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 Caracas, Tuesday, May 22, 2012
 

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Loma del Viento

Desde Loma del Viento la ciudad se ve muy quieta. En las primeras horas matutinas puede sentirse la luz amarillísima del sol que ilumina manzanas completas de edificios, mientras otras permanecen en una penumbra fría pero suave. En este recodo del cortafuego de El Ávila suelen detenerse los caminantes para meditar a la ciudad que serpentea entre colinas y anchas zonas verdes desde Petare hasta Catia. Les acompaña el escándalo de los pericos y las guacharacas que compite con un susurro lejano de motores, de alarmas y ambulancias: rumor que trae el viento hasta la colina como señal inequívoca de que Caracas se ha despertado.

Fue allí, en esa vuelta donde nos cruzamos con dos ancianos ataviados con pijamas rojas y babuchas raídas. La mañana todavía estaba fría, había pantano en el camino y mucha agua en el aire. Ese día los corredores y caminantes agregaron algo de abrigo a sus atuendos cotidianos, compuestos normalmente con licras, franelas y zapatos adecuados. Por eso las frescas pijamas de este par de señores lucían especialmente desafiantes.

Estos hombres deben estar bien entrenados, deben tener años jadeando en la subida, fortaleciendo el corazón y las piernas. Para saltar de la cama y venirse así, con la pijama puesta, deben vivir por aquí cerca, y deben ser desprejuiciados y libres de las presiones de la moda y las costumbres. Estos pensamientos goteaban junto al sudor mientras regresábamos de nuestra carrera matutina hasta que tropezamos con una pequeña multitud que traía una vestimenta todavía más rara: llevaban zapatos de suela, pantalones largos y, dos de ellos,con la lengua afuera, traían corbata.

Por casualidad, ¿Ud. no vio pasar a dos viejitos hacia ese lado? ¿Viejitos? Si viejitos con pijama. Deben ir por allá, por las antenas, les llevan unos cinco minutos caminando. Es que estos viejitos se escaparon del hospicio —explicó una señora gorda— y nos dijeron que los habían visto emprender esta subida. Decidimos detener el cronómetro y sumarnos a la expedición para despejar otras preguntas.

Estos dos ancianos suelen ser atraídos, solos o en pareja, por la magia de El Ávila. Tres o cuatro veces se perdieron el año pasado y fueron encontrados arriba, en el camino hacia la Quebrada de Chacaíto. Suben despacio y se detienen a murmurar entre ellos las invenciones de su senilidad.

La razón y el ambiente

Pascual Navarro, nuestro célebre pintor, fue abatido una vez por esta mágica atracción. En sus tardes serenas pintaba paisajes formidables o el retrato inolvidable de La Dama del Abanico. Pero !ay!, en las tardes agitadas, abrumadas de filosofía, de Husserl y de Bergson, torturado por la ansiedad, quería ir en busca de no se sabe qué. Un día, con un peine y un espejo se fue a buscar la luz, y se perdió en El Ávila.

Podría deducirse de estas anécdotas extremas que hay que estar un poco "tocados" para atender en Caracas este ineludible llamado de El Ávila. Será porque la naturaleza suele hablar directamente a los sentidos y no tanto a la racionalidad. La influencia que el mar, los bosques y las montañas suelen ejercer sobre los habitantes cercanos es muy misteriosa y tiende a inspirar la mayoría de sus gestos y costumbres, que son potencias más bien del inconsciente que de la voluntad. Muchos caraqueños son adictos a Ávila, sin saber muy bien por qué.

Pronto se hacen fanáticos, como los miembros de los grupos ambientalistas, que a veces parecen demasiado apasionados, y en sus voceros siempre brilla un dejo de religiosidad, de misticismo, un toque de locura. Por el contrario, vean ustedes a PDVSA, nuestro emporio de racionalidad y eficiencia más conspicuo, ¡que mal balbucea el lenguaje del ambiente!

Tal vez el exceso de racionalidad que exige su misión y su operación les obstaculiza escuchar los fuertes llamados de la naturaleza. Se nos dirá que no es la nuestra, que es la industria petrolera de todo el mundo la que ensucia, que esta es una industria irremediablemente destructiva, que su racionalidad implica este altísimo costo ambiental. Hay quienes salen en su defensa pensando que es un mal necesario porque, en fin de cuentas, es la que nos da de comer hoy y nos dará mañana. De todas formas, las comunidades no les creen porque saben, con la cabeza y con los sentidos, que si destruyen la naturaleza hoy no habrá mañana.

Demasiadas casualidades, demasiados imprevistos

El derrame del Nissos Amorgos ha producido un daño irreparable, y todavía sus escombros pestilentes no han sido recogidos de las Playas de Zulia Mar. Y sólo en el último mes ocurrieron siete accidentes con perjuicios profundos en las comunidades y en el ecosistema: las playas de la Bahía de Carenero quedaron inservibles para la pesca y el entretenimiento después que una manguera rota vertió al mar ¡siete mil barriles de diesel!. Hay quienes sostienen que las periódicas mortandades de peces que ocurren en estas costas tienen su origen en la inconsistencia de los planes de seguridad de la Planta Distribuidora de PDVSA.

Las tierras de pastoreo y las siembras de hortalizas de Aguasay, en el oeste de Monagas, quedaron dañadas después que un fuerte derrame contaminó los afluentes del Río Taguaya. En el sur de ese estado, el gran estado de la apertura petrolera, en la región de Oritupano se derramaron 1000 litros de petróleo por tuberías envejecidas. Y no es la primera vez. Dos fosas de hidrocarburos, de esas que abundan por toda la nación se incendiaron con tres dias de diferencia, ambas en Monagas. Y hace una semana les explotó la Refinería de Puerto La Cruz con gran peligro para las personas y el entorno.

Desde hace muchos años el medio ambiente y la gente vienen padeciendo el impacto destructivo que la industria tiene sobre ellos. El Lago de Maracaibo está salinizado y contaminado. La región de la petroquímica y la de Morón han sido duramente combatidas por su obstinación y se han producido derrames e incendios que pudieran haberse evitado. ¿Que es lo que quiere la comunidad ecológica? ¿qué cierren a PDVSA? No, por supuesto.

Pero tampoco quiere —y así lo expresan los voceros de diversas comunidades afectadas, parlamentarios, técnicos, organizaciones no gubernamentales, grupos ambientalistas —, que no se conformen con sus planes de contingencia —que suelen no funcionar—, que no se oculte la información a la comunidad, que se atienda velozmente la reparación de los daños, pero que sobre todo se cambie el concepto pragmático del daño necesario por una visión más holística, más sistémica, más moderna, de la producción en su relación con el medio ambiente.

Para ello es imprescindible sentir un poco, ponerse una pijama, tomar un peine y un espejo, y atender con pasión el llamado de El Ávila.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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