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Sitios de Luz El Nacional, viernes 4 de setiembre de 1998, p. A-4 No cabe la menor duda: la impronta de fuerzas naturales y sobrenaturales imanta los sitios con su presencia. A todos, alguna vez, nos ha ocurrido que al no más entrar en un recinto sentimos la presencia de poderes negativos. La batalla entre Eros y Tanatos es eterna y diaria y, lamentablemente, no siempre triunfan las fuerzas creadoras sobre las destructoras. Dicen que durante años la desolación y la muerte colonizan un territorio y no dejan ni un resquicio para que entre el viento. Pero no son las obras del mal el objeto de estas líneas. Comparto con ustedes, fieles e incógnitos lectores, tres lugares que me han conmovido, sitios donde he visto la luz. La Abadía de Güigüe Los primeros cuatro monjes benedictinos llegaron a La Guaira en 1923. Dejaban atrás la Archiabadía de Santa Otilia en Baviera, para venir a levantar con su obra la Abadía de San José del Avila, en Caracas. Durante la década de los años ochenta comenzaron a buscar un sitio para construir otra abadía, un lugar apartado del mundo. Dieron con el espacio ideal: una loma en las inmediaciones de Güigüe, desde donde se ve el lago de Valencia. La obra arquitectónica es de un maestro: Jesús Tenreiro Degwitz. Obra limpia, ladrillos y las líneas más sobrias. Tenreiro, un hombre inmerso en los códigos de la cultura, supo desarrollar el discurso de la serenidad, de la luz, de la piedra clara porque, es obvio, que éstos son los dominios de Dios. La capilla de la abadía donde los monjes y los visitantes se entregan a la oración no puede ser un lugar más claro y más simple: allí está la presencia de su fuerza redentora, la imantación de su amor. Aquellos monjes entregados a la oración y al trabajo han ido encontrando, con su rutina de plegarias y esfuerzos silenciosos, la presencia divina. Allí está Dios. El Castillete de Reverón El nombre mismo encarna una ironía: el castillete está muy lejos de ser un castillete. En verdad, es un caney, protegido por una muralla de piedras. Manifestó alguna vez Reverón, que la decisión de levantar su propia fortaleza vino de un consejo de un amigo entrañable: Nicolás Ferdinandov. El pintor ruso le dijo que el artista tenía un sólo destino: encerrarse a trabajar, encontrar la diana de su propia obra. Reverón, obediente, comenzó a buscar un sitio donde alzar su muralla y entregarse a la pasión de su destino. Lo acompañó en la aventura una mujer llamada Juanita, a quien conoció en una tarde de carnaval en la que él iba disfrazado de muerto y ella de dominó. Desde entonces, la vida transcurrió sin que la pareja conociera el vértigo de la separación. La realidad, comprimida entre aquellas paredes de piedra, se hizo vasta como un horizonte inalcanzable. El maestro avanzó por entre el bosque de las paradojas: para ver mejor, buscaba la luz que lo dejara ciego; para alcanzar la flor de la armonía y la paz, emprendía una batalla con el lienzo. Pintaba como los dioses, cuando el ruido de sus demonios interiores cesaba y lo dejaban quieto. Entonces sus dedos y sus pinceles corrían veloces por sobre la textura de la arpillera, mientras el mono Pancho emulaba los gestos del maestro. Estar, hoy en día, en el rancho de Reverón en Macuto, cuando el sol se oculta en el poniente, y la noche comienza a sembrar sus fuegos fatuos, es una experiencia conmovedora. Meses atrás leí, junto a dos queridísimos amigos, algunos de mis poemas reveronianos, y sentí que las velas que prendo desde hace años en el altar del maestro no se habían apagado nunca. En aquel espacio preservado como un santuario está el pintor y la multitud que en vida habitó su espíritu. San Pedro Alejandrino, en Santa Marta A riesgo de ser condenado por los negadores del culto bolivariano o de ser sancionado por los bolivarianos dueños de la verdad, me animo a referirles mi experiencia. Fui a un encuentro de escritores en Santa Marta y visité la casa donde murió Bolívar. Me emocioné hasta las lágrimas: ignoraba que mi admiración por la figura del héroe caraqueño fuese de tal magnitud. Hay fuerzas interiores que permanecen agazapadas hasta que les damos la oportunidad de manifestarse. Yo fui el primer sorprendido con la expresión de mi veneración. Quizás la causa de la conmoción que me produjo aquel sitio estriba en que fue el lugar de la muerte. Morir es un estremecimiento, nacer es una promesa, un bosquejo de futuro. Ello explica que la emoción no me invada en la casa natal de El Libertador en Caracas y sí lo haga en el lugar de su muerte. De paso, justo al lado de la habitación donde expiró el héroe, ha crecido un árbol de la manera más feraz que pueda imaginarse. Sus ramas parece que elevaran una oración, que quisieran decirnos algo. A mitad de mañana de un día de semana no había nadie en la casona solariega, la cama del final de aquel hombre que recorrió América en un caballo, era estrecha y sencilla, y sobre ella caía perpendicular la luz solar. Otra vez, en la humildad de aquel cuarto pequeño estaba la luz. Siempre ha sido así, y sin embargo nos empeñamos en construir palacios que emulan la grandeza. Erramos.
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