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 Caracas, Tuesday, May 22, 2012
 

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Mampote

Entre Mampote y la modelo de Beco hay una gran diferencia. Cuando un caraqueño debe ponerse en la ruta de Mampote es porque esta envuelto en una historia de carro robado, recuperado o desvalijado. En cambio cuando se encuentra con la silenciosa modelo de las tiendas Beco en los encartes publicitarios se queda atrapado en otra red, muy distinta, de la misma clase media: la devoración platónica.

Hace unos dias, una peña de parroquianos conversadores planificaba la creación de una nueva ONG ( Organización no Gubernamental) de admiradores secretos de la morena de Beco. Uno a uno enumeraban sus portentosos atributos, y hasta discutían seriamente. Los más jóvenes alabaron su rostro maternal y su desnudez de mujer madura, los otros la ven como una afrodita de mirada maliciosa y arquitectura perfecta. Los coleccionistas apelaron a los encartes, evaluaron los encajes de la ropa interior, los bikinis y los aperos vacacionales: la cava, la carpa, la mesa, la silla de playa. La admiraban de pie a cabeza. Aplaudieron los efectos benefactores que producen sus apariciones periódicas en la última página de los diarios y en los encartes coleccionables de las temporadas de ofertas. Al final se celebró la ceremonia con la que los caraqueños resuelven sus deseos imposibles: reunieron una firmas y redactaron un documento de constitución de la asociación.

De pronto sonó un celular y todos salieron de la ensoñación. Con el rostro intensamente lívido, dijo uno de ellos al colgar : ¡Apareció mi camioneta!, y echó este cuento. Dos meses atrás, mientras agonizaba la tarde del domingo en la Terrazas del Club Hípico, fue interceptado por un Corolla del que se bajo un zagaletón con un revólver. Sus instintos de conservación se concentraron en el acelerador de la Bronco, así que se subió a una acera y corrió unos cien metros hasta tropezar de lado con un árbol. Los hampones le siguieron a toda velocidad pero no pudieron consumar el atraco porque desde otra camioneta, un par de jóvenes solidarios comenzó a tocar la corneta y a alertar a otros vehículos que transitaban por la avenida.

Las rutas del seguro

Tal como se lo había pronosticado el infalible horóscopo de Adriana Azzi Sedes, la semana siguiente fue de documentos y de nerviosa vida peatonal para recuperar el aliento. El seguro recibió la camioneta y la remitió a uno de sus talleres de latonería detrás de la Iglesia de la Chiquinquirá. Allí durmió el vehículo durante cuatro semanas esperando el informe de un perito llamado, probablemente, Godot.

Fue en los inicios de la quinta semana cuando el parroquiano recibió la llamada de corredor de seguros con la novedad: Lamento decirle que su camioneta Ford Bronco, vino tinto, de 8 cilindros, motor F.150 y placas 596KJO, fue robada del taller del seguro, en la mañana del sábado. Los otros amigos de la ONG recogieron pudorosa y rápidamente los folletos y encartes de la modelo de Beco y los colocaron en sus respectivos maletines, salieron a relucir tres cajetillas de cigarrillos de marcas diferentes sobre la mesa vacía y pidieron otra ronda. No, coño, café no, tráiganos algo más fuerte, y un par de ceniceros.

El relato se vio interrumpido por la tormentosa discusión sobre quien debía pagar: el seguro o el taller. O los dos. Con lo que te da el seguro no te compras ni un Volkswagen. Te la tienen que dar igual. Esa es una mafia de talleres y seguros. La PTJ debe estar involucrada. En este país no se puede vivir. Una ronda de especulaciones y argumentos de dudosa fundamentación fue apoderándose de la tertulia que transcurrió en el mayor de los desamparos, y que desdeñaba la llamada que había dado origen al cuento. La camioneta había sido recuperada.

Al otro día parte del grupo se dirigió a las Oficinas de Recuperación de Vehículos de la PTJ en El Rosal. Llegaron a las 9 a.m. y salieron a las 12:30 p.m. con un papel de liberación del estacionamiento de Mampote. La tinta que manchaba los pulgares resultó tan indeleble como la impresión de ruina, de burocracia e indefensión con los que les marcó el ambiente del despacho.

La ruta del cementerio

Hay que tomar la ruta hacia Guarenas y luego una intercomunal que llaman la vía de Mampote. Por ahí hay clubes refinados, Izcaragua y el del Banco Provincial, y hay un cementerio de esos nuevos que no tienen cruces ni monumentos. La vía está flanqueda por botes de basura y rancherías en rápida expansión. La lluvia trae toneladas de barro rojizo que se desparrama en capas sobre el asfalto invisible.

A las dos de la tarde el Taller Privado que actúa como depósito del MTC todavía no había abierto. Unas veinte personas esperaban en una cola improvisada frente al gigantesco portón amarillo bajo un torrencial aguacero. Nuestros parroquianos decidieron ir a comer algo en los alrededores y terminaron en una chicharronera clásica, en la que los palillos sustituyen los cubiertos.

Frente a la taquilla infernal del estacionamiento pagaron 80.000 bolívares de grúa y pernocta del vehículo, y finalmente a las cinco de la tarde entraron a la parcela número 3 donde dormitan sin vida varios miles de vehículos. Caminaron bajo la lluvia implacable con los pies hundidos en el pantano hasta más arriba del tobillo. Allí estaba, resignada y triste, la osamenta de la Bronco.

No tenía ojos, le habían extraído los faros y parachoques, las butacas y el tablero, los forros de las puertas, el sistema eléctrico, el caucho de repuesto, los rines de magnesio, los vidrios de las puertas y ventanas, el motor y la caja. En un acto de resistencia, de respiración boca a boca, la lluvia lavaba su noble pulitura y sus nostalgias. Ella había conocido los frágiles ecosistemas de la Gran Sabana, las playas de Paria y de Falcón, las montañas andinas y los pantanos del llano. En su interior quedaban apenas los ecos del placer y las sombras de la carpa, de las lámparas, del muriboogie, de las cavas, las sillas y las chapaletas, que con tanto afán ofrecen las ofertas del consumo.

Al final, la mesa de los amigos volvió a estar poblada de encartes, fotografías y sensualidad. Así es la vida por estos parajes de la clase media, primero comprar, luego ser robado para volver a empezar.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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