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El espectáculo invisible

Sordina

El Nacional, domingo 30 de mayo de 1999

Hay un país que calla y espera. Inmóvil como un gato, mueve los ojos y apenas la punta de la cola para medir la dirección del viento. Se le ve quieto, ronroneando, rumiando apenas su inquietud. Hay un rumor con sordina, un rumor expectante.

Los médicos ya no hacen ruido, no exhiben sus batas y sus cartulinas en las puertas de los hospitales públicos. Aceptan en silencio sus sueldos menguados y la presencia de los asimilados en los pabellones y dispensarios. Los maestros ya no anuncian paros rutinarios ni se ausentan de las aulas. Las centrales sindicales han atenuado la voz de sus reclamos, celebran aumentos simbólicos aceptan los despidos y el desempleo tras una cortina de susurros, y en silencio velan las prebendas y subsidios arrebatados.

Las universidades ya no marchan con sus banderas y boinas. La homologación y los aumentos de los profesores y empleados han sido excluidos de su agenda. Ni los encapuchados visitan la Plaza Venezuela, ni los pensionados la Plaza Carabobo. Los ambientalistas callan dramáticamente. Ya no tocan la puerta de la Corte para remover el Decreto de Imataca, y ni siquiera suspiran frente al relámpago de Placer Dome y Las Cristinas. El tendido eléctrico sobre la Gran Sabana no les saca ni un silbido.

El timbre ha cambiado y la sonoridad, ya no de la viola o la trompeta, sino de la orquesta entera. Es el efecto de sordina, tan anhelado por Beethoven o Berlioz. Es el sonido atenuado, "tapado", por un accesorio eficaz. Puede sentirse en los periódicos, cuyos mayores titulares no hacen el menor ruido, no hay tubazos, ni escándalos, ni grandes denuncias al estilo Peña o Rangel. Quedan, y se les agradece, el Quinto día, La Razón o Teodoro apelando al viejo truco de gritar (en sordina) su opinión. Minutos de exaltación y regreso a la siesta expectante, a la espera tensa del gato.

La tormenta y el ruido

Hay simultáneamente un país ruidoso. El de los batallones que marchan hacia el campo, el de los batallones agrícolas que se dirigen a sembrar y abrir caminos mientras los campesinos los observan murmurando. El país de los batallones que pintan escuelas mientras los estudiantes y voluntarios les observan murmurando. El de los batallones que trabajan en hospitales y dispensarios mientras los galenos les acompañan murmurando.

Hay un país ruidoso, radioeléctrico, que pasa por las mañanas como una ingenua bandada de pericos y desaparece ritualmente, devolviéndole el sonido al fondo monocorde de las cigarras. Esta fragorosa sinfonía de los programas matutinos abre, como los pericos, el apetito del gato, pero éste —demasiado alejado de los pericos— no tarda en volver a su condición silenciosa y expectante.

Mientras un país musita y masculla, esperando, el otro toma las pantallas y habla interminablemente. Los historiadores escuchan atónitos, pero en silencio, nuevas interpretaciones sobre el pasado; los religiosos escuchan sorprendidos, pero en silencio, los renovados intereses de Dios; los economistas aprenden en silencio las nuevas fórmulas de la lucha contra la inflación; los sociólogos descubren en silencio las nuevas costumbres; los filósofos revisan en silencio sus propias interpretaciones de Aristóteles; los artistas reciben en silencio nuevas incitaciones retóricas, desafíos estéticos , pensamiento y versos olvidados.

Pero el más patético es el ruido revolucionario, el que milita en una revolución sin gente. No es el bullicio de una revolución que organiza, que crea cooperativas o nuevas unidades de producción, que se lanza a la alfabetización masiva, que excita a la imaginación , al debate y la creación, que construye acueductos y fábricas, que anima el esfuerzo productivo, que reparte el pan a los pobres, que les busca techo seguro, que incorpora a los desamparados. No. Hacen un ruido tormentoso para hacer que la gente firme calladamente unas postulaciones. Para que vaya votar por unos representantes que redactarán una Constitución.

El país , silencioso, la muchedumbre solitaria, firmará y votará. Seguirá a distancia los largos debates por el articulado. Votará por su aprobación. Luego les observará batirse internamente en sus partidos. Les verá desgarrarse por posiciones de poder. Lo hará en sordina, mascullando, rumiando, expectante. Esperará. Pero no olvidéis que un dia pedirá de nuevo la palabra.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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