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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Codicia

En términos de imagen pública y credibilidad, eso que llaman el empresariado venezolano padece de una pésima reputación. Y aunque juran, como lo están haciendo, que sí honraron los compromisos suscritos en la Tripartita, nadie les cree.

En primer lugar, todo el mundo presiente que la generación de ejecutivos que llaman «la cúspide empresarial», que se reúne a discutir en los auditorios de Fedecámaras, Conindustria y Consecomercio, carece de mecanismos para hacer que sus afiliados actúen de manera coordinada y consecuente con sus directrices. Estas organizaciones son más bien de naturaleza «mediática», sus acciones descansan en comunicados, declaraciones y exhortaciones y de ninguna manera en directrices y mandamientos.

Desde hace años se viene oyendo decir en privado a los capitanes de las empresas importantes, y a la novísima generación de empresarios jóvenes, que Fedecámaras carece de representatividad, y de hecho las empresas más importantes de Venezuela no asisten a Fedecámaras. Las burocracias de estos gremios destinan su tiempo a las comunicaciones y al lobby no a la organización. Poseen una clara conciencia mediática, son comandos de presión para actuar sobre el aparato legislativo y ejecutivo.

Pero las dudas que pesan con mayor fuerza sobre el discurso de los líderes gremiales de ese empresariado provienen de otros manantiales: el público sabe que ese empresariado no tiene un proyecto nacional. Y que sacrificará cualquier interés público de largo aliento por su interés doméstico.

Con escasísimas excepciones de rigor, como la gente de Polar o Sivensa, la generación intermedia de empresarios venezolanos luce como un campamento fracasado y poco confiable. Los banqueros fueron arrasados por un huracán que ellos mismos cultivaron; el Estado tuvo que confiscarlos y llamar luego a los chilenos y a los españoles para que reconstruyeran el derruido sistema bancario.

Los grandes imperios químicos, papeleros, petroquímicos, cemento, alimentos e insumos industriales que crearon los capitanes de los años cincuenta ya no existen. Mal gerenciados, exprimidos y convertidos en mansiones americanas y cuentas en dólares, fueron declarados en quiebra. Hoy renacen de la mano de los mexicanos, los colombianos y los americanos. Los grandes servicios privados con capital y gerencia venezolana que han sobrevivido son caros y de escasa calidad: eso incluye clínicas, líneas aéreas, seguros, telefonía, televisión…

Lucha de clases

Esta generación de empresarios, que viene conduciendo la economía privada desde principios de los setenta será recordada como una generación perdida. Si bien es cierto que heredaron y acumularon grandes fortunas en dólares que mantienen en el exterior, también acumularon y padecen de una reputación dudosa en palabras y hechos.

No solo será recordada como la generación de Recadi, del crash bancario, de las quiebras industriales y la desnacionalización del capital productivo, sino que será juzgada como cohonestadora de todas las acciones ilegítimas del Estado, no sólo las que se refieren a la epidemia de la corrupción que ha marcado dramáticamente las últimas décadas de la vida institucional, sino que el sector privado contribuyó a dar apariencia razonable y justa a acciones públicas que no lo han sido.

Ahora vuelven por sus fueros, porque el país ha comenzado a dar signos de recuperación con la ayuda del inversionista internacional y la apertura petrolera. Invitados a sumarse a un proyecto modernizador que nunca han comprendido aceptaron ir a la cumbre Tripartita. El cambio del régimen laboral es parte del ajuste global, y se ha realizado en el mundo entero con distintas modalidades. En Venezuela se adoptó un régimen muy original que concluyó en un cambio importante en la relación obrero patronal,en la remuneración del trabajo y en lo que se refiere a la seguridad social. Se creó un nuevo escenario de cooperación para atenuar las potencias amenazantes de la lucha de clases.

Quién es quién

En la misma mesa se sentó el gobierno, con su 12 % de la población electoral. Se sentó la CTV, que hace muchos años no tiene elecciones libres y que dice representar al 60% del mundo sindicalizado. Y se sentó Fedecámaras que dice representar al 90% del mundo empresarial. A pesar de tener todos una representatividad dudosa, llegaron a un acuerdo.Y se comprometieron a hacerlo cumplir por sus representados. El contenido de ese acuerdo tenía que ser trasmitido a sus afiliados y allegados y debía iniciarse, pues, la puesta en marcha.

El gobierno hizo su trabajo, diseñó, convocó, articuló, proporcionó y después fue a buscar los fondos para cumplir con la parte laboral del sector público. Los trabajadores cedieron, cambiaron sus prestaciones retroactivas por la promesa de unas prestaciones pagadas mensualmente, y compraron la utopía de un sistema de seguridad social eficiente en un país donde no funciona el correo y ni siquiera se puede sacar la cédula con dignidad. Sin embargo sus «representados» no parecen entender aun el contenido del acuerdo, y se muestran totalmente fuera de control.

Los líderes empresariales se fueron a las ruedas de prensa y dijeron que estaban de acuerdo. Pero a los departamentos de recursos humanos de sus representados, a las direcciones de contabilidad y finanzas, a los administradores de las empresas no les han llegado las instrucciones sobre salario mínimo y mucho menos el espíritu del aumento general de los salarios.

El público sabe que si el gobierno no les redacta la órden, el memorándum, los empresarios se harán los locos. A lo mejor esto es mentira, a lo mejor si se tomaron el trabajo de ordenar los aumentos. Pero esto ya es irrelevante. Lo importante es lo que cree el público, lo que creen los trabajadores, lo que creen los periodistas. Están acostumbrados a no creer en los empresarios. Grave cosa.

      


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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