María Teresa León, la narradora española, intelectual antifascista, biógrafa de Doña Jimena Díaz de Vivar...». En una ocasión anterior Sergio había comentado que ya que mi verdadero nombre parecía un seudónimo, lo más lógico era que lo sustituyera por un verdadero seudónimo, algo bien pensado, una combinación de palabras calculada para crear un efecto sonoro y fuerte, adaptado a mi personalidad y a mi destino de escritora; no esa especie de súplica, ese pareo de humildades que recibí en la Pila Bautismal.

Y no le hice caso. Ponerme un seudónimo me parecía una extravagancia, un ejercicio de suplantación mediante la cual una sencilla muchacha de provincias queda convertida en artista cine o televisión. Y sustituir el apellido de mi padre por el de mi marido iba en contra no solo de mis convicciones de muchacha independiente que se ganaba la vida, tenía opiniones, convivía con el susodicho antes de pasarse por el despacho del prefecto que nos declararía marido y mujer, sino que también contrariaba cierto espíritu pragmático que había aprendido, en cabeza ajena, que lo mejor era no adherir un apellido ajeno al nombre con el que uno iba a iniciar una trayectoria profesional. Ahí estaban varias profesoras de la Universidad del Zulia que habían comenzado sus carreras y publicado sus primeros libros ostentando un «de Maldonado», «de Rivera» o «de Bromberg», y después de desalojado el título de propiedad de sus vidas lo seguían arrastrando en los ficheros de las bibliotecas, en las hemerotecas, en los archivos privados y en la mente de la mayoría. Eso no era para mí.

Lo otro es que mi nombre parece el remoquete de una cantaora gaditana, el alias de una falsa rezandera que se dedica a hurtar los monederos de las beatas en las iglesias, el título de un opúsculo moralizante, el patronímico de una expósita merecedora de la piedad de una monja que al recogerla se apresuró a llamarla así... en fin, que es un apelativo sin mucha gracia y con mucho gancho para los que se la dan de graciosos (no revelaré los años que tengo oyendo chistes idiotas a costa de mi nombre y sólo dejaré constancia de que nunca, lo que se llama nunca, he escuchado algo ingenioso que tenga como insumo las palabras Milagros y Socorro), pero, en fin, pensé que nadie más se llamaría así y que esa singularidad me daría una ventaja a la hora de sembrarme en la memoria de los lectores... hasta que alguien vino a decirme que había conocido una de mis homónimas: «Una muchacha muy dicharachera, querida de un guajiro que trae contrabando de Maicao». Saturday_night_feverDespués supe que en la población de Encontrados había un tipo que de niño había ganado el concurso del mejor Travoltica (esto es, el imitador que mediante un disfraz y un copete pergeñado con litro y medio de laca lograra reproducir lo más fielmente posible la estampa de John Travolta, entonces esbelto, danzarín, sexapiloso y célebre protagonista de Fiebre del sábado por la noche) y que, una vez adulto, había optado por ser adulta, ama de casa y llamarse, cómo no, Milagros Socorro. En algunas ocasiones han venido a preguntarme si yo soy él, si alguna vez fui el Travoltica de Encontrados. Desde luego, me abstengo enérgicamente de aclarar esta confusión.

Todavía, a veces, fantaseo con un nombre que me cuadre cabalmente, que no parezca cuando lo digo que estoy de rodillas o envuelta en una mantilla negra. Milagros Cubillán, digo en voz baja, para ver cómo suena el aporte de mi nuevo marido... Bárbara... cómo me encantaría llamarme Bárbara... pero siempre termino descartando ese proyecto y reincidiendo en el nombre con que me pasaban a la pizarra mis maestros y me conocían mis compañeros de escuela en Perijá. No quiero que ellos me olviden.


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