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Sección: Bitblioteca
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Deudas A finales de abril, los cielos de Caracas tienden a llenarse de cúmulos y cirros de barbas plomizas que amenazan desde su impotencia el calor de la canícula. Detrás de ellas el azul es tan brillante que parece un espejo a punto de reventar, mientras que abajo El Ávila se resigna a su color dorado, y eleva los brazos suplicantes de sus pajonales sedientos. Así también era la luz de abril de 1966, cuando se fundó la Cinemateca Nacional, pero sus rayos benefactores nunca lograron despertar nuestros ojos abrumados de adolescente. La adolescencia transcurrió en una sola noche atribulada y continua que escapaba de la dulce invasión matutina y se conformaba con la inasible oferta de estrellas que brinda metódicamente la Vía Láctea. La vida transcurría en un sólo escenario de pocas pero inagotables locaciones: todo entre la Universidad y la Plaza Morelos. Eventualmente emprendíamos, con el cuerpo exánime y el corazón exhausto, un viaje hacia El Cafetal donde los Armas Ramírez, capitaneados por mi tía Margot, nos dotaban de la cálida sensación de pertenencia a una familia agitada y generosa. Con las palabras agotadas, cada cierto tiempo, aterrizábamos allí, en un dormitorio contaminado de recortes, libros y poemas inconclusos. Era una ciudad sin Metro y sin Teresa Carreño, donde las madrugadas y los portales eran, por sí mismos, refugios amables y seguros para la larga travesía de una enigmática inocencia. No había laberintos más exigentes y profundos que los del cafetín de Arquitectura, ni promesa más libertaria que la de la «tierra de nadie» entre Humanidades y el Aula Magna. En el primero fuimos reclutados para vivir en y para el TEA (Teatro Experimental de Arquitectura) por Maritza Pulido, Germania Ledezma y Amnerys Levanti a quienes mentíamos sistemáticamente sobre nuestras habilidades de nadador en la piscina olímpica, sólo para escucharles preguntar con coquetería y candidez «¿ y tu, además, haces deporte?. En el otro compartimos con Lucio Bueno y Raúl Fuentes los parajes de un paraíso artificial, tibio reino de la risa y el asombro,al que nos arrastraban las lecturas de Michaux y Antonín Artaud. Un verano de felicidad Pero en realidad al deporte sólo nos asociaban los titulares de los diarios que, por cierto, aquel verano reseseñaron, para nuestra frustación, que Morochito había perdido el título de welter junior frente a Leopoldo, a pesar de que éste se había caído dos veces. Y otro cable chismeaba que Pipo, el manager de El Cordobés, había contratado un cementerio criogénico para congelarse hasta el año 2000. ¿Cómo olvidarlo? En Colombia, Lleras Restrepo quería ser presidente, en Viet Nam, los americanos aumentaban su presencia mortífera, y a nosotros nos calcinaba el ardor socialista. Desde el MTC, Héctor Santaella anunció por primera vez, ese año, que la era de los satélites de comunicaciones estaba por comenzar en Venezuela y declaró a El Nacional: «Es necesario eliminar de la radio y la televisión todo cuanto deprima el espíritu venezolano.» Sólo para ir al cine o al teatro salíamos al mundo exterior: en el Teatro del Este se presentaba el Ballet Africano, en el Ateneo estaba Horacio Peterson estrenando Fuenteovejuna con Manola García y Fernando Gómez, mientras Román Chalbaud era aplaudido por su versión de Asia y el Lejano Oriente con América Alonso, Conchita Obach y Doris Wells. Las pantallas de ese abril convocaban al Slalom y a La Virgen para el Príncipe de Vittorio Gassman, La novicia rebelde, La agonía y el éxtasis o Un espía para matar con Robert Vaugham. Cambio del pielPero una tarde, Margot Benacerraf nos cambió la vida. Conmovidos por el Kurosawa de los primeros dias de la Cinemateca Nacional fuimos a conocer a esta mujer leyenda que venía del IDHEC de Paris y del Actors Studio, amiga de Resnais y premiada en Cannes por una película jamás exhibida en Venezuela. Fuimos llevados por Sergio Facchi, un fundador de la época, en cuyo Corvette descapotable habíamos conocido las noches bohemias de Maracaibo, concentradas en un sitio memorable cuyo neón dibujaba el nombre de «Jean Pierre» y al que frecuentaban Miyó Vestrini, Daniel Fernández Shaw, Enrique Siso, Paco Hung, Maite Mandaluniz y sus hermanos, y las múltiples y envidiables novias de Sergio. En la Cinemateca estaban también, esa tarde, Alfredo Roffé y Ambretta Marrosu. Escuchamos casi sin aliento un intenso intercambio sobre un ciclo de cine italiano que hacía poco se había exhibido en Venezuela. Por primera vez oímos hablar con erudición amena y fluida sobre Rossellini, De Sica, Visconti, Latuada y Antonioni. Jamás nos recuperaremos de aquel veneno benéfico. En silencio reverencial escuché la oferta de Margot Benacerraf, mi primer trabajo, mi primer salario, iniciación, bautismo en el mundo real. Noche tras noche, en tres funciones diarias yo debía leer desde la cabina de proyección, la versión en español de los títulos alemanes o franceses que se intercalaban entre secuencia y secuencia en las películas del ciclo de Cine Fantástico: La Edad de Oro, de Buñuel, Metrópolis de Fritz Lanz, Nosferatu de Murnau, Caligari de Wiene, La Caída de la Casa Usher de Epstein y Aelita de Protozanov. Esa voz, entonces juvenil, de estudiante de Arquitectura, jamás ha vuelto a darnos tanto regocijo, pero nunca jamás volvió a separarse del cine, esa canción que se eleva en la oscuridad para celebrar a los hombres y sus aflicciones. Bajo el cielo tolerante de Caracas, nuestra generación fue iniciada por la mano de la Benacerraf hacia las cinematografías de Godard, de Resnais, de Buñuel y de Antonioni. En la Cinemateca se estrenaron Blow Up, Masculino y Femenino y La Dama Vieja Indigna, marcas indelebles en la juventud de la época. El cine japonés, el Cinema Nuovo Brasileño y Carné pesan tanto en la memoria como las primeros amores de la adolescencia. Jamás podremos saldar ésta, la mayor de nuestras deudas.
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