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 Caracas, Tuesday, May 22, 2012
 

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Infidelidad

A Irene la liquidó la infidelidad. En lo político faltó a la fe que se tenía en ella, faltó a la lealtad que había prometido a sus multitudinarios seguidores independientes. Y, mientras construía su imagen de candidata, también cometió actos de infidelidad hacia su propias energías femeninas, y ese drama la conecta con uno de los debates universales más apasionados de la actualidad, el de la mujer y su destino.

Sus equívocos políticos y publicitarios no deben atribuírsele sólo a ella. Por supuesto que son corresponsables sus asesores y los demiurgos de su plataforma electoral, pero el peso mayor descansa sobre la nube invisible de prejuicios y fuerzas culturales que actúan sobre el destino de las mujeres en las sociedades masculinas y patriarcales.

La campaña toda fue orientada a mutilar sus atributos de feminidad, erotismo y maternidad, y a sustituirlos por características que se atribuyen solo a la masculinidad, y por consiguiente a las tareas del poder que le serían consustanciales.

Lo primero que le criticaron fue su manera de hablar. A las élites, y con mucho énfasis a las mujeres profesionales y cultas, acostumbradas a lidiar en el mundo de los hombres —como si ella no lo estuviera— les irritaba su manera un tanto aniñada, anecdótica, coloquial y maternal de hablar en público. Sus enemigos decían confiados: !Dejen que comience a hablar!, como que si esa manera de dirigirse a su feligresía no era la misma que la había llevado dos veces a ganar la Alcaldía de Chacao y que la mantenía de primera en las encuestas.

Entonces , sus asesores la sacaron por un tiempo de los podios públicos, y la entrenaron en lo que se supone que es una manera «más adecuada» de hablar: menos adjetivos, menos intimidades, más abstracciones y conceptos. Tenía que ser menos familiar y más «estadista», menos amorosa y más racional, menos cristiana y más ecuménica. En esta violencia contra la identidad, terminaron escribiéndole los discursos y poniendo en su boca palabras increíbles en su corazón.

Sin eros

A esta mutilación siguieron otras muchas. Se le ocultó el novio. Su vida sentimental fue objeto de la más estrambótica censura. Sólo era objeto de rumores y reportajes de escándalo. !Cómo si el amor fuese una afrenta!. Se construyó un mundo anormal y falso, como si el ocultamiento pudiera disolver la imaginación del público, sus fantasías sobre el cuchicheo o la sexualidad de la muchacha.

En el acto de lanzamiento en el Poliedro le recogieron el cabello. Cómo si su cabello no fuese un símbolo, una imagen de sensualidad, su carta de presentación, su largo pasado en el modelaje y en los reinados de belleza. Se negaba su pasado y su sensualidad. Se exaltaba la castidad, la austeridad, el sentido práctico y cómodo sustituía el largo proceso del secado y el cepillado. En el fondo querían cortárselo al rape, colocarle una corbata y unos anteojos gruesos.

Antes de que apareciera el virus exterminador de Copei y sus asesores comunicacionales, que se le endosaron como Salmácide al hijo de Hermes, para dar fruto a esta suerte de hermafrotidismo político, Irene Sáez se paseaba como una Venus por el país agrupando un poderoso sentimiento colectivo. Llegó a exhibir un liderazgo de apariencia imbatible en las encuestas. Pero en el mundo católico y patriarcal , la infidelidad es una de las faltas más castigadas y perseguidas en las mujeres. Así que, en poco tiempo ,sus seguidores la abandonaron.

La mujer desdichada

Irene se dejo convencer. Dudó de sí misma ante el peso de quienes sostienen que una mujer no puede desde la feminidad alcanzar sus objetivos. Que hay que dejar brotar las energías masculinas que puedan habitarla para salir a combatir en un mundo de los prejuicios occidentales que provienen de la sociedad patriarcal y abiertamente machista. En todo caso que hay que ser como un hombre para dominar en su mundo. Y, he ahí al gran ejemplo, la Tatcher «tan falta de Eros, tan macha, tan seca y ruda».

Este pensamiento esta siendo duramente debatido en el mundo entero. Y la batalla comienza por la raíz, sobre lo que se considera masculino y femenino más allá de la selva de estereotipos y prejuicios. Los movimientos feministas metabolizados y apertrechados en la sicología, en el pensamiento filosófico y en la literatura vienen dando al traste con la mayor parte de estas viejas creencias.

Sin embargo hemos creído percibir el algunas de las últimas novelas escritas por mujeres que hemos leído un cierto escepticismo. En Susanna Tamaro, una joven escritora italiana cuya novela «Donde el corazón te lleve» ha superado la cifra de los dos millones de ejemplares en Italia y es un incomparable bestseller en Alemania, Holanda, Francia y el mundo hispánico, sostiene en boca de su personaje principal que «habitualmente la desdicha sigue la línea femenina».

Es una suerte de diario íntimo de una abuela octogenaria que escribe a su nieta las vicisitudes de cuatro generaciones de mujeres de su familia que intentan infructuosamente rescatar su individualidad en un mundo diseñado y dominado, hasta en lo más secreto por el hombre y su perspectiva.

Y nuestra Ana Teresa Torres, en una novela imprescindible, narra la historia de cinco heroínas , siempre la misma que reencarna en épocas distintas, sometidas a los designios de un gran comité que diseña los destinos y está formado sólo por hombres. Sus Malenas, una de la antigua Roma, otra del Renacimiento, otra sevillana en la Venezuela colonial, una paciente de Freud en la Viena de principios de siglo y una deliciosa caraqueña enamorada que pasa unas vacaciones en Margarita, se quejan amargamente ante el Comité de Destinos, que crea para ellas crueles escenarios y vicisitudes que terminan infligiéndoles dolorosas infelicidades.

En sus refugios muchas mujeres de hoy ven el matrimonio como destino indeseado e incluso la maternidad como una limitante. Decrecen los nacimientos en el mundo desarrollado y las parejas son volátiles y pasajeras como las nubes. En medio de esta desazón salen a las calles a lograr su plenitud erótica y vocacional, y a buscar sus sitios heroicos, premunidas a veces de un ánimo masculino, pero en otros casos armadas de una energía propia que todavía está por ser comprendida. Bien harían los asesores de Irene en tratar de comprender que es lo que pasa.

          


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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