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Sección: Bitblioteca
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La alfabetización matemática 12 de abril de 2002
Paul Lotus, poeta, matemático y computista, se preguntaba en 1985 qué pasaría a partir del momento en que la computación abría la factibilidad de la «alfabetización matemática» masiva. Se presentaba una situación análoga a la de la aparición de la imprenta, que abrió el horizonte de la alfabetización literaria masiva. Hasta ese momento la gente se tenía que aprender de memoria los textos de la ciencia y la filosofía. Los tradicionalistas de entonces, como los de ahora con las computadoras y las calculadoras de bolsillo, se escandalizaron con la obsolescencia del caletre: ya no era necesario saberse de memoria la Física de Aristóteles, pues bastaba tenerla en casa, o en la biblioteca de la esquina, para consultarla. El mismo argumento de los que hoy dicen que las computadoras y las calculadoras van a mutilar la competencia matemática de los niños. Lo que equivale a sostener que matemática es «cero-mata-cero» y «ocho-Pinocho». Es decir, haciendo de necesidad virtud, suponer que la matemática es su porción más servil y mecánica, entre sicomotriz y auditiva: como se sabe, pasamos largas horas de nuestra vida escolar aprendiéndonos el sonsonete de las tablas aritméticas, modo de tener metido en el cerebro, insertado cual prótesis de aire cibernético, como firmware, una calculadora que por su sonsonete nos dice que «seis-por-seis-son-treintiséis». Es decir, precisamente lo que no es matemática. O en todo caso pertenece a su jerarquía más baja. Como si Pascal no hubiera inventado la «máquina aritmética» de la cual la caja registradora mecánica es la última manifestación, base de la computación justamente para liberar a la inteligencia de la servidumbre de repetir como loro que «dos-y-dos-son-cuatro, cuatro-y-dos-son-seis». Lotus sostiene que liberar la reflexión matemática, mediante el uso de las computadoras, de esta servidumbre de «seis-y-dos-son-ocho-y-ocho-dieciséis», nos puede colocar desde, digamos, los ocho años de edad, en el nivel de reflexión intuitiva avanzada propia de los matemáticos profesionales. Ya no hace falta gastar y desgastar la mente en el aprendizaje de las cuatro tablas aritméticas. Para eso basta una prótesis electrónica en lugar de la producida mediante la inculcación mecánica de la repetición en voz alta de las tablas y las fórmulas mecanizadas: una calculadora electrónica común. Lo importante de la matemática, lo que no sólo constituye su esencia misma, sino que por eso mismo la hace valedera y placentera, lo que en ella alimenta la libido sciendi es precisamente lo que no es cálculo mecánico: los grandes procesos intuitivos que conducen, por ejemplo; a la Teoría de la Relatividad, que infirió uno que no sabía resolver reglas de tres, según la conocida anécdota. La computación permite liberar la reflexión en profesiones en las cuales el cálculo devora la mayor parte del tiempo creador: la ingeniería, por ejemplo. En las cuales la figuración mecánica del espacio se vuelve un insaciable abismo negro: la arquitectura, por ejemplo. En las cuales el cálculo de armonías retarda el élan creador: la música, por ejemplo. Lo demás puede ser, debe ser, tiene que ser, coser y cantar.
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