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Sección: Bitblioteca
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El país, efectivamente, es portátil Caracas, jueves 25 de enero de 2001 Con ligereza impropia de un hombre en su posición la de oráculo de nuestra sociedad Arturo Úslar Pietri afirmó hace unos días, en entrevista periodística, que los venezolanos que han emigrado o que están procurando su salida permanente del territorio nacional «no tienen país». Como si la nacionalidad fuera la colilla que se deja, estrujada en un cenicero, antes de abordar el avión que llevará al compatriota a su nuevo destino, más allá de las fronteras. Y aunque a estas alturas Úslar Pietri puede opinar lo que le dé la gana porque su aporte a nuestra cultura es de tal magnitud que se ha ganado el derecho a decir lo que se le pase por la cabeza, es bueno analizar esta aseveración porque podría contener muy riesgosas aristas. Lo primero es que ningún venezolano, por alta que sea su significación para el colectivo y valioso su legado, puede decretar que un connacional carece de país, es decir, que se ha quedado sin nacionalidad porque su ausencia del ámbito patrio lo inhabilita para ejercerla, conjugarla, reclamarla, disfrutarla o padecerla. Si alguien se atribuyera esta facultad, aun desde su inapelable potestad de intelectual venezolano profundamente conocedor de la peripecia nacional y de los más profundos vericuetos del alma común, la nacionalidad quedaría librada al criterio de un tercero poderoso cuando no autoritario que mañana podría quitársela a un ciudadano porque hizo o dijo alguna inconveniencia. Si alguien cree que esto es imposible, que se remita al historial del ex presidente Alberto Fujimori, una de cuyas armas para reducir al enemigo era despojarlo de la nacionalidad peruana, como quien despelleja vivo a un borrego. Y lo otro es que la vivencia de la nacionalidad, más allá de las leyes y normas que regulan la pertenencia a un colectivo nacional, es un estado del alma, una abstracción mental mediante la cual una persona que nace y vive en un determinado fragmento del conjunto nacional adopta éste como su ámbito de pertenencia aún sin conocer ni de vista lo que rebasa el confín de su pueblo. Yo, por ejemplo, nunca he estado en Los Llanos, epítome de la venezolanidad por el capricho de un grupo que alguna vez impuso ese paisaje y ese acento como la concreción del espíritu venezolano. La verdad es que no he tenido la fortuna de asomarme a esa visión como no sea a través de las hermosas descripciones de Doña Bárbara. ¿Significará eso que mi nacionalidad aparece desmedrada por un mordisco de Llanos y de esteros? Espero que no, porque el caso es que mi noción de Venezuela tiene que ver con la dulzura azul de la Sierra de Perijá y no con una bandada de corocoras, con el frío terciopelo del frailejón o con la sombra infinita de un tepui. Espero que esto no me valga la rasgadura de varias páginas en mi pasaporte. Los venezolanos que están lejos de aquí se llevan este país pegado a la piel (por el lado interno de la piel). Y algunos lo tienen más adentro de lo que quisieran, incluso aquellos que se fueron huyéndole al costado espantoso de la patria, que lo tiene. Nos toca a todos salvaguardar lo que la nacionalidad tiene de inmanente, de musculatura del espíritu, quién sabe si de sollozo contenido y de sonrisa nostálgica. Aquí no hay «gusanos». Aquí, y donde sea que estén, sólo hay venezolanos.
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