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La calle caliente Papel Literario de El Nacional, domingo 2 de abril de 2000
Pero no es el único. No es el único evento extraordinario que asalta a los transeúntes de las ciudades venezolanas desde hace un cierto tiempo. Ha sido mucha la gente disfrazada que, con atuendos típicos de trabajo o desnudos en pelota, con los cuerpos cubiertos de pintura, con enormes banderolas y sonidos estrepitosos, han estado convocando el espíritu público con los recursos de la teatralidad. En torno al edificio de la Asamblea Constituyente, hoy Congresillo, se han puesto en escena centenares de espectáculos variados precedidos de tambores, frases estudiadas, trompetas, altavoces y gargantas irritadas. Ellos y otros han paseado por la avenida México, Plaza Venezuela, la avenida Bolívar, la Nueva Granada, el Paraíso, la Urdaneta, la Baralt o la plaza de Petare, sus insólitas instalaciones teatrales. Unos han traído tractores y otros han traído mulas y caballos, unos han traído cerdos y otros han traído chivos y mascotas. Hemos visto gandolas, caravanas de automóviles, taxis y autobuses, zancos, globos y pancartas. Las noches de las ciudades han despertado bajo el tronar de cacerolas y mondongueras, mientras sinfonías de alarmas y sirenas han sido convocadas en agendas de protesta. Cantantes, coros, salseros populares han estado ocupando la plaza Caracas, los mítines de la avenida Bolívar, de la plaza Altamira o los espacios abiertos del Teresa Carreño. Son todas ceremonias de representación, formas de la teatralidad, expresiones simbólicas exacerbadas que, por su número y frecuencia en los últimos tiempos, constituyen uno de los hechos culturales más significativos de la nueva Venezuela. El teatro y la gente Podríamos apostar que los transeúntes desprevenidos que circulen por los parques del Este o del Oeste durante el XII Festival Internacional de Teatro no serán sorprendidos del todo cuando vean a los actores del grupo australiano Stalker Theater Company volando por los aires. Pasará igual en la plaza Venezuela o en la plaza Caracas. La historia de unos tipos buscando una utopía a bordo de un barco a la deriva es una historia conocida, que habita día tras día las calles de la ciudad. ¿Qué tiene de raro que en la plaza Bicentenaria un grupo de jóvenes quiera alcanzar el cielo, volando como Icaro? Gente flotando en el espacio, anhelando el equilibrio, bamboleándose sobre zancos de ocho metros, siempre a punto de caer. Algunos taxistas murmurarán la contrariedad de los desvíos y de las trancas, pero los ciudadanos compartirán con el espectáculo sus inquietudes sobre la libertad y la trascendencia. Todo porque las aceras, como el debate, están recalentados por la movilización y por los argumentos. Los franceses de la Companie Jo Bithume podrán saborear el ardor del asfalto (Bithume), al que consagran su arte, en un país de asfalto caliente, en el que los ciudadanos han recuperado las energías de la politización, de la participación y la escena pública. La lectura de su espectáculo Hello Mister Jo, que narra la historia de un hombre corriente, hubiese sido distinta en festivales anteriores, cuando la calle era amable para el carnaval y el espectáculo teatral, pero un tanto más frío para la interrogación política y la posibilidad de actuar. No habrá que perder de vista la presencia de los grupos Art-O y Maroma de Venezuela que pondrán todavía más calor sobre el escenario. El primero con un bestiario imaginario y caribeño de ambientación cibernética. Y los segundos con sus acostumbradas destrezas acrobáticas y pirotécnicas que en esta oportunidad, El pagador de promesas, combinarán con el fragor popular de los tambores de los Vasallos del Sol, los Talleres de la Cultura Popular de la Fundación Bigott, La Trapatiesta, Pisorrojo, Cofradías de Caracas o Capoeira Cumbe UCV. Su espectáculo promete acercarse tanto a las vicisitudes religiosas del hombre de la calle como el mismo Nazareno con el que hemos iniciado esta nota. Cuando el teatro va a la calle Vida y teatro han venido dándose de cabezazos desde el principio de los tiempos y el teatro de la calle ha sido, durante la segunda mitad del siglo XX, una de las portentosas tendencias que ha reivindicado para sí los mayores logros tangibles de esa comunión. Deificando los formatos del ceremonial, de los ritos religiosos, la procesión y el peregrinaje, de las fiestas populares y del circo, los profesionales del teatro callejero estructuraron una dramaturgia paralela sin abandonar las grandes energías de la poesía y la reflexión que cultivaron los antiguos, los isabelinos, los románticos o los existencialistas del claustro con butacas. Los impulsos iniciales de esta corriente buscaban efectos concretos: ampliación de la audiencia, encuentro con el ciudadano corriente y sus mitos, agitación y propagación de ideas, protesta y celebración, sustitución de la representación por el acto instantáneo, improvisado y espontáneo que lleva la vida. Impulsos todos de naturaleza profundamente política. Las diferencias entre un evento de teatro callejero y una ceremonia de vendimia, entre la procesión del Nazareno o de la Virgen de la Chinita y la Furia del Baus, entre un mitin político y el desfile del Royal de Luxe, entre un desfile de Carnaval y la entrada del Grupo Odín en los predios de los Yanomamis, no parecen ser muchas. Las diferencias podrían percibirse si pensamos en el espectador, en la forma de su participación, en la introspección o ensimismamiento que lo devora mientras acompaña la ceremonia. El campesino que lleva unas palmas en la fiesta de Las Turas, el fervor de los fieles que sigue a la Divina Pastora, el compromiso de los militantes que asisten al líder de un mitin parecen cualitativamente distintos al silencio perplejo que habita a los peregrinos del teatro de la calle. Es cierto que la suya puede ser una actitud regocijada y sensible que celebra las destrezas y la belleza visual del espectáculo. Pero cuando el asfalto no arde bajo sus pies, cuando las preguntas y las respuestas no engranan del todo con las suyas, la relación entre espectadores y espectáculo podría ser, aunque emocionada, distante y una forma más de consumo cultural. Hay quienes apuestan a que en esta edición del XII Festival de Teatro podría producirse el milagro de comunión entre espectadores y espectáculo como la soñaron en los años 60 los fundadores de esta corriente, como el San Francisco Mime Trouppe, como Julian Beck y Judith Malina, como Óscar Massota y la Escuela del Torcuato di Tella que impulsaban el happening y la instalación en Argentina. Todo porque el asfalto está caliente, porque la calle arde de preguntas, de interés, de pasión política y teatralidad.
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