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Sección: Bitblioteca
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Mensajero de Teherán Herederos de los djinns visitarán Caracas en los próximos días, como socios de la OPEP. Arabes, persas, africanos marcados por los desiertos de aquel lado del mundo. Hombres y mujeres que, desde pequeños, han estado escuchando cuentos de djinns, de esa multitud de genios y fantasmas que pueblan Las mil y una noches. Divinidades previas a los musulmanes que rebullían en las interminables arenas deshabitadas para asustar a los beduinos, y que visitaban traviesamente los lujosos palacios y jardines de los califas y reyes. Ni siquiera el monoteísmo de Mahoma logró expulsar definitivamente del Corán las menciones a estas divinidades bulliciosas, vivarachas y poéticas. Los atuendos tradicionales de estos personajes, nuestros socios de la OPEP, se asocian en el siglo XX a una imaginería muy dramática de guerras, fundamentalismos y desencuentros crueles con Occidente. Pero en la imaginación de los niños y los poetas permanecen indisolublemente ligados a las leyendas de Alí Babá, Simbad, el caballo de ébano, Solimán ben Daud (Salomón el de David), el ¡Abracadabra!, la ciudad de Bronce, los paisajes en miniatura que viven en la cabeza de un alfiler y la inagotable picardía de Scheherezade. Por su parte, los psicólogos y lingüistas han encontrado en los mitos de los djinns, en Libia, en Etiopía y en el Golfo Pérsico, el origen de muchos de los arquetipos que poblaron las mitologías mediterráneas que dieron base a la cultura occidental. Con estos pueblos tenemos vínculos trascendentes e indisolubles. Lo que no significa que sean siempre nuestros amigos, ni necesariamente nuestros enemigos. Así lo pontificaba una vez Orson Welles, en el asiento trasero de una buseta Mercedes Benz, ante un grupo de cineastas y periodistas latinoamericanos que se trasladaba del Hilton Teherán al majestuoso Roudhaki Hall, cercano al Palacio Imperial, donde la Farah Diva debía clausurar uno de sus derrochadores festivales de cine de los años 70. Los precios del petróleo habían alcanzado sus más altas cifras históricas y el Sha, Rheza Palhevi, se interesaba en la remota Venezuela. Una sólida y jugosa representación de cineastas, actores, periodistas y oficiales del cine fue invitada, en un viaje de primera clase, a participar en el famoso Festival Internacional de Teherán. Viajaban, entre otros, Román Chalbaud, José Ignacio Cabrujas y Eva Ivanyi, Hilda Vera y María Teresa Acosta, Marianella Saletta y Marisabel Loperena, además de unos cuantos periodistas entre los cuales nos contamos. Encuentro con los persasOrson Welles recibía un homenaje y estrenaba su último filme, F for fake, una suerte de documental travieso sobre grandes falsificadores contemporáneos del arte. El premio del festival fue para Lina Wertmüller con su filme Step away. La fiesta final era en el auditorio del Roudhaki Hall. La anfitriona era nada más y nada menos que la Farah Diva, la reina, la esposa del Sha. En las mazmorras de Teherán sufría un cruel encierro la esposa de un venezolano. En las calles de la ciudad los estudiantes de la universidad manifestaban diariamente y las organizaciones shiítas ponían bombas en todas partes. Los venezolanos llegaron apenas a tiempo para la fiesta de clausura, pues durante las dos semanas del festival se lanzaron a conocer los paisajes e interiores del pueblo persa. Pequeños aeropuertos y pequeños aviones los llevaban de un sitio a otro. Fueron a Isfahán para confundirse en los mercados y en los talleres donde se fabrican las famosas y milenarias alfombras persas. En Shiraz fueron sacudidos por el impacto de una cultura fuertemente tradicional: mujeres cubiertas, atuendos milenarios, rituales islámicos y cánticos en las calles, templos clandestinos de zoroastrismo y una edición en farsi y en inglés del Rubáiyát de Omar Khayyam. A pesar de la represión en las calles y aeropuertos, y de los continuos arrestos a Cabrujas con su pinta de iraní, lograron llegar a Persépolis y contemplaron las formidables grutas de Ciro y Darío, enclavadas en una poderosa montaña color canela. Abajo, para los turistas, había disfraces, camellos y asnos lúbricos. Algunos siguieron aún más hacia el Sur, hasta llegar al célebre estrecho de Ormuz, que da salida a las aguas del Golfo Pérsico, frente a Omán. Las noches heladas estaban pobladas de fantasmas del desierto, djinns y gennias-palomas virginales. Fiesta y deportaciónEl camino a la fiesta fue complicado. Nevaba fuertemente. La ciudad estaba convertida en una nocturna masa de algodón blanco y pantano negro. Sin alcantarillas ni desagües, la nieve y sus mezclas alcanzaban un metro de altura. Frente al palacio se armó una larga línea de artistas internacionales que debían mostrar sus carteras y que eran cuidadosamente cateados por los guardias del Sha. Una espera interminable bajo la espesa lluvia de copos inocentes. Las capas de mink de las actrices más famosas del mundo parecían perros recién enjabonados, y a Terence Stamp la melena se le chorreó hasta los hombros. El tuxedo de Orson Welles y su tabaco se empaparon, lo que, verdaderamente, lo enfureció. Una vez dentro del palacio, los artistas, humillados y mojados, se resistieron a entrar en el auditorio y se quedaron afuera, en los salones del lobby, devorando toda clase de manjares que parecían extraídos de un estrambótico cuento de Scheherezade. Al final de la fiesta nos acercamos a la Farah Diva para entregarle la carta que le enviaba Oswaldo Barreto, un mensaje de amnistía. El escritor venezolano le pedía a su amiga que liberara a su esposa Vida, una chica persa con la que se había casado, y que había sido amiga de la reina, antes de su Sha, en la escuela de Teherán y en la Universidad de París. En ese momento, la muchacha disidente se encontraba presa y torturada en una prisión iraní. Apenas nos acercamos y entregamos el mensaje, fuimos detenidos por los perros guardianes de la alteza, sacados del palacio, conducidos al hotel y montados en un avión de Air France rumbo a Niza. Ni siquiera la sociedad petrolera impidió los empujones y la imposibilidad de despedirnos del pana Orson Welles. Años más tarde llegó el Ayatollah Komehini. Los djinns se replegaron de nuevo hacia el desierto.
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