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Sección: Bitblioteca
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Choteo Caracas, domingo 28 de julio de 1996
Cuando el charro Miguel Aceves Mejía visitó La Victoria en la edad de su apoteosis cuentan los veteranos de la tribu, la primera conjetura fue incrédula. Imposible que descendiera del Olimpo hasta La Victoria. Verificada la noticia, se multiplicaron las manifestaciones de machismo y las mujeres complicaron sus trajes nuevos. No se hablaba de otra cosa. Todo se urdía con deslinde y pormenor. Se hilvanaban los protocolos con primor y formalidad deslumbradores. Llegó el día del que ya se tenía el recuerdo. El pueblo se acabildó en el cine elegido por El Olímpico. La impaciencia hacía que cada exiguo indicio resonara en el inmanejable tropel. De pronto la plaza popular se transfiguró con Miguel Aceves en un convertible esplendente, seguido de otro con un mariachi. Descendió a la calzada patria cantando La espiga. La masa abismada abrió un corredor a aquella epifanía. Y ahí, de aquella homérica asamblea voló una mano aviesa hasta la retaguardia de Miguel Aceves. Cuando el Macho Eidético se volvió desafiante, desde el otro flanco otra mano anónima frotó de nuevo la zaga del Héroe Magnífico. Luego vinieron otras y más y todas. Choteado por aquella rebelión de las masas, a todo un Miguel Aceves Mejía no le quedó sino correr hacia el cine, donde nunca comprendió por el resto de su vida triunfal por qué no lo dejaron cantar, gritándole choteos sobre su virilidad. Yo también quisiera comprenderlo. Como qué pasó con aquel entrenador europeo que hace décadas contrató el Instituto Nacional de Deportes. Venía con fama de haber formado a varios medallistas olímpicos. Los atletas empezaron a llegarle tarde, a no llegarle, a no masticar las dietas, a no cumplir los ejercicios preceptuados. Cuando el conflicto natural restalló, la furia del europeo se exacerbó apenas le quisieron explicar, como a Francisco de Miranda, que él no entendía cómo se hacen las cosas en Venezuela. «Si ustedes saben, ¿para qué me llamaron?». Al día siguiente estaba en su lejanía natal, sin comprender hasta hoy qué fue lo que pasó. Final del Campeonato de Beisbol. Colas, empujones, sol furioso, revendedores, policías atroces. Durante el juego, el público, que debía estar adelgazado por el zarandeo de la compra de boletos, durante el juego tenso y reñido, en lugar de ver el encuentro decisivo de pie, se dedica a batallas con bagazos de naranja, y a un tesonero riachuelo de cerveza, en una delicada mecánica de fluidos, para mojar el trasero ¡qué obsesión! de un vitoqueado que llegó acompañado de una elegante dama. El donairoso trató de defender su hombría humedecida. Inútil ante aquella multiplicación de guasones. Se retiró sin comprender. No lo culpemos. No lo entendió Miranda, no lo entendió Andrés Bello, no lo entendió Simón Bolívar. Saca la cuenta. El país recibe una infinitud de divisas y entre capitalistas guasones y políticos en resonancia con ellos, nos ponen en el ruinoso bochorno de suplicarle al FMI 500 millones de dólares, después de que la OTAC entregó 5.000 millones de más el año pasado. No lo entiende ni el FMI, que como todo el mundo sabe, es Dios. Pero no saques la cuenta. No se puede. Apenas José Antonio Páez entrevió algo, pero no es útil, porque tampoco sabemos qué entendió. Cuando un país no sabe lo que quiere no hay quien lleve la cuenta.
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