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Sección: Bitblioteca
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Pinochín No puedo escribir de Chile y de Pinochet sino en primera persona, un hábito que , de manera maníaca y pudorosa , no suelo frecuentar. Por lo tanto ofrezco disculpas anticipadas por lo que puede resultar un artículo con excesivo tono personal para mi gusto. Hace ya tiempo que los asuntos públicos, y en particular los políticos, no me producen la más mínima emoción. Cultivo disciplinadamente un dejo escéptico e intento protegerme infantilmente de los efectos del espectáculo noticioso de las afiliaciones, de la exaltación de héroes y construcción de mitos públicos. Pero cuando Maritza Pulido me llamó conmocionada para que sintonizara CNN porque Pinochet había sido detenido en Londres, me dejé atrapar por una arcaica sensación de optimismo: ¡Dios existe!, me dije, y no sólo eso, sino que ¡se resiste a ser olvidado! Desde entonces no nos hemos despegado de las páginas internacionales, de los noticieros globales y de los artículos de la prensa mundial, donde , por cierto, el espectáculo de la retórica jurídica y la hipocresía de lo «políticamente correcto» intenta ocultar la trascendencia del juicio que la humanidad libra contra la intolerancia, la violencia y las prácticas de exterminio que encarna Pinochet. A pesar de lo contundente de la noticia inicial, puede notarse que el tono que ha tomado este debate tiende a alentar las garras del escepticismo que están cebadas en el cuello de los intelectuales, ya acostumbrados a dudar de la justicia, de las instituciones y de la eficacia de su propia acción . Es desde ese estado de ánimo que muchos comparten con Vázquez Montalbán el entusiasmo moral de quienes ven al general Pinochet en su sitio : un criminal de guerra sucia en su jaula. Pero al mismo tiempo comparten su resignación cuando dice, ante el enfrentamiento entre los jueces y el gobierno de España : «Al menos que el gobierno español tarde 42 días en hacer uso de su prerrogativa de pedir o no pedir la extradición del anciano verdugo. Que se pudra en su jaula 42 días, pago mínimo por los miles de años y sueños que ha quitado a sus víctimas este prepotente primer cacique entre caciques militares sin piedad, sicarios del holocausto del Cono Sur, en defensa de Occidente y del precio del cobre». El mismo síntoma exhibe el escritor Jorge Edwards, atento a las declaraciones de la derecha chilena y a la disparidad de las opiniones jurídicas, cuando termina su artículo con una frase de fértil consuelo: «Si es así, si todo termina en esta forma, el susto del general, un castigo bastante leve, habrá sido muy saludable para todos nosotros». Del escepticismo a la acción Un poco más esperanzados, otros escritores como Luis Sepúlveda piden que el militar sea extraditado a los países donde tiene juicios pendiente, pero su nota en el Corriere della Sera culmina en tono educativo: «Augusto Pinochet, detenido. Que noticia memorable. Le ofrezco lo que yo no tuve, lo que ninguna de sus víctimas tuvo: pagarse un abogado que lo defienda y le garantice un juicio justo con pleno respeto de su integridad». En el lado más radical se mantienen los jueces españoles, Garzón y García Castellón, quienes en 1996 hicieron sonreir escépticamente a la opinión pública cuando anunciaron que tenían competencia para emprender el enjuiciamiento de las dictaduras de Chile y Argentina. Hoy lucen fuertes y apoyados por un imponente cuerpo de leyes y acuerdos internacionales destinados a penalizar la violencia como método de eliminación de la disidencia política y la organización de aparatos estatales con el propósito de exterminar a un grupo de la población. Han puesto sobre la mesa un ruma de documentos como los Estatutos y la sentencia del Tribunal de Nüremberg, el Convenio contra el Genocidio de 1948, los cuatro Convenios de Ginebra de 1949, que establecen el principio de justicia universal, el Convenio contra la Tortura de 1984 y del Pacto de Nueva York de 1966, que garantiza a las víctimas el derecho a la justicia. Y la resolución con la que , en 1992, la Asamblea General de la ONU incluyó a la desaparición forzada de personas entre los crímenes contra la humanidad, y la calificó como crimen continuado e imprescriptible. A estas leyes y convenios se agregan leyes nacionales y acuerdos regionales sobre genocidio, terrorismo y tortura cometidos en el extranjero. De entre los 4000 asesinados o desaparecidos durante la dictadura de Pinochet, los jueces españoles han documentado los expedientes de unas 80, a instancias de sus familiares y abogados , con numerosos testimonios e investigaciones. Han sido destacados por los periódicos algunas víctimas españolas como Carmelo Soria, funcionario de las Naciones Unidas, o el sacerdote Antonio Llidó, o la embarazada Michelle Peña Herrera. En lo esencial, vemos a la comunidad española, con sus hijos lesionados, reclamando un poco de justicia. Días de terror En los archivos de El Nacional reposan las listas de centenares de venezolanos que en el cruento septiembre de 1973 fueron víctimas de los desmanes de la persecusión y la violencia .Una lista larga que provocaría incluir en esta líneas para evocar aquellas escenas de irracionalidad que hoy nos hace parte directa e ineludible del juicio que la civilización libra contra el general Pinochet. Yo mismo y he ahí lo inevitablemente personal de esta nota fui sacado brutalmente de mi casa junto con mi familia , mis hermanas y niños pequeños--. Fuimos conducido a una jefatura, vejados y despojados. Y luego fuimos separados de los familiares y conducidos junto a Nabor Zambrano, Lesmes Castañeda, Rafael Pérez Pérez y Enrique León , a la Escuela Militar y sometidos a simulacros de fusilamiento. Una noche fuimos colocados como muralla de protección del ejército golpista durante un combate con las fuerzas institucionales. Días más tardes fuimos conducidos esposados al tristemente célebre Estadio Nacional, en el que encontramos a decenas de venezolanos y millares de amigos de todas las nacionalidades, periodistas , profesionales y estudiantes. Allí presenciamos espectáculos de horror que nos han marcado para siempre, asesinatos a sangre fría, fusilamientos, montañas de zapatos sin dueños, apilamiento de cadáveres, vejámenes, interrogatorios violatorios de cualquier mínimo derecho. Vivimos dias y noches de terror que fueron reseñadas por nosotros mismos hace veinticinco años. Los días de exterminio que siguieron alimentan el voluminoso expediente de criminalidad del verdugo. Hoy, junto con la lista de los sobrevivientes, nos sentimos parte plena en este juicio. Y estamos dispuestos a brindar nuestro testimonio en los tribunales españoles donde, sin duda, se está sentando un precedente civilizatorio y esperanzador que buena falta le hace al mundo.
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