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 Caracas, Tuesday, May 22, 2012
 

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Madres

Las seis primeras películas de los noventa que exhibió el Festival del Cine Venezolano en la Cinemateca Nacional son muy diferentes entre sí pero guardan una extraña coincidencia que a la larga asombró a los espectadores que han estado viendo las películas en fila Todas ellas giran en torno a una mamá, una mamá venezolana, atenazada entre el dolor, la frustración y la insatisfacción.

En Terranova (1992) de Calógero Salvo, la trama gira en torno a dos madres: una es una inmigrante italiana (Marisa Laurito) obligada por su marido a hacer el amor en la obscuridad y a vivir como campesina en un pueblo remoto lejos de Caracas, y la otra (Mimí Lazo) es una mantuana venida a menos que se ha autoexilado en el mismo pueblito, que fue abandonada por el marido, que ha criado una niña que no sabe nada de su padre y que mantiene una relación perversa con un amante despótico.

Señora Bolero (1991) de Marilda Vera gira en torno a una madre (Carlota Sosa) cuyo hijo de treinta años se acaba de suicidar. Ella entonces revisa su vida, prisionera de dos amores, un adeco y un comunista, que en su competencia la dejaron sin sueños propios, la alejaron de la ilusión política y de la carrera de bolerista, su vocación adolescente.

Grisalla (1996) de David Rodríguez, cuenta la historia de una madre (América Alonso) recluída con sus dos hijas en una casa lúgubre y poblada de altares. Guarda el recuerdo de un marido débil y mantiene una relación opresiva y férrea sobre sus hijas. Ellas buscan su liberación en hombres clandestinos que finalmente conducen a la tragedia y el suicidio de la madre.

Luna Llena (1992) de Ana Cristina Henríquez se desarrolla en un sanatorio para enfermos mentales donde Esperanza (Beatriz Vásquez) ha vivido enajenada durante 15 años, tras el abandono de su marido y la separación de su pequeña hija.

Disparen a matar (1991) de Carlos Azpúrua, nos conduce a la tragedia de una madre (Amalia Pérez Díaz) cuyo hijo ha sido asesinado por la policía durante el allanamiento a un barrio caraqueño. Su marido ya había sido asesinado durante la dictadura, y ahora sola, pobre y desesperada no encuentra alivio en ninguna de las plataformas de la sociedad, ni en la justicia, ni en las autoridades, ni en los periódicos, ni siquiera en su propio barrio.

Un sueño en el abismo (1991) de Oscar Lucien no tiene a la madre como protagonista, aunque es una película sobre hijos y orfandad, pero la única madre que aparece (Dalila Colombo) se nos presenta, como las otras, en situación de soledad, sin marido, mascullando un eterno resentimiento que no logra aliviar su profesión de modista.

Lo que falta

Estas son apenas los seis primeros títulos de la 28 películas que el Festival ofrecerá en diversas salas de la ciudad. Coinciden con la exhibición todavía en cartelera de Pandemonium (1997) de Román Chalbaud. Cuya trama gira igualmente en torno a una supermadre, una metáfora de país, cuyos hijos sobrevivientes, un político y un poeta, encarnan dos caminos trágicos de afrontar la realidad.

Estas coincidencias nos llenas de inquietantes preguntas. Desplazados los temas de la política y los burdeles, los cuentos de los cineastas parecen orientarse hacia la intimidad de la familia, y allí se ceban en su figura más decisiva: la mujer madre. Sobre ella reflexionan despiadamente y todos coinciden en percibirla con los mismos adjetivos: la ven poderosa y enérgica, pero la ven sola y sufrida, destacan en ella rasgos sensuales de la feminidad pero se mantienen en una áspera y conflictiva relación con sus varones. La felicidad parece estarles negada y el drama domina el torrente de sus vidas.

En estos bocetos que los cineastas emprenden sobre la vida familiar venezolana comienzan a aparecer rasgos de las neurosis más profundas que nos acompañan. Más allá de la superficie glamorosa de lo colectivo, laten las pulsiones secretas de la vida íntima, decisiva, de los individuos. Algo está pasando y sospechamos que no sabemos bien de que se trata.

Por ahora, en lo que hemos visto, la mujer y la feminidad ocupan un lugar protagónico. Y, en todo caso, en la pantalla, donde solían colocar putas, los cineastas de los noventa han puesto madres.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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