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Sección: Bitblioteca
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La fiesta es de todos Pablo Medina El Nacional, domingo 17 de enero de 1999 Sobre si se debe o no reformar la Constitución para convocar la Asamblea Constituyente, y sobre el significado y alcance que debe tener la principal bandera del primer mandatario electo, confrontan hoy sus puntos de vista el presidente del Congreso saliente, Pedro Pablo Aguilar, y el también presidente de la Comisión Presidencial para la Constituyente, Pablo Medina Algunos políticos escolásticos pretenden armar un debate nacional sobre la forma de convocatoria a la Constituyente. Debate inútil de toda inutilidad, a mi juicio, pues ya se instaló en la conciencia del país la idea de que no es preciso reformar la Constitución del 61 para que pueda darse la Constituyente. Las razones han sido suficientemente expuestas e insistir en ellas sería llover sobre mojado. Tienen que ver con la autoridad suprema e irrevocable del pueblo soberano. Otros políticos, más realistas, ya avanzan criterios con relación al contenido de la nueva Constitución. Este es, desde luego, un ejercicio de mayor interés. Por mi parte, en conversaciones públicas y privadas me he permitido ir asomando algunas ideas. Por ejemplo, la que se refiere a la necesidad de estructurar un federalismo distinto sustentado sobre un mayor desarrollo de los poderes municipales. Esto iría seguramente en la dirección de eliminar las asambleas legislativas, para darle paso a otras instituciones más representativas de los ciudades. El lector inteligente se dará cuenta de que, en el fondo, detrás de esta propuesta, está el criterio de privilegiar a la ciudad como el principal de los organismos sociales, por razones de cultura, de economía y de geografía (y además mi amigo Farruco Sesto nos recuerda que la ciudad es el lugar de la política). También soy de la opinión de constituir un Congreso unicameral, por ser más eficaz y más económico. ¿Para qué dos cámaras? Y defiendo, como la mayoría de los que han opinado al respecto, que la Constitución debe significar la despartidización de las instituciones y, particularmente, la democratización del Poder Judicial y del mundo sindical. Por otro lado, no me imagino una Constitución que no retome la idea de Bolívar de una gran patria latinoamericana y que no marque pautas al respecto para abrir caminos a una verdadera integración. Estos son ejemplos, citados un poco al azar, de cuestiones que hemos venido conversando. Pero, más allá de estos asuntos de forma y fondo, quisiera hoy referirme a otro tema de gran interés: a la necesidad de involucrar a todo el pueblo en la Constituyente, no sólo para defenderla, sino para hacerla, para diseñarla. Y esto va a lograrse únicamente si somos capaces de convertir en entusiasmo participativo lo que hoy es, sobre todo, expectativa. El espíritu constituyente debe ser un gran espíritu creador que recorra todos los caminos y toque a todas las puertas. Su naturaleza, más que formalmente democrática, ha de ser vitalmente democrática, para que luego, a la hora de la verdad, la Constitución funcione como el mejor de los instrumentos. Para mí está claro que hacer una Constitución es un privilegio histórico: el de fundar o refundar un país. Es la más alta tarea ciudadana en tiempos pacíficos. Permite perfilar los sueños colectivos. Darle forma a las intenciones de felicidad social. Y encontrarse con el resto de los ciudadanos en un proyecto común. Se trata, ni más ni menos, que de reinventar la posibilidad de convivencia en una comunidad nacional orgullosa de sí, para dejar atrás miserias, injusticias e iniquidades. Y también, de paso, insensateces. Se trata, en nuestro caso, de acertar a concebir la mejor patria para todos a fin de asentar con firmeza sus basamentos. Ya la voluntad de hacerlo tomó la calle el 6 de diciembre. Ahora, lo que nos toca es un ejercicio de inteligencia y sensibilidad que también debe tomar masivamente la calle. El proceso constituyente necesita grandes cantidades de autocomprensión, es decir, de sabiduría de sí, por parte del pueblo, para no transitar esquemas ajenos. Pues sólo quien sabe lo que quiere puede definirlo con precisión. Y digo esto, porque no tiene sentido imaginar una Constituyente elaborada en frío, en un laboratorio político y jurídico, al margen de un gran debate nacional. La población tiene que participar. Las universidades, los gremios, las cámaras, todas las instituciones, todas las asociaciones de cualquier signo, todas las organizaciones deben participar, es decir, poner su parte en la tarea. Este será el gran debate democrático del siglo. ¿Quién se va a quedar afuera de la fiesta? Es como darle alas a un nuevo amor después de un importante fracaso. ¿Quién no estará dispuesto a emprender la aventura?
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