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 Caracas, Tuesday, May 22, 2012
 

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Oro

En un recodo del río Paragua, totalmente alejado de las cabinas telefónicas y mucho antes de que sus aguas grises y veloces se sumen a la furia del Caroní, fue levantado el campamento de McGuire. De este norteamericano sureño, de ascendencia irlandesa, podría decirse lo de siempre: que le animaba un espíritu aventurero. Sin embargo durante seis meses, religiosamente, todos los años, se instalaba en Atlantic City para dejar en las mesas de black jack lo que le quedaba de hígado y las utilidades de su concesión minera.

Le conocimos unos años antes de que le cortaran el cuello en su hamaca de la selva. Mientras la enorme gabarra mecánica lavaba el lecho del río, McGuire se dedicaba a beber y a cazar. Cada seis meses traía una compañera nueva, mujeres bellas y neuróticas que vivían su prisión semestral empapadas por la lluvia incesante y embadurnadas de repelente. Con ellos convivían dos jóvenes indígenas que provenían de grupos distintos de las remotas regiones del Casiquiare. Ellos velaban porque la máquina, con sus múltiples tamices, no cesara su ruido infernal a ninguna hora del día ni de la noche, cultivaban un pequeño conuco de ocumo y yuca y movían de un lado a otro los envases de mercurio y los pesados toneles de la gasolina: único tesoro visible de la familia.

Lo demás, amurallado por la selva espesa, era un techo de palmas sostenido sobre troncos de antiguos mijaguaos, un grupo de chinchorros rotos, un grupo de muebles inverosímiles importados del Mississipi entre los que destacaban dos mesas labradas, un gabinete con gavetas y, como en las películas australianas, un piano sin sonido. Machetes y enseres de cocina permanecían bajo el techo, observando con paciencia las artes de un fogón de piedra y una docena de cajas de bourbon. Muy cerca una sólida carpa Colleman para cuatro personas albergaba el inútil maquillaje de Ruth.

Ruth se paseaba desnuda todo el tiempo. Desnuda absolutamente. Un mono capuchino le rodeaba el cuello. Su cabello, arriba y abajo, era muy corto y rojizo, los senos y los muslos eran desesperantemente firmes y el cuerpo desesperantemente perfecto. No emitía palabras, se untaba de cremas contra los jejenes, se extraía las niguas de los pies y juntaba insectos sobre el mesón grande: mariposas azules, hembras grandes y machos pequeños, escarabajos multicolores, arañas y gusanos.

A veces, para sorpresa de todos, se cubría de la lluvia con los trofeos de McGuire, pieles de cunaguaro y de venado. Algunas noches se encaramaba en el chinchorro de su borracho, en otras amanecía con los visitantes.

Los garimpeiros

Una mañana el campamento fue despertado por el escandaloso vocerío de las guacamayas y cuatro pistoletazos. Los visitantes, entre quienes me encontraba junto con el arquitecto Domingo Alvarez, el cineasta Antonio de la Rosa y un viejo piloto americano que había conocido a McGuire en la guerra de Corea, nos tiramos al suelo pantanoso bajo las hamacas. Luego corrimos hacia la orilla del Río, donde McGuire sostenía una escopeta de dos cañones y un viejo revolver humeante. El río había desaparecido.

En medio de la neblina, entre nuestra orilla y la otra se había instalado una ciudad de ranchos flotantes. El color arenoso de las aguas había sido sustituido por oscuras balsas de madera sobre la cual se sostenían, a duran penas, pequeños intentos de chozas techadas con zinc y palma. Sobre ellas había millares de hombres semidesnudos, mujeres y niños. Las mujeres afanosas agitaban los balancines que bombeaban aire a sus maridos que ya estaban sumergidos en el fondo del río, introducidos en trajes de buzos con escafandras a la manera de Julio Verne. Los hombres de la superficie lavaban la tierra en los surrullos. Tras los disparos, los buzos fueron elevados con grueso mecates. Emergían amenazantes con bolsas cargadas de fango que volcaban sobre la balsa. Los tamices artesanales dejaron de menearse, los niños corrieron tras las faldas, y los hombres esgrimieron unas cinco mil escopetas.

McGuire, transformado en veterano de guerra vociferaba. Esto es propiedad privada, tengo una concesión. Salgan de mis tierras. Y comenzó a disparar como loco. Los visitantes corrimos selva adentro sin parar. McGuire y sus muchachos disparaban al cielo, invocando su derecho al oro y al diamante.

Imataca

Con la lluvia, que lavaba la pólvora del aire, llegó una lancha de la Guardia Nacional. El megáfono fue imponiéndose sobre el estruendo de las balas. Un jefe y tres soldados se abrieron paso entre las balsas y llegaron al campamento. Se oyó un último disparo, el arma de un soldado se disparó en medio de uno de los saltos e hirió el tobillo del oficial. La única sangre que brotó esa mañana actuó como un disolvente. Los motores de las balsas se encendieron rápidamente y se produjo la estampida. Con su furia original el raudal retomó su rumbo luminoso río abajo.

Nos dijeron que McGuire fue asesinado tres años más tarde en circunstancias nunca esclarecidas. Los restos de su cuerpo degollado fueron encontrados en la hamaca. Sólo quedó el whiskey, los muebles y la piel del cunaguaro. No había mujeres, ni conuco, ni indígenas. Todavía guardo la pepita de oro que me regaló.

Cuando leemos los argumentos de ese magnífico debate público que ha despertado la regulación de Imataca, no podemos dejar de pensar en McGuire y en los balseros. ¿La idea es que los McGuire contraten a los 300.000 mineros informales?

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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