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 Caracas, Tuesday, May 22, 2012
 

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Querida Elba,

Carmen y yo llegaremos a tu casa el día 29 de diciembre al mediodía. Nos vamos en el avión matutino de American Airline. Tenemos mucha impaciencia por encontrarnos con el frío de Nueva York y la calidez de tu hospitalidad. Te envío el texto original de una modesta nota que publiqué en El nacional después de volver de nuestro largo periplo por Estados Unidos e Italia. Espero sepas perdonar las inexactitudes que pueda llevar, en todo caso fue escrito con el sabor a regocijo que dejó en nosotros tu bella casa…

Besos y gracias…

Musa levis

Hay gente que habla sola. Uno los ve en la autopista hablando con el retrovisor, o con el volante. Hay quienes se exaltan y gesticulan en su agitada soledad. A veces ofrecen discursos al espejo mientras se afeitan o a las almohada mientras sueñan. El silencio hogareño se quiebra ante las exclamaciones, en ocasiones imperativas, con las que los fantasmas de inconsciente realizan su ritual matutino. La familia sonríe, como los transeúntes, ante estos absortos parlanchines.

Estas meditaciones en voz alta son frecuentes en los templos, en donde los feligreses susurran a los santos sus reclamos prometéicos, o en los parques donde los estudiantes recitan una y otra vez como si las hormigas no pudieran escucharles. A veces los periodistas frente a sus teclados orientan sus miradas hacia el techo y murmuran sus cavilaciones, para luego cazarlas cómo si fueran pájaros y encerrarlas en breves parrafadas. Pues ni modo, es Gente que habla Sola, como titularía Sergio Dahbar su columna.

En estos dias, el parloteo solitario de un caminante reveló ante nosotros una extraña explicación a su ensimismamiento. Fue un martes agitado en las aceras de Chelsea, el barrio de moda de Nueva York. A la zona la han puesto de moda centenares de artistas, nuevas galerías y lugares de entretenimiento, que en la última década huyeron de los altos alquileres del Soho y el Village. El Distrito Histórico de Chelsea es hoy el bastión de las vanguardias, del new age, de los anticuarios y del movimiento gay, y se extiende al oeste de la Sexta Avenida hasta las riberas de Río Hudson, entre las calles 14 y 34.

La casa de Elba Damast

Apenas nos incorporamos a la multitud de la Séptima Avenida, en pleno rough hour, escuchamos la murria de un hombre de apariencia mustia y abatida que venía diciéndose a sí mismo una especie de oración de Sai Baba: «Tenemos edificios más altos, pero templos más pequeños; autopistas más anchas, pero puntos de vista más estrechos; gastamos más dinero, y tenemos cada vez menos; compramos más, y disfrutamos menos.»

Cuando cambió el semáforo y la muchedumbre tuvo que detenerse para dejar pasar un centenar de taxis amarillos, el hombre pareció despertar. Nos miró y dijo: «Ustedes no entienden». Cambió de nuevo el semáforo y la maquinaria humana reemprendió su marcha. El siguió orando hacia adentro: «Tenemos casas más grandes, y familias más pequeñas; cosas más convenientes, pero menos tiempo; más educación, y menos sentido; más conocimiento, y menos juicio; más expertos, y más problemas; más medicinas, y menos bienestar»

Había algo en estas palabras, de apariencia imprecatoria, que prolongaba el ánimo meditativo que perfumaba la casa que acabábamos de dejar y dónde estabamos alojados. Es la silenciosa casa de Elba Damast en la que se respiran inciensos y se escucha permanente y suavemente los discos hindúes de Sree Guru Gita, de Raga Taranga o Brufali Raga. Una hermosa posada económica para artistas y escritores con once habitaciones y tres baños majestuosos, llena, absolutamente llena, de cuadros, libros y objetos sugerentes.

Elba Damast es una artista nativa de Pedernales que se fue a Nueva York a principios de los años setenta y es beneficiaria de una sólida reputación tanto aquí como allá. Los críticos venezolanos asociaron las obras de sus primeros años al abstraccionismo gestualista en el que militaban otros artistas como Hung, Mérida y Hernández Guerra. En Estados Unidos se le asoció al «action paiting». Con los años ha consolidado una vasta obra de dibujo, gráfica, pinturas de gran formato, esculturas e instalaciones.

Aunque ha expuesto pocas veces en los Salones y galerías venezolanas, los asiduos al arte recuerdan sus grandes cuadros abstractos poblados de ventanas simuladas y postigos, sus grandes corazones y, muy especialmente sus casas tridimensionales. Recientemente trajo a Caracas sus casas transparentes y flotantes recubiertas de telas metálicas, que Juan Carlos Palenzuela ha asociado a los paisajes de su niñez en el Delta.

La casa, motivo permanente de su larga obra plástica, tiene su expresión más acabada en esa morada para artistas que ella ha instalado, junto a su esposo, el pintor Peter Mackle, en el corazón de Chelsea. La luz, la alegría que le proporcionan sus innumerables objetos, la atmósfera reflexiva y un tanto mística que promueve con las tertulias del desayuno, con sus infusiones de variadas especies, aderezadas con cárdamo, canela y azúcar negra, y su constante incitación a la discusión, le dan a esta residencia un carácter único, como el de las obras de arte. Los suyos son «paisajes oníricos» diría Palenzuela en un reciente catálogo. Y lo entendimos.

Hablar con los demás

Fue pues con este ánimo de inocencia que inoculan los ambientes New age que decidimos acompañar al orate introspectivo que circulaba por la Séptima Avenida. El siguió con su filípica : «Tomamos mucho, fumamos mucho, gastamos sin medida, reímos muy poco, manejamos muy rápido, nos enfurecemos demasiado rápido, nos acostamos muy tarde, nos levantamos muy cansados, casi no leemos, vemos demasiada TV, y casi nunca rezamos.»

Pero de pronto, en una esquina, el musitante despertó de nuevo y preguntó: ¿Qué me ven? ¿Que están pensando ustedes? ¡Seguramente creen que soy un insano, que estoy loco! ¡Levanten la vista del piso! ¡Mírenme! ¡No se vean los zapatos! ¡Todos iguales, como sus almas! ¡Ustedes no saben quien soy yo! ¡Ustedes no leen nada! ¡No leen ni el periódico! ¡Sólo ven televisión todo el día!…

¿Quien será este?, nos preguntamos mirándolo de reojo y recordando que en Chelsea siempre han sido muy frecuentes los artistas extravagantes. Importantes pero extravagantes. En el Hotel Chelsea murió Dylan Thomas, y entre los cincuenta y los sesenta fue la base de Williams Burroghs, de Brendan Beham, de Nabokov, de Pollock, de Bob Dylan y todos recuerdan las «Chelsea Girls» de Warhol.

Cambió el semáforo y la masa aceleró el paso. Muchos desertaron atemorizados. El hombre siguió duro. Caminó más rápido y continuó, casi gritando: ¡Claro ustedes ven a un hombre hablando sólo y piensan éste es un pobre loco¡ ¡Pero yo no hablo solo porque estoy loco! ¡ Yo hablo solo porque ya probé eso de hablar con los demás¡ ¡Y eso, eso no sirve para nada!

(Hoy escribimos de ensimismados en atención a la solicitud del Consejo Nacional Electoral, que ha solicitado que los periódicos se entreguen a las musas de la levedad y que los columnistas evitemos los platos fuertes de la vida pública que puedan alterar la virginidad de los ciudadanos que concurren a las diabólicas máquinas y a las urnas de la votación.)

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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